Desafíos económicos globales y soluciones globales: Discurso en el Centro Woodrow Wilson

Christine Lagarde
Directora Gerente, Fondo Monetario Internacional
Washington DC, 15 de septiembre de 2011

Texto preparado para la intervención

Buenos días. Es un placer estar aquí. Quisiera agradecer al Centro Woodrow Wilson por su amable invitación, y quisiera en especial expresar mi profunda gratitud a Jane Harman. En su larga y distinguida carrera, Jane ha ocupado cargos ejecutivos, en el sector académico, en el ámbito jurídico y, desde luego, en el Congreso, como miembro de la cámara de representantes a lo largo de nueve períodos. Ha sido y continúa siendo una funcionaria pública dedicada. Muchas gracias, Jane.

No puedo imaginar un lugar más adecuado para mi primer discurso prominente en Washington como Directora Gerente del FMI. Woodrow Wilson fue, más que cualquier otra persona, un defensor del multilateralismo y la hermandad mundial. Las semillas que sembró dieron su fruto en el entorno de la posguerra que vio nacer al FMI y a sus organizaciones hermanas. Y es que el fundamento de nuestro mandato se asienta sobre una idea sencilla pero poderosa: la cooperación puede generar no solo estabilidad económica, sino un mejor futuro para todos.

Nunca esta idea ha revestido tanta importancia como hoy.

Sin duda estamos viviendo momentos de gran ansiedad económica. Exactamente tres años después del colapso de Lehman Brothers, el panorama económico se ve gris y turbulento, a medida que se desacelera la actividad mundial y se intensifican los riesgos a la baja.

Hemos entrado en una nueva fase peligrosa de la crisis. Sin una determinación colectiva, la confianza que el mundo tanto necesita no retornará.

Woodrow Wilson una vez advirtió que “se debe ofrecer luz, no calor”. Creo que la tarea del FMI consiste en descubrir y dirigir la luz cuando el panorama es sombrío, y en arrojar luz sobre los problemas económicos fundamentales, ¡aunque también puede ayudar avivando las brasas de vez en cuando!

Con esto en mente, permítanme hacer las siguientes reflexiones:

Creo que existe un camino hacia la recuperación sostenida, pese a que es mucho más angosto que antes y que sigue estrechándose. Para recorrerlo, necesitamos una firme voluntad política en todo el mundo, necesitamos liderazgo en lugar de comportamientos arriesgados, cooperación en lugar de competencia, acciones en lugar de reacciones.

Perspectivas mundiales

Permítanme hacer una síntesis de la evolución económica mundial. Nuestros pronósticos serán anunciados la próxima semana, así que solo me referiré a las tendencias generales.

En general, el crecimiento mundial continúa, pero está desacelerándose. Los países avanzados en particular se enfrentan a una recuperación anémica y accidentada, con niveles inaceptablemente altos de desempleo. La crisis en la zona del euro se ha agudizado. Las tensiones financieras están intensificándose. Y una vez más, si no se toman medidas colectivas y enérgicas, existe un riesgo real de que las principales economías retrocedan en lugar de avanzar.

Y mientras muchas economías avanzadas se enfrentan a estos fríos vientos en contra, muchos mercados emergentes soportan una ola de calor excesivo: presiones inflacionarias, fuerte crecimiento del crédito, aumentos de los déficits en cuenta corriente.

Los países de bajo ingreso han venido registrando un crecimiento razonable, pero siguen siendo muy vulnerables a los trastornos económicos en el resto del mundo, como la volatilidad de los precios de las materias primas y sus elevados costos sociales. Quiero dirigir la atención en particular al sufrimiento humano causado por la sequía en el Cuerno de África, que es una catástrofe devastadora. Estos países necesitan la ayuda de la comunidad internacional, urgentemente.

También debemos recordar a Oriente Medio y Norte de África, que están embarcándose en una transformación histórica, con gente que anhela una mejor vida y empleos dignos. Me complace anunciar que el FMI reconoció recientemente al Consejo Nacional de Transición como gobierno de Libia, y que estamos preparados para ayudar al pueblo libio con asistencia técnica, asesoramiento en materia de políticas y apoyo financiero, en la medida en que lo soliciten.

¿Cuál es el problema?

El título de mi discurso de hoy es “Desafíos económicos globales y soluciones globales”. Pero antes de hablar de las soluciones tenemos que hablar claro sobre los problemas. Yo señalaría tres cuestiones distintas pero relacionadas: las presiones sobre los balances que socavan el crecimiento, la inestabilidad en el núcleo del sistema económico mundial y tensiones sociales.

Una cuestión clave a corto plazo en los países avanzados es que las presiones sobre los balances están restando ímpetu a la recuperación. El sistema sigue adoleciendo de un exceso de deuda. La incertidumbre se cierne sobre las entidades soberanas de las diferentes economías avanzadas, los bancos en Europa y los hogares en Estados Unidos. El magro crecimiento y los balances débiles —de los gobiernos, las instituciones financieras y los hogares— interactúan negativamente, y eso genera una crisis de confianza y reprime la demanda, la inversión y la creación de empleo. Este círculo vicioso está acelerándose y, la verdad sea dicha, se ha visto exacerbado por la indecisión a la hora de tomar medidas y por la disfunción política.

Esto guarda relación con una segunda cuestión a más largo plazo: el riesgo de inestabilidad en el núcleo. En nuestro mundo interconectado, los temblores económicos en un país pueden tener repercusiones rápidas y poderosas en todo el mundo, sobre todo si su epicentro se encuentra en las economías de importancia sistémica. Los estudios del FMI han demostrado que los vínculos financieros transmiten estos temblores de manera rápida y amplia. Y dada la persistencia de los problemas de deuda, los riesgos para la estabilidad financiera han aumentado significativamente.

La tercera cuestión guarda relación con las tensiones sociales que bullen bajo la superficie. Aquí puedo distinguir varios hilos entrelazados: un nivel persistentemente alto de desempleo, sobre todo entre las generaciones jóvenes; una austeridad fiscal que está carcomiendo las protecciones sociales; la percepción de que la gente de “Wall Street” goza de más prioridad que la gente de la calle, y el legado de que el crecimiento en muchos países solo benefició predominantemente a las esferas más altas de la sociedad. Estos factores alimentan más la crisis de confianza.

¿Cuál es la solución?

¿Qué es lo que se puede hacer? Quisiera plantear hoy día cuatro dimensiones básicas de las políticas que son necesarias para lograr la recuperación y alcanzar la estabilidad económica: reparación, reforma, reequilibrio y reconstrucción, es decir, las 4 “R”.

Primero, la reparación. Antes que nada tenemos que aliviar algunas de las presiones sobre los balances que amenazan con asfixiar la recuperación, en las entidades soberanas, en los hogares y en los bancos.

En el caso de las entidades soberanas, los países avanzados necesitan planes creíbles a mediano plazo para estabilizar y reducir los coeficientes de endeudamiento público. Eso primero. Pero una consolidación demasiado apresurada puede ser perjudicial para la recuperación y las perspectivas de empleo. Por lo tanto, el desafío consiste en navegar entre dos peligros: el de perder la credibilidad y el de socavar el crecimiento. Hay una manera de superar este desafío. Las medidas creíbles que generen y anclen el ahorro en el mediano plazo ayudarán a dar cabida al crecimiento hoy en día, al dar lugar a un ritmo de consolidación más lento.

Claro que la ruta exacta es diferente en cada país. Algunos no tienen más alternativa que reducir los déficits ahora, en especial si están soportando la presión de los mercados. Otros deben adherirse a sus planes de ajuste, pero deben estar listos para cambiar de curso si el crecimiento vuelve a trastabillar. Y otros quizás estén avanzando con demasiado ímpetu, y podrían reducir un poco la marcha.

Una reflexión más: no se trata solo de definir qué es lo que se ajusta, sino también cómo se realiza el ajuste. A corto plazo, las autoridades deben centrar su atención en medidas que produzcan el mayor beneficio posible, que creen puestos de trabajo y activen el crecimiento, y que tengan en cuenta los factores relacionados con la distribución. El cómo del ajuste también es importante a mediano plazo, que es la etapa en la que los planes fiscales deben procurar estimular el crecimiento. Me refiero a cuestiones como la reforma tributaria, incluida la ampliación de la base impositiva. De igual forma, las reformas de los sistemas de prestaciones sociales serán esenciales para la sostenibilidad de la deuda a largo plazo en prácticamente todas las economías avanzadas.

Las autoridades también tienen que abordar el problema de los balances de los hogares y de los bancos.

Dada la crisis de empleo en Estados Unidos, celebro las propuestas recientes del Presidente Obama para dar solución a los problemas de crecimiento y empleo. Al mismo tiempo, sigue siendo esencial que las autoridades definan simultáneamente con claridad sus planes a mediano plazo para que la deuda pública entre en una trayectoria sostenible. En paralelo con este plan crucial de empleo, es importante brindar alivio a los hogares que soportan una carga excesiva, por ejemplo con programas más enérgicos de reducción del principal, o ayudando a los propietarios de hogares a aprovechar las tasas de interés bajas.

En Europa, las entidades soberanas tienen que abordar con firmeza sus problemas de financiamiento mediante una consolidación fiscal creíble. Además, para apoyar el crecimiento, mediante préstamos del sector privado, todos los bancos deben contar con reservas de capital suficientes.

La segunda “R” es la reforma. Si la reparación consiste en dar un impulso a la economía ahora, la reforma consiste en sentar las bases para un futuro económico más estable.

Una prioridad en este sentido es la reforma del sector financiero. Algo positivo es que en general hay coincidencia en cuanto a la adopción, mediante mecanismos graduales adecuados, de normas más exigentes relativas a la calidad del capital y la liquidez. Pero aún existen deficiencias sustanciales en aspectos como la supervisión, los sistemas de resolución transfronteriza, las instituciones demasiado importantes para quebrar y los sistemas bancarios paralelos. Necesitamos cooperación internacional en todas las dimensiones para evitar el arbitraje regulatorio. El hecho de que tantas de estas cuestiones aún no se hayan resuelto tres años después de la quiebra de Lehman debe ser motivo de preocupación para todos.

También tenemos que crear y perfeccionar instrumentos macroprudenciales de resguardo frente a los riesgos financieros. Me refiero a políticas que, por ejemplo, obliguen a los bancos a mantener mayores tenencias de capital en las épocas prósperas o a observar relaciones préstamos/valor máximas como resguardo frente a las burbujas de precios inmobiliarios.

Bajo el concepto de reforma también incluiría la dimensión social. El empleo debe estar en primer plano, ya que no solo sustenta la demanda sino que contribuye a la dignidad humana. Como dijo Dostoyevsky, “privados de un trabajo con significado, los hombres y las mujeres pierden su razón de ser”. Esto reviste especial importancia entre los jóvenes, que están en riesgo de perder la carrera incluso antes de que se haya dado la largada. También debemos procurar que el crecimiento sea inclusivo, que beneficie a toda la sociedad.

La tercera “R” es de reequilibrio, con dos vertientes. La primera consiste en volver a trasladar la demanda del sector público al sector privado, cuando el sector privado goce de suficiente fuerza para soportar la carga. Esto aún no ha sucedido.

El segundo tipo de reequilibrio consiste en lograr que la demanda mundial pase de los países con déficit externo a los países con superávit externo. La idea es sencilla: al reducirse el gasto y aumentar el ahorro en las economías avanzadas, los mercados emergentes clave tienen que tomar el relevo y empezar a generar la demanda necesaria para impulsar la recuperación mundial. Pero hasta ahora todo reequilibrio obedece en gran medida a un menor crecimiento. En algunos países, el reequilibrio se ve obstruido por políticas que mantienen el crecimiento de la demanda interna en un ritmo demasiado lento y la apreciación de la moneda en niveles demasiado tenues. Algunos otros mercados emergentes se enfrentan a los peligros de entradas de capitales demasiado rápidas.

La falta de un reequilibrio suficiente perjudica a todos. En nuestro mundo interconectado, cualquier idea de desacoplamiento es un espejismo. Si las economías avanzadas sucumben a la recesión, los mercados emergentes no escaparán ilesos. Nadie escapará. El reequilibrio redunda en interés mundial, pero también en el interés nacional.

Estoy segura de que Woodrow Wilson coincidiría en esto.

La cuarta y última “R” es la reconstrucción. En este caso me refiero sobre todo a los países de bajo ingreso que deben reconstruir sus márgenes de maniobra para la aplicación de políticas económicas —como por ejemplo los saldos fiscales—, que les fueron tan útiles durante la crisis y que les servirán para protegerse de tormentas futuras. Esto asimismo ayudará a crear un margen para la inversión pública en pro del crecimiento y para las redes de protección social, por ejemplo, al permitir que los países establezcan subsidios bien focalizados para proteger a los sectores más vulnerables de los altibajos de los precios de las materias primas, con mínimo perjuicio para la sostenibilidad fiscal.

Esas son mis cuatro “R” de la recuperación. Pero me parece que hay una quinta “R”: el rol del FMI.

Ya señalé que el mundo ha entrado en una peligrosa nueva fase de la crisis. En tales circunstancias, el FMI —con sus 187 países miembros— está en una situación ideal para alentar a tomar medidas mancomunadas entre todos sus países. ¿Cómo debe hacerlo?

  • Nuestra capacidad de supervisión puede ayudar a detectar los riesgos, pero también a distinguir las oportunidades que surgen de la interdependencia entre las economías.
  • El asesoramiento que brindamos en materia de políticas puede ayudar a esclarecer cuestiones clave —crecimiento, vulnerabilidades básicas, efectos de contagio— y a orientar la cooperación internacional, sobre todo si usamos inteligentemente la asistencia técnica a los países.
  • Nuestros préstamos pueden crear un margen de maniobra para que los países superen varios desafíos inmediatos, como la situación de los mercados emergentes que caen víctimas de la inestabilidad externa, los países que deben hacer frente a emergencias o a necesidades de transición y los países de bajo ingreso en situación vulnerable.
  • Y viendo más allá del horizonte de la crisis, el FMI también puede ayudar a construir un sistema financiero internacional más seguro y estable. Ese es nuestro mandato primordial.

Claro que bajo ninguna circunstancia nos damos por satisfechos. Al igual que todos, ante los nuevos desafíos a los que se enfrenta el mundo, nosotros también debemos mejorar nuestra capacidad de respuesta para atender a los países de manera aún más eficaz. Me referiré más ampliamente a este tema la semana entrante, durante nuestras Reuniones Anuales, así que los invito a mantenerse atentos a este tema.

Conclusión

Para concluir, este no es momento para dar marcha atrás, ni para tomar medidas timoratas, ni simplemente para salir del paso. Una vez más, Woodrow Wilson habló con toda elocuencia cuando dijo que “la precaución es el agente secreto del egoísmo”.

Las autoridades tienen que actuar en concierto. Tienen que reivindicar el espíritu de 2008, o el espíritu de 1944. El espíritu wilsoniano, la convicción que el todo es más que la suma de sus partes.

Si aprovechamos el momento, podemos salir airosos de la crisis y restablecer un crecimiento mundial sólido, sostenible y equilibrado.

La ruta está despejada. El momento ha llegado. Es la hora de actuar.

Muchas gracias.



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