Cómo gestionar las nuevas transiciones en la economía mundial

Por Christine Lagarde
Directora Gerente, Fondo Monetario Internacional
Universidad de George Washington, Washington, 3 de octubre de 2013

Texto preparado para la intervención

Buenos días. Es un verdadero privilegio visitar a uno de nuestros vecinos más cercanos. Permítanme agradecer a mi anfitrión, el Presidente Knapp, por su cordialidad, así como a Gordon Gebert y Julia Susuni por su amable invitación.

En nombre del FMI, deseo también expresar nuestro agradecimiento a todos los miembros de la Universidad de George Washington por colaborar con nosotros, y brindarnos este lugar así como otros, para celebrar nuestras Reuniones Anuales que comenzarán la semana que viene.

Es fascinante ver a tantos estudiantes de diversa procedencia reunidos hoy en esta sala. Recuerden esto: pronto su generación heredará la economía mundial. Al mirar sus rostros, sé que esa economía estará en buenas manos.

Quisiera comenzar citando a Ralph Waldo Emerson, quien dijo, “No en sus metas sino en sus transiciones reside la grandeza del hombre”.

Esta afirmación podría ser aplicable a sus propias vidas, pero también lo es a la crisis financiera mundial, que es realmente una historia de transiciones de dimensión verdaderamente épica.

Hace cinco años, la economía mundial evitó caer en una segunda Gran Depresión. Cinco años más tarde, la travesía aún no ha concluido, pero la niebla de la crisis se está disipando, y podemos ver que sus secuelas nos han dejado múltiples nuevas transiciones.

Se destacan dos en particular: una transición en las tendencias de crecimiento económico, y una transición hacia un sector financiero diferente.

En el FMI conocemos bien los vaivenes de los ciclos económicos, y el paso de recesiones a recuperaciones. La experiencia nos dice que este proceso generalmente lleva un año o dos, o un poco más si la situación es especialmente grave.

Las transiciones a las que hoy me refiero son diferentes. Probablemente su desarrollo se extenderá durante el resto de la década, si no más.

Son diferentes también porque exigirán no solo una gestión activa de las políticas nacionales, sino también una activa colaboración internacional en materia de políticas.

Por lo tanto, mi mensaje hoy es el siguiente: estas nuevas transiciones mundiales requieren una nueva agenda mundial.

Es precisamente en este ámbito, desde luego, donde el FMI —con sus 188 países miembros— está en condiciones únicas de ayudar. Brindamos una plataforma para la cooperación mundial, así como herramientas para respaldarla, a través de nuestros análisis económicos, recursos financieros y conocimientos técnicos.

Hay algo de lo que estoy segura: con las políticas correctas, es posible gestionar esas transiciones. Pero como es natural, las políticas equivocadas pueden desbaratarlas.

Hoy me concentraré en dos transiciones clave:

  • 1. La transición en la tendencia de crecimiento económico con dos trayectorias distintas:
    • i) Economías avanzadas.
    • ii) Economías emergentes y en desarrollo.
  • 2. La transición hacia un sector financiero diferente.

1. La transición en la tendencia del crecimiento económico

i) Economías avanzadas

Permítanme comenzar por la transición en las economías avanzadas. Dentro de unos pocos días, el FMI dará a conocer sus últimas proyecciones económicas. En general, las perspectivas mundiales siguen siendo moderadas. En muchas de las economías avanzadas, sin embargo, estamos observando finalmente signos de esperanza. El crecimiento está mejorando, se recupera la estabilidad financiera, y las cuentas fiscales parecen estar ganando solidez.

Pese al actual acontecimiento al que me referiré más adelante, en ningún lugar se observa esto con mayor claridad que en Estados Unidos. Lo podemos ver donde quiera que dirijamos la mirada. Los hogares están hoy en mejor situación, el sector de la vivienda se está dinamizando y el motor del sector privado está nuevamente en marcha. Sin embargo, este año el crecimiento será todavía demasiado bajo —inferior al 2%— debido a un excesivo ajuste fiscal. Esta situación se distendería el año próximo, con lo cual el crecimiento aumentaría alrededor de 1 punto porcentual.

La zona del euro también está atravesando una importante transición, tras una crisis bancaria y de las entidades soberanas que amenazó el tejido mismo de la unión monetaria. Ahora, después de seis trimestres de recesión, la región recobró el aliento durante la primavera pasada, y el crecimiento debería volver a territorio positivo el año que viene, ubicándose en un nivel de casi 1%.

Pero el desempleo —de 12%— es todavía demasiado elevado. En algunos países, una de cada cuatro personas no puede encontrar trabajo, y uno de cada dos jóvenes, tampoco.

Este desafío surge en el contexto de una transición más amplia, a medida que la zona del euro avanza hacia la integración, partiendo de la convicción de que “la casa más sólida es la que se construye de manera conjunta”. Estamos presenciando la marcha de la historia, con una Europa cada vez más cerca a la integración fiscal y financiera, aun cuando reconocemos que todavía resta mucho más por hacer.

Japón también está en proceso de transición: está procurando superar una situación de deflación y estancamiento de larga data. La enérgica política de estímulo aplicada por el gobierno parece estar funcionando, con un aumento del PIB de alrededor de 1%. La deflación está llegando a su fin y se respira una renovada sensación de optimismo. Pero este esfuerzo de Japón tampoco está completo.

¿Qué políticas se necesitan para gestionar esas transiciones y garantizar su éxito?

Permítanme comenzar por la política monetaria, que en mi opinión permitió rescatar del abismo a la economía mundial y colocarla nuevamente en el camino hacia la recuperación. Los bancos centrales empujaron la política hasta el límite, y más allá del límite, hasta la terra nova de la política no convencional. Indudablemente, en cada región debe cumplir un papel diferente.

La mayor parte de la gente cree que la política monetaria de Estados Unidos ha llegado a un punto de inflexión, donde el repliegue de las medidas no convencionales comenzará pronto. Este “giro” debe ser gestionado con sumo cuidado.

Dado que la normalización de la política monetaria afecta a muchos mercados y personas en todo el mundo, Estados Unidos tiene una responsabilidad especial: implementarla en forma ordenada, vinculándola al ritmo de la recuperación y el empleo; comunicarla con claridad, y mantener un diálogo con los demás.

Esta transición formará parte del panorama mundial de las políticas por algún tiempo.

Más allá de Estados Unidos, es posible que se deba recurrir a la política monetaria aun en mayor medida, para seguir fortaleciendo la recuperación de la zona del euro y permitir que Japón se aleje de la zona de peligro de la deflación.

Lo que está claro es que en todas las regiones la política monetaria ha permitido ganar tiempo y espacio. La clave está ahora en utilizar ese tiempo con sabiduría y no desperdiciar el espacio ganado.

Como dijo el dramaturgo Tom Stoppard, “cada salida es una entrada a otro lugar”.

Esto significa cosas diferentes en países diferentes. Todas las economías avanzadas necesitan dar pasos en un frente amplio de políticas, pero h6aciendo hincapié en aspectos diferentes: financiero en la zona del euro, fiscal en Estados Unidos y Japón, estructural en la zona del euro y en Japón.

Comencemos por el frente financiero: sabemos que la debilidad de los bancos, la elevada deuda de las empresas y un sistema financiero fragmentado todavía pesan sobre la recuperación en muchas partes de Europa. Esto aumenta entre 1 y 2 puntos porcentuales el costo de los préstamos para la pequeña y mediana empresa en las regiones en dificultades.

De modo que es imprescindible sanear los bancos europeos evaluando y subsanando sus déficits de capital —como recomienda el FMI— y avanzar hacia una unión bancaria para que toda la estructura sea más segura y más sólida.

Pasemos ahora al aspecto fiscal: en muchas oportunidades he afirmado que Estados Unidos debe “bajar la velocidad y apresurarse”, con lo que quiero decir menos ajuste fiscal hoy y más ajuste mañana. Eso significa remplazar el secuestro presupuestario con más medidas de ajuste de efecto diferido que no dañen la recuperación. Al mismo tiempo, Estados Unidos debe hacer más para que en adelante la deuda sea sostenible, conteniendo el crecimiento del gasto en prestaciones y captando más ingresos públicos.

En medio de este desafío fiscal, la actual incertidumbre política acerca del presupuesto y el tope de la deuda ciertamente no ayuda. El cierre del gobierno es algo de por sí perjudicial, pero la imposibilidad de elevar el tope de la deuda sería algo mucho peor, algo que podría perjudicar gravemente no solo la economía de Estados Unidos sino la economía de mundo entero.

Por ello es crucial para nuestra misión resolver la situación lo antes posible.

Japón también necesita tener un plan creíble para reducir su deuda, que se está aproximando al 250% del PIB y asciende a alrededor de US$90.000 por cada hombre, mujer y niño de la población de ese país. El aumento inicial del impuesto al consumo es un primer paso positivo en esa dirección. La reforma de las prestaciones es el próximo. Sin esas políticas fundamentales, los avances logrados hasta ahora podrían diluirse fácilmente.

Los esfuerzos en el plano fiscal y financiero deben complementarse con reformas estructurales, para garantizar que las políticas orientadas a impulsar la demanda estén respaldadas por políticas que estimulen la oferta. Sabemos que esto puede rendir frutos donde más importa: en el crecimiento y el empleo. Respecto de la zona del euro, el FMI estima que con reformas amplias y coordinadas de los mercados de productos y de trabajo se podría elevar el PIB 3¾% al cabo de cinco años. En el caso de Japón, un aumento de la participación de las mujeres en la fuerza laboral hasta igualar el promedio del G-7 permitiría que para 2030 el PIB per cápita crezca 4%.

Cabe recordar que grupo de economías representa alrededor de 40% del PIB mundial. Por ello, lo que ocurre en esas regiones tiene profundas implicaciones para el resto del mundo. De ahí la importancia de la interacción con la comunidad internacional. Las políticas nacionales por sí solas no bastan.

ii) Países de mercados emergentes y en desarrollo
Paso ahora a referirme a los mercados emergentes y los países en desarrollo.
Mercados emergentes

Los mercados emergentes son hoy mucho más fuertes que en el pasado, habiendo recorrido un largo camino desde las crisis de los años ochenta y noventa, con tipos de cambio flexibles, un nivel más alto de reservas y una menor deuda externa. Durante los últimos cinco años, fueron ellos los que impulsaron la recuperación y mantuvieron a flote la economía mundial, aportando tres cuartas partes del crecimiento total.

El objetivo final de su transición es claro: alcanzar niveles de vida más cercanos a los de las economías avanzadas. Pueden lograrlo, pero en el camino se enfrentan a nuevos obstáculos. Su dinamismo se está desacelerando, siendo el crecimiento 2½ puntos porcentuales más bajo que en 2010. En gran medida esa evolución refleja el giro del ciclo económico, pero en parte obedece también a impedimentos estructurales profundamente arraigados.

Estos países también se enfrentan a un contexto externo más difícil. En los últimos cinco años, hubo un abundante flujo de capitales hacia los mercados emergentes, en parte como resultado de la relajación de la política monetaria en las economías avanzadas. Tan solo las entradas de fondos por emisión de bonos aumentaron más de US$1 billón, suma equivalente a más de 2 puntos porcentuales del PIB por año en el caso de los países receptores. Hoy, a medida que crece el nerviosismo de los mercados que perciben el fin del dinero fácil, esa marea de flujos financieros está comenzando a retroceder.

Esto, a su vez, deja al descubierto tensiones que eran menos visibles en épocas de bonanza, como las resultantes de las condiciones crediticias favorables y la creciente deuda de las empresas. Según las estimaciones del FMI, la turbulencia en curso desde el mes de mayo pasado podría reducir el PIB entre ½% y 1% en los principales mercados emergentes. Algunos países, por supuesto, son más vulnerables que otros.

¿Qué significa todo esto para las políticas?

La prioridad inmediata es capear el temporal de la manera más suave posible. Debe permitirse que las monedas se deprecien. El suministro de liquidez puede contribuir a resolver las deficiencias del comportamiento de los mercados. Una relajación de la política monetaria también puede ser conveniente, aunque hay menos margen de maniobra en los países que sufren presiones inflacionarias, como Brasil, India, Indonesia y Rusia. Asimismo, no queda demasiado margen en muchos mercados emergentes para recurrir a la política fiscal, dados los altos niveles de deuda y de déficit.

Algunos países también deben derribar viejas barreras que traban el crecimiento a largo plazo, avanzando con la inversión en infraestructura en lugares como India y Brasil, profundizando los mercados financieros y abriendo sus regímenes comerciales.

En ese orden de cosas, China debe seguir avanzando hacia un sendero de crecimiento basado menos en el crédito —que este año llegó al 180% del PIB— y más en una mayor productividad, mayores ingresos y un mayor consumo. Esto supone liberalizar las tasas de interés, reforzar la supervisión del sector financiero, abrir los sectores protegidos a la iniciativa privada y fortalecer más la red de protección social.

Esta transición de los mercados emergentes no será rápida ni fácil. Probablemente estos países pasarán el resto de la década ajustándose a la nueva realidad. Como parte de ese ajuste, es necesario que sigan cooperando, entre ellos y con otros países. También en este caso la colaboración internacional es el único camino.

Países de bajo ingreso

Lo mismo cabe afirmar respecto de los países de bajo ingreso, que también están en un profundo proceso de transición. En muchos casos, los países en desarrollo de ayer están en condiciones de convertirse en las economías de vanguardia de mañana.

África subsahariana es actualmente la segunda región más dinámica del mundo después de los países en desarrollo de Asia, y está cada vez más cerca de ser el corazón de la economía mundial. Las tasas de crecimiento registradas en los últimos años se han ubicado en torno al 5%.

Su transición, sin embargo, no está exenta de riesgos. Los países de bajo ingreso se encuentran entre la espada de los países avanzados y la pared de los mercados emergentes. Una mayor fragilidad en estas últimas regiones significa mayor fragilidad en los países de bajo ingreso.

Por ello, estos países deben tomar medidas, acumulando un nivel suficiente de reservas externas y fiscales para utilizarlas cuando sea necesario, incluso movilizando más ingresos públicos. Por otra parte, deben hacer que el crecimiento sea más inclusivo, incrementando la inversión pública y asegurando que todos tengan acceso a un nivel decente de atención de la salud, educación y financiamiento.

También en este caso el proceso de transición insumirá la mayor parte del próximo decenio y exigirá una interacción más profunda con la comunidad internacional y con organismos multilaterales como el FMI, así como su respaldo.

Países árabes en transición

Hay otra transición más que debo mencionar: los países árabes y su actual búsqueda de una sociedad más abierta e inclusiva.

En esa región la transición económica está profundamente entrelazada con la transición social y política, y se ha convertido en un desafío cada vez más complejo. Gran parte de ese proceso es desgarrador. ¿Cómo podemos no sentirnos profundamente preocupados ante la tragedia de Siria, cuando tantas personas han perdido su vida o su hogar?

En ese contexto, debemos ayudarlos a seguir persiguiendo el objetivo de una reforma económica. Esto significa romper los intereses creados para que la energía del sector privado pueda liberarse para ayudar a crear empleo para todos aquellos que lo necesiten. También significa reducir el déficit fiscal, que oscila entre 5% y 15% en la región, pero a un ritmo adecuado y con el respaldo de financiamiento externo, para atenuar las penurias que enfrentan las personas comunes.

En muchos sentidos, esta quizá sea la transición más compleja de todas, y probablemente será la más larga. Al igual que en los otros casos analizados, para tener éxito se deberá contar con el firme respaldo de la comunidad internacional. El FMI tiene un alto nivel de compromiso; estamos trabajando con Jordania, Marruecos y Túnez a través de acuerdos de financiamiento, y estamos en conversaciones con Yemen.

2. La transición en el sector financiero

Hasta ahora me he referido a la primera de las grandes transiciones, la económica: para las economías avanzadas, los mercados emergentes, los países de bajo ingreso. Sin embargo, tal como expresé al comienzo, hay una segunda transición fundamental que se desarrolla en forma paralela: la del sector financiero mundial.

Conforme al antiguo modelo, el sector financiero asumió riesgos desproporcionados en su búsqueda de recompensas desproporcionadas, provocando una ruina de magnitud desproporcionada, y desencadenando la crisis que hemos venido experimentando durante los últimos cinco años.

Desde entonces, la comunidad internacional lucha para construir algo mejor. No es una tarea fácil. Supone abandonar los viejos modelos y diseñar otros nuevos. Supone abordar los incentivos perversos de las empresas financieras y la falta de capacidad o de voluntad de las autoridades para actuar.

¿Cómo está marchando esta transición? Según la evaluación del FMI, sigue siendo una “misión aún no cumplida”.

Es cierto, hemos visto avances. Se están implementando normas de capital más estrictas, acordadas en el marco de Basilea III. Hay acuerdo acerca de las nuevas normas de liquidez, y planes para establecer un coeficiente de apalancamiento que mantenga bajo control la asunción excesiva de riesgos. Hemos avanzado en la identificación de las instituciones financieras de importancia sistémica —aquellas cuya caída acarrea las mayores secuelas a nivel mundial— y su sujeción a un estándar más alto en materia de regulación y resolución.

No obstante, los avances son aún demasiado lentos. Los frena la complejidad del tema, pero también las demoras y las divergencias entre los países.

Las demoras son verdaderamente un problema. Un motivo importante de preocupación es, por ejemplo, la falta de avance en el establecimiento de regímenes eficaces de resolución transfronteriza, de marcos y acuerdos que permitan disolver de manera ordenada las instituciones de importancia sistémica mundial y las infraestructuras de mercado.

Lo mismo sucede con la reforma de los mercados de instrumentos derivados, donde la falta de transparencia es todavía un enorme problema. Al final del año pasado, el monto total de instrumentos derivados en circulación ascendía a US$633 billones, de los cuales solo US$24 billones se cotizaron en bolsas organizadas. Para una adecuada supervisión de las operaciones restantes se requiere que los países y los mercados implementen con celeridad las reformas acordadas en materia de derivados.

Otra zona de riesgo es la banca paralela, que atrae actualmente mucha actividad de mayor riesgo. En Estados Unidos, el sector no bancario duplica hoy en tamaño al sector bancario. También en China, alrededor de la mitad de los nuevos créditos otorgados en lo que va del año han provenido del sistema bancario paralelo.

Ha habido cierto avance, con la adopción de principios para los fondos del mercado monetario y propuestas para regular los préstamos de títulos valores y los contratos de repo. Es cierto que la intermediación financiera no bancaria puede constituir una valiosa alternativa frente a los bancos para el otorgamiento de crédito, pero esta necesita más supervisión.

¿Y qué podemos decir de las divergencias? El problema en este caso es que cuando los países marchan en direcciones diferentes, el tejido que los une se rasga. Ya hemos visto alguna evidencia de discrepancias en los requisitos de capital. Países diferentes también han adoptado enfoques diferentes con respecto a las restricciones del modelo de negocios, tales como la regla de Volcker en Estados Unidos.

Reunir y combinar todos estos elementos en un mundo globalizado plantea un sinfín de inconvenientes. Pero de todos modos es preciso lograrlo: nada menos que la estabilidad financiera mundial depende de ello.

Construir un nuevo sector financiero no es una tarea que compete solamente a las autoridades. También es responsabilidad de la industria financiera.

Sabemos que cuando las arenas se mueven también lo hacen los modelos de negocios, a veces de forma impredecible. Las nuevas reglas están cambiando la economía de la banca. Por ejemplo, algunos grandes bancos podrían abandonar el negocio de financiamiento de proyectos o de infraestructura, o el de los préstamos hipotecarios, y sus huellas geográficas podrían desplazarse considerablemente.

Es preciso tomar todo esto en cuenta al diseñar el nuevo marco. Sin embargo, lo que importa en definitiva es que el sector financiero se mantenga concentrado en su verdadero propósito: servir a la economía real, financiando la inversión y la innovación que nos permiten avanzar.

Esta transición también llevará tiempo. Puede ser administrada, solo si todas las partes se unen en torno a objetivos compartidos. Esto significa que la industria y los reguladores acepten la responsabilidad compartida del bien público. Significa que los países actúen al unísono, de modo que el nuevo marco financiero se asemeje más a un mosaico de colores armónicos que a un mero choque de colores discordantes.

Significa que haya colaboración internacional.

Conclusión: La ayuda mutua es la mejor forma de autoayuda

Para concluir, quisiera señalar que en cada una de las dos grandes transiciones a las que me he referido —la económica y la financiera— la comunidad internacional se enfrenta a un desafío común: garantizar que todos puedan ganar con la globalización y prosperar en un mundo cada vez más interconectado.

La crisis financiera mundial ha hecho que muchos dejen de creer en las virtudes de mantener una actitud de apertura y compromiso con el mundo. Gestionar bien estas transiciones es la mejor manera de demostrar los beneficios de estar interconectados: a través del comercio, de finanzas adecuadamente reguladas y de un crecimiento más equitativo.

Esto puede lograrse solo si los países trabajan juntos, con la sincera convicción de que la ayuda mutua es la mejor forma de autoayuda. Como se dice en latín, pro omnibus et singulis: para todos y para cada uno.

Tal como expresé al comienzo, esa es precisamente la función del FMI. Nuestra tarea es ayudar a los países a gestionar la transición, y ayudar al mundo a resolver los problemas comunes con un propósito común. Ya lo hemos hecho antes: por ejemplo, cuando contribuimos a llevar a cabo la transición mundial tras la Segunda Guerra Mundial, y nuevamente después de la Guerra Fría.

Ahora el mundo está en proceso de transición hacia la nueva economía mundial del siglo XXI: la economía de ustedes, el siglo de ustedes. En este mundo, la cooperación será más necesaria que nunca antes, lo que significa que el FMI tendrá colaborar más que nunca antes.

Comencé citando a Emerson, un estadounidense; permítanme ahora concluir citando a un francés, Albert Camus, que alguna vez dijo: “No camines delante de mí, puedo no seguirte. No camines detrás de mí, puedo no guiarte. Camina a mi lado y sé mi amigo”.

Así es como veo yo al FMI: no llevando la delantera, no siguiendo detrás, sino ayudando.

Muchas gracias.



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