En una tarde nublada y tranquila de mayo, Saharat Chuaikaew se encuentra en la oficina del consejo estudiantil solucionando un problema técnico en la base de datos de las asociaciones estudiantiles y los equipos deportivos de la Universidad Tecnológica Rey Mongkut de Thonburi.
Cuando no se dedica a sus estudios de ingeniería en una de las principales universidades tecnológicas de Tailandia, Chuaikaew trabaja como pasante en una fábrica de bebidas energizantes, produciendo la dosis de azúcar y cafeína que puede ayudar a alguien a estudiar a tiempo completo una carrera en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (CTIM), hacer una pasantía en el sector industrial y, además, ser voluntario en tareas de tecnología de la información unas 15 horas a la semana.
Hace un decenio, este joven de 21 años probablemente habría esperado comenzar su carrera profesional en la fábrica de bebidas, donde trabajaría bajo la supervisión de un ingeniero experimentado y aprendería el oficio ocupándose de las funciones que tradicionalmente se encargaban a los recién graduados. Hoy, Chuaikaew no está tan seguro de que eso suceda.
Según comenta, cada vez son más las tareas complejas que pueden externalizarse gratuitamente a modelos de inteligencia artificial (IA), lo que reduce la necesidad de muchos puestos técnicos básicos en las plantillas de las empresas.
“Creo que ahora es más difícil que antes porque se utiliza la IA junto con un ingeniero superior, y ya no se necesita un ingeniero júnior para que haga el trabajo”, indica a Finanzas y Desarrollo. “No es fácil conseguir empleo”.
La Ley de Tecnología de Tailandia de 1971 fusionó un grupo de instituciones de educación superior y las integró en la Universidad Tecnológica Rey Mongkut de Thonburi, mejor conocida como KMUTT, para preparar profesionales altamente cualificados en un contexto de transformación tecnológica. Al momento de esa fusión, hace más de medio siglo, había alrededor de 500 millones de adultos jóvenes listos para incorporarse a la fuerza laboral en las distintas economías de mercados emergentes y en desarrollo del mundo.
En mayo de este año, Chuaikaew estaba a pocas semanas de graduarse y sumarse a la búsqueda de empleo más multitudinaria jamás registrada. Alrededor de 1.200 millones de personas ingresarán al mercado laboral en las economías en desarrollo en los próximos 10 años.
En un informe sobre la problemática mundial del empleo (The Global Jobs Challenge), publicado en junio, el Banco Mundial señala que, probablemente, estos hombres y mujeres jóvenes representarán la mayor cohorte de jóvenes de la historia: superior en número a cualquier década anterior y superior a lo proyectado para cualquiera de las décadas de aquí a finales de siglo.
Pero los graduados de la generación Z de Asia Sudoriental, como Chuaikaew, están ingresando a una economía más débil que la que encontraron sus padres cerca de principios de siglo, ya que el crecimiento mundial es aproximadamente un tercio más bajo y los gobiernos disponen de menos políticas a las que pueden recurrir en un contexto de mucha más incertidumbre.
Una sucesión de shocks mundiales —desde la inflación en la era de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania hasta la volatilidad más reciente de los mercados energéticos— ha reducido el gasto y ha ocasionado costos de vida exorbitantes.
La presión es particularmente intensa en Asia, donde muchas economías dependen en gran medida de energía importada que se transporta a través del estrecho de Ormuz. Por ejemplo, alrededor del 60% de las importaciones de petróleo de Tailandia provienen del golfo Pérsico.
Mientras Chuaikaew se preparaba para graduarse a principios de este año, muchos otros jóvenes —por ejemplo, en Sri Lanka— trabajaban cuatro días a la semana y hacían fila para conseguir combustible debido a las restricciones de emergencia impuestas. En Indonesia, los estudiantes protestaban por el aumento del precio de los combustibles y la disminución del poder adquisitivo.
En India, el presidente del Tribunal Supremo del país comparó a los graduados sin empleo con “cucarachas”. Esto cristalizó la frustración por el desempleo juvenil y contribuyó a impulsar un movimiento de protesta que culminó, dos meses después, en la renuncia del ministro de educación.
En una presentación, el año pasado, la presidenta de la Comisión de Educación Superior de Filipinas, Shirley Castañeda Agrupis, señaló que el porcentaje de graduados universitarios entre las personas desempleadas del país estaba aumentando.
“El problema va más allá de las cifras de desempleo”, admitió Agrupis. “Incluso cuando existen oportunidades laborales, sigue habiendo un desfase entre las competencias disponibles y las de los graduados”.
Una cohorte récord de jóvenes
El desempleo juvenil es elevado en toda Asia, pero, según estudios del FMI, suele ser mayor entre las personas con un nivel educativo más avanzado.
“Los trabajadores jóvenes con un alto nivel educativo están teniendo dificultades para hallar puestos que se ajusten a sus cualificaciones”, dijo Krishna Srinivasan, director del Departamento de Asia y el Pacífico del FMI, en una conferencia de prensa en abril.
En Tailandia, por ejemplo, el 3,9% de las personas de entre 15 y 24 años estaban desempleadas el año pasado, pero la tasa correspondiente a tailandeses de esa misma edad con educación postsecundaria era tres veces mayor, del 13,2%.
Se observa una tendencia similar en la mayoría de las economías de Asia Sudoriental, aunque la situación es peor en Asia Meridional, donde la desocupación de los jóvenes con mayor nivel educativo se ubica entre el 36% aproximadamente en Bangladesh y el 43% en Sri Lanka (gráfico 1).
La IA tiene el potencial para generar beneficios en materia de crecimiento y productividad, pero la tecnología también podría intensificar las presiones en el mercado laboral para los trabajadores jóvenes si su adopción avanza más rápido que el desarrollo de las competencias necesarias, según ha señalado Srinivasan.
“De ahí la importancia de repensar la educación y la reconversión laboral en un sentido más amplio, hacer que las universidades y los programas técnicos se adapten más a las demandas de los empleadores, y dotar a los graduados de las competencias que las empresas realmente necesitan”.
La preocupación por los cambios tecnológicos y cómo estos incidirán en el lugar que ocupan los jóvenes en la sociedad se refleja en las conversaciones con los estudiantes en el campus de la universidad KMUTT.
“Aún no sé qué haré en el futuro”, dice un estudiante de animación que actualmente depende de un empleo a tiempo parcial. “No creo que pueda trabajar de animador”.
Muchos aquí temen que el avance de la integración de la IA en los mercados de trabajo de Asia Sudoriental reduzca las oportunidades laborales para los trabajadores altamente cualificados en los próximos años, desde los estudios visuales y de animación de la economía creativa de Bangkok hasta las líneas de producción industrial en las que trabaja Chuaikaew.
“Estoy muy preocupado por mi carrera profesional porque, sin duda, la IA puede sustituirme si no cuento con algunas de las denominadas habilidades blandas, además de aptitudes técnicas, como otro idioma”, señala.
Chuaikaew siente que su situación refleja la preocupación que ha acompañado a los avances tecnológicos en el pasado, desde la imprenta hasta el motor de combustión interna, en concreto: ¿será capaz la sociedad de aprovechar el aumento de la productividad y, al mismo tiempo, seguir creando puestos de trabajo bien remunerados para la próxima generación? Sin embargo, muchos jóvenes sienten que este momento exige actuar con mayor celeridad.
Un representante de la universidad señaló que los estudiantes de KMUTT habían manifestado preocupación en las encuestas sobre el impacto de la tecnología en sus perspectivas de empleo. En respuesta, la universidad adquirió licencias para que 1.000 estudiantes recibieran formación sobre cómo utilizar la IA para impulsar sus carreras profesionales.
“Creo que a algunos estudiantes les preocupa eso”, dijo una funcionaria de la universidad, quien también añadió que las posibilidades de que la IA reestructurara el mercado laboral parecían remotas cuando se licenció en esa misma universidad 10 años atrás.
Estudiantes de gastronomía de la Universidad de Chulalongkorn cocinan para un evento de celebración del espíritu emprendedor. Foto: IMF Photo/Kim Haughton
Un entorno económico en evolución
La universidad está ubicada en el lado de Thonburi del río Chao Phraya, en la zona que alguna vez fue la capital de Siam, un entramado de canales y huertos de frutas tropicales, como mangostán y rambután.
La universidad, que lleva el nombre del rey Mongkut, también conocido como Rama IV, un monarca del siglo XIX que promovió la enseñanza moderna y de las ciencias, encarna un compromiso con el avance científico y la evolución tecnológica que data de hace más de 150 años. Como es bien sabido, Mongkut, que había sido monje, calculó el momento en que se produciría un eclipse solar en 1868.
Mongkut gobernó mientras la imprenta reconfiguraba la administración en Siam, los barcos de vapor surcaban el río Chao Phraya y la economía se abría gradualmente al libre comercio.
Estos cambios formaban parte de una transición más amplia en un momento en el que la adopción de nuevas tecnologías y la evolución de la economía mundial comenzaron a transformar los sistemas de comercio y gobierno.
En fotografías de la construcción de la universidad en 1974, conservadas por archivistas, puede verse que los primeros edificios se alzaban entre terrenos lodosos bordeados de palmeras.
Hoy en día, esos terrenos se encuentran pavimentados tras la expansión de Bangkok. Las calles que parten de la universidad atraviesan cada vez más parques logísticos y conglomerados (clústeres) industriales, donde empresas mundiales de tecnología están construyendo centros de datos para que Tailandia pueda cumplir su objetivo de convertirse en un centro regional.
La junta de inversiones de Tailandia ha señalado que, en el primer trimestre de este año, registró aplicaciones por un valor de 873.741 millones de bahts tailandeses (USD 27.300 millones) en 48 proyectos digitales, principalmente en centros de datos y servicios en la nube, en Bangkok y provincias cercanas.
En algunas conferencias celebradas este año sobre el surgimiento de Tailandia como centro regional de datos, ejecutivos del sector advirtieron que el desafío más inmediato no era la futura escasez de empleos, sino la apremiante falta de trabajadores dotados de las competencias necesarias para apoyar la rápida expansión del sector.
Algunos estudios de las economías de los mercados emergentes indican que las tecnologías orientadas a mejorar la productividad generan efectos dispares en relación con el empleo. Si bien la automatización puede reducir la demanda de mano de obra para algunas tareas, las mejoras de la productividad también podrían fomentar la inversión, ampliar las empresas y crear nuevas formas de trabajo.
Según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo publicado en julio, la IA generativa podría afectar el trabajo de cerca de 80 millones de personas en Asia Sudoriental, aunque esta organización con sede en Ginebra aún no observa indicios de pérdidas de empleo a gran escala.
Cuando Chuaikaew visita su hogar en Chonburi, a veces habla sobre el futuro con su padre, que dirige una empresa de logística. Su padre lo alienta a mantener una actitud abierta con respecto a los lugares en los que podría trabajar y aplicar sus conocimientos de ingeniería, e incluso le ha sugerido considerar el sector público.
Chuaikaew ocupa un lugar inusual en esta transición. Durante el día, ayuda a crear sistemas automatizados para una de las principales empresas de bebidas de Tailandia. Sin embargo, en otros momentos, teme que esas mismas tecnologías reduzcan la necesidad de ingenieros jóvenes y que este sea solo el comienzo.