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99/13 (S) inglés francés
Las perspectivas económicas para las Américas en el contexto de una nueva arquitectura financiera
Palabras de Michel Camdessus1
Director Gerente del Fondo Monetario Internacional
en la Conferencia de Montreal
Montreal, Canadá, 2 de junio de 1999
Es un gran placer para mí participar en esta conferencia, no sólo por tratarse
de un tema de gran proyección futura, no sólo por el enfoque positivo con que
ustedes abordan la globalización, sino también porque en este foro está
representada una gama extraordinariamente amplia de países: países
industrializados, economías de mercados emergentes y países en desarrollo de
bajo ingreso, cuya presencia nos recuerda que el desafío que se nos plantea es asegurar
que cada uno de los países tenga la posibilidad de beneficiarse plenamente de la
globalización.
En los dos últimos años el mundo ha sufrido la crisis más grave en
cincuenta años. Hoy quisiera decirles por qué se justifica cierto optimismo,
aunque decididamente no la euforia, pero también por qué este optimismo debe
temperarse con un alto grado de realismo y respaldarse con un continuo esfuerzo de parte de
todos nosotros —el sector público, el sector privado, las instituciones
internacionales— para llevar adelante la reforma que ya se ha iniciado a escala nacional e
internacional.
Quisiera comenzar con una nota positiva. Sí, puedo confirmar que, a nuestro juicio,
lo peor de la crisis de Asia ya ha pasado y que el continente americano debería
beneficiarse de esta situación.
En Estados Unidos y Canadá, la expansión económica que viene
observándose desde hace tiempo es el resultado de la política
macroeconómica prudente que han adoptado los dos países durante esta
década. La política monetaria ha llevado la inflación a bajos niveles y, en
ambos, el drástico ajuste fiscal ha puesto mayores recursos a disposición del
sector privado, lo que ha dado lugar a un notable crecimiento de la inversión. En Estados
Unidos, el reciente ritmo de crecimiento de la demanda agregada ha sobrepasado las
estimaciones generalmente aceptadas y la tasa de desempleo ha alcanzado los niveles
más bajos que se hayan visto en los últimos 30 años. Esta situación
indica que, con un firme y acelerado crecimiento de la demanda, la economía
podría alcanzar rápidamente sus límites, lo que plantea el riesgo de un
resurgimiento de las presiones inflacionarias. Al mismo tiempo, la vacilante recuperación
económica de Europa y la lenta recuperación de la economía japonesa, en
particular, ponen de manifiesto la necesidad de que estos países emprendan nuevas
iniciativas de política económica que contribuyan a restablecer una trayectoria de
crecimiento económico mundial más equilibrada.
Más al sur, encontramos elementos que también justifican un optimismo
prudente. En los últimos dos meses hemos observado un resurgimiento de la confianza de
los inversionistas, y hay indicios de que la desaceleración de la actividad ha sido menos
pronunciada que lo previsto, especialmente en Brasil. La crisis parece haber tocado fondo, y en
algunos casos vemos incluso el comienzo de una reactivación. En consecuencia, hemos
revisado nuestros pronósticos al alza y prevemos una situación neutra para la
región en conjunto en 1999, y una cierta recuperación del crecimiento en el
año 2000. Igualmente sorprendente ha sido la repercusión relativamente suave de
la crisis de Brasil en otros países, sobre todo Argentina, Chile y México. Sin
duda, es muy pronto para cantar victoria, pero estos países son dignos de elogio por haber
reforzado su capacidad de resistencia impartiendo a la política económica una
orientación enérgica. Durante más de 10 años, su sólida
política macroeconómica ha contenido la inflación, en tanto que la menor
absorción de recursos por el sector público y las amplias reformas han fortalecido
la economía, especialmente el sector financiero. Creo que, a partir de estas crisis, dado el
permanente riesgo de volatilidad de los flujos de capital, muchos países están
reconociendo el valor de la pronta adopción de medidas de política frente a las
presiones externas, y muchos inversionistas están aprendiendo a establecer diferencias
entre las economías. Esperemos que estas lecciones sean asimiladas y recordadas, sobre
todo por los pocos países de la región que aún se ven confrontados con
grandes desafíos.
¿Y qué sucede con los otros países de la región: los
países de América Central y el Caribe? La persistente crisis de la pobreza y las
catástrofes naturales —que tan a menudo parecen asolar a los mismos países
menos afortunados— requerirán más tiempo para superarse que las crisis de
los mercados emergentes. Me referiré nuevamente a estos países en un momento,
porque creo que su situación debe ser uno de los temas prioritarios de nuestro programa
de trabajo al aproximarnos al fin del siglo. De hecho, puedo asegurarles que no hemos olvidado
las necesidades de estos países: en estos momentos, mediante el SRAE2, proporcionamos financiamiento en
condiciones muy concesionarias a las cinco economías más pobres del
continente. De éstas, dos son países que ya están habilitados para recibir
alivio de la deuda de carácter excepcional en el marco de la Iniciativa para la
reducción de la deuda de los países pobres muy endeudados (Iniciativa para los
PPME) y otros dos pueden quedar habilitados pronto. En lo que se refiere al impacto de las
catástrofes naturales, en 1998 se ha proporcionado ayuda de emergencia a cuatro
economías de América Latina o el Caribe que quedaron devastadas por
huracanes. Asimismo, el FMI participó activamente en los esfuerzos internacionales para
respaldar la reconstrucción en América Central tras el huracán Mitch.
Pero suministrando respaldo a cada país individualmente no lograríamos mucho
si no atacáramos los problemas básicos que desencadenaron la crisis de
proporciones mundiales que acabamos de sufrir. ¿En qué etapa de esta tarea nos
encontramos?
* * * * *
La crisis puso de manifiesto las deficiencias del sistema financiero internacional tanto en lo
que respecta a los deudores —deficiencias de las políticas e instituciones
nacionales— como a los acreedores, sobre todo en cuanto a la capacidad y
disposición de éstos para realizar una evaluación adecuada de los riesgos,
y de las autoridades de supervisión para controlar debidamente las actividades de los
acreedores. La comunidad internacional ha analizado y debatido intensamente las razones de la
crisis y la forma de prevenir este tipo de crisis y, en el caso de que se produzcan, la forma de
preverlas y controlarlas mejor. Permítanme que trate de describir el avance logrado en
ese debate y lo que aún queda por hacer.
Primero debemos plantearnos qué tipo de economía mundial queremos para
el futuro. Una economía que haga hincapié en los mecanismos de libre mercado
—en un contexto de apertura del comercio exterior y de los movimientos de capital—
respaldados por sistemas financieros nacionales sólidos y por una buena gestión
de los asuntos públicos y de las empresas. Una economía en la cual el sector
privado sea el principal motor de la inversión y el crecimiento y en la cual los
inversionistas evalúen los riesgos de manera realista y operen en un marco claramente
definido, aunque no opresivo, de leyes y reglamentaciones. Y, por supuesto, una gestión
macroeconómica correcta que respalde la estabilidad nacional y mundial. Esto no es
más que una reafirmación de ideales que nos resultan familiares. Pero,
¿cómo podemos estar seguros de que estas características deseables no se
vean permanentemente expuestas a los riesgos de crisis y de contagio? En este ámbito
creo que existe acuerdo en un valor esencial y un método central.
- El valor esencial es la transparencia. La transparencia es la regla de oro, el principio que
infiltra la mayor parte de la labor relacionada con la nueva arquitectura y define un conjunto de
relaciones maduras entre los participantes en el mercado y los gobiernos.
- El método central es la adopción de normas aceptadas a escala internacional
en una amplia gama de esferas para generar mercados mundiales verdaderamente modernos
—y me atrevería a decir— verdaderamente civilizados.
Para que la transparencia y las normas vayan imponiéndose progresivamente,
aún se requieren mayores esfuerzos en muchos frentes: en las instituciones
internacionales y en todos los países, incluidos los países de mercados
emergentes y los países en desarrollo, así como los países
industriales.
El FMI debe seguir desempeñando su papel tradicional para ayudar a los
países a prevenir o resolver las crisis, y simultáneamente debe desempeñar
el papel central que le corresponde en el diseño de la nueva arquitectura.
Por supuesto, seguimos manteniendo nuestras relaciones tradicionales con los países
miembros mediante la supervisión, que es un diálogo sobre política
económica con todos los países miembros, la asistencia financiera a los
países que enfrentan dificultades de balanza de pagos, y la asistencia técnica y la
capacitación para ayudar a los países a crear la capacidad necesaria para la
gestión y el desarrollo de sus economías. Esta estructura básica sigue en
pie, pero se está adaptando su contenido, en el contexto de este nuevo tipo de crisis que
se ha desencadenado en Asia y en los mercados emergentes. El FMI ha tenido que responder con
más rapidez, con programas de más extensa cobertura, con mayores montos de
recursos y con una colaboración más amplia que en años anteriores.
En estrecha colaboración con el Banco Mundial, hemos intensificado nuestros
esfuerzos por promover la solidez del sector financiero. En todos los programas que hemos
respaldado en los últimos años —inclusive en Asia, Rusia y Brasil—
incorporamos los componentes principales de la reforma del sector financiero. Para ello nos
guiamos por los principios básicos de Basilea para una supervisión bancaria
eficaz, que también ayudamos a diseñar.
Con respecto a las nuevas normas a las que asignamos tanta importancia, nos espera una
ardua tarea: su divulgación, aplicación y seguimiento. No cabe duda de que
tendremos que difundir las normas respecto a las cuales el FMI está tomando la iniciativa
—divulgación de datos, transparencia en las políticas fiscales, monetarias y
financieras— y, con otras entidades, las normas relativas al sector financiero. En los
demás aspectos, si bien muchas instituciones están preparando o actualizando sus
propias normas, necesitarán cierto respaldo para divulgarlas. En este aspecto, se
está recurriendo al FMI para que, en el contexto de las consultas que celebra
regularmente con los países, aliente la adopción de las normas y evalúe el
avance logrado en su aplicación.
Una dirección promisoria hacia la cual nos puede llevar esta tarea, pese a que
aún se encuentra en la etapa experimental, es la elaboración de informes sobre la
transparencia. En este sentido se le pide al FMI que, junto con los países, informe de
manera sumaria en qué medida las prácticas que siguen los países son
congruentes con las diversas normas que se están elaborando. Me complace anunciar que
América Latina lleva la delantera: Argentina fue uno de los tres primeros países
—junto con Australia y el Reino Unido— que preparó un informe de ese tipo.
Quisiera instar a otros países a seguir este ejemplo.
Siempre con miras a ayudar a prevenir las crisis, el FMI emprendió una importante
innovación al establecer la nueva línea de crédito contingente para
otorgar financiamiento precautorio a los países cuya economía es
básicamente sólida pero que están amenazados por los efectos potenciales
del contagio. Esta nueva ventanilla de acceso a los recursos del FMI representa una importante
modificación de nuestro enfoque. La línea de crédito contingente
está especialmente diseñada para ayudar a los países a evitar crisis y no
solamente reaccionar a posteriori: es un cambio de enfoque, de la cura a la prevención. Un
criterio importante para evaluar si un país reúne los requisitos de acceso a ese
servicio es la medida en que se acoge a las normas reconocidas internacionalmente. Sería
aún prematuro determinar exactamente cuáles son esos países, pero no
dudaría en pensar que varios candidatos a hacer uso de la línea de crédito
contingente se encuentran en América Latina.
* * * * *
Veamos cuánto han avanzado los países del continente para poner en
práctica los elementos de esta nueva arquitectura.
Durante más de una década, los países de América Latina han
desplegado decididos esfuerzos para reformar su economía, realizar una gestión
económica sana e integrarse a la economía mundial. Estos esfuerzos se
redoblaron a raíz de la crisis mexicana de 1994-95. Entre otras medidas adoptadas para
fortalecer los sistemas financieros, se ha reforzado la supervisión mediante el
perfeccionamiento de los procedimientos de evaluación de riesgos, los sistemas de
divulgación de información y las normas contables, la adopción de
exigencias más estrictas en materia de capitales, la reestructuración de los activos
de los bancos, la privatización de los bancos y la apertura a la participación
extranjera en el sector bancario. Chile, Argentina, Brasil, Perú y Venezuela han llegado
lejos en esta empresa y recientemente México ha tomado medidas en este sentido. Al
verse golpeadas por la crisis, en general las economías de la región no se
replegaron tras barreras proteccionistas; más bien, demostraron estar resueltas a fortalecer
la orientación de sus políticas.
No obstante, considero que todavía podemos hacer más: la
liberalización del comercio exterior, la reforma del sector empresarial y la eficiencia del
sector público son aspectos que siempre pueden mejorarse. Al ir consolidándose
las reformas, unos pocos países ya han comenzado a superar los coeficientes prudenciales
establecidos en los principios básicos de Basilea. A medida que continúe este
proceso, dado que los riesgos para los bancos de la región pueden ser mayores que los
riesgos para los bancos internacionales más diversificados, los países
podrían considerar la posibilidad de establecer normas regionales que vayan más
allá de los mínimos internacionales en lo que respecta a la solidez del sector
financiero. ¿Qué mejor forma de demostrar la fortaleza de la región?
¿Qué otras repercusiones tendrá para estos países la nueva
arquitectura? Al igual que las economías de todas las regiones, espero que den muestras
de su determinación de operar sus economías ateniéndose a las normas
más elevadas en materia de transparencia y buen gobierno. Esto significaría
adaptar las leyes, códigos de conducta y normas nacionales a las normas de
aceptación internacional que se están formulando o revisando en materia de
contabilidad, auditoría, valores, seguros, gestión de empresas, quiebras, sistemas
de pagos y liquidación. En el sector público, se está fomentando la
transparencia mediante tres códigos que el FMI ya ha diseñado o está
diseñando en colaboración con otros organismos. El primero es un código
sobre la divulgación de datos, orientado a los países que aspiran a movilizar
recursos en los mercados internacionales de capital; este código se encuentra en
pleno funcionamiento y ya ha sido adoptado por nueve países americanos3. El segundo código, el
código de transparencia en la política fiscal, que también se encuentra en
funcionamiento, y el tercero, un código de transparencia en las políticas
monetarias y financieras, que se encuentra en las etapas finales de preparación,
deberían ayudar a que las estrategias y medidas formuladas por las autoridades sean
más transparentes para los participantes en el mercado.
* * * * *
En lo que atañe a Canadá y Estados Unidos, quisiera señalar tres
maneras en que los países industriales podrían contribuir a establecer cimientos
sólidos para esta nueva arquitectura.
- Deben sentar el ejemplo en la aplicación de normas nuevas o revisadas, aunque,
por supuesto, suelen estar muy avanzados en muchos respectos. Cabe citar el proyecto de
código de transparencia en las políticas financieras y monetarias, que
traerá aparejado un importante cambio en la cultura, un cambio que en realidad ya ha
comenzado. En lugar de basarse en cierta "ambigüedad constructiva" en la
conducción de las políticas monetarias y financieras, se invitará a los
bancos centrales a funcionar dentro de un marco transparente para formular y comunicar las
modificaciones de política. Canadá, nuestro país anfitrión, ha
estado a la vanguardia en este ámbito al aplicar un marco de política monetaria
cuyas metas específicas de inflación han dado más transparencia a la
ejecución de la política. A su vez, la determinación con que se puso en
práctica este enfoque redujo la inflación y dio mayor credibilidad al banco
central.
- Los reguladores, los supervisores y los participantes en el mercado tienen todos una
función concreta. Los grupos de trabajo iniciales del nuevo Foro sobre Estabilidad
Financiera —creado por el Grupo de los Siete— aportarán valiosos puntos de
vista sobre el grado en que los flujos de capital de corto plazo, el elevado apalancamiento de las
instituciones financieras y las operaciones de los centros financieros extraterritoriales
contribuyen a la inestabilidad financiera. Todas estas son esferas a las cuales las autoridades de
reglamentación y supervisión de los países industriales deben prestar
especial atención, y Canadá ha formulado propuestas muy valiosas a este
respecto. Sin embargo, las conclusiones a las que se llegue en el Foro tendrían
aún más peso si participaran otros países en las deliberaciones,
además de los miembros del Grupo de los Siete. Por otra parte, cabe esperar que los
participantes en el mercado examinen y adapten sus prácticas, sobre todo revisando
profundamente los modelos que emplean para evaluar el riesgo país.
- Por último, durante muchos años habrá una fuerte demanda de
asistencia técnica a medida que los mercados emergentes y los países en
desarrollo encaren la tarea de fortalecer sus sistemas financieros y establecer nuevas normas.
Ante la limitada capacidad interna de muchas de las entidades normativas, la experiencia de los
países industriales será una importante fuente de información.
* * * * *
Imaginemos ahora que se está emprendiendo en todo el mundo un esfuerzo de esta
naturaleza. Sin duda, estarán de acuerdo conmigo en que la comunidad internacional ha
progresado muchísimo en la tarea de crear un sistema más seguro, pero
todavía tiene ante sí un amplio programa inconcluso. Permítanme
mencionar someramente algunos de los temas más apremiantes o controvertidos.
Un primer aspecto en el que es necesario avanzar con urgencia y en el que los sectores
público y privado deben aunar esfuerzos, desempeñando cada uno el papel que le
corresponde, es la prevención y resolución de las crisis. Éste es un tema
de debate delicado y, aunque las cosas se han aclarado, todavía queda camino por
recorrer. Por supuesto, la atención debe centrarse en la prevención de las crisis.
El sector privado puede hacerlo dando más transparencia a sus actividades y mejorando
la gestión de gobierno, aplicando normas internacionalmente aceptadas, fomentando una
relación de independencia con el sector público y, por lo que respecta a las
instituciones financieras, desarrollando procedimientos más eficaces de
evaluación, control y valoración del riesgo. En estas condiciones, si se
desencadena una crisis, habrá más probabilidades de adoptar un enfoque activo
basado en la cooperación. Hemos aprendido mucho de las distintas experiencias con
respecto a la participación del sector privado en Corea, Tailandia, Indonesia y Brasil.
Para seguir avanzando, tendremos que considerar con más atención otras
iniciativas que permitan lograr una salida ordenada de las crisis si éstas llegan a
producirse. En este sentido, a mi juicio, debería aprobarse la introducción de
cláusulas de acción colectiva en los contratos de bonos y la definición de
mecanismos apropiados que, en situaciones extremas, permitan una suspensión de los
litigios para facilitar una resolución ordenada de las crisis.
Segundo, la comunidad internacional ha estado considerando si debían o no
ampliarse las competencias del FMI para hacer de la liberalización de los movimientos
de capital uno de los fines de la institución y extender su jurisdicción en la
medida de lo necesario para alentarla a promover el proceso. El problema puede reducirse a la
siguiente cuestión: Conscientes de que ya está en marcha una
liberalización de facto de los flujos de capital y de que estos flujos han sido un factor
crucial, tanto para los enormes avances logrados en los diez últimos años como
para las crisis, ¿estamos dispuestos a aceptar un proceso azaroso, fragmentario y
potencialmente inestable, o deberíamos tratar de controlarlo de tal manera que se
fomenten la estabilidad y el crecimiento económicos? Está claro que es esencial
adoptar un enfoque prudente y juicioso antes de proceder a la total liberalización de los
movimientos de capital; los países deben cumplir dos condiciones: una, aplicar
políticas económicas acertadas y, dos, contar con un sistema financiero
robusto.
Aunque es comprensible que, como consecuencia de las crisis recientes, la comunidad
internacional piense dos veces antes de actuar, ha llegado el momento de volver a impulsar la
cuestión de si se deben o no ampliar las atribuciones del FMI a este respecto. La
confianza ha retornado en parte a los mercados mundiales, los flujos financieros probablemente
vuelvan a aumentar y surgirán otras innovaciones. Es esencial que esas próximas
etapas de integración de los mercados financieros mundiales se inscriban en un marco
bien estructurado en vez de aceptar los riesgos de un retorno al enfoque fragmentario de las
últimas décadas. En el futuro, el papel del FMI a este respecto debe consistir en
ayudar a los países que desean tener acceso a los mercados de capital a lograrlo de forma
tal que refuerce su estabilidad, su seguridad económica, sus inversiones y sus proyectos
de desarrollo.
Tercero, debemos añadir un pilar social a la arquitectura financiera internacional.
Todos los países deben especificar con claridad los objetivos sociales en su respectivo
marco de política económica, respaldándolos en caso necesario con
asistencia técnica y financiamiento del exterior. De la misma manera, la estabilidad del
sistema económico internacional requiere que uno de los elementos fundamentales de la
arquitectura sea un sólido pilar social. Los desastres que afectaron el año pasado a
tantos países de América Central y el Caribe refuerzan nuestra
determinación en este sentido. La comunidad internacional está prestando
atención explícita a este tema —en un esfuerzo liderado por las Naciones
Unidas y el Banco Mundial— estableciendo principios y códigos de buenas
prácticas para orientar a las autoridades nacionales en la formulación de las
políticas sociales internas. Espero que en la reunión cumbre de Colonia se
promueva esta orientación.
Un cuarto tema sobre el que reflexionaremos detenidamente en los próximos meses
es la cuestión de los regímenes cambiarios. Es notable que todos los
países afectados por la crisis en los dos últimos años estuvieran aplicando
alguna modalidad de tipo de cambio vinculado o de flotación rigurosamente controlada.
Hemos de considerar con atención si esos regímenes son imperfectos per se o
sencillamente tienen una vida finita adecuada a determinadas etapas de la vida
económica, a determinados momentos y a ciertas condiciones. Parecería estar
surgiendo una preferencia, en algunos sectores al menos, por los regímenes más
cercanos a uno de los dos extremos del espectro: libre flotación o cajas de
conversión. América Latina, por su parte, está añadiendo una
nueva dimensión a este debate con la idea de la dolarización, en cuya
versión extrema una moneda de reserva internacional sustituiría total y
oficialmente a las monedas nacionales. Pero el debate no ha hecho más que comenzar y
podríamos recordar también que el histórico nacimiento del euro ofrece
otro paradigma posible, un enfoque regional en el que la adopción de una moneda
única podría constituir el objetivo a largo plazo, la etapa final de un proceso
orientado a la consecución de un alto grado de integración económica
entre varios países. Cabe señalar también que, para mantener estrechos
lazos económicos, no es necesario adoptar una moneda común. El Tratado de
Libre Comercio de América del Norte ha permitido una mayor integración
económica entre Canadá, Estados Unidos y México, al tiempo que cada
uno de estos tres países sigue permitiendo la libre flotación de su moneda.
Éstos son sólo unos pocos de los elementos que merecen considerarse en este
debate que puede configurar el futuro de la integración económica de las
Américas. Independientemente del régimen que se adopte, es la fortaleza de las
políticas financieras internas la que, en última instancia, determina el
éxito de las políticas cambiarias.
En una esfera conexa, me parece que cada vez es más necesario profundizar el
compromiso de mantener una cooperación más intensa entre los principales
países industriales en aras de un crecimiento económico equilibrado y de la
estabilidad monetaria internacional. Estamos asistiendo a la aparición cada vez
más clara de un sistema tripolar de monedas, reforzado por la reciente puesta en marcha
del euro, y sin embargo siguen existiendo grandes desequilibrios entre los resultados
económicos de las tres zonas monetarias. Es normal que los problemas internos sigan
siendo la prioridad principal de cada país al adoptar las decisiones pero, dado que las
decisiones que se adopten a escala nacional inevitablemente repercutirán en todo el
mundo, es evidente que se necesita una mayor cooperación regional e internacional para
tratar de armonizar los objetivos de la política interna con el interés
común de todos los países.
Quinto, debemos redoblar los esfuerzos para integrar de la mejor manera posible en la
economía globalizada a los países en desarrollo que aún no han podido
beneficiarse de la globalización. El camino está plagado de grandes
obstáculos. Una de las prioridades fundamentales del programa de trabajo es fortalecer la
Iniciativa para los PPME, y estoy seguro de que, con tantas propuestas que ha presentado la
comunidad internacional —entre ellas las propuestas sumamente constructivas formuladas
por el Primer Ministro Chrétien— pronto llegaremos a un acuerdo sobre una
iniciativa reforzada que permita brindar un mayor alivio de la deuda a los países que
apliquen sólidos programas de ajuste y reforma. Ahora bien, la implementación
de esa iniciativa sólo eliminaría uno de los obstáculos al
desarrollo y favorecería a un número limitado de países. Es
necesario adoptar medidas de mayor alcance. Los países industriales pueden ayudar
liberalizando los regímenes comerciales para permitir que, en términos generales,
las exportaciones de los países más pobres tengan acceso irrestricto a sus
mercados. Igualmente importante es considerar que ya es hora de que los países
industriales se liberen de la "fatiga de la asistencia" que —con unas pocas y
notables excepciones— los ha venido afectando durante los diez últimos
años por lo menos y que ha hecho que la asistencia oficial para el desarrollo se reduzca al
nivel más bajo, en relación con el PIB, de toda una generación. No
obstante, también respaldo la opinión de que la asistencia más generosa
debe prestarse a quienes están dispuestos a ayudarse a sí mismos adoptando
reformas económicas y medidas acertadas.
Una última cuestión se refiere a la reforma institucional de los organismos
financieros internacionales para adaptarlos a las nuevas responsabilidades que deben asumir. Me
referiré sólo a las estructuras de gobierno del FMI. Desde su creación,
hace más de medio siglo, el FMI ha sido administrado oficialmente por la Junta de
Gobernadores, un gobernador por cada uno de los 182 países miembros. Para la
mayoría de los fines prácticos, los gobernadores delegaron el funcionamiento del
FMI en el Directorio Ejecutivo, aunque sin otorgarle plena autoridad política para operar
sin algún tipo de supervisión. En los años sesenta se introdujeron
importantes enmiendas en el Convenio Constitutivo para que la institución se adaptase al
nuevo entorno tras el colapso del sistema de paridades fijas de Bretton Woods, enmienda en la
que se incluyó la posibilidad de crear un Consejo de nivel ministerial que
"supervisará la gestión y la adaptación del sistema monetario
internacional..." Pero no se alcanzó el consenso necesario para proceder a la
creación de un órgano oficial con facultades decisorias y se estableció en
su lugar un "Comité Provisional" que ha desempeñado desde entonces
una función de asesoramiento. Llegados a este punto nos encontramos frente a una
arquitectura desconcertadamente paradójica en la cual los ministros asesoran a los
directores que nombran y que toman las decisiones, cuando debería ser a la inversa.
Ahora, un cuarto de siglo después, y en un momento en que estamos tratando de
cubrir las deficiencias de la arquitectura mundial, tendría mucho sentido corregir esta
anomalía institucional. La creación del Consejo es, a mi juicio, una idea que ya es
hora de poner en práctica. Sería un gesto esencialmente simbólico, pero
demostraría que, en el sistema que está surgiendo, en el cual el FMI
ocupará un lugar central, se le pedirá que haga más y estará
más integrado en los procesos de toma de decisiones que afectan fundamentalmente a la
vida y al sustento de la mayor parte de la población mundial, los gobiernos se
responsabilizan plenamente de sus estrategias. En esta era cada vez más
democrática, los ciudadanos de todos los países podrían entender mejor
cómo se administra el FMI y tener la certeza de que cuentan con una
representación política eficaz en los asuntos de la institución. Sin
embargo, es sorprendente —al menos para mí— lo lejos que nos encontramos
todavía de un consenso sobre la necesidad de crear un Consejo. Creo que se trata de un
tema al que habrá que seguir prestando mucha atención en los próximos
meses. Pero no será suficiente. Una reforma simbólica de esa naturaleza debe ir
acompañada de medidas más concretas, para asegurar en particular que todos los
países se sientan efectivamente representados en el proceso de toma de decisiones.
También sería útil adaptar en la medida de lo necesario la
representación de otras instituciones (el Banco Mundial, la OMC y la OIT sobre todo)
para que los miembros del Comité Provisional, y más adelante del Consejo,
reciban todo el asesoramiento necesario para desempeñar sus funciones cada vez
más amplias.
Éstos son tan sólo unos pocos de los temas que se destacan contra el
telón de fondo del cambio de siglo. En los dos últimos años, nos hemos
preocupado por la necesidad de resolver las crisis y ayudar a las economías a resistir el
contagio. En la respuesta que han dado a estas crisis, los países de América, tanto
del Norte como del Sur, han demostrado al mundo el valor de una política
económica acertada y de la reforma decidida de las estructuras económicas. La
capacidad de estos países para seguir resistiendo el contagio dependerá
esencialmente de que puedan mantener un proceso flexible y adaptado a las circunstancias en la
formulación de las políticas y un enfoque dinámico en la
ejecución de las reformas. Para garantizar un orden financiero internacional más
fiable, conducente a un progreso económico más sostenible, debemos aprovechar
la oportunidad de llevar adelante los cambios a más largo plazo que aún se
necesitan y, sobre todo, lograr que los beneficios de la globalización lleguen a un
número de países mucho mayor, incluidos los países en desarrollo
más pobres. La contribución de Canadá, tan presente en muchos campos
de la cooperación internacional, ya sea el tratado de eliminación de minas
terrestres, las actividades del Tribunal Penal Internacional o el CIDA (Organismo Canadiense de
Desarrollo Internacional), puede ser determinante. Señor Presidente, señoras y
señores, estoy seguro de que el mundo puede contar con que ustedes promoverán
nuevos y múltiples avances, reflejo del gran sentido de responsabilidad y solidaridad
internacional que los caracteriza.
1Durante la intervención el orador utilizó el inglés y el
francés.
2Servicio reforzado de ajuste estructural.
3Las Normas Especiales para la Divulgación de Datos (NEDD)
están orientadas a los países que desean mantener el acceso a los mercados
internacionales de capital. Han sido adoptadas por un total de 47 países, 9 de ellos
situados en el continente americano: Argentina, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, El
Salvador, Estados Unidos, México y Perú. El Sistema General de
Divulgación de Datos (SGDD), orientado a los países miembros que no se acojan
a las NEDD, constituye un conjunto de normas menos rigurosas que ofrecen un marco para
mejorar los datos y sirven de guía en la divulgación de datos. Otros 43
países, entre los que se incluyen 14 países americanos, han indicado su
interés en participar en el SGDD.
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