Una recuperación mundial como corresponde

Dominique Strauss-Kahn
Director Gerente del Fondo Monetario Internacional
Autoridad Monetaria de Singapur
1 de febrero de 2011

Es un gran placer regresar a la Autoridad Monetaria de Singapur. La última vez que estuve aquí, en noviembre de 2009, la economía internacional estaba dejando atrás tímidamente la Gran Recesión. Hoy, el crecimiento está repuntando en el mundo entero. La última proyección del FMI, publicada apenas la semana pasada, apunta a un crecimiento mundial de 4½% este año; es decir, más que el promedio de la última década y más de lo proyectado en la edición de octubre de nuestro informe Perspectivas de la economía mundial.

Pero aunque la recuperación se encuentra en curso, no es la recuperación que deseábamos. Es una recuperación sometida a tensiones y presiones, que incluso podría sembrar las semillas de la próxima crisis. Desde mi punto de vista, existen dos desequilibrios peligrosos:

Primero, la recuperación no está equilibrada entre los países. Mientras que el crecimiento se mantiene por debajo del potencial en las economías avanzadas, las economías emergentes y en desarrollo están creciendo mucho más rápido, y algunas podrían experimentar pronto un recalentamiento.

Segundo, la recuperación no está equilibrada dentro de los países. El desempleo mundial se mantiene en máximos históricos, y el desequilibrio cada vez mayor del ingreso está agudizando las tensiones sociales.

En mi opinión, la única manera de lograr una recuperación adecuada es aplicando un enfoque holístico a la gestión de la economía y centrarlo no solo en las políticas macroeconómicas y financieras tradicionales, sino también en la creación de puestos de trabajo y en la protección social. Porque sin empleos y sin ingresos seguros no puede haber una reactivación de la demanda interna ni, en última instancia, una recuperación sostenible.

Recuperación a dos velocidades

Desearía comenzar describiendo cómo está transcurriendo la recuperación a nivel internacional.

En las economías avanzadas, prevemos un crecimiento moderado de 2½% en 2011, con un nivel elevado de desempleo y deuda de los hogares que lastrará la demanda. En las economías emergentes y en desarrollo, proyectamos un crecimiento mucho más rápido de 6½%, y de 8½% para Asia (excluido Japón).

Examinando la situación más de cerca, vemos algo que nos preocupa: los desequilibrios mundiales presentes antes de la crisis están volviendo a perfilarse. El crecimiento de las economías con profundos déficits externos, como Estados Unidos, aún está alimentado por la demanda interna. Y el de las economías con grandes superávits externos, como Alemania y China, aún está impulsado por las exportaciones. Como lo advirtió el FMI durante los años de gestación de la crisis —y como lo ha recalcado el Grupo de los Veinte (G-20)— estos desequilibrios mundiales ponen en peligro la sostenibilidad de la recuperación.

La “brecha de crecimiento mundial” también está generando otras presiones para la recuperación. Los precios de la energía están subiendo con rapidez, empujados por la veloz expansión de las economías emergentes. Los precios de los alimentos también están aumentando ―aunque en este caso la razón principal son los shocks en la oferta―, con consecuencias potencialmente devastadoras para los países de bajo ingreso. Sumadas, estas alzas de precios están comenzando a reflejarse en el nivel general de inflación. Otro desafío lo constituye la afluencia de capitales abundantes y volátiles en las economías emergentes, que está complicando la gestión macroeconómica y, en algunos casos, despertando inquietudes en torno a la estabilidad financiera.

¿Cuál es la mejor manera de reequilibrar la recuperación? Las prioridades ya son bien conocidas.

En las economías avanzadas, la clave está en promover el crecimiento y la creación de puestos de trabajo. Si bien las reformas estructurales son esenciales para realzar la capacidad de competencia de estas economías, probablemente tarden en dar fruto. ¿Qué hacer entonces a corto plazo? La tarea más urgente consiste en sanear y reformar el sector financiero, reducir el riesgo y preparar el terreno para un crecimiento saludable del crédito.

Restablecer la sostenibilidad fiscal es otra prioridad máxima para las economías avanzadas. El coeficiente deuda pública/PIB promedio superará 100% del PIB este año, y subirá aún más si no hay un ajuste a mediano plazo. Esto podría acarrear implicaciones preocupantes para el crecimiento mundial e incluso para la estabilidad de los mercados financieros. En los casos en que la recuperación se está afianzando, los países deberían apresurarse a formular y ejecutar planes de consolidación fiscal a mediano plazo creíbles. En otros países, la consolidación debe ser incluso más rápida.

Al mismo tiempo, la política monetaria de las economías avanzadas debería seguir siendo acomodaticia. Mientras las expectativas inflacionarias estén bien ancladas y el desempleo se mantenga elevado, esa es la política correcta desde una perspectiva nacional. La orientación acomodaticia adoptada por Estados Unidos ha contribuido a lograr una disminución de las tasas a largo plazo, y hasta el momento no ha tenido más que un efecto limitado en los flujos de capital destinados a los mercados emergentes.

Pasando concretamente a las economías emergentes, es impresionante observar lo bien que han superado la crisis, sobre todo aquí en Asia. Eso refleja las amplias reformas financieras y estructurales adoptadas por muchos de estos países en los años precedentes a la crisis. De hecho, uno de los principales objetivos de la conferencia que organizaron el FMI y el Gobierno de Corea el verano pasado fue extraer lecciones sobre la capacidad de resistencia de Asia a la crisis que otros países podrían aprovechar.

Pero también se dibujan algunos nubarrones en el horizonte. Existen riesgos de recalentamiento, e incluso de un aterrizaje brusco. Eso significa que es necesario endurecer las políticas macroeconómicas en los países donde la brecha del producto casi está cerrada o, de hecho, ya se ha cerrado. En Asia, las decisiones recientes sobre las tasas fueron acertadas, pero posiblemente no basten.

Pasemos a una de las novedades más recientes: la escalada de la afluencia de capitales. Primero, el ajuste macroeconómico contribuiría a suavizar el impacto de entradas de capital abundantes. En las situaciones en que estas generen preocupación en torno a la estabilidad financiera, políticas macroprudenciales como, por ejemplo, medidas para desacelerar el alza de los precios de las propiedades o normas más estrictas sobre la exposición a deuda en moneda extranjera, también pueden ayudar. En algunos casos, puede resultar útil temporalmente volver a aplicar controles de capital. Pero estos no deben ocupar el lugar de las políticas macroeconómicas y macroprudenciales necesarias. Otro elemento importante consiste en profundizar los mercados financieros y de capital, gracias a lo cual es más fácil y menos riesgoso absorber flujos de capitales. En las próximas décadas, muchas economías emergentes ―entre ellas, varias de Asia― experimentarán enormes necesidades de inversión, en particular en infraestructura. La inversión extranjera puede contribuir de manera crítica a satisfacerlas.

Ahora, la cuestión más importante es abordar el problema repetido de los grandes superávits externos de algunos países. Consciente de que el ajuste llevará tiempo y adoptando una perspectiva más a largo plazo, para mí está claro que las economías emergentes con grandes superávits necesitan diversificar los motores del crecimiento. Este es un hecho que comprende bien Asia, y sobre todo China, cuyas autoridades están tomando medidas para estimular la demanda interna. El ajuste del tipo de cambio obviamente tendrá que desempeñar un papel importante, y es por eso que no se le debe oponer resistencia. Frenarlo en un país también significa que es más difícil y más costoso para otros países permitir que tenga lugar. Este ajuste necesita más que nada tiempo, pero pedir tiempo tiene sentido únicamente si hay un avance significativo y constante en la dirección adecuada.

Desempleo y desigualdad del ingreso

Permítanme pasar ahora al segundo desequilibrio, que ocurre dentro de los países: el elevado desempleo y la creciente desigualdad del ingreso y de la riqueza.

El fuerte aumento del desempleo internacional constituye un problema social grave. La gente que se queda sin trabajo tiene más probabilidades de enfrentarse a un deterioro de su salud y de su esperanza de vida, y también del desempeño escolar de sus hijos. Y cuando la gente pierde la esperanza de encontrar un empleo, sufre la sociedad toda, lo cual a su vez puede poner en peligro la estabilidad política.

Pero el desempleo también es un problema económico grave. La necesidad de actuar para superar la crisis laboral fue el mensaje principal del tradicional discurso sobre la situación nacional que pronunció el Presidente Obama la semana pasada. Fue también el vivo trasfondo de la turbulencia política en Túnez, y de las crecientes tensiones sociales en otros países.

En el curso de la próxima década, cuando 400 millones de jóvenes se sumen a la fuerza laboral, el mundo tendrá ante sí un reto sobrecogedor. De hecho, ante nosotros se yergue la perspectiva de una “generación perdida” de jóvenes, destinados a sufrir un empeoramiento de las condiciones laborales y sociales durante toda su existencia. Crear puestos de trabajo debe ser una de las principales prioridades no solo en las economías avanzadas, sino también en muchos países más pobres.

La desigualdad del ingreso es algo que también afecta a los países en todas las etapas de desarrollo. En Estados Unidos, por ejemplo, antes de la crisis había retomado niveles desconocidos desde 1929, justo antes de la Gran Depresión. Pero la desigualdad del ingreso concierne asimismo a las economías emergentes y en desarrollo.

Aquí, en Asia, se han registrado avances sociales notables durante las últimas décadas, y más de 500 millones de personas han dejado atrás la pobreza. Al mismo tiempo, la desigualdad del ingreso se ha recrudecido. Para las autoridades de China e India, abordar las disparidades del ingreso y la riqueza es una tarea preponderante en los programas de política económica. E incluso en una nación próspera como Singapur, el Primer Ministro Lee ha declarado que la creciente brecha del ingreso representa un motivo de preocupación nacional.

Abundan las razones sociales y éticas por las cuales la desigualdad del ingreso debe preocuparnos. Pero también existen importantes razones macroeconómicas.

La desigualdad puede detraer de la oportunidad económica, ya que los pobres tienen menos acceso al crédito. Puede empujar a la gente hacia actividades improductivas. También puede exacerbar la propensión de los países a los shocks: cuanta menos gente ahorra para una emergencia, más sufre la población en general cuando estalla una crisis. La desigualdad puede obstaculizar incluso la recuperación tras un shock: las sociedades más igualitarias tienden a crecer durante más tiempo.

¿Cuál es la mejor manera de afrontar estos retos?

En los países con fuerte desocupación, los planes de desempleo y los programas de asistencia social y obras públicas bien diseñados son eficaces para impedir el desempleo a largo plazo y contribuyen a acelerar la recuperación tras una recesión. Una protección social adecuada, fundamentada en un mínimo básico como el que propone la Organización Internacional del Trabajo (OIT), puede poner a los sectores más vulnerables de la sociedad al resguardo de lo peor de la crisis. A medida que la consolidación fiscal se ponga en marcha en las economías avanzadas, debemos cerciorarnos también de que la política fiscal sea lo más propicia posible para el empleo.

A largo plazo, la manera más eficaz de promover el crecimiento del ingreso en el extremo inferior de la escala de distribución es invirtiendo en educación, innovación y capacitación de los trabajadores. La economía del siglo XXI es, en última instancia, una economía del conocimiento, en la cual la rentabilidad educativa reviste una importancia tremenda. Debemos darle a la gente en el mundo entero las herramientas que necesitan para prosperar en la economía internacional sumamente competitiva de hoy en día.

Respaldar una mejor recuperación: El papel de las instituciones internacionales

A medida que los gobiernos hagan frente a estos retos, la cooperación internacional será fundamental para encontrar soluciones con un impacto duradero.
Para lograr un crecimiento internacional más equilibrado, las economías más grandes del mundo ―con el auspicio del G-20― han creado un marco histórico para la coordinación de las políticas. A través del Proceso de Evaluación Mutua, los países del G-20 deben rendir cuentas entre sí de la adopción de las políticas necesarias para lograr un crecimiento mundial sólido, estable y equilibrado.

A pedido del G-20, el FMI está brindando un respaldo técnico crítico a esta importante iniciativa. En un plano más amplio, la supervisión de las políticas económicas y financieras de nuestros miembros ―y el impacto de las vinculaciones y los contagios entre las economías― forma parte del núcleo del mandato del FMI. Crear un sistema monetario internacional más estable también contribuye a la solución y es un elemento destacado del programa de trabajo del FMI. Debemos comprender mejor qué impulsa los flujos de capital y los precios de las materias primas, y afianzar la red de protección financiera mundial. Ciertamente ayudará que estas cuestiones se cuenten también entre los temas principales que abordará el G-20 este año.

Pasando al empleo y a las condiciones sociales, la cooperación internacional en esos ámbitos se ha intensificado mucho tras la crisis y ha pasado a ser uno de los elementos centrales del programa de trabajo del G-20. El FMI está promoviendo iniciativas a nivel internacional a través de eventos tales como la conferencia que organizó junto con la OIT en Oslo. Y a nivel nacional, mantenemos la atención puesta en luchar contra el desempleo y en proteger a los pobres a través de un diálogo estrecho con los sindicatos y la sociedad civil.

Para que la coordinación internacional de las políticas prospere, necesitamos una estructura de gobierno mundial que refleje el equilibrio de las potencias económicas. Concretamente, necesitamos un sistema que le asigne a Asia el papel que le corresponde en vista de su gran ―y creciente― peso económico. De más está decir que un papel más destacado implica también más responsabilidad, y el mundo espera que Asia asuma un nuevo papel de líder al contribuir a la solución de los problemas internacionales.

Las reformas históricas de la estructura de gobierno del FMI están cambiando la forma en que colaboran los países. Una vez que entre en vigor el programa de reformas más reciente, tendremos al fin un FMI que refleje las realidades económicas del mundo actual. Ansiamos continuar nuestra asociación vital con Asia ―y con todos nuestros miembros― en este nuevo FMI del siglo XXI.

Conclusión

Permítanme hacer algunas reflexiones finales.

No existen soluciones fáciles a los retos que acabo de exponer, ni tampoco soluciones nacionales. Pero si los pasamos por alto, o si los tomamos a la ligera, enfrentaremos riesgos mucho peores que la posibilidad de que la recuperación pierda impulso. A medida que recrudezcan las tensiones entre los países, podríamos ser testigos de un creciente proteccionismo, tanto comercial como financiero. Y a medida que recrudezcan las tensiones dentro de los países, podríamos ser testigos de una desestabilización social y política dentro de las naciones, e incluso de guerras.

El ímpetu de la cooperación mundial es un tema que me preocupa. Pero estoy seguro de que la cooperación ―entre países, y entre segmentos de la sociedad― nos permitirá superar los retos y construir una economía mundial más vigorosa, más justa y, en última instancia, más próspera. Juntos, podemos lograr una mejor recuperación. Y Asia, una de las principales regiones económicas del mundo, desempeñará un papel fundamental en ese logro.
Muchas gracias.



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