Aprovechar al máximo una oportunidad histórica:
Tres principios para remodelar el marco económico y financiero mundial

Discurso de Dominique Strauss-Kahn
Director Gerente del Fondo Monetario Internacional
Palacio de Ҫıraǧan, 2 de octubre de 2009

Texto preparado para la intervención

Es un enorme placer para mí estar hoy aquí con ustedes. Deseo agradecer al Gobernador Yilmaz y al Banco Central de Turquía su invitación para pronunciar esta alocución. Asimismo, quiero manifestar mi agradecimiento al Comité para Reinventar Bretton Woods por su ayuda en la preparación de este evento. En un plano más general, les doy las gracias al Banco Central, al Gobierno de Turquía y, por supuesto, a la ciudad y a los ciudadanos de Estambul por ser anfitriones de las Reuniones Anuales del FMI y el Banco Mundial.

Hace tan solo unas semanas se cumplió el primer aniversario del colapso de Lehman Brothers. El año transcurrido desde entonces ha resultado increíblemente difícil, y nos enfrentaremos a las secuelas de la crisis durante los próximos años. Pero esta tremenda crisis también nos ha brindado una oportunidad histórica de remodelar el marco económico y financiero mundial y, por tanto, de sentar los cimientos de un crecimiento económico vigoroso y sostenible en el futuro.

Las decisiones adoptadas en la reciente cumbre del G-20 han sido extraordinariamente importantes en este sentido. Sus líderes han proporcionado al mundo los instrumentos para adaptar la cooperación económica mundial a las necesidades de este siglo. Esto incluye dar una nueva voz a las economías emergentes. Y un nuevo cometido al FMI. También han reforzado la capacidad del FMI para respaldar este nuevo cometido, comprometiéndose a reequilibrar las cuotas, lo cual contribuirá en gran medida a garantizar la legitimidad del FMI y, por ende, su eficacia.

Creo que podemos avanzar aún más. Hace sesenta años, tras los desastres de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, los líderes mundiales se reunieron para crear un nuevo orden mundial en la búsqueda de la paz y la cooperación económica, y establecieron las Naciones Unidas y las organizaciones de Bretton Woods.

Hoy, nuestros líderes tienen una oportunidad parecida: salir de la crisis financiera y lograr un cambio fundamental y duradero que beneficiará a muchas generaciones futuras. Al reconocer que un mundo globalizado exige una cooperación globalizada en cuestiones económicas y financieras, nuestros líderes se comprometen a hallar nuevas formas de trabajar más concertadas a fin de asegurar la prosperidad y la paz para todos.

A medida que asumimos el desafío de remodelar el marco económico y financiero mundial, debemos centrar la atención en nuestro objetivo fundamental, a saber: obtener un crecimiento equilibrado y que, por lo tanto, pueda ser sostenido. En otras palabras, debemos encontrar la forma de avanzar más allá de los costosos ciclos de auge y caída característicos de las últimas décadas.

Nuestros esfuerzos para remodelar el mundo de después de la crisis pueden basarse, en mi opinión, en los tres principios siguientes:

Primero, es fundamental la cooperación internacional en materia de políticas.

Segundo, la estabilidad financiera exige mejorar la regulación y la supervisión.

Tercero, el sistema monetario internacional debe ser más estable y estar anclado por un prestamista mundial de última instancia.

• Entorno económico y perspectivas

Permítanme comenzar refiriéndome brevemente al entorno económico y a las perspectivas a corto plazo, ya que ello ayudará a poner en contexto mis observaciones sobre los imperativos de política.

Resulta difícil exagerar el perjuicio causado por la crisis. Los mercados de activos registraron ventas masivas en todo el mundo, diezmando los ahorros de innumerables ciudadanos comunes. La actividad económica y el comercio mundiales experimentaron la caída más acusada desde la Segunda Guerra Mundial. La tasa de desempleo de las economías de la OCDE ha alcanzado su máximo histórico desde la guerra. Y hasta 90 millones de personas de países de bajo ingreso pueden haber sido arrastradas a la pobreza extrema a causa de la crisis.

Afortunadamente, la economía mundial ya está en vías de recuperación. Pero el crecimiento será lento (en torno al 3% en 2010) y frágil, aunque parezca que los riesgos están disminuyendo. Y a mediano plazo, es probable que el crecimiento sea moderado, e inferior al registrado tras crisis anteriores, como reflejo del daño profundo y duradero causado por la crisis financiera.

¿Cuáles son los riesgos principales para el año próximo? El mayor de todos es que la recuperación se estanque, lo cual podría suceder si la demanda privada de las economías avanzadas fuera demasiado débil para actuar como motor principal de crecimiento, una vez que pierdan fuelle las medidas de estímulo y la reposición de existencias, que han impulsado la recuperación hasta el momento. Asimismo, existe el riesgo de retroceso en los mercados financieros, en particular si el aumento de los préstamos improductivos resulta mayor de lo previsto. Por supuesto, las cosas también pueden salir mejor de lo esperado, y hemos tenido algunas sorpresas favorables en los últimos meses.

Sin embargo, lo que sin duda empeorará es el desempleo, que no es solo un problema económico que afectará a la demanda, sino un grave problema social, con consecuencias penosas para las familias y las comunidades. La crisis ya ha enviado al paro a unos 15 millones de personas en las economías avanzadas, y este número seguirá creciendo a medida que el desempleo continúe aumentando el próximo año. Las políticas que favorecen la demanda de trabajo (por ejemplo, las reducciones temporales de las contribuciones de los empleadores a la seguridad social y los subsidios para los trabajadores con reducción de jornada) ya están funcionando en muchas economías con el fin de detener las pérdidas de puestos de trabajo. Más países deberían adoptar medidas de este tipo. Asimismo, serían útiles políticas activas en el mercado de trabajo, como ayuda para la búsqueda de empleo y capacitación. Por último, debemos incrementar los esfuerzos para proteger de la crisis de desempleo a los segmentos de mano de obra más pobres. Los créditos tributarios sobre las rentas o un apoyo similar podrían ser efectivos en este aspecto.

Dados los riesgos que acabo de citar, deben mantenerse las medidas de apoyo macroeconómico y financiero hasta que se produzca una recuperación sostenible, que pueda generar una disminución duradera del desempleo. Por tanto, me alienta enormemente que los líderes del G-20 se comprometieran en Pittsburgh a evitar una retirada prematura de los estímulos.

Pero ello no significa que los países deban retrasar su preparación para el repliegue, en algún momento, de las medidas de apoyo aplicadas para superar la crisis. Esta preparación es fundamental para garantizar la credibilidad de las políticas macroeconómicas en el futuro y, en particular, para hacer frente a preocupaciones legítimas sobre la sostenibilidad fiscal.

• Es fundamental la cooperación internacional en materia de políticas

Permítanme que aborde ahora los tres principios que pueden respaldar nuestros esfuerzos por establecer un marco económico y financiero mundial más eficaz.

El primero es que la cooperación internacional en materia de políticas debe ser un elemento esencial de la economía mundial después de la crisis. Esta cooperación fue fundamental para resolver la crisis y será primordial para lograr un crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado en el futuro.

En el último año, las actuaciones resueltas y rápidas de las autoridades de todo el mundo contribuyeron positivamente a evitar una crisis mucho más profunda. La decisión de adoptar medidas coordinadas de estímulo fiscal y monetario detuvo el descenso del producto y estabilizó los mercados financieros. Los países también han cooperado para realizar amplias reformas en el sector financiero.

A medida que nos encaminamos hacia la recuperación económica, los países deben continuar colaborando para lograr pasar satisfactoriamente a una situación económica más normal. A diferencia de lo ocurrido durante la crisis, cuando lo lógico era adoptar las medidas de estímulo simultáneamente, espero que el momento y la secuencia de las políticas de normalización varíen entre países. Habrá que tener en cuenta el ritmo de recuperación económica y de saneamiento del sector financiero de cada país, así como su espacio de política disponible. Sin embargo, considero que es importante que los países adopten principios comunes para el repliegue de las medidas de apoyo relacionadas con la crisis.

A más largo plazo, la cooperación internacional en materia de políticas seguirá siendo fundamental para lograr un crecimiento económico más equilibrado y, por ende, más sostenible. Cada país tendrá que poner de su parte para alcanzar este objetivo. En algunos países habrá que continuar incrementando el ahorro; en otros se necesitan políticas que respalden el aumento de la demanda interna, incluso mediante reformas estructurales.

En el ámbito financiero, la crisis demostró claramente que, dado que los mercados financieros y las instituciones están tan interconectados a escala mundial, las autoridades de un país no podrían actuar unilateralmente sin consecuencias para otros países. Sin embargo, en el mundo de después de la crisis existe el peligro de que, para resguardar sus economías y sistemas de los shocks externos, algunos países quieran proteger sus instituciones y se retiren de los mercados mundiales. Hay que tomarse en serio las preocupaciones de estos países. Por tanto, debemos redoblar nuestros esfuerzos para hallar maneras de que todas las naciones se beneficien de una integración financiera cada vez mayor, garantizando al mismo tiempo el control de posibles efectos de contagio negativos.

En la cumbre de Pittsburgh, los líderes del G-20 se comprometieron firmemente a cooperar a nivel internacional en una amplia gama de áreas de política. Quizás el aspecto más importante es que lanzaron el "Marco para el Crecimiento Vigoroso, Sostenible y Equilibrado". Un elemento básico será el proceso concertado de evaluación mutua (o "evaluación por pares") de los marcos de política de sus respectivos países, y las repercusiones de dichos marcos para el crecimiento mundial. Los líderes del G-20 acordaron asimismo garantizar que el sistema regulador de los bancos y otras sociedades financieras controle los excesos que condujeron a la crisis.

El G-20 ha otorgado al FMI un importante papel de respaldo de dicha cooperación internacional. Se nos ha pedido que ayudemos en el proceso de evaluación mutua, desarrollando un análisis prospectivo que determine si las políticas aplicadas por los países a título individual son compatibles a nivel colectivo con una trayectoria más sostenible y equilibrada de la economía mundial. Los líderes el G-20 señalaron que su proceso de evaluación mutua solo podría tener éxito si estuviera respaldado por un análisis franco, imparcial y equilibrado de sus políticas y, por ello, solicitaron el apoyo del FMI.

Esta nueva responsabilidad está totalmente en consonancia con nuestro mandato, que exige al FMI evaluar la coherencia de las políticas de todos nuestros países miembros y sus consecuencias para la estabilidad del sistema económico y financiero mundial. Estas tareas de supervisión nos permiten aportar información esencial al debate económico internacional (por ejemplo, nuestro llamamiento para la adopción temprana de significativas medidas de estímulo fiscal para afrontar la crisis).

Sin embargo, nuestras recomendaciones no siempre han podido generar actuaciones eficaces. A este respecto, la evaluación por pares sugerida por el G-20 podría servir para complementar la labor de supervisión que ejerce el FMI. Otras maneras de impulsar esta tarea son utilizar mejor nuestras perspectivas de los distintos países, así como adoptar nuevas formas de compromiso. Por ejemplo, hemos lanzado una prueba de alerta anticipada (en estrecha colaboración con el Consejo de Estabilidad Financiera) que se centra en los riesgos de cola sistémicos y las vulnerabilidades.

• La estabilidad financiera exige mejorar la regulación y la supervisión

El segundo principio se deriva de la lección más sencilla aprendida de la crisis: la estabilidad financiera exige mejorar la regulación y la supervisión.

Aunque son muchos los factores identificables que contribuyeron a la crisis, un fallo esencial fue la ausencia de regulación y supervisión adecuadas. Aun cuando existía regulación apropiada, su aplicación y ejecución podrían haber sido mucho más rigurosas. Y dado que el entorno regulador se centró en los riesgos de instituciones o mercados concretos, no se valoró suficientemente el potencial de acumulación de riesgos sistémicos. Los problemas de supervisión también contribuyeron y la actitud de "más sabe el sector privado" generó graves errores de supervisión.

Estas lecciones se han reconocido de forma generalizada y han sentado las bases para las labores de reforma actuales. Ya se han realizado avances significativos en varios ámbitos, con medidas como el fortalecimiento de la supervisión prudencial, la mejora de la gestión de riesgos, el aumento de la transparencia, el fomento de la integridad de los mercados y el reforzamiento de la cooperación internacional.

Pero falta mucho por hacer. En su comunicado de Pittsburgh, los líderes del G-20 pidieron que se acelerara el avance en distintas áreas, que en mi opinión son fundamentales para crear un nuevo marco de regulación financiera que pueda generar estabilidad sin impedir la innovación.

Se comprometieron a desarrollar, antes del final de 2010, reglas internacionales para mejorar la cantidad y la calidad del capital y desincentivar el apalancamiento excesivo.

Respaldaron las recomendaciones del Consejo de Estabilidad Financiera sobre las políticas de remuneración, que están encaminadas a armonizar la remuneración con la creación de valor a largo plazo más que con una asunción de riesgos excesiva.

Pidieron mejoras en los mercados extrabursátiles de derivados que aumenten la transparencia, mitiguen los riesgos sistémicos y protejan del abuso del mercado.

Por último, tienen como objetivo avanzar significativamente, también antes de finales de 2010, en el tratamiento de los problemas relacionados con la resolución de instituciones transfronterizas y las instituciones financieras sistémicamente importantes.

Volviendo a las preocupaciones más inmediatas, tenemos que actuar con mayor rapidez para sanear los balances de los bancos. Esta cuestión es importante porque las instituciones financieras que todavía cargan con activos deteriorados e ilíquidos están ralentizando la creación de crédito, con inquietantes efectos indirectos sobre el crecimiento. Además, en varios países todavía hay que realizar pruebas de tensión de los citados balances para entender plenamente dónde se necesita más capital, y dónde pueden surgir problemas en el futuro.

Para volver a poner en marcha la intermediación crediticia, también es necesario reactivar los mercados de titulización. Es comprensible que estos mercados hayan adquirido muy mala reputación como consecuencia de la crisis, ya que, después de todo, fue la titulación de préstamos de alto riesgo fue lo que desató el desorden. No obstante, si se regulan adecuadamente, estos mercados pueden aportar ventajas significativas; por ejemplo, diversificando el riesgo de crédito fuera del sistema bancario y suministrando una fuente de financiamiento alternativa.

¿Qué importancia tienen las lecciones aprendidas de la reciente crisis para el desarrollo financiero de los países emergentes y en desarrollo? Sería tentador concluir que el modelo financiero "moderno" debería relegarse al olvido de la Historia y que, por tanto, el desarrollo financiero debería parar. Pero esta sería la conclusión equivocada. El desarrollo financiero ha desempeñado un papel fundamental de respaldo del crecimiento económico al permitir a los bancos y a los mercados de capitales emparejar ahorradores e inversionistas, tanto internamente como entre países, de forma cada vez más eficiente. Y debe dejarse que siga desempeñando esta función dinámica, aunque claramente dentro de un marco que controle el exceso de riesgo, al tiempo que recompense la innovación y el esfuerzo.

La agenda de reformas financieras es, sin duda, ardua y compleja y tardarán en lograrse avances significativos. Pero no olvidemos que el tiempo es el enemigo de toda reforma. Me preocupa enormemente que a medida que se recuperan los mercados financieros se va instalando la complacencia. Asimismo, se necesita con urgencia una visión clara del futuro de la regulación del sistema financiero con el fin de reducir la incertidumbre e impulsar la confianza.

También se corre el peligro de que vuelvan a surgir burbujas de activos, en ausencia de nuevas restricciones regulatorias. La abundante liquidez inyectada al sistema en respuesta a la crisis, que fue una medida de salvación fundamental para el sector financiero, está ahora a disposición de los inversionistas que buscan mayores rendimientos, por ejemplo, en los mercados emergentes. Aunque estos flujos no son perjudiciales en sí mismos, aumentan los riesgos de una inversión repentina de los flujos de capitales cuando las economías avanzadas apliquen políticas monetarias más restrictivas. Otro riesgo está relacionado con las instituciones sistémicamente importantes, que ahora son incluso más grandes como consecuencia de las fusiones realizadas durante la crisis. Se necesitan urgentemente nuevas reglas y normativas que contemplen los riesgos concretos que estas instituciones plantean para el sistema financiero y la economía en general.

El FMI no es el regulador financiero internacional. Pero las continuas mejoras de nuestro sistema de supervisión del sector financiero también podrían contribuir a estos esfuerzos. También hemos modernizado el Programa de Evaluación del Sector Financiero, acentuando el foco de las evaluaciones, que son ahora más flexibles y ágiles, y reforzando su contenido analítico.

Está claro que debemos aprovechar esta oportunidad histórica de reformar el marco financiero. Ha llegado la hora de construir un sistema financiero más seguro y estable, capaz de respaldar el crecimiento económico sostenible a largo plazo.

• Un sistema monetario internacional reforzado, con un prestamista mundial de última instancia

Por último, permítanme tratar un tercer principio importante para la economía mundial después de la crisis, que es la necesidad de un sistema monetario internacional que esté anclado por un prestamista mundial de última instancia. En los últimos años hemos sido testigos de un aumento muy significativo de las reservas oficiales de divisas, principalmente en la economías emergentes, pero también en los países en desarrollo. En conjunto, las tenencias de reservas de divisas se incrementaron desde aproximadamente $2 billones a finales de los años noventa hasta más de $8 billones actualmente. ¿Qué ha impulsado esta acumulación? Bajo mi punto de vista, una buena parte se ha debido a la ausencia de sistemas de aseguramiento adecuados que protejan frente a repentinos ceses de los flujos de capital privado.

En teoría, el FMI debería haber sido capaz de proporcionar el aseguramiento financiero exigido por estos países. Sin embargo, la preocupación sobre la cantidad de financiamiento disponible del FMI así como las condiciones de dicho financiamiento llevaron a los países a autoasegurarse.

Pero el autoseguro, en contraposición al aseguramiento financiero colectivo, es costoso. A escala interna, invertir en reservas de divisas no es eficaz porque se renuncia a inversiones alternativas, como inversiones en educación o infraestructuras, que podrían generar un rendimiento social más elevado. También complica la política monetaria y cambiaria, ya que acumular reservas significa inyectar liquidez interna al sistema, lo cual puede impulsar la inflación.

También ha habido costos a escala internacional. Los países que han acumulado reservas de divisas —para protegerse de las salidas de capitales— han tendido a aplicar estrategias de crecimiento impulsado por la exportación, que han generado superávits en cuenta corriente. Estos, a su vez, han favorecido desequilibrios mundiales cada vez mayores, con consecuencias perjudiciales para la sostenibilidad del crecimiento económico y la estabilidad del sistema monetario internacional.

La experiencia reciente ha demostrado que las crisis financieras aceleradas e impactantes pueden generar una demanda extraordinariamente elevada de recursos oficiales. Y dados los costos asociados a la acumulación de reservas, existe una necesidad clara de contar con un financiamiento de emergencia fiable y, por lo tanto, con un prestamista mundial de última instancia.

Creo que el FMI tiene el potencial para actuar como proveedor eficaz y fiable de dicho aseguramiento.

La comunidad internacional ya ha brindado un fuerte respaldo al FMI como institución principal para satisfacer las necesidades de financiamiento de las economías en crisis. En su cumbre de abril, el G-20 pidió que se triplicaran los fondos para préstamos del FMI hasta $750.000 millones. Me complace comunicarles que ya hemos recibido compromisos para cumplir este objetivo, e incluso esperamos superarlo. Ello nos ha permitido desplegar recursos financieros en cantidades sin precedentes para apoyar a un amplio número de países, eliminando así dudas previas en torno a la capacidad del FMI para cubrir las necesidades de financiamiento. Hasta la fecha ya hemos comprometido más del doble del monto que prestamos durante la crisis asiática.

También hemos realizado cambios importantes en nuestros instrumentos de préstamo para mejorar su fiabilidad. Con la introducción de la Línea de Crédito Flexible (LCF), el FMI ofrece ahora un servicio de seguro preventivo para los países miembros que cuentan con políticas fuertes. Hasta el momento, Colombia, México y Polonia se han beneficiado de este servicio. Su decisión de suscribir un seguro financiero con el FMI recibió buena acogida en los mercados, como reflejó el descenso de sus diferenciales soberanos. En general, los instrumentos de préstamo del FMI responden mejor ahora a la situación de los países miembros.

Por último, para aumentar la liquidez mundial, nuestros países miembros acordaron asignar DEG por valor de $283.000 millones, de los cuales, alrededor de $110.000 millones se han destinado a economías emergentes y en desarrollo, dando así un agradecido impulso a sus reservas.

Los recursos facilitados y comprometidos al FMI fueron extraordinariamente útiles para estabilizar los mercados en el punto álgido de la crisis. Pero son de carácter temporal o contingente. Concretamente, los $500.000 millones en nuevos recursos disponibles para préstamos se han facilitado a través de los denominados Nuevos Acuerdos para la Obtención de Préstamos, un sistema de acuerdos de crédito con varios países miembros e instituciones. Estos acuerdos son temporales y requieren aprobación cada cinco años. También son contingentes porque solo se activan cuando se ve claramente que la crisis es inminente o que ya está en marcha. Estas condiciones añadirían un elemento de incertidumbre a la disponibilidad de financiamiento del FMI para afrontar crisis. Y aunque nuestros recursos para préstamos han resultado ser suficientes hasta el momento, puede que no basten para que nuestros países miembros y los mercados financieros confíen en que alcanzarían para hacer frente a futuras crisis.

Esta incertidumbre significa que el FMI no puede actuar todavía como prestamista mundial creíble de última instancia. Y dado que facilitar aseguramiento financiero mundial es tan importante para la resolución y la prevención de crisis, debe aumentar más la base de recursos del FMI. Naturalmente, es difícil decidir a cuánto debe ascender (algunos han dicho que a $1 billón, mientras que otros piensan que la base de recursos debería ser muy superior a esta cifra). También está la cuestión de cómo se suministrarían los recursos adicionales. Para garantizar la credibilidad, un aumento de las cuotas —lo que implica asegurar recursos adicionales de forma permanente— sería una parte importante de la solución. Al mismo tiempo, también deberíamos evaluar el papel que podrían desempeñar los convenios regionales para la mancomunación de reservas como proveedores adicionales de aseguramiento financiero, así como la posible cooperación entre el FMI y dichos convenios.

También podríamos intentar explorar con más ahínco otras opciones para aumentar la estabilidad del sistema monetario internacional. Por ejemplo, para hacer frente a las presiones de liquidez mundial, la asignación de DEG podría ser más sensible a la evolución mundial y más flexible según las circunstancias de cada país.

Por último, deberíamos hallar fórmulas para que nuestros recursos satisfagan mejor las necesidades de nuestros países miembros. Una posibilidad es aprovechar el éxito de la LCF y mejorar la capacidad de predicción del acceso al financiamiento del FMI en épocas de crisis. Una opción concreta en este caso sería considerar el cumplimiento de los requisitos para acceder a la LCF como un aspecto automático de la supervisión ordinaria. Y para los países miembros que no reúnen los requisitos para recurrir a la LCF, podríamos estudiar el diseño de instrumentos contingentes alternativos que también contengan un elemento de automatismo.

• Reflexiones finales

Me gustaría tratar una cuestión más, que es muy importante para que el FMI desempeñe con eficacia y relevancia toda su gama de responsabilidades: la reforma de la estructura de gobierno.

El FMI no puede triunfar en sus empeños, ya sean de supervisión, respaldo financiero o asistencia técnica, a menos que todos nuestros países miembros lo consideren su institución, consideren que refuerza sus intereses comunes y sus objetivos estratégicos. Esta legitimidad es fundamental para que nuestra labor de supervisión se estime imparcial e independiente y, por tanto, sea eficaz. Un requisito previo esencial es también que el FMI actúe como prestamista mundial creíble de última instancia.

Por este motivo, el reciente acuerdo del G-20 de modernizar la estructura de gobierno del FMI es realmente histórico. Los líderes de dicho grupo se comprometieron a modificar las cuotas a favor de los países de mercados emergentes y en desarrollo activos un mínimo del 5%, de los países sobrerrepresentados a los subrepresentados. La actual fórmula de cuotas del FMI se utilizará como base para trabajar. También se comprometieron a proteger la proporción de votos de los países más pobres del FMI.

Pido a los 186 países miembros del FMI que actúen rápidamente para que este compromiso se haga realidad, esperemos que antes de enero de 2011. A este respecto, también les insto a proceder con celeridad a la ratificación de la reforma de las cuotas y la representación de abril de 2008.

También otras reformas mejorarían la estructura de gobierno del FMI. Debemos reforzar los canales a través de los cuales los Gobernadores del FMI facilitan orientación estratégica a la institución y responsabilizar a ésta de su seguimiento. También debemos garantizar que la selección del Director Gerente del FMI y de nuestros altos cargos se fundamente en un proceso abierto, transparente y basado en los méritos profesionales.

Estoy firmemente convencido de que estos cambios permitirán que el FMI contribuya de forma útil y duradera a construir un nuevo marco económico y financiero mundial. Ello no solo ayudará a asegurar la prosperidad en el mundo, sino que también sentará las bases para una coexistencia más armónica, y por tanto más pacífica, de todos los habitantes del mundo.

Conforme trabajamos juntos para resolver los problemas de hoy y hacer frente a los retos del mañana, encuentro inspiración en las palabras de Kemal Atatürk, fundador de la República de Turquía, quien hace unos 75 años afirmó: "Los países son diversos, pero la civilización es una, y es necesario participar en esta civilización única para el progreso de la nación".

Por el bien de vuestra gente, y por el bien de toda la gente, sigamos trabajando juntos para construir una economía mundial estable y próspera.



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