Ya no son solo los mercados los que impulsan la economía mundial. La rivalidad geopolítica se ha vuelto igual de importante. Los flujos comerciales se redirigen como resultado del cálculo político; la confianza, más que la eficiencia, es el motor de los flujos de capitales; y puede que la tecnología haya impulsado la productividad hasta niveles nunca vistos, aunque también se ha convertido en un arma de guerra. El resultado es que vivimos en un mundo donde la incertidumbre es cada vez mayor y lo que prima es hacer negocio, sin respetar ni prestar atención a las normas establecidas.
La geopolítica dicta las decisiones económicas. En un momento en el que las cadenas de suministro están cambiando, la seguridad energética se ha convertido en el ancla de la resiliencia nacional. Los sistemas financieros y las monedas preferidas para las transacciones están cada vez más segmentados, e incluso las estrategias de las instituciones multilaterales han pasado a ser polémicas. La retirada de Estados Unidos de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y otras plataformas mundiales nos hace tomar conciencia de que los viejos pilares de la coordinación mundial no pueden seguir dándose por sentados.
Para las potencias intermedias, incluida la India, estas disrupciones plantean riesgos y también oportunidades. Los marcos universales establecidos se están debilitando, pero aun así está surgiendo un mundo plurilateral. Las coaliciones son más pequeñas, se enfocan en cuestiones concretas y a menudo duran poco. La influencia ya no se deriva únicamente del tamaño económico o del poder militar, sino del poder de convocatoria y de la capacidad de tender puentes y definir agendas. Esta es la fortaleza que países como la India deben intentar desarrollar de manera creativa.
Reformar el multilateralismo significa reconocer que la vieja arquitectura ya no se sostiene como antes. Si Estados Unidos continúa siendo un participante díscolo en las negociaciones internacionales, será necesario fortalecer vías alternativas. Ya hay organismos multilaterales de desarrollo donde la influencia estadounidense es limitada o indirecta, tales como el Banco Asiático de Desarrollo, el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, el Nuevo Banco de Desarrollo y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura.
Estas instituciones ofrecen espacios para una cooperación más pragmática y menos polarizada. Esa cooperación es particularmente urgente en relación con las políticas climáticas, en cuyo caso los riesgos son transnacionales y exigen coordinación, incluso si no se da el pleno consenso. Como ha argumentado el primer ministro canadiense Mark Carney, el antiguo orden mundial ha llegado a su fin. Las potencias intermedias deben sentarse a la mesa, no ser únicamente un tema de la agenda.
Para la India, ser el catalizador de nuevas coaliciones entre las economías de mercados emergentes y en desarrollo entraña una gran responsabilidad. Se trata, en muchos sentidos, del resurgimiento del espíritu de no alineamiento de los tiempos de la Guerra Fría, pero adaptado a un mundo que no está definido por bloques ideológicos opuestos, sino más bien por la superposición de intereses económicos.
Los desafíos para las potencias intermedias
El ascenso económico de la India coincide con la fractura del orden mundial. La transformación del país en la cuarta economía del mundo, con un crecimiento medio del 7% en la última década, radica en la estabilidad macroeconómica y el notable progreso en la expansión de las infraestructuras y la reducción de la pobreza.
Sin embargo, no es momento de celebrar el pasado sino más bien de reorientar la estrategia. Las acciones que emprenda la India en un mundo impredecible servirán como lección para otras potencias intermedias que se enfrenten a cuatro desafíos comunes que ninguna nación puede superar en solitario.
El primer desafío surge de la creciente intromisión de la geopolítica en la esfera económica, en particular en los mercados de la energía. La India es el tercer consumidor mundial de energía y eso significa que el país está expuesto a shocks externos. Para cubrirse frente a ese riesgo, el país se ha comprometido a alcanzar el objetivo de cero emisiones netas de aquí a 2070, y de 500 gigavatios de capacidad energética no procedente de combustibles fósiles antes de 2030. La energía renovable ya supera el 50% de la capacidad instalada.
Las últimas contribuciones determinadas a nivel nacional de la India son ciertamente audaces, en vista de que un número de países con importantes volúmenes de emisiones están desdiciéndose de sus compromisos, y de que la desintegración de ese consenso complica las negociaciones en torno al clima. No obstante, la matemática de la transición sigue planteando un obstáculo macroeconómico fundamental. Las economías en desarrollo necesitan al menos USD 310.000 millones anuales para adaptarse, pero los flujos actuales de fondos apenas llegan a los USD 26.000 millones.
Esta transición se está produciendo con unos riesgos fiscales sin precedentes como telón de fondo en las economías avanzadas. El déficit fiscal medio de las economías de mercados emergentes también es alto, de alrededor del 5,5% del PIB. Alcanzar la siguiente fase del crecimiento verde depende de que se logre o no reconciliar estos desequilibrios por medio de políticas fiscales prudente.