Discurso de Rodrigo de Rato, ante la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio

Director Gerente del Fondo Monetario Internacional
Madrid, España
8 de octubre de 2007

1. Antes que nada, deseo agradecer a Juan Mato por la generosidad de sus palabras y a los integrantes de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio y de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial por invitarme a este encuentro. A lo largo de los últimos años, hemos presenciado un avance notable de las políticas y del desarrollo económico de muchos países de América Latina. Hoy, desearía hablar sobre las perspectivas económicas de la región, sobre todo tras la reciente turbulencia de los mercados financieros mundiales, y sobre algunas de las políticas que América Latina puede aplicar para ponerse a resguardo de los riesgos y afianzar más su situación económica.

2. Una de las tendencias que respaldó el crecimiento y la estabilidad de América Latina durante la última década fue su creciente integración con la economía mundial. Está de más señalar que el precio de esa integración es la posibilidad de que se acentúe la vulnerabilidad frente a episodios externos, especialmente las fluctuaciones de la demanda de importaciones por parte de los socios comerciales y los vaivenes de los mercados financieros. Corresponde comenzar entonces con un análisis de la situación que está viviendo la economía mundial, antes de pasar a las implicaciones para América Latina.

3. Obviamente, el suceso que ha captado tanto los titulares de los periódicos como la atención de las autoridades es la convulsión de los mercados de crédito. Según los análisis del FMI, nos encontramos ante un episodio que aún no está resuelto. Las medidas adoptadas por los grandes bancos centrales para aliviar la escasez de liquidez interbancaria indudablemente están siendo beneficiosas, pero la situación en los mercados financieros sigue evolucionando y pasarán unos meses hasta que podamos evaluar la magnitud de las pérdidas de los bancos y los inversores. En este momento, el principal interrogante es qué efectos sufrirá la economía real. Es esa inquietud la que llevó a la Reserva Federal a recortar los tipos de interés en Estados Unidos y al Banco Central Europeo y al Banco de Japón a mantenerlos sin aumentos. Creemos que esas decisiones fueron sensatas y que ayudarán a limitar el impacto económico general.

4. Sin embargo, según nuestras previsiones, los sucesos recientes tendrán cierto efecto económico, pero no sabremos de qué magnitud hasta que no se aclare el panorama financiero. De acuerdo con la información actual, parece poco probable que la turbulencia afecte demasiado a las cifras de crecimiento de 2007: la mayoría de las decisiones de producción, inversión y consumo que influyen en el PIB mundial se tomaron antes de que los mercados se convulsionaran. En 2008 el efecto se hará sentir más, pero por el momento creemos que será moderado. La expectativa es un crecimiento mundial ligeramente más bajo que en 2006 ó 2007, pero aun así históricamente vigoroso. Lo que nos lleva a pensar así es la solidez de los cimientos económicos en los países avanzados y en desarrollo, que seguramente respaldará la expansión económica mundial. Pero no puedo dejar de recalcar que si la turbulencia de los mercados financieros resulta prolongada, el impacto en la economía mundial podría ser más grave. Claramente, los riesgos se inclinan más bien del lado negativo. En unos días, la semana que viene, cuando demos a conocer las perspectivas de la economía mundial, podremos trazar un panorama más detallado.

5. Debemos preguntarnos entonces qué implica todo esto para América Latina. Contra el telón de fondo de una pequeña caída del crecimiento mundial prevista para 2008, la situación de América Latina se perfila básicamente alentadora. En 2008, la crisis podría reducir en medio punto porcentual el crecimiento de algunos países de la región, aunque es muy pronto para evaluar los efectos específicos que tendrá en la economía real. Si este pronóstico resulta acertado, marcará una ruptura notable con un pasado de vulnerabilidad frente a las contracciones del crecimiento fuera de la región y, particularmente, frente al deterioro de las condiciones en los mercados financieros de las economías avanzadas. Para explicar qué nos lleva a esperar un desenlace diferente esta vez, permítanme describir cómo podrían perjudicar los sucesos mundiales a América Latina y por qué pensamos que esos efectos serán limitados.

6. La contracción de la demanda de exportaciones latinoamericanas indudablemente podría afectar al crecimiento de la región. Pero los cambios que experimentaron las corrientes comerciales durante esta última década ofrecen cierta protección. Concretamente, las exportaciones a Estados Unidos —el país que probablemente se vea más golpeado por la turbulencia— retrocedieron de 57% del total de exportaciones en 2000 a 47% en 2006. Ese cambio refleja una amplia tendencia mundial, como parte de la cual las economías emergentes —entre ellas las latinoamericanas— están adquiriendo importancia como fuentes de demanda internacional y motores potenciales del crecimiento mundial.

7. Muchos países latinoamericanos se han beneficiado de enormes mejoras de los términos de intercambio en los cinco últimos años, y en particular del avance de los precios de las materias primas. Cabe pensar entonces que los países latinoamericanos, que son grandes exportadores de materias primas, podrían verse perjudicados si la ralentización del crecimiento mundial redujera la demanda y los precios de estos productos. Aunque ese es un motivo de preocupación, los precios de los productos básicos siguen siendo elevados —respaldados en parte por el aumento de la demanda en los mercados emergentes— y lo más probable es que sufran una caída fuerte únicamente si el crecimiento mundial experimenta una contracción aguda.

8. En el pasado, América Latina fue especialmente sensible al empeoramiento de las condiciones financieras. Pero por el momento los mercados latinoamericanos de crédito se mantienen relativamente indemnes a la turbulencia. En algunos países, las instituciones financieras dependen en gran medida de la financiación externa, y esta podría verse afectada por la convulsión en los mercados de crédito. Pero a nivel más general, parecería que la vulnerabilidad de la región es mucho menor en la actualidad. La mayor parte de los países dependen mucho menos de la refinanciación de deuda a corto plazo. Los descalces de las monedas son mucho más pequeños, los saldos fiscales y externos son más sólidos y las necesidades de financiación del sector público son más bien modestas. En ese sentido, América Latina está cosechando los frutos de la buena gestión macroeconómica de los últimos años.

9. Hay otro aspecto que marca una diferencia con el pasado. En otras épocas de crisis, la libertad de acción de los gobiernos estaba acotada muchas veces por la inflexibilidad del régimen cambiario y por la carga de la deuda, que obligaba a recortar el gasto público en medio de una desaceleración del crecimiento. Hoy, muchos más países de la región tienen tipos de cambio flexibles que les permiten responder con una mayor variedad de opciones. Algunos también gozan de más flexibilidad fiscal, aunque ese es un ámbito que requiere mejoras. Son pocos los que están en condiciones de aplicar políticas fiscales anticíclicas, y los coeficientes de endeudamiento son aún inquietantes en toda la región por lo elevados.

10. Por último, algunos países latinoamericanos quizá teman por la pérdida de remesas, sobre todo las procedentes de Estados Unidos. Los análisis del FMI quizás infundan un poco de tranquilidad al respecto. Un estudio reciente, sintetizado en las perspectivas económicas regionales que presentaremos próximamente, plantea que existe muy poca relación directa entre el volumen de remesas y las condiciones económicas de Estados Unidos. Es un factor que hay que tener en cuenta, particularmente para países como México y El Salvador que reciben cuantiosas remesas de Estados Unidos, tanto en términos absolutos como en relación con el PIB. Algunos analistas piensan que la caída de los precios de la vivienda y la desaceleración de la construcción en algunas partes de Estados Unidos donde viven muchos inmigrantes podrían causar recortes profundos de las remesas. Pero es un efecto que no se ha observado en el pasado.

11. No obstante, esto no significa que los gobiernos latinoamericanos puedan cruzarse de brazos. Primero, como ya señalé, existe el riesgo de que la turbulencia financiera persista y empeore. Por ejemplo, una recesión en Estados Unidos golpearía a América Latina directamente, a través de las exportaciones, e indirectamente, si tiene un impacto suficiente en otras economías avanzadas o en los grandes mercados emergentes que exportan a Estados Unidos como para restarles crecimiento. Además, si la crisis crediticia salta a uno de los principales mercados emergentes —y me apresuro a recalcar que esa eventualidad no parece concretarse por el momento—, podría producirse una revaloración del riesgo de todos los mercados emergentes. Además, si bien los fundamentos económicos de América Latina son en promedio más sólidos que antes, hay variaciones entre los países que no han pasado del todo inadvertidas para los mercados. Esto tiene, por supuesto, implicaciones para las políticas que deben seguir los gobiernos, y a eso desearía referirme a continuación.

12. La política fiscal, por supuesto, seguirá teniendo especial importancia. En muchos países se ha fortalecido la situación estructural de las finanzas públicas en los últimos años, como reflejo de las mejoras introducidas en la política y la administración tributarias y del efecto producido por el aumento de los precios de los productos básicos. Sin embargo, en años recientes se han observado en muchos países aumentos significativos de los gastos corrientes, y los ingresos fiscales podrían disminuir si los precios de las materias primas bajaran o la recaudación de impuestos flaqueara. Por consiguiente, nuestro consejo a los ministros de Hacienda sería evitar aumentos fuertes y abruptos del gasto público y mantener una actitud cautelosa con respecto a los coeficientes de deuda pública.

13. En lo que atañe a la política monetaria, muchos países de la región están haciendo lo correcto. En América Latina, como en otros países de todo el mundo, los gobiernos han reconocido los méritos de dotar de independencia a los bancos centrales, y estos se han orientado hacia la fijación de metas de inflación. Como recompensa, han logrado reforzar su credibilidad y —a medida que se ha ido reduciendo la prima por riesgo de inflación— se ha producido una reducción de las tasas de interés reales, lo cual ha propiciado un mayor crecimiento económico. Con todo, los bancos centrales y los organismos reguladores pueden verse sometidos a prueba en el futuro próximo. Sin duda, necesitan seguir centrando la mira en los riesgos de inflación, incluidos los que se derivan del aumento de los precios de los alimentos. Dada la incertidumbre en los mercados de crédito mundiales, tendrán que cerciorarse de contar con información adecuada sobre el perfil de riesgo de las principales instituciones financieras internas. Las autoridades de política económica también deberán adoptar decisiones con respecto al desarrollo y la regulación de los mercados financieros. Para el crecimiento de América Latina es importante que los mercados financieros sigan desarrollándose, y los acontecimientos recientes en los mercados financieros de las economías avanzadas ofrecen importantes lecciones para la región tanto sobre la forma de desarrollar los mercados financieros como sobre algunos errores de estructura regulatoria que hay que evitar.

14. El desarrollo de los mercados financieros es un aspecto de la reforma estructural crucial para el desarrollo de América Latina. Pero no es el único. Por ejemplo, me preocupa que la inversión se esté quedando a la zaga en la región. El gasto de capital ha disminuido como proporción del gasto público total en los países latinoamericanos, mientras que en la mayoría de los casos no se han concretado los aumentos de la inversión del sector privado con los que se esperaba compensar esa disminución. Esto nos lleva a preguntarnos si las leyes impositivas y las políticas de gasto público en los sectores clave se han articulado correctamente para dar el impulso suficiente a la inversión. Es importante crear un entorno que ofrezca un rendimiento competitivo tanto a los inversores del país como a los del exterior en condiciones de mercado estables, y que proporcione estabilidad a los mercados y cree un procedimiento claramente definido para la resolución de los conflictos. También es preciso incrementar la inversión pública. Los nuevos parámetros fiscales exigen mayor eficiencia en la programación de las inversiones del sector público, a la vez que es necesario fortalecer aún más la capacidad de los países para planificar adecuadamente las inversiones públicas y orientarlas a los sectores prioritarios.

15. Asimismo, es importante que los gobiernos de América Latina mantengan sus férreos esfuerzos por reducir la pobreza y la desigualdad. Se han logrado algunos avances significativos en este plano en los últimos años. Según estudios recientes realizados por gobiernos nacionales y organismos multilaterales, en el período transcurrido desde 2000 el crecimiento ha tenido un efecto más categórico en la reducción de la pobreza que en la década de los noventa. Esta tendencia hacia un crecimiento que favorece más a los sectores pobres se ve reflejada en la reducción de la pobreza en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay. Contribuyó a este éxito, en parte, una mejor focalización del gasto social, incluido el canalizado a través de programas de transferencias directas condicionadas. Sin embargo, pese a estos avances, la desigualdad de ingresos y la pobreza siguen siendo problemas graves: alrededor del 38% de los habitantes de América Latina vivía aún en la pobreza en 2006.

16. Los gobiernos también pueden hacer más a este respecto. Pueden utilizar la política fiscal para reducir la desigualdad, y de hecho muchos gobiernos ya están emprendiendo iniciativas que contribuirán a ese objetivo. Por ejemplo, con respecto a los ingresos, una serie de países han adoptado impuestos que recaerán sobre aquellos con mayor capacidad de pago, específicamente impuestos sobre vehículos y otros bienes y sobre la renta financiera. Los gobiernos también podrían reducir las exenciones que normalmente benefician a las personas de altos ingresos y a los consumidores relativamente ricos. Mediante impuestos más sencillos y bases tributarias más amplias será posible establecer tipos impositivos más bajos. La política de gasto también puede utilizarse para promover la equidad y ofrecer una mayor igualdad de oportunidades. La forma más efectiva de lograr este objetivo sería la aplicación de políticas sociales directas que reasignen el gasto hacia programas orientados a los sectores pobres -entre ellos los programas de transferencias de fondos que ya mencioné- en lugar de destinarlo a subvenciones que benefician mayormente a los grupos de ingresos medios y altos. Por ejemplo, las subvenciones a los productos petroleros y la electricidad podrían reemplazarse por asistencia social directa. También podría mejorarse la calidad del gasto entre un sector y otro. Por ejemplo, sabemos que la educación es crucial para crear igualdad de oportunidades, sobre todo en un mundo globalizado. Pero según un estudio reciente de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, se estima que más de la mitad del gasto en educación terciaria beneficia al quintil más rico de la población, mientras que al quintil más pobre le llega tan solo el 2% de esos beneficios. También podría lograrse mayor equidad si hubiera una mayor recuperación de costos en el nivel terciario, y si los recursos obtenidos por esa vía se destinaran a mejorar la calidad de la educación primaria y secundaria, donde el gasto beneficia mucho más a la población de menores recursos.

17. También es posible lograr avances en otros frentes. Por ejemplo, los gobiernos podrían adoptar políticas orientadas a ofrecer a los sectores pobres un mayor acceso al crédito, entre otras formas fomentando las instituciones de microfinanciación. Estas instituciones pueden desempeñar un papel central en el suministro de crédito a empresas ubicadas en zonas de bajos ingresos, y ayudar así a la gente a salir de la pobreza por sus propios medios. También pueden contribuir a encauzar las remesas de fondos hacia inversiones productivas y el otorgamiento de crédito a los particulares y en general una mayor bancarización en la economía. La simplificación de los trámites para el establecimiento de nuevas empresas y la eliminación de los obstáculos a la inversión privada pueden elevar el empleo, especialmente si la liberalización se produce en sectores que hacen uso intensivo de mano de obra, como la agricultura. Las medidas encaminadas a flexibilizar las leyes laborales pueden lograr que un mayor número de trabajadores se incorpore al sector formal, promoviendo así la igualdad y ayudando a reducir la pobreza. Asimismo, se podrían redoblar los esfuerzos por llegar a los pobres de las zonas rurales, mediante mejoras en la prestación de servicios y en la infraestructura y medidas que corrijan la desigualdad en la propiedad de la tierra.

18. He hecho hincapié hoy en las tareas que aún están pendientes y en las medidas que pueden tomar los gobiernos para mejorar la situación, y lo he hecho porque las estrategias para el futuro son, en general, más interesantes que las felicitaciones por lo que ya se ha logrado. Pero el énfasis en lo que queda por hacer no debe empañar los profundos cambios que ya se han producido en América Latina. Durante el período en que he ocupado el cargo de Director Gerente del FMI he visto grandes avances en muchos países, una gran parte de los cuales son el resultado de la seriedad y el profesionalismo de los líderes y funcionarios de los países de la región. A lo largo de los últimos años, el FMI ha trabajado en estrecha colaboración con los países de América Latina. Hemos dado nuestro respaldo al gobierno y a la sociedad de cada uno de los países latinoamericanos durante tiempos difíciles de crisis e inestabilidad económica. En algunos casos, hemos sido el único respaldo a estos países. Sabemos lo difícil que puede ser tomar determinadas decisiones. Por nuestra parte, seguiremos trabajando en la supervisión macroeconómica, el desarrollo de las instituciones y la prevención de crisis. Los objetivos son claros: una integración más completa de América Latina en la economía mundial, un crecimiento más rápido y sostenible y una reducción significativa y duradera de la pobreza. Mediante la aplicación de políticas acertadas y cierta dosis de buena suerte en el devenir de los acontecimientos económicos externos, estos objetivos son alcanzables. Y el avance que América Latina ya ha logrado nos da la confianza de que se alcanzarán.

19. Muchas gracias.



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