El shock de Estados Unidos
El shock de Estados Unidos, a diferencia del shock de China, es un shock de demanda. Se refiere a una retahíla de aranceles, sanciones, restricciones a la exportación y controles de inversión dirigidos no contra un único adversario, sino contra todas las demás economías. Viet Nam es un buen ejemplo: enviaba a Estados Unidos un tercio de sus exportaciones de bienes y, en un primer momento, se vio afectado por un arancel del 46%, posteriormente sustituido por una tasa básica del 20%, con un 40% para determinados productos. Incluso Corea del Sur y Singapur, pese a contar con acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, se vieron afectados por medidas arancelarias.
El shock de Estados Unidos va más allá de las decisiones de una única administración. De hecho, más recientemente, la política comercial de Estados Unidos ha virado hacia un escepticismo más profundo respecto del comercio en sí mismo y ya no emplea las restricciones comerciales simplemente como herramientas temporales para alcanzar objetivos más amplios, como promover el desarrollo nacional o gestionar las alianzas.
Estados Unidos tiene otras reivindicaciones. Ha acusado a China de atenerse formalmente a las normas de la OMC, pero contravenir el espíritu que las sustenta. Por ejemplo, entre 2012 y 2014, China justificó inicialmente sus restricciones a la exportación de tierras raras por motivos medioambientales, pero finalmente aceptó el fallo de la OMC según el cual dichas restricciones reservaban recursos para las industrias chinas en las etapas posteriores de la cadena de producción, lo que ponía en desventaja a los competidores extranjeros.
La acusación más grave es que China ha aprovechado su condición de economía en desarrollo para sacar partido de las lagunas y ambigüedades de las normas de la OMC. Así, las preocupaciones sobre su capacidad exportadora han alimentado la sospecha de que China no considera el sistema basado en normas como un mecanismo compatible con los incentivos, sino que practica lo que podría denominarse “mercantilismo compatible con las normas”.
El shock del multilateralismo
El shock del multilateralismo afecta al sistema en su conjunto. Cuando Estados Unidos empezó a cuestionar el orden multilateral, otras economías avanzadas concluyeron que el terreno de juego había dejado de ser equitativo y comenzaron a recurrir a políticas industriales para recuperar sus posiciones. A medida que la lógica geoeconómica se fue arraigando en las políticas nacionales, la interdependencia económica, antes beneficiosa, pasó a verse como una fuente de ventaja estratégica amenazadora. El comercio dejó de entenderse como una competencia por la productividad y pasó a estar dominado por disputas sobre los puntos de estrangulamiento y las balanzas de pagos.
Para muchos, el multilateralismo basado en normas pasó a verse como un bien público mundial costoso, cuyos beneficios favorecían más a otros países que al propio. Estados Unidos y otras economías desarrolladas, que en un principio habían obtenido ventajas desproporcionadas, comenzaron a percibir un deterioro de la relación entre costos y beneficios (Gaspar, Hagan y Obstfeld, 2018). A medida que los primeros comenzaron a superar a los segundos, un número creciente de países retiró su apoyo incondicional al sistema.
Cuando cada país trata de obtener una ventaja sobre sus rivales, el resultado colectivo es el desmoronamiento del orden multilateral, que perjudica a todos. Aunque más del 70% del comercio transfronterizo sigue rigiéndose por las normas de la OMC, las perturbaciones comerciales provocadas por las naciones de manera unilateral han aumentado en más del triple desde 2019, como señala la Directora Gerente del FMI, Kristalina Georgieva. La crisis del multilateralismo se asemeja así, de manera alarmante, al clásico dilema del prisionero o, como Shiro Armstrong y yo lo denominamos en un artículo de 2026, a un resultado de “fracaso épico”.
Suficientemente multilateral
La erosión del multilateralismo basado en normas supone una grave amenaza para el desarrollo continuado de Asia Sudoriental. Según investigaciones de expertos en relaciones internacionales (por ejemplo, Khong y Liow, 2025), la tensión geopolítica ha desestabilizado las relaciones comerciales, diplomáticas y de poder entre los Estados miembros de la ASEAN, lo que plantea la siguiente pregunta: ¿cómo pueden unos Estados no hegemónicos, pero fuertemente incentivados a cooperar, reconstruir las funciones esenciales del antiguo orden? La respuesta reside en lo que el FMI y otros denominan “multilateralismo pragmático”: Estados con ideas afines que forman coaliciones para perseguir un objetivo concreto, incluso en ausencia de un consenso universal.
Para que una coalición de este tipo sea eficaz, debe asentarse sobre los mismos tres principios ya señalados como pilares del antiguo sistema: igualdad de condiciones, resolución pacífica de diferencias y cooperación frente a desafíos comunes. Una coalición que reúna estas condiciones será lo suficientemente multilateral, aunque el entorno más amplio siga organizado de manera flexible.
Dicho de otro modo, el conjunto de todas las naciones puede concebirse como una estructura flexible. Pueden formarse grupos para negociar tratados y alcanzar acuerdos explícitos, pero nadie está obligado a participar en ellos. Una coalición de Estados cuyos incentivos estén alineados y que favorezca la cooperación incluso sin un contrato formal puede ser preferible a otra que se aferre inútilmente a un acuerdo vinculante. Ambas vías pueden funcionar, siempre que la coalición resultante sea suficientemente multilateral.
La ASEAN es un ejemplo de este tipo de coalición. Aunque no constituye un sistema multilateral pleno, se concentra en desafíos concretos que preocupan a sus miembros. Al mismo tiempo, se ha mantenido abierta a nuevos integrantes y recientemente ha admitido a Timor-Leste como miembro. Otras dos coaliciones suficientemente multilaterales son la Asociación Económica Integral Regional, que reúne a los países de la ASEAN y China, Japón y Corea del Sur, y el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, una agrupación más heterogénea a la que recientemente se incorporó el Reino Unido.
Las coaliciones flexibles y suficientemente multilaterales pueden extenderse más allá de una región o una zona geográfica concreta. Un ejemplo es el procedimiento arbitral multipartito de apelación provisional de la OMC. Creado en 2020 para resolver diferencias comerciales después de que el Órgano de Apelación de la OMC dejara de funcionar, comenzó con 16 signatarios y desde entonces ha crecido hasta superar el doble de esa cifra, con participantes de seis continentes.
Principios básicos
Estos ejemplos muestran que, incluso cuando el consenso mundial se debilita, Asia Sudoriental puede seguir aplicando —y adaptando a nuevas circunstancias— los principios de una estructura lo suficientemente multilateral y flexible, capaz de preservar las ventajas de la cooperación y el multilateralismo. Las instituciones internacionales, como el FMI, pueden desempeñar un papel esencial e independiente, al velar por que las nuevas estructuras flexibles se mantengan abiertas e inclusivas. El mundo no tiene por qué dividirse en esferas de influencia rivales: puede organizarse sobre una base flexible y multilateral.
En el último medio siglo, Asia Sudoriental ha aprovechado muy bien el orden mundial multilateral basado en normas y gracias a eso ha podido acelerar el crecimiento, generar más empleo y mejorar el bienestar. A cambio, “Asia fabril” ha suministrado al resto del mundo productos electrónicos y textiles asequibles y fabricados a gran escala.
Hoy, sin embargo, el orden mundial está evolucionando hacia la geoeconomía y la interdependencia estratégica. Los shocks de China, Estados Unidos y el multilateralismo responden a tendencias de alcance planetario que difícilmente desaparecerán como consecuencia de unas elecciones estadounidenses o de cambios de liderazgo y de formulación de políticas determinados por personalidades concretas. No obstante, los principios fundamentales del sistema multilateral pueden sobrevivir en una estructura flexible basada en incentivos compartidos en lugar de normas rígidas.