Agustín Carstens
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Discursos
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El Compendio y la Realidad Socioeconómica de América
Discurso del Sr. Agustín Carstens
Subdirector Gerente, Fondo Monetario Internacional
en la Presentación para América del Compendio
de Doctrina Social de la Iglesia
por el Pontificio Consejo "Justicia y Paz"
Ciudad de México
21 de noviembre de 2005

Vuestras Eminencias, Ilustrísimos y Reverendísimos Señores Obispos, damas y caballeros:

Es para mí un verdadero placer estar hoy ante ustedes y un honor que se me haya invitado a dirigir unas palabras en esta importante reunión, la primera de una serie de encuentros regionales. También me da muchísimo gusto tener la oportunidad de hacerlo en México, mi país natal.

Una iniciativa muy bien acogida

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia por el Pontificio Consejo "Justicia y Paz" es una iniciativa que se acoge con gran beneplácito. Este Compendio, que ha creado mucha expectación, incorpora las valiosísimas contribuciones de obispos y eruditos de todo el mundo y, sin duda alguna, su lectura facilitará una comprensión más profunda de la doctrina social de la Iglesia. Con una refrescante claridad, nos ofrece a todos ―creyentes y no creyentes por igual― una verdadera síntesis del Catecismo de la Iglesia Católica y un panorama completo de la fe católica. El Pontificio Consejo es digno de reconocimiento por haber hecho realidad esta magnífica obra.

Es particularmente pertinente para la institución que represento la exhortación que hace el Compendio a los organismos internacionales para que desempeñen eficazmente su función de orientación en el ámbito económico. Eso se refiere manifiestamente a la función de instituciones como el FMI. Las instituciones internacionales, se subraya, deben garantizar el logro del bien común, porque esto constituye la base del derecho de todos a participar del proceso hacia un pleno desarrollo, manteniendo el debido respeto por las legítimas diferencias.

Hacia un objetivo común

Muchas personas se preguntarán, en una primera instancia, qué pueden tener en común la Iglesia Católica y el FMI. La verdad es que ambas instituciones comparten objetivos comunes. La Iglesia ha preconizado incesantemente y desde hace mucho tiempo el desarrollo socioeconómico y la reducción de la pobreza en el mundo entero, y sus esfuerzos tienen profunda resonancia en nuestra institución. Al FMI se le confió el cometido de velar por la estabilidad del sistema monetario y financiero internacional. Así pues, el Fondo promueve la estabilidad económica y ayuda a prevenir las crisis o a resolverlas cuando se producen. Pero habría que aclarar que estas metas no tienen valor en si mismo, sino que son vehículo para alcanzar objetivos más altos, como son fomentar el crecimiento económico y abatir la pobreza. Esta dimensión referente a la reducción de la pobreza es quizás el aspecto más importante que tienen en común el FMI y la Iglesia Católica.

El Compendio analiza el tema de la lucha contra la pobreza de una manera tan innovadora e incisiva que casi le da un nuevo significado, al exhortar a la acción a todas las partes a quienes le compete. Indica que la lucha contra la pobreza es parte de la esencia de la doctrina social de la Iglesia. Al iniciarse el nuevo milenio, se señala, la pobreza de miles de millones de hombres y mujeres es el mayor desafío para nuestra conciencia humana y cristiana. El compendio prosigue, regalándonos un gran enunciado que debemos tener siempre presente: "los pobres no deberán ser vistos como un problema, sino como personas que pueden convertirse en las principales constructoras de un futuro nuevo y más humano para todos". El FMI suscribe plenamente este enunciado.

Perspectivas Económicas del Continente Americano

A medida que el año 2005 se acerca a su final, es pertinente preguntarnos sobre el desempeño reciente y las perspectivas económicas del continente americano. Esto es de interés debido a que los problemas macroeconómicos inciden claramente en el desarrollo socioeconómico y humano. Como el resto de la economía mundial, los países de América han registrado un crecimiento económico muy vigoroso durante los últimos dos años y las perspectivas para el próximo continúan siendo alentadoras. Es de destacarse el dinamismo de la economía de los Estados Unidos, la cual, junto con las economías de China y otras del Este Asiático, han sido el principal motor de crecimiento de la economía mundial, en un entorno complicado por los altos precios del petróleo. Canadá, por su parte, ha venido creciendo a tasas superiores a las de la mayoría de los países industrializados.

En lo que se refiere a América Latina, el crecimiento en 2004 ascendió a 5.6 por ciento, la tasa más alta registrada desde 1980, mientras que las proyecciones para el 2005 y 2006 continúan siendo favorables, esperándose tasas de crecimiento de alrededor de 4.0 por ciento. Ciertamente la región se ha beneficiado del alto crecimiento mundial y del aumento de los precios de las mercancías básicas en las que muchos países son productores y exportadores, pero también de la persistencia en la aplicación de políticas macroeconómicas más sanas.

Pese al aumento del petróleo y de algunos productos básicos, la inflación ha permanecido en un nivel relativamente bajo, con un promedio de 6,5% el año pasado, y las proyecciones indican que en 2005 habrá caído al 6,3%. El saldo de las cuentas externas de la región ha seguido recuperándose y mejorando, y muchos gobiernos han aprovechado las condiciones económicas favorables y el repunte de los ingresos para fortalecer su situación fiscal.

Considerando la trayectoria de inestabilidad macroeconómica de la región, esta evolución es muy bien recibida. No obstante, no es momento de dormirse en los laureles, ya que un examen más detenido revela un cuadro menos optimista. Por ejemplo, si bien los dos últimos años han sido de crecimiento económico para todas las regiones y países en desarrollo, el crecimiento de América Latina fue uno de los menos vigorosos y, si bien aplaudimos los éxitos en la reducción de la inflación, en algunos países del continente americano sigue habiendo presiones de precios. Además, los elevados niveles de desempleo y pobreza siguen siendo inaceptables y persisten grandes disparidades de ingresos.

Subrayo estas limitaciones no con el fin de menospreciar los logros de los últimos años, sino para sugerir que, a menos que se aborden las deficiencias en las economías de la región, corremos el riesgo de desperdiciar los importantes avances recientes. Para los dirigentes del continente, la prioridad ahora es aprovechar la favorable evolución reciente y las perspectivas alentadoras para el próximo año para poner en práctica reformas económicas que generen un crecimiento estable, sostenido y más acelerado como base para la seguridad económica y la reducción de la pobreza. Me gustaría analizar brevemente la naturaleza de dichas reformas.

Un punto débil en muchas economías en desarrollo y emergentes, sobre todo en América Latina, ha sido el elevado nivel de la deuda pública. De hecho, una parte importante de la deuda de la región se ha originado en crisis bancarias. Una primera ola de crisis afectó a la banca de varios países latinoamericanos a partir de 1994, comenzando por Bolivia, Brasil, México y Venezuela y extendiéndose posteriormente a Argentina, Paraguay y Ecuador. Una segunda ola de crisis bancarias se produjo a finales de la década de los noventa y afectó a países como Uruguay y, posteriormente, Argentina y República Dominicana. Las crisis bancarias en la región suscitaron altos niveles de endeudamiento lo cual contribuyó en gran medida a elevar la deuda pública. De aquí sale una primera propuesta de reforma: es indispensable que los países latinoamericanos refuercen las instituciones de supervisión y regulación del sistema financiero, con el objetivo de que las sociedades tengan la seguridad que las crisis bancarias recurrentes se podrán evitar.

El sobreendeudamiento de muchos países también ha sido el resultado de una pobre aplicación de los recursos públicos, es decir, los recursos obtenidos en préstamo en ocasiones han sido malgastados. Por lo tanto, es imprescindible que las autoridades actúen de manera responsable fiscalmente hablando: deben respetar la inviolabilidad de los contratos, administrar los recursos escrupulosamente, velando por que se empleen de la manera más eficiente, productiva y transparente, y los recursos no se malgasten ni se pierdan debido a la corrupción. De aquí surge una segunda reforma esencial: se deben promover las leyes de responsabilidad fiscal y de eficiencia y transparencia del gasto público, lo que significaría un amarre institucional para evitar el sobreendeudamiento y el dispendio de los recursos públicos.

Es importante reconocer que las políticas macroeconómicas y financieras sólidas por si solas no bastarán para estimular en la magnitud deseada el crecimiento económico y el abatimiento de la pobreza. Estas deben venir acompañadas de reformas estructurales e institucionales que reduzcan los obstáculos a la inversión, el comercio y la eficiente asignación de los recursos. A este respecto, la debilidad del Estado de Derecho y de los sistemas judiciales del continente americano siguen conspirando contra los derechos de propiedad y los derechos contractuales. La complejidad de los trámites y los requisitos reglamentarios para constituir una empresa en esta región son, según algunos estudios, los más altos del mundo. Juntos, estos factores convierten al continente americano en una de las regiones menos atractivas para la inversión. Por tanto, reformas que atienden estos problemas son indispensables. Simplemente sin mayor inversión no habrá mayor crecimiento.

Además, la región sigue descuidando las reformas del mercado laboral, y América Latina y el Caribe siguen ocupando posiciones desfavorables en las comparaciones internacionales sobre la rigidez del mercado laboral. La experiencia indica que esas reformas pueden desempeñar un papel importante en la creación de inversión, crecimiento y empleo. La eliminación de los obstáculos al empleo en el sector formal también produce beneficios sociales considerables, ya que los trabajadores de la economía formal disfrutan de la protección de las leyes del mercado de trabajo que no existe en el sector informal.

Resulta sorprendente también el hecho de que, pese a los avances recientes, el continente americano sigue siendo mucho menos receptivo al comercio internacional que otras regiones de rápido crecimiento económico. Esta falta de orientación hacia el exterior perjudica la capacidad de la región para cosechar los beneficios de la globalización y aprovechar plenamente la expansión mundial, incluida la de China. Una mayor orientación hacia la exportación-mediante una mayor liberalización de las políticas comerciales-podría resultar crucial para estimular el crecimiento y reducir las vulnerabilidades. Independientemente de lo que se logre en la ronda multilateral de Doha, América Latina puede, por sí sola, avanzar mucho mediante la reducción de los aranceles externos, limitando el uso de las barreras no arancelarias y flexibilizando las restricciones al comercio de servicios.

Economía política

Como pueden apreciar, el camino de la reforma para el continente americano es largo y empinado, aunque no, a todas luces, uniforme. La región es diversa y sus países se encuentran en diferentes etapas de desarrollo. Si bien las circunstancias de cada economía deben considerarse por separado, todo país que se embarque en estas reformas tiene que abordar la cuestión central de cómo asegurar el éxito generando un amplio apoyo y sentido de participación en las medidas de política requeridas. Algunas de estas medidas, sin duda, encontrarán resistencia, como es de esperar en cualquier sociedad dinámica. Por consiguiente, los gobiernos deberán redoblar esfuerzos por cultivar el apoyo a las reformas. La Iglesia Católica debe seguir desempeñando un papel importante en el diálogo de la sociedad civil necesario para construir ese apoyo.

El hecho de que muchos países de las Américas-incluidos los principales países latinoamericanos-celebrarán elecciones antes de que concluya el 2006 plantea tanto desafíos como oportunidades. Por muchas décadas las elecciones en esta región estuvieron acompañadas de desasosiego y perturbaciones económicas. Por fortuna, las experiencias recientes han sido más alentadoras. Esto gracias a que con el tiempo se ha venido creando una conciencia social en la región en cuanto a la importancia de preservar la estabilidad macroeconómica como elemento esencial para el crecimiento, la creación de empleo y el abatimiento de la pobreza. A riesgo de caer en una sobresimplificación, podría decir que los principales retos que en materia de economía política enfrentarán los nuevos gobiernos en la región es como conciliar las soluciones de las urgentes y patentes necesidades de apoyo para estimular el desarrollo humano y económico, con la inevitable prudencia con que todo gobierno se debe manejar para garantizar que el avance que se vaya logrando en todos los ámbitos sea sostenible en el tiempo.

El papel del FMI

Ahora, permítanme compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la forma en que el FMI está apoyando muchos de los esfuerzos que están realizando los países de la región-tanto los de bajo ingreso como los de mediano ingreso, ya que en América Latina estos últimos concentran, en su conjunto, el mayor número de pobres en la región.

En lo que se refiere a los países de ingresos bajos, el FMI trata de apoyarlos fundamentalmente a través de asistencia técnica, consultoría y financiamiento para que consigan las condiciones macroeconómicas fundamentales que les sirva de plataforma para acelerar el crecimiento económico de manera sostenible y reducir la pobreza. Un cambio cualitativo importante en nuestra interacción con los países miembros es que procuramos que nuestra asistencia a todos los niveles se adapte de la mejor manera a las necesidades específicas de cada nación.

Nuestro programa de apoyo básico, la facilidad orientada específicamente a fomentar el crecimiento y abatir la pobreza (Poverty Reduction and Growth Facility), consiste en un programa de financiamiento en términos concesionarios sustentado en una estrategia integral de reducción de la pobreza concebida por el propio país. Nuestra labor en este ámbito se caracteriza por la colaboración directa con la sociedad civil y, en este margen, la contribución de la Iglesia al diálogo sobre la pobreza ha cobrado suma importancia. También es pertinente mencionar que hace no más que un par de semanas nuestro Director Ejecutivo aprobó una nueva facilidad financiera que ayuda a lo países más pobres a afrontar perturbaciones externas transitorias que en el corto plazo pueden tener un amplio impacto sobre el crecimiento económico y el bienestar de la población, como son las perturbaciones resultantes de fluctuaciones abruptas en los precios de mercancías básicas como el petróleo y los granos, así como los desastres naturales.

Una segunda dimensión mediante la cual el FMI apoya a los países pobres es mediante nuestra participación en las iniciativas internacionales que persiguen resolver el problema de sobreendeudamiento de este tipo de naciones. Sobre este tema el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia es muy específico. Reconoce la complejidad de los asuntos relacionados con la deuda y señala que, al considerar las cuestiones relativas a las crisis de la deuda de muchos países pobres, debe tenerse en cuenta el derecho al desarrollo. Reafirma el principio de que deuda debe pagarse, pero sugiere que se busquen mecanismos que no comprometan los derechos fundamentales de los pueblos a la subsistencia y el progreso.

El alivio de la deuda es un objetivo importante, ya que es vital para dar a los países de bajo ingreso el impulso que tanto necesitan. El eje de los esfuerzos del FMI en este campo es la Iniciativa para la reducción de la deuda de los países pobres altamente endeudados (HIPC iniciativa por sus siglas en Inglés). Esta iniciativa, emprendida inicialmente hace nueve años por el FMI y el Banco Mundial, tiene por objeto lograr que en ningún país pobre la carga de la deuda sea inmanejable. Esta iniciativa ha significado una acción coordinada de la comunidad financiera internacional, incluidos los organismos multilaterales y un sinnúmero de gobiernos de países industrializados y de ingreso medio, orientada a llevar a niveles sostenibles la carga de la deuda externa de los países pobres más endeudados.

Además, el FMI ha acogido de manera entusiasta la propuesta de alivio de la deuda presentada hace unos meses por los países del Grupo de los Ocho (G-8). Según esta propuesta, el FMI, el Banco Mundial y el Banco de Desarrollo Africano condonarán el 100% de la deuda de determinados países pobres altamente endeudados. Esta propuesta, tiene por objetivo concluir el proceso de alivio de la deuda de los países pobres muy endeudados-algunos de los cuales pertenecen a esta región-liberalizándoles recursos adicionales para ayudarlos a alcanzar las Metas de Desarrollo del Milenio. En este sentido será de vital importancia que los países beneficiados apliquen los recursos de manera eficiente y transparente a programas de salud, nutrición, educación y vivienda, entre otros, que favorezcan el desarrollo humano.

El FMI también ha venido ampliando su papel en los países de mediano ingreso. La mayoría de los países que constituyen la región de América Latina y el Caribe son, al fin y al cabo, países de mediano ingreso. Gran parte de nuestra labor en la región se ha orientado a la prevención de crisis. Cabe reconocer el mérito de muchos países de mediano ingreso de la región que, trabajando en estrecha colaboración con el FMI y valiéndose de su asesoramiento, han podido eludir el tipo de crisis que fueron tan comunes a finales de los años noventa y han logrado evitar el contagio de las crisis de ese tipo surgidas en otros países. Alentamos a los gobiernos a adoptar políticas económicas sólidas y reglamentaciones firmes que reduzcan la vulnerabilidad a una repentina salida de capitales. En los casos en que sí haya crisis, los países pueden tener la seguridad de que el FMI está preparado para brindarles apoyo financiero.

En todo caso, seguiremos colaborando estrechamente con los gobiernos de la región para fomentar la estabilidad y el crecimiento sostenido, y para atender los grandes problemas socioeconómicos, como la desigualdad de ingresos, que aún prevalecen en muchos países. Quisiera mencionar que en todas estas tareas el FMI no actúa sólo. Cooperamos intensamente con el Banco Mundial y el BID, logrando sinergias que hacen más efectiva nuestra labor en la región.

Conclusión

Para concluir, quisiera mencionar que la Iglesia será siempre un valiosísimo participante en el proceso de desarrollo. Su influencia es esencial para ayudar a forjar una amplia identificación social con las reformas económicas, políticas y sociales necesarias para un desarrollo acelerado e incluyente, identificación que se extienda más allá del gobierno y los círculos políticos y abarque a la sociedad civil en general. Para forjar esta identificación es preciso comunicar de manera más eficaz los objetivos de largo plazo. Se requiere convencer a la sociedad de que políticas orientadas a reducir vulnerabilidades son necesarias para propiciar el logro de los objetivos sociales más amplios, como la reducción de la pobreza y una mayor igualdad de ingresos. Y sin lugar a dudas, para que las reformas reciban amplio apoyo y perduren se deben abordar en forma efectiva los problemas de la pobreza y el desarrollo humano.

La Iglesia se encuentra en una situación ideal para ayudar a comunicar estos mensajes. Realizar reformas y hacer frente a las restricciones presupuestarias no es tarea fácil para ningún gobierno. Muchas veces la gente es impaciente y suele desear resultados en muy poco tiempo. Pero el desarrollo no ocurre de la noche a la mañana, dado que las reformas tardan en dar fruto.

Por último, quisiera felicitar una vez más al Pontificio Consejo por su magnífica labor que ha dado vida al Compendio de Doctrina Social de la Iglesia. Dadas la innegable sabiduría de sus palabras, su riqueza de ideas y la amplísima perspectiva que nos ofrece sobre temas humanos y sociales, no me cabe duda que esta obra y su divulgación será un gran catalizador para movilizar las fuerzas políticas, sociales y económicas en pro del desarrollo económico sustentado en el desarrollo humano. En cuanto al FMI, cuenten con nuestro compromiso de mantener un diálogo permanente y una estrecha colaboración con la Iglesia Católica en la búsqueda de un mundo de paz, crecimiento y prosperidad para todos.

Muchas gracias.






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