Cómo mantener el crecimiento económico global

Discurso pronunciado por Rodrigo de Rato, Director Gerente del Fondo Monetario Internacional I Foro de Economía de la Comunidad de Madrid
Madrid, 30 de marzo de 2007

Texto preparado para la intervención

Sr. Consejero de Economía e Integración Tecnológica
Sr. Consejero de Empleo y Mujer
Sra. Directora General de Economía

Muchas gracias. Es un placer para mí estar aquí esta mañana. Quisiera referirme brevemente a la situación de la economía mundial y a los retos a los que habrá que hacer frente a plazo medio para lograr que perdure el notable período de crecimiento del que hemos disfrutado en los últimos tiempos.

La economía mundial atraviesa actualmente el período de crecimiento más intenso desde principios de los años setenta, en tanto que la inflación se mantiene en niveles bajos. A pesar del reciente nerviosismo en los mercados financieros, parece que el dinamismo económico se mantendrá en 2007. Asimismo, la expansión ha tenido un amplio alcance. Si bien se ha observado cierta desaceleración en la economía estadounidense en los últimos tiempos, la repercusión en el resto del mundo ha sido limitada. En Europa y Japón también se observa un sólido impulso. Principalmente, el crecimiento ha avanzado a un ritmo espectacular en China e India, pero cabe señalar que casi todos los grupos de economías de mercados emergentes y de países en desarrollo mantienen un crecimiento firme. Cabe celebrar especialmente el sólido desempeño de las economías de los países de bajo ingreso, sobre todo de África subsahariana.

Quisiera centrar mis observaciones en tres aspectos primordiales. ¿Cuáles han sido las fuentes de esta prosperidad mundial? ¿Cómo podemos garantizar que el dinamismo de la actividad económica se mantenga a plazo medio? Y, ¿cuáles son las repercusiones de los desequilibrios mundiales, y entre ellos especialmente el cuantioso déficit por cuenta corriente de Estados Unidos? Creo, fundamentalmente, que el pilar central en el que se sustenta el reciente desempeño excepcional ha sido el sólido crecimiento de la productividad. El fuerte dinamismo de la productividad ha favorecido el sólido crecimiento de los beneficios junto con el aumento de los salarios reales. Esto ha permitido que se absorbieran los fuertes incrementos de los precios de los productos básicos sin socavar la evolución de la inflación. La productividad también ha contribuido al reciente incremento de los valores de los activos en todo el mundo, lo que a su vez ha afianzado el consumo y la inversión. Y también ha respaldado los flujos de capital necesarios para mantener la estructura actual de los desequilibrios mundiales.

A. ¿Cuáles son las fuentes del auge de la productividad mundial?

Se reconoce ampliamente que el crecimiento de la productividad en Estados Unidos en los últimos diez años poco más o menos ha sido el mayor en varios decenios, en gran parte debido al creciente uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. También se ha progresado en este ámbito en otras economías avanzadas, como Europa occidental y Japón, que han atravesado períodos de reestructuración empresarial. Lo que no se tiene tan presente es que durante este mismo período el crecimiento de la productividad también ha sido vigoroso y sigue aumentando en las economías de mercados emergentes y los países en desarrollo. Así lo demuestra un indicador general de la productividad fácilmente observable como el nivel del producto en relación con la población en edad de trabajar. Esta tendencia se demuestra en estudios detallados que incluyen indicadores más precisos de la productividad total de los factores, sobre todo en el caso de los países que han llevado a cabo grandes transformaciones estructurales, en particular China, India y los países de mercados emergentes de Europa, que han realizado avances extraordinarios en la apertura de sus economías y la reforma de sus mercados.

A su vez, el fuerte crecimiento de la productividad se ha beneficiado de la creciente integración de los mercados mundiales de bienes y servicios, incluidos los servicios financieros, y de trabajo; dicho en una palabra: la globalización. Este proceso se ha visto favorecido por una combinación de factores, tales como el rápido desarrollo tecnológico, la apertura cada vez mayor del sistema de comercio mundial, la creciente complejidad de los mercados financieros y la creciente solidez de los marcos de política macroeconómica. El rápido crecimiento del comercio mundial y la introducción de nuevas tecnologías han contribuido a la fragmentación del proceso de producción. En un mercado cada vez más globalizado, la producción manufacturera y los servicios se están externalizando hacia países con costos más bajos, lo que genera aumentos de la productividad tanto en los países proveedores como en los receptores. Este proceso se ha beneficiado de importantes iniciativas de liberalización del comercio, como las rondas multilaterales de comercio y la entrada de los antiguos países del bloque del Este en una zona de libre comercio con la Unión Europea en 1994, el ingreso de China en la OMC en 2001 y la reducción unilateral y gradual de las barreras comerciales por parte de India desde principios de los años noventa.

El cambio en la estructura de producción también se ha visto favorecido por la creciente movilidad internacional del capital, sobre todo el aumento de las tasas de inversión extranjera, directa y de cartera, hacia los mercados emergentes, lo que no solo ha constituido un vehículo para canalizar el financiamiento, sino también ha permitido la difusión de nuevas tecnologías y conocimientos de gestión. La mejora de los marcos de política macroeconómica en estos países lleva a pensar que ahora es menor la probabilidad de que estos flujos provoquen ciclos de auge y caída.

En muchos países en desarrollo, entre ellos y en particular las economías emergentes de Asia, el crecimiento también se ha beneficiado de la transferencia a gran escala de la fuerza de trabajo del sector agrícola —que se encontraba subempleada— hacia el sector manufacturero y de servicios. Además, se han producido importantes flujos migratorios hacia las economías avanzadas, incluida España. Este proceso migratorio ha generado cuantiosas remesas para los países más pobres, y al mismo tiempo ha afianzado el crecimiento de las economías avanzadas al aliviar la escasez de mano de obra y aportar conocimientos complementarios.

B. ¿Puede mantenerse el auge de la productividad?

¿Qué factores podrían amenazar la continuidad de estas tendencias? Existe cierto temor de que el crecimiento de la productividad mundial podría desacelerarse en el futuro por varias razones. En primer lugar, la liberalización del comercio podría contribuir en menor medida al incremento continuo de la productividad. Si bien confío en que se logrará avanzar en la Ronda de Doha, temo seriamente que puedan aparecer fuerzas proteccionistas en el futuro, lo que impondrá nuevas barreras a los flujos de comercio y de inversión, y socavará algunos de los logros derivados de la creciente integración de la economía mundial. Lamentablemente, a pesar de sus éxitos, la "globalización" se utiliza con frecuencia como una palabra negativa. El libre comercio se encuentra bajo presión, lo que refleja la percepción generalizada de que solo ayuda a algunos países, y a algunos grupos dentro de estos países. Algunos ya han expresado su preocupación por el reciente uso de medidas antidumping y "salvaguardias" en todo el mundo. Las medidas de restricción del comercio podrían intensificarse en el contexto de una desaceleración cíclica de la actividad económica. Concretamente, el aumento del desempleo avivará la preocupación popular por el impacto de la globalización en la distribución de la renta, sobre todo en las economías avanzadas.

En este contexto, una prioridad clave es renovar el compromiso político para lograr que la Ronda de Doha alcance resultados ambiciosos en lo que respecta a la liberalización del comercio multilateral. Será especialmente importante lograr avances sustanciales en las áreas que benefician a los países de bajos ingresos, por ejemplo mediante la ampliación del acceso de sus productos agrícolas a los mercados de los países avanzados. También puede continuar el proceso de liberalización comercial mediante iniciativas bilaterales y regionales, pero estas no pueden reemplazar a las iniciativas multilaterales. Los acuerdos bilaterales y regionales —que ya abarcan alrededor de un tercio del comercio mundial— son por su naturaleza menos beneficiosos que la liberalización basada en el principio de la "nación más favorecida", y pueden ser contraproducentes si su diseño no es correcto. Los acuerdos de este tipo deben estar sujetos a una mayor disciplina para reducir al mínimo los costos para terceros países generados por la desviación del comercio, y para evitar que se cree una maraña de requisitos de carácter regulatorio. Esta disciplina también elevará al máximo las posibilidades de que los acuerdos bilaterales sean un trampolín, más que un obstáculo, en el proceso de liberalización del comercio mundial.

En términos más generales, si la globalización ha de seguir su curso, creo que es importante evaluar serenamente y de forma realista sus consecuencias. No basta con referirse a los indudables logros a nivel agregado. Es preciso tratar de entender cómo se distribuyen estos logros, y qué tensiones pueden afectar a algunos grupos. En el FMI somos muy conscientes de la necesidad de examinar seriamente estas cuestiones. De hecho, en la última edición de Perspectivas de la economía mundial, que se publicará el mes que viene, se analiza cómo el rápido crecimiento del comercio internacional, la internacionalización cada vez mayor del mercado de trabajo y la introducción de nuevas tecnologías han contribuido considerablemente a aumentar los niveles de renta de los países desarrollados y en desarrollo, pero también han tenido un impacto en la distribución de la misma.

Es posible y necesario hacer más en las economías avanzadas para ayudar a aquellas personas cuyas fuentes de trabajo pueden verse particularmente afectadas por las recientes tendencias tecnológicas y comerciales. Tenemos que asegurarnos de que se creen oportunidades de empleo adecuadas, y que los grupos menos favorecidos participen de los frutos de la prosperidad general. Entre otros ámbitos clave, es necesario adoptar medidas para mejorar los sistemas educativos, garantizar que los trabajadores reciban la formación necesaria para poder competir, flexibilizar los mercados de trabajo para asegurar que se creen nuevos puestos de trabajo, y establecer redes de protección social fuertes que amortigüen el impacto de los cambios económicos pero no los obstaculicen.

Quizás estos aspectos adquieran aún mayor relevancia en los mercados emergentes y las economías en desarrollo. La integración mundial del comercio exterior y de los mercados financieros ha generado enormes beneficios para estos países, y es la fuerza que impulsa el aumento de los niveles de renta, que, en definitiva, es lo que permitirá que sus niveles de vida y sus condiciones de trabajo converjan hacia los niveles que se observan en las economías avanzadas. Pero los países de renta mediana y baja deben poner tanto o incluso más empeño que las economías avanzadas en asegurar que los frutos del crecimiento económico se distribuyan adecuadamente. La experiencia reciente muestra que los programas sociales orientados a ayudar a los pobres pueden ser muy eficaces, tanto para mejorar sus condiciones de vida como para desarrollar el capital humano necesario para asegurar el crecimiento económico a más largo plazo y para avanzar hacia la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Quisiera referirme ahora a una segunda preocupación importante: es probable que los costes derivados de los problemas medioambientales y de la limitación de recursos sean cada vez mayores, lo que podría socavar los avances en materia de productividad. Los esfuerzos realizados hasta la fecha para afrontar el problema a largo plazo del calentamiento global han sido limitados y parciales. Sin embargo, se reconocen cada vez más las posibles consecuencias económicas a largo plazo del cambio climático y, por lo tanto, los países están más interesados en tomar medidas para controlar las emisiones de hidrocarburos, tanto mediante impuestos sobre los combustibles fósiles como aplicando medidas sobre el comercio de carbono. Es alentador ver que la Unión Europea está asumiendo un papel de liderazgo en este terreno, con lo cual brinda un ejemplo importante que pueden imitar otras regiones del mundo.

Las medidas para moderar los efectos del cambio climático encarecerán inevitablemente los costes de las actividades comerciales, pero evitarán consecuencias a largo plazo mucho más graves. Por ejemplo, en el informe Stern sobre el cambio climático presentado recientemente se estima que estabilizar las concentraciones de dióxido de carbono de la atmósfera costará alrededor del 1% del PIB anual. En cambio, si no se tomaran medidas los daños a largo plazo serían equivalentes al 5% o más del consumo mundial, y se concentrarían en los países de ingresos más bajos situados en las zonas tropicales.

En este contexto, si bien el FMI no es un centro especializado en los aspectos científicos del cambio climático, estamos desarrollando nuestra capacidad para evaluar la importancia macroeconómica del cambio climático y las medidas de política económica que podrían frenar mitigar sus efectos. Esta labor será importante en el marco de nuestros esfuerzos por comprender los desafíos macroeconómicos que afrontará la economía mundial a largo plazo, y respaldará el asesoramiento que brindamos a los países miembros, lo que nos ayudará a contribuir a los esfuerzos internacionales orientados a hacer frente a este problema.

Una tercera cuestión fundamental para mantener el crecimiento de la productividad es el desafío que plantea el envejecimiento de la población, sobre todo en los países avanzados. A medida que se reduzca la proporción de personas que entren a formar parte de la población activa, será más difícil aumentar de forma persistente la base de conocimientos y ampliar la frontera tecnológica. Además, existe el riesgo de desajustes entre los conocimientos y las necesidades laborales específicas. Quizás el aspecto más importante es que el aumento creciente de la tasa de dependencia —la proporción entre la población inactiva con respecto a la que trabaja— incrementará los costes de las pensiones y la atención de la salud, lo cual generará presiones presupuestarias. Un reto central será asegurar que el marco de política fiscal siga siendo sostenible de cara al envejecimiento de la población.

Durante la expansión en curso, el rápido crecimiento de los ingresos ha contribuido a fortalecer la situación fiscal en varias de las grandes economías. Sin embargo, no se sabe aún a ciencia cierta en qué medida esta mejora es cíclica —y está impulsada por los altos beneficios, por el rápido crecimiento de los niveles más altos de renta y por la tendencia ascendente de los precios de los activos— y en qué medida será permanente. En términos generales, cabe suponer que para lograr la sostenibilidad fiscal en un contexto de tendencias demográficas desfavorables probablemente se requieran ajustes sustanciales. Parece ser especialmente importante avanzar de manera sostenida hacia el saneamiento de las finanzas públicas en Estados Unidos, dadas las inquietudes en torno al cuantioso déficit por cuenta corriente, y en Japón, donde el déficit y la deuda se mantienen en niveles especialmente altos. También en la Unión Europea es necesario aprovechar en mayor medida el impulso económico actual para reducir los déficits en consonancia con los objetivos a plazo medio fijados en el marco del Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

¿Cómo se ha de lograr esta consolidación fiscal? Habrá fuertes presiones para aumentar los tipos impositivos, pero por esta vía se corre el riesgo de generar costes considerables en materia de eficiencia. También será necesario contener el crecimiento del gasto: la experiencia muestra que esta es una vía para llegar a una consolidación fiscal mucho más duradera. En general, no cabe duda de que es preciso un mayor progreso en las reformas fiscales estructurales, sobre todo en el ámbito de la atención de la salud y las pensiones, tanto para contener el aumento de los gastos como para limitar la erosión de la base de generación de ingresos a medida que envejezca la población. Por ejemplo, los sistemas de pensiones podrían diseñarse de modo tal de alentar una vida activa más prolongada y asegurar, a la vez, la viabilidad fiscal a largo plazo.

La aplicación de políticas de inmigración más abiertas y otras medidas para reducir la tasa de dependencia también podrían ayudar a aplacar las inquietudes en el terreno fiscal. España es un ejemplo claro de cómo una actitud de apertura a la inmigración puede ser muy positiva para el crecimiento económico y puede ayudar a fortalecer las finanzas nacionales. Con todo, este tipo de medidas solo compensará en parte las tendencias del envejecimiento, y en cualquier caso deberán establecerse dentro de un marco laboral adecuado para fomentar la absorción de los nuevos integrantes.

Otra preocupación importante es que posiblemente se atenúe el dinamismo derivado de los avances tecnológicos en el sector de tecnología de la información y las comunicaciones, a menos que el clima empresarial sea flexible y propicio. Hasta el momento, la mayor parte de los países no se han beneficiado tanto como Estados Unidos de los avances de la tecnología de la información, y en principio se espera que sigan progresando en este ámbito. No obstante, ello dependerá en parte de la aplicación sostenida de reformas orientadas a reducir los obstáculos regulatorios y fomentar la competencia, en particular en el sector de los servicios, como las ventas al por mayor, la distribución y los servicios financieros, donde las tasas de productividad de Estados Unidos han sido muy altas. En particular, será crucial que los responsables de la política económica abran los servicios a la competencia del exterior y permitan el ingreso de empresas extranjeras en este sector. En la misma línea, dado que la proporción del empleo en el sector agrícola continúa siendo elevada en China, India y otras economías de Asia, el logro de un crecimiento sostenido dependerá de los esfuerzos que realicen estos países por mejorar la productividad agrícola y de que continúe la transferencia de mano de obra hacia la industria y los servicios. Estos avances solo se producirán si se establece un entorno de política económica que fomente una mayor competencia y flexibilidad. En América Latina, la aceleración de las reformas laborales, conjugada con la liberalización de los mercados de productos y los mercados financieros, desalentará el crecimiento rápido del sector informal, que ha reducido la productividad, debilitado la protección de los trabajadores y limitado las oportunidades de formación profesional.

C. Repercusiones en la corrección de los desequilibrios mundiales

Toda desaceleración del crecimiento de la productividad tendrá importantes repercusiones en las tendencias de la inversión y el consumo y en la corrección de los desequilibrios mundiales. Para mantener las tasas de crecimiento del PIB al reducirse el crecimiento de la productividad total de los factores será necesario que las tasas de acumulación de capital sean más altas que las observadas en la expansión actual. Al mismo tiempo, el consumo podría reducirse si las expectativas indicaran un menor crecimiento de la renta en el futuro, aunque el consumo agregado podría acelerarse a medida que en los países avanzados aumente la proporción de la población que se jubila y la población de los países de rápido crecimiento de Asia oriental —sobre todo China— se adapte a los nuevos niveles de prosperidad y se reduzca el nivel de ahorro precautorio. Es difícil predecir con exactitud el equilibrio de estas fuerzas complejas que afectan al ahorro y a la inversión, pero parece probable que el reciente período de "exceso de ahorro" o de "escasez de inversión" (según la perspectiva) llegue a su fin, lo que tendrá una consecuencia importante: a plazo medio, aumentará la presión sobre los recursos financieros, y es probable que entremos en un período de aumento de los tipos de interés reales.

En este contexto, algunos países, como Estados Unidos, con amplios déficits por cuenta corriente podrían afrontar mayores dificultades para atraer y mantener el financiamiento externo a gran escala requerido. Estas dificultades podrían surgir en particular si el rendimiento de la inversión en Estados Unidos es menor que en otros países. Cabe esperar asimismo que comenzará a reducirse la brecha que separa el sistema financiero de Estados Unidos del de otros países que ofrecerán una gama parecida de instrumentos financieros para canalizar el ahorro. En estas circunstancias, parece probable que deba reducirse el amplio déficit por cuenta corriente de Estados Unidos. Este proceso deberá estar dirigido por el mercado, impulsado por la necesidad de que las tasas de ahorro de Estados Unidos vuelvan a situarse en niveles más normales, y respaldado por un reajuste de los tipos de cambio. La corrección ordenada de los desequilibrios también podría verse favorecida por la aplicación de reformas del régimen de comercio exterior y otras iniciativas estructurales orientadas a eliminar los obstáculos que impiden la reasignación ordenada de los recursos en respuesta a los movimientos de los tipos de cambio.

En términos más generales, también es importante que las economías avanzadas y las economías en desarrollo adopten medidas conjuntas que creen un entorno conducente a la corrección ordenada de los desequilibrios mundiales. Si bien redunda en el propio interés a largo plazo de cada país tomar las medidas de política económica necesarias, mediante el accionar conjunto en una serie de frentes se lograría un efecto sinérgico. Los ajustes que conlleven algunos costes a corto plazo o que tengan consecuencias en la distribución del ingreso serían más fáciles en un contexto de prosperidad mundial continua en que los países actúen de manera cooperativa hacia el logro de los objetivos comunes.

La comunidad internacional ha respaldado una estrategia multifacética, que incluye cuatro elementos importantes. Primero, medidas para aumentar el ahorro en Estados Unidos, incluido el compromiso de intensificar la consolidación fiscal a plazo medio. Segundo, nuevos avances en las reformas orientadas a estimular el crecimiento en la zona del euro y en Japón, sobre todo en el sector de servicios y el sector financiero. A este respecto, es alentador ver el avance logrado en la zona del euro, por ejemplo mediante la adopción de la Directiva revisada sobre los Servicios y el Plan de Acción para el Sector Financiero, si bien es preciso impulsar su aplicación y aún es considerable el margen para adoptar otras medidas. Tercero, medidas que estimulen el consumo y flexibilicen los tipos de cambio de varios países emergentes de Asia, entre ellos China, a fin de reducir su dependencia de las exportaciones y de los altos niveles de inversión. Y, cuarto, esfuerzos continuos de los países exportadores de petróleo, sobre todo en el Oriente Medio, por aumentar el gasto en áreas que ofrecen altas tasas de rendimiento, proceso que ya está en marcha y que debe proseguir.

Creo que el FMI está desempeñando una importante función para promover la aplicación de esta estrategia, acercando a los interlocutores clave en el marco de deliberaciones multilaterales que están creando una mayor comprensión de los problemas que están en juego, y están ayudando a consolidar la determinación necesaria para aplicar la estrategia acordada.

D. Observaciones finales

Los últimos cinco años han sido un período de gran prosperidad a escala mundial, sustentados por un fuerte crecimiento de la productividad. Es difícil predecir qué sucederá, dado el posible impacto del cambio climático, el envejecimiento de la población y los cuantiosos desequilibrios mundiales. Sigo siendo optimista, pero no podemos suponer sencillamente que el éxito actual perdurará. Se requieren reformas, tanto para mantener el ritmo de crecimiento de la productividad como para asegurar que los consiguientes beneficios se distribuyan con el mayor alcance posible. Soy consciente de la creciente inquietud popular por el impacto de la globalización, y creo que los gobiernos, tanto en las economías avanzadas como en los mercados emergentes, pueden y deben hacer mucho más para asegurar que los frutos de la globalización —que son muy claros a nivel agregado— se distribuyan apropiadamente. Debemos reconocer que algunos grupos pueden verse perjudicados y necesitan que se les dé un mayor apoyo para adaptarse a la creciente globalización de los mercados, sin obstaculizar el proceso de cambio. De esa manera se evitará el surgimiento de actitudes proteccionistas y será más fácil seguir adelante con la ambiciosa agenda de política económica que se necesita para sustentar un vigoroso crecimiento mundial. Nunca es fácil conseguir apoyo para reformas de este tipo, pero el período de crecimiento sostenido por el que atravesamos nos ofrece, sin duda, una oportunidad ideal. Muchas gracias.



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