98/24 (S)
TEXTO PREPARADO PARA LA INTERVENCIÓN
inglés
Intervención de Michel Camdessus,
Director Gerente del Fondo Monetario Internacional,
en el Congreso Financiero Internacional, Finantia ‘98
Madrid, 25 de noviembre de 1998
Me siento muy complacido al poder estar hoy con ustedes. Con el nacimiento del euro,
Europa, o mejor dicho, los primeros países participantes en la UEM, están a
punto de dar un gran paso adelante en materia de cooperación internacional. Por
primera vez en la historia, un grupo de grandes Estados nacionales van a renunciar
voluntariamente a uno de sus símbolos de identidad más apreciados
—sus monedas— no porque las monedas de cada país hayan perdido su
valor, sino en aras del beneficio común que, a su juicio, entrañará el
proceso. Se está creando una moneda común totalmente nueva, una moneda
que trasciende los límites del Estado nacional y que se basa en el consenso en unas
instituciones comunes, la convergencia económica y un acuerdo mutuo en materia de
políticas. Se trata, ciertamente, de un acontecimiento de importancia capital en la
evolución económica mundial y qué bueno que España sea
parte de él.
En los albores del siglo XX, las economías nacionales ya estaban notablemente
vinculadas entre sí por medio de los intercambios comerciales y los flujos de capital.
No obstante, en la primera mitad de este siglo, el panorama se vio ensombrecido por un
repliegue hacia posiciones aislacionistas, la autarquía y los conflictos mundiales. La
segunda mitad del siglo XX se ha caracterizado por el esfuerzo desplegado para recuperar, y
de hecho hacer extensiva a todos los países, la apertura de los regímenes
comerciales, de pagos y de capital. Ahora que el siglo está a punto de concluir,
observamos que se ha vuelto a lograr un notable grado de globalización, los mercados
financieros están mucho más integrados y la congruencia y la previsibilidad
en la formulación de las políticas son ahora más necesarias. Hace ya
mucho tiempo que el mundo renunció al patrón oro como base del
funcionamiento de la economía mundial. En su lugar, podemos pensar en "un
patrón basado en las políticas" que inspire confianza mediante la
solidez de las instituciones y las políticas económicas.
En vísperas de esta histórica entrada en vigor del euro, ¿en qué
estado se encuentra la economía mundial? ¿Cuál es el estado de ese
"patrón basado en las políticas" a nivel internacional? Hace seis
semanas, cuando los líderes mundiales de la economía y las finanzas
participaron en las Reuniones Anuales del FMI y del Banco Mundial, flotaba en el ambiente
una sensación de crisis inminente. Muchos comentaron —con frecuencia en
forma muy notoria— que parecía que la crisis de Asia no iba a acabar
nunca. La decisión unilateral de Rusia de reprogramar su deuda había
caído como un mazazo en los mercados financieros, suscitando el temor de que otros
grandes deudores pudieran seguir el ejemplo. De hecho, los efectos de contagio amenazaban
con propagarse a otros mercados emergentes importantes, sobre todo de América
Latina, región que había logrado capear la primera oleada de crisis en 1997.
La situación económica de Japón seguía siendo un gran
motivo de preocupación, por el temor de que el país se hundiese aún
más en la recesión sin haber progresado mucho en la reforma del sistema
bancario interno. E incluso en Estados Unidos, la economía más robusta, las
autoridades tuvieron que tomar súbitamente medidas para evitar el colapso de un
fondo especulativo de cobertura que operaba con un alto nivel de apalancamiento y
había asumido grandes riesgos en los mercados financieros internacionales.
En esas circunstancias, me sentí obligado en mi discurso durante las Reuniones
Anuales a hacer notar que no estábamos en 1928 y que era posible evitar una
recesión mundial, siempre y cuando se aplicaran las
políticas acertadas y se realizase un esfuerzo concertado. Y hoy día, esa
afirmación puede repetirse incluso con más seguridad, ya que las
posibilidades de evitar la recesión a escala mundial son ahora mayores, aun cuando
parezca improbable que se produzca un rápido repunte del crecimiento
económico mundial con respecto al nivel del 2% que posiblemente se
registrará este año. Con todo, en esas mismas Reuniones, afirmé sin
ambages que estábamos ante una crisis mundial, una crisis del sistema
financiero internacional, algunos de cuyos elementos no se han adaptado lo suficiente para
mantenerse al compás de la evolución de los mercados en los últimos
años.
En el lapso de unas pocas semanas, las expectativas de muchos agentes del mercado parecen
haber cambiado sensiblemente. Ahora es como si hubiese vuelto a renacer la calma en los
mercados, aun cuando la efervescencia de antes haya dado paso a una actitud de mayor
cautela por parte de muchos agentes.
¿Eran excesivas nuestras inquietudes en octubre con respecto a la crisis mundial?
¿El parto de los montes? Ni mucho menos. Es cierto que, debido a la positiva
evolución de algunos factores en las semanas que siguieron a las Reuniones Anuales,
han remitido los riesgos inmediatos de que empeore la situación, pero es evidente que
no se han disipado totalmente. Si el riesgo inmediato de una recesión es menos
amenazador, la comunidad internacional cuenta con un valiosísimo margen de
maniobra, una oportunidad para seguir avanzando en las reformas a más largo plazo
que necesita el sistema financiero internacional. Y eso es, precisamente, lo que se ha
comenzado a hacer.
En resumen, los síntomas se han atenuado y ahora se entiende mejor el problema de
fondo —y su gravedad se reconoce en toda su extensión—, pero apenas se
ha iniciado el tratamiento. Reflexionemos un poco más sobre los acontecimientos de
las últimas semanas, la situación de la economía mundial y las
medidas que deben adoptarse para lograr una reforma a más largo plazo del sistema
financiero mundial. Quisiera destacar cuatro hechos positivos que constituyen un progreso
importante en sólo un mes: las medidas adoptadas por los países industriales
para mantener la estabilidad de la economía mundial, la evolución de los
mercados emergentes, los avances en la formulación de un programa de reforma
financiera internacional y el fortalecimiento de los recursos financieros del FMI.
En primer lugar, las medidas de política adoptadas por los países industriales
han sido coherentes con la evaluación de que la balanza de riesgos ya no se inclina
hacia el lado de la inflación, evaluación con la que coincidimos ampliamente.
En Estados Unidos y Canadá, se han reducido los tipos de interés a corto
plazo para disipar las inquietudes con respecto a la liquidez, mientras que en Europa han
bajado en varios países. En la futura zona del euro, la convergencia de los tipos de
interés con los niveles vigentes en los países del núcleo se
está traduciendo en un descenso del promedio de toda la zona. Ninguna de estas
economías ha sido inmune a los efectos de la crisis mundial, ni tampoco ésta
ha afectado a todos los países exactamente de la misma manera. Por lo tanto, las
autoridades de todos estos países tendrán que mantenerse alertas en el
próximo período a la evolución de los acontecimientos, tanto a escala
nacional como internacional, y actuar con flexibilidad y sin demora para evitar que la
expansión económica se vea comprometida. En Japón, las autoridades
han anunciado un nuevo conjunto de medidas fiscales para estimular la demanda interna y
han aprobado leyes importantes para hacer frente a los problemas del sistema bancario. En
ambos casos, se trata de medidas muy necesarias que constituyen, sin duda, un paso adelante
en la dirección correcta. Ambas iniciativas deberán aplicarse con firmeza y,
en caso necesario, reforzarse con medidas adicionales para que Japón
vuelva a registrar un sólido crecimiento económico y, por ende,
contribuya a la recuperación de otros países de Asia.
Segundo, en las últimas semanas, las noticias procedentes de los mercados
emergentes han sido en general más positivas. El hecho más destacado ha
sido el decidido esfuerzo desplegado por Brasil para frenar la crisis poniendo en marcha un
firme programa de políticas que ha permitido concluir con éxito las
negociaciones con el FMI hace unos días. Este valiente programa trienal de reforma
económica y financiera, en el que una gran parte del ajuste se concentra en las
primeras etapas, es un buen augurio con respecto a la capacidad del país para resistir
la actual turbulencia de los mercados y mejorar las perspectivas de crecimiento futuro.
Nuestra respuesta ha consistido en organizar un plan de asistencia financiera excepcional por
un total de US$41.000 millones. Tres cuartas partes de esta cantidad podrán
desembolsarse durante los próximos 12 meses, en caso necesario. También
desearíamos que todos los acreedores nacionales e internacionales comprometieran
recursos. Con este acuerdo, las perspectivas de América Latina en su conjunto y de
los mercados emergentes de todo el mundo son ahora mucho más
halagüeñas.
A los comentarios frívolos, a los profetas de la desdicha que escriben la
crónica de la muerte anunciada del sistema financiero brasileño y
latinoamericano, les digo hoy como ayer: no caerá el dominó
latinoamericano. Pero esto implica el compromiso de todas las partes. Como ustedes han
visto, las autoridades brasileñas se han comprometido. Y como también han
visto, el FMI y la comunidad internacional se han comprometido. A quienes han prosperado
y están dispuestos a volver a prosperar, hago un llamado a su sentido de
responsabilidad, a su experiencia que demuestra ampliamente que el éxito no se
construye sobre el cortoplacismo; ¡hago un llamado a su visión! Trabajemos
todos para que se pueda decir que en Brasil y en América Latina se controló
la crisis del sistema financiero internacional.
En el resto de América Latina, las noticias son más trágicas. El
hecho más desolador de las últimas semanas ha sido una crisis de naturaleza
muy distinta: la devastación causada en América Central por el
huracán Mitch. La semana pasada, en ocasión de mi visita a la región,
me sentí abrumado ante la magnitud de los daños que han sufrido esos
países, sobre todo Honduras y Nicaragua, y al mismo tiempo, me sentí
profundamente impresionado por los esfuerzos de reconstrucción que están
haciendo la población, las organizaciones y las autoridades. El resto del mundo
debería reconocer este espíritu de superación de la adversidad
brindando asistencia por todos los medios a su alcance, especialmente en forma de nuevos
recursos y facilitando el mayor alivio posible de la deuda. Será esencial que la
asistencia se mantenga a más largo plazo, a fin de evitar que ese impulso inicial de
solidaridad se convierta con el paso del tiempo, como sucede tan a menudo, en una actitud de
indiferencia.
¿En qué situación se encuentran las economías con mercados
emergentes que se vieron afectadas por la crisis en una etapa anterior? En Corea y Tailandia,
los indicadores financieros —la apreciación de los tipos de cambio, el descenso
de los tipos de interés y el gran volumen de reservas— vienen emitiendo
señales desde hace cierto tiempo en el sentido de que se está llegando a un
punto de inflexión en la evolución económica de estos países
y está aumentando la confianza en que, durante 1999, podría iniciarse una
recuperación. En Filipinas, gracias a las oportunas medidas de política
adoptadas para consolidar el terreno ganado con los programas respaldados por el FMI a lo
largo de los años, se han evitado los peores efectos de la crisis que han sufrido los
países vecinos. Incluso Indonesia, en donde las repercusiones políticas y
sociales de la crisis han sido más severas y prolongadas que en otros países,
ha seguido una trayectoria de recuperación muy similar a la de sus vecinos de Asia
oriental desde mediados de 1998. Evidentemente, los recientes conflictos civiles de Indonesia
han suscitado nuevas preocupaciones, pero si se recupera la estabilidad, las perspectivas de
que la economía siga mejorando son muy favorables. En todos estos países, la
clave del crecimiento sostenible a más largo plazo está en la
aplicación decidida de las reformas estructurales.
En todo el mundo, la mayoría de los demás mercados emergentes
han respondido en forma constructiva a la turbulencia financiera, aplicando medidas para
mantener o recuperar el acceso a los mercados internacionales mediante la
reorientación de sus políticas. Una de las características más
positivas de las medidas adoptadas hasta la fecha es que, casi sin excepción, los
países han decidido no replegarse tras las barreras proteccionistas ni dar marcha
atrás en los procesos de liberalización ya iniciados. Esta decisión ha
sido especialmente patente en América Latina, pero también en China, y en
muchos otros países de Asia.
En lo que se refiere a Rusia, esperemos que, en un futuro próximo, este país
presente al mundo evidencia convincente de sus vigorosos esfuerzos para hacer frente a la
crítica situación por la que atraviesa. El reto más inmediato que
confronta es tomar medidas de envergadura que gocen de credibilidad en materia de
política fiscal y recaudación de impuestos para llevar al presupuesto a una
posición claramente sostenible. Al mismo tiempo, sólo se concretarán
las perspectivas de un crecimiento renovado si las autoridades perseveran en las reformas en
función de las condiciones del mercado y resisten a la tentación de tratar de
estimular la economía mediante la intervención directa del gobierno.
Nosotros no abandonaremos a Rusia. Estamos plenamente preparados para trabajar con las
autoridades y formular un paquete convincente de medidas de estabilización y nuevas
reformas, pero primero es necesario que Rusia esté dispuesta a ayudarse a sí
misma.
La comunidad internacional ha contribuido a estimular la confianza en los mercados
emergentes aportando recursos a los planes de financiación instrumentados por el
FMI, sobre todo en el caso de Brasil. Japón, gracias a la "Iniciativa
Miyazawa", que tiene por objeto proporcionar asistencia financiera a los países
de Asia afectados por la crisis, influirá de manera importante en la
recuperación de la región. También son encomiables las medidas
adoptadas por España. Las autoridades españolas han demostrado estar
dispuestas a participar —de hecho, a tomar la iniciativa— en las acciones
encaminadas a proporcionar asistencia financiera a América Latina. Me pregunto...
¿por qué no llamarla "Iniciativa Rato"?
Si las noticias restantes sobre los mercados emergentes son positivas, podríamos
reflexionar sobre esa otra crisis, una crisis continua: la de los países más
pobres. Muchos países en desarrollo y en transición de África, Asia y
América Latina vienen realizando desde hace varios años un
denodado esfuerzo para reformar sus economías, llevar adelante una buena
gestión económica e integrarse en la economía mundial. Resulta
desafortunado que, precisamente ahora que esos esfuerzos estaban comenzando a rendir
fruto, tengan que sufrir las consecuencias del grave deterioro del entorno económico
externo: la reducción de los flujos de capital, el descenso de los precios de los
productos básicos y la disminución de la demanda de exportaciones. En lugar
de verse recompensados con un aumento de los flujos de capital, las condiciones externas se
han tornado más difíciles y la perspectiva que se abre ante estos
países es la necesidad de ajustar una vez más sus políticas. En esas
circunstancias, es esencial que puedan contar con el apoyo de los países menos
afectados por la crisis. Como ejemplo limitado, espero que la comunidad de donantes se nos
una para proporcionar asistencia bilateral y multilateral adicional a seis economías en
transición de bajo ingreso que se han visto gravemente afectadas por la crisis de
Rusia. En forma más general, es importante que en las próximas semanas
redoblemos los esfuerzos para convencer a los donantes de la urgente necesidad de
proporcionar recursos para el servicio financiero en condiciones concesionarias del FMI (el
SRAE) y la Iniciativa para la reducción de la deuda de los países pobres muy
endeudados (PPME). Y desde una perspectiva más general si cabe, quiero subrayar mi
opinión de que ya es hora de que los países industriales reconsideren el
objetivo establecido por las Naciones Unidas con respecto a la asistencia oficial para el
desarrollo (AOD) —el 0,7% del PIB—, que desde hace mucho tiempo parece
relegado al olvido. El año pasado, este tipo de asistencia se situó en menos de
una tercera parte de ese nivel, un escaso 0,22% del PIB, que representa la cifra más
baja en medio siglo.
* * * * *
El tercer hecho destacado de las últimas semanas ha sido el avance logrado en la
formulación de un programa de reforma financiera y monetaria internacional, que se
ve reforzado por un sentido más claro de la orientación de la comunidad
internacional, en su conjunto, y de los principales países industriales, en particular.
Durante muchos meses hemos estado hablando en metáforas sobre la nueva
arquitectura del sistema monetario internacional. Ahora voy a decirlo en román
paladino: estamos hablando de la reforma de las instituciones, las políticas y las
prácticas para construir un sistema financiero mundial más robusto. Nuestros
objetivos han de ser:
- Fomentar un funcionamiento más ordenado del sistema monetario y
financiero internacional.
- Reducir al mínimo el riesgo de que vuelva a producirse una crisis
sistémica.
- Velar por que, cuando a pesar de todo se produzcan crisis aisladas, contemos con
instrumentos de política eficaces para realizar un diagnóstico precoz, recursos
suficientes y un amplio respaldo para ayudar a los países a superar las dificultades del
entorno externo.
En pocas palabras, tenemos que empezar a corregir las deficiencias fundamentales que la
crisis actual ha puesto de manifiesto.
Tras muchos meses de debate en diversos foros, en el comunicado de prensa del
Comité Provisional —el órgano asesor del FMI de nivel
ministerial— se determinaron los objetivos y el contenido del programa de reforma.
Poco después, los principales países industriales, el G-7, en sendas
declaraciones sin precedentes —una de los Jefes de Estado y de gobierno, y la otra de
los ministros de Hacienda y los gobernadores de bancos centrales de estos
países— expresaron su determinación de predicar con el ejemplo en
relación con varios aspectos cruciales que afectan al sistema mundial, y su deseo de
que los organismos internacionales pertinentes impulsen el desarrollo de dicho programa,
asignando al FMI un papel clave.
El programa constituye todo un desafío tanto por su amplitud como por su
complejidad. Se basa en la premisa de que los mercados financieros internacionales han
alcanzado ya un notable grado de desarrollo e integración, que ha contribuido a un
aumento de la inversión y a un crecimiento más sólido en muchos
países, si bien dicha integración no siempre se ha producido en la forma
más ordenada u óptima. Tenemos que perseguir con mucha más
determinación el objetivo de lograr un sistema financiero integrado basado en la
estabilidad de las políticas económicas, la solidez de los sistemas financieros
nacionales, la apertura de las cuentas de capital, la transparencia en la conducta de los agentes
del mercado y la aplicación de políticas socioeconómicas justas. Este
sistema adaptado reagruparía las funciones, los derechos y las responsabilidades de
los diferentes interlocutores que participan en la economía mundial: los gobiernos,
los ciudadanos, las empresas privadas —especialmente las instituciones
financieras— y los organismos internacionales. Ni que decir tiene que ésta es
una tarea que sobrepasa la capacidad de cualquier institución o gobierno, y que en el
FMI tenemos la intención de colaborar con los gobiernos nacionales, el Banco
Mundial, la OCDE, el BPI y otras entidades y organismos especializados para llevar a efecto
los cambios necesarios.
No voy a entrar hoy en detalle sobre estos temas. Baste como síntesis con mencionar
los siete grandes principios que se persiguen como objetivo:
- Formulación y adopción, a nivel internacional, de normas y
códigos de buenas prácticas similares a los ya vigentes a nivel nacional en
muchos países.
- Observancia de la regla de oro de la transparencia, por parte de los gobiernos, el
sector privado —especialmente las instituciones financieras— y las instituciones
financieras internacionales como el FMI.
- Liberalización ordenada de la cuenta de capital.
- Reforma de los sistemas financieros nacionales, ya que un sistema financiero
mundial sólido requiere de sistemas nacionales robustos y resistentes.
- Adopción de mecanismos basados en el mercado, que permitan lograr la
participación del sector privado en la solución y prevención de las
crisis.
- Formulación de políticas sociales justas y asistencia a los grupos
más vulnerables.
- Adaptación de las instituciones internacionales, especialmente el FMI.
Permítanme señalar algo, muy brevemente, con respecto a este último
punto. Como muy bien saben, el propio FMI está llamado a desempeñar una
función central en el sistema económico y financiero mundial. Si éste
se reforma, también el FMI deberá adaptarse y contar con los medios para
cumplir su cometido. A lo largo de los años se ha pedido a la institución que
asuma una gama de responsabilidades cada vez más amplia. Para cumplir esta
misión necesitamos contar con la autoridad y los recursos apropiados. Y el FMI, por
su parte, deberá conducirse con un nivel aceptable de transparencia y responsabilidad
política. Éstos son los principios fundamentales en que se basa la
adaptación que seguiremos realizando en el FMI.
Ello me lleva al cuarto hecho positivo de estas últimas semanas. A principios de
noviembre, el Gobierno de Estados Unidos tomó la decisión necesaria para
ratificar su contribución al aumento de las cuotas del FMI, nuestra base de capital de
facto, y ahora que hemos superado un obstáculo de semejante envergadura, veo con
optimismo la posibilidad de llevar a feliz término rápidamente el
aumento de las cuotas. También en los últimos días han entrado
en vigor los Nuevos Acuerdos para la Obtención de
Préstamos, de los cuales España participa, y Brasil será
el primer país que haga uso de esos recursos. Estos dos pasos esenciales representan
un notabilísimo fortalecimiento de la situación financiera del FMI, en el
sentido de que nos permitirán contar con los recursos que necesitamos para ayudar a
los países a evitar las crisis o adoptar las medidas oportunas para superarlas.
* * * * *
Para concluir, permítanme señalar que probablemente se oigan algunos
suspiros de alivio en señal de que lo peor de la crisis actual ya ha pasado. Si bien, de
momento, podría ser cierto, no debemos permitir que se instale entre nosotros una
falsa sensación de seguridad. La presente calma no es algo casual, sino el resultado
de una serie de medidas de política muy meditadas por los gobiernos de todo el
mundo. No podemos permitirnos el lujo de desaprovechar esta oportunidad de impulsar la
compleja tarea de más largo plazo que supone la reforma del sistema financiero
internacional. Sólo así podremos aumentar las posibilidades de que los
beneficios de la globalización alcancen a un grupo mucho más amplio de
naciones y de individuos.