Rechacemos la reforma financiera nacional improvisada

Comentario de Dominique Strauss-Kahn
Publicado en el Financial Times, 17 de febrero de 2010

En este momento en que los países del mundo entero se vuelcan a la seria tarea de reformar sus sistemas financieros, se impone la necesidad de estrechar la cooperación internacional. El imperativo de reparar el modelo regulatorio fracasado, fuente de la crisis, es un argumento importante, pero también lo es la indignación pública ante el espectáculo de bonificaciones bancarias desmedidas en medio del creciente desempleo. Sea cual fuere el motivo, se percibe una nueva manera de pensar en recientes propuestas de reforma del sector financiero que van más allá de aspectos técnicos como la capitalización y las convenciones contables para abordar excesos en el tamaño, la complejidad y los regímenes de remuneración.

La complicación es que los sistemas financieros nacionales forman parte de una red mundial más extensa. Aunque se encuentra en marcha un proceso de colaboración para superar el problema de reguladores locales que tratan con bancos internacionales, muchos países están enfocando la reforma global desde ángulos diferentes y a ritmos distintos, ignorando una de las lecciones centrales de la crisis: la coordinación es más fructífera que el unilateralismo.

Tomemos un ejemplo sencillo. Varios países decidieron que los bancos extranjeros deben mantener localmente un nivel de liquidez más elevado para hacer frente a una posible pérdida de acceso al financiamiento local, incluso si operan como sucursales extranjeras. A primera vista, se trata de una medida prudente. Pero los grandes bancos controlan los riesgos de financiamiento y crédito desde una perspectiva internacional. Si se ven obligados a mantener cierto nivel de liquidez en cada jurisdicción nacional, su capacidad de intermediación entre un país y otro podría deteriorarse —y en consecuencia encarecerse—, en detrimento de la economía mundial. Ese es el tipo de factor que corresponde analizar a fondo y debatir a nivel multilateral antes de acordar reformas en uno u otro sentido, aun las que parecen perfectamente razonables.

Una razón por la cual se están multiplicando las iniciativas localmente razonables pero internacionalmente cortas de miras es que los reguladores todavía no logran forjar un mecanismo convincente para afrontar mancomunadamente los efectos que se hacen sentir cuando tambalea un conglomerado internacional. Se trata indudablemente de un reto formidable, el lugar en el que la autoridad fiscal y las leyes de quiebra de cada país se topan con la realidad de la operatoria bancaria internacional.

Hasta que no tengamos una carta internacional como la que rige los accidentes de navegación, los países inevitablemente intentarán limitar la responsabilidad que podría recaer en sus propios contribuyentes insistiendo en reglas prudenciales locales. Entre tanto, las instituciones que se encuentran al borde de la quiebra inevitablemente se apresurarán a repatriar sus activos a expensas de una solución mundial más eficiente, que es, después de todo, lo que exige la legislación actual.

Esta es una manifestación más de la laguna en la regulación de las instituciones grandes y complejas que dominan el mundo de las finanzas. Imaginemos un holding financiero propietario de un banco comercial, un banco de inversiones, una aseguradora y un operador de derivados. En las buenas épocas, lo único que importa es el conglomerado. En las malas, cada una de las subsidiarias en problemas debe subsanarse por separado, mediante reglas y procedimientos que varían según su personalidad jurídica y que podrían atentar contra el conglomerado, el sistema financiero y la economía. Imaginemos ahora un conglomerado con un centenar de subsidiarias repartidas entre numerosas jurisdicciones, y nos enfrentaremos a la compleja realidad que era Lehman Brothers.

Es por eso que las propuestas recientes sobre “autoridades de resolución especiales” y “testamentos vitales” para hacer frente a la quiebra de una institución financiera compleja a nivel de la matriz tienen enorme importancia. Pero aunque buscan un término medio entre el salvataje y el colapso catastrófico, el alcance de estos mecanismos no siempre se extiende a las subsidiarias ubicadas fuera del país de origen. Además, no todas las jurisdicciones tienen tal autoridad de resolución sobre los holding financieros. Hasta que no haya un acuerdo mundial, tendremos un sistema fragmentado y enfoques estrictamente nacionales.

Por ende, la concertación internacional de un acuerdo sobre políticas prudenciales bajo la égida del Comité de Basilea y del Foro sobre Estabilidad Financiera es una tarea sumamente importante que merece el pleno respaldo de la comunidad internacional. La labor de estos organismos y de otros entes normativos financieros debe agilizarse para armonizar las reglas que limitan los excesos en la toma de riesgos y abordan algunos de los retos más amplios, tales como el suministro de liquidez más allá de los límites del sistema bancario formal (en esta crisis, la corrida no la sufrieron tanto los depósitos bancarios como el financiamiento mayorista ante la avalancha de inversionistas internacionales).

Si el acuerdo internacional se hace esperar demasiado, nos exponemos a que se agote la paciencia política con los cónclaves regulatorios y a caer en un ciclo de políticas descoordinadas, flujos de capital distorsionados y arbitraje regulatorio. El Fondo Monetario Internacional, por su parte, se dedicará a extraer las implicaciones sistémicas y macroeconómicas de las reformas del sector financiero y, llegado el caso, las del intento fracasado por llegar a una solución común.

El autor es Director Gerente del Fondo Monetario Internacional.



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