Michel Camdessus
Michel Camdessus  

Biography

Overview: Transforming the Enhanced Structural Adjustment Facility (ESAF) and the Debt Initiative for the Heavily Indebted Poor Countries (HIPCs)

Progress in Strengthening the Architecture of the International Financial System

Communiqué of the Interim Committee of the Board of Governors of the International Monetary Fund

Discursos
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inglés

99/25 (S)

De las crisis de los años noventa al próximo milenio

Palabras pronunciadas por Michel Camdessus
Director Gerente del Fondo Monetario Internacional
ante el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE)
Palacio de Congresos, Madrid, España
27 de noviembre de 1999

El tema central de esta conferencia que ustedes han organizado -- los desafíos del nuevo milenio -- representa, sin duda, una cuestión delicada para el director de una institución que, al menos según la opinión del público, tiende a centrarse en el corto plazo y que, de hecho, al evaluar de manera detallada la economía mundial prefiere no anticipar pronósticos que vayan más allá de un año o dos. Por lo tanto, espero que comprendan si les digo que un milenio, o incluso un siglo, me parecen un período demasiado largo para abarcar, y me limite, por ejemplo, a un decenio. En el mundo extraordinariamente dinámico en que vivimos hoy, ya es una tarea ambiciosa.

En efecto, al acercarnos al nuevo milenio, nos encontramos en una coyuntura única. La comunidad internacional se está esforzando más que nunca por alcanzar un consenso sobre la forma de mejorar el sistema monetario y financiero internacional. Estos esfuerzos se entienden. Baste recordar que no hemos estado tan lejos de un cataclismo económico hace no más de un año, cuando la crisis asiática se propagaba a otras economías de mercados emergentes y amenazaba extenderse hasta adquirir proporciones mundiales.

Si el FMI está en el centro de estas reflexiones es, en gran parte, por ser la institución encargada de combatir las crisis económicas y financieras. Así pues, en lugar de embarcarme hoy en una lucubración sobre lo que podría depararnos el próximo siglo o, simplemente, la próxima década, trataré de identificar las crisis que explican esta tremenda inestabilidad de los diez últimos años y, gracias al mejor entendimiento que tenemos de ellas, las estrategias necesarias para que el próximo decenio sea un período más estable y próspero.

Varios factores básicos, cuyos efectos se entrelazan, explican la inestabilidad. Me referiré sólo a cuatro de ellos:

· Una nueva cepa de crisis económicas nacionales.
· Una crisis en el sistema financiero mundial.
· La pobreza, como riesgo sistémico máximo.
· Una crisis en la gestión de los asuntos mundiales.

Estos cuatro factores guardan relación directa con las actividades del FMI y, en realidad, cada uno de ellos exige cambios de gran escala, incluso en la forma en que opera el FMI.

Me referiré pues a cada uno de ellos, a los cambios que exigen y a las repercusiones de estos cambios en la evolución futura.

I. La nueva cepa de crisis económicas

Durante mucho tiempo el FMI creyó saberlo todo sobre las crisis económicas. Eran su trabajo. De hecho, la institución fue creada para actuar ante este tipo de crisis y evitar que derivaran, como ocurrió en 1929, en una catástrofe de proporciones mundiales que llevara a una guerra. Durante los primeros 40 años de su existencia -- hasta mediados de los años ochenta -- se trató principalmente de crisis de pagos externos, que con frecuencia eran el resultado de deficiencias en la política macroeconómica, exacerbadas por una deuda insostenible.

Pero la crisis mexicana y, de manera mucho más clara, la crisis asiática no se parecieron en nada a las anteriores. Este tipo de crisis hacen eclosión en mercados de capital abiertos, son producto de complejas disfunciones y, en general, ya no son de naturaleza exclusivamente macroeconómica. Asumen con rapidez proporciones sistémicas y sólo es posible contenerlas mediante la movilización de financiamiento en forma inmediata y masiva. Consideremos, por ejemplo, el caso de los tres países asiáticos que sufrieron las crisis más graves: Tailandia, Indonesia y Corea. El problema al que se debía hacer frente era tridimensional en estos países: la primera dimensión, obviamente, eran los desequilibrios macroeconómicos, a los que se sumaba el éxodo de capitales de corto plazo, una aguda crisis en el sector financiero -- reflejo de deficiencias institucionales y prácticas bancarias inadecuadas -- y una crisis mucho más profunda en el modelo de gestión económica, al que de manera complaciente se habían atribuido los éxitos del pasado pero que, sencillamente, era incompatible con las nuevas exigencias de una economía mundializada. Me refiero a las relaciones malsanas -- diría, incluso, incestuosas -- entre las empresas, los bancos y el gobierno. Esta tercera dimensión -- que en 1998 los estudiantes de Jakarta aplastaron al grito de lucha contra la corrupción, la colusión y el nepotismo -- exigía de inmediato reformas fundamentales. Habría sido insensato que el FMI proporcionara asistencia financiera a gran escala sin adoptar un conjunto de medidas o normas para crear mayor transparencia, mejorar la gestión y combatir la corrupción. Estas reformas están en marcha: algunas ya han dado los resultados positivos esperados mientras que otras, que atacan problemas profundamente enraizados, llevarán más tiempo; no obstante, se están aplicando con decisión.

Si una característica distingue esta serie de crisis de las demás, es el papel prominente del sector privado -- instituciones financieras y empresas -- en ambos términos de la ecuación: como acreedores y como deudores. Es útil comparar la seguidilla de crisis de los últimos tiempos con las anteriores, sobre todo la crisis de la deuda de los años ochenta. En el contexto del crecimiento explosivo y la creciente integración que se ha producido en los mercados de capital durante el último decenio, sobresalen varias tendencias que en general han acrecentado la complejidad del proceso:

    · El sector privado interno -- tanto el sector bancario como el empresarial -- tiene ahora normalmente un papel mucho más relevante. Han surgido mercados financieros y de capital locales en todo el mundo. ¿Quién habría previsto hace 15 años que se crearían mercados bursátiles en Beijing, Varsovia, Praga o Moscú?

    · La "comunidad de inversionistas del exterior" es mucho más heterogénea: los inversionistas directos, los inversionistas de cartera, los bancos, los tenedores de bonos y otros acreedores han pasado a desempeñar un importante papel.

    · Los diversos tipos de inversión han evolucionado de formas muy diferentes ante la crisis. La afluencia de inversiones directas no disminuyó precipitadamente, ni siquiera en los períodos más difíciles. En cambio, los bancos, que en 1996 eran la principal fuente de flujos netos de capital para los países, se habían convertido en receptores de flujos netos en 1998, el primer año completo de crisis.

    · Es demasiado simplista concebir a las naciones como integrantes de uno u otro grupo: deudores o acreedores. Hay poderosos flujos en muchas direcciones. Por ejemplo, la principal fuente de inversión directa extranjera en Asia es Asia. Corea, Hong Kong, Tailandia, la provincia china de Taiwan y, por supuesto, Japón son importantes proveedores de inversiones extranjeras dentro de la región, y siguen siéndolo a pesar de haber estado en el epicentro de la crisis.

No disponemos de tiempo suficiente hoy para entrar en mayores detalles pero quisiera destacar que decididamente estos factores multifacéticos determinantes de las actuales crisis económicas también han estado presentes -- mutatis mutandi -- en muchos otros casos, sobre todo en Rusia, y de manera descollante. Como sabemos muy bien por los análisis anuales de cada uno de nuestros 182 países miembros, estos síntomas se dan en diferente grado en casi todos los países y no faltaron en las persistentes crisis que sufrió Japón en los años noventa. Por consiguiente, la pregunta básica es qué enseñanzas podemos extraer de esta nueva cepa de crisis que nos ayuden a crear un entorno de mayor seguridad en el próximo milenio.

1. Se trate de un país grande o pequeño, toda crisis puede adquirir proporciones sistémicas debido al contagio a través de los mercados globalizados. Por lo tanto, ahora más que nunca, al formular la política económica nacional se deben tener en cuenta sus posibles repercusiones mundiales; se trata de un deber de responsabilidad universal que atañe a todos por igual. Todo país, cualquiera sea su envergadura, es responsable de la estabilidad y la calidad del crecimiento económico del mundo entero.

2. Esto añade una nueva dimensión al deber de excelencia que se exige de todo gobierno en la gestión de su economía. Utilizo la palabra "excelencia" pero podría decir también "rectitud absoluta". La globalización es, efectivamente, un prodigioso factor que acelera y amplifica las repercusiones internacionales de las políticas internas, para bien o para mal. Ningún país puede escapar a sus efectos, y todos son plenamente conscientes de ello. En el Directorio Ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, en el que está representado el mundo en su totalidad, hay consenso unánime en que -- en el contexto de la globalización -- es imperioso centrar el diálogo estricto que mantenemos con cada uno de los países miembros, desde el más grande al más pequeño, en cuatro aspectos:

    · Rigor y transparencia en la gestión económica global;
    · solidez del sector bancario y financiero;
    · reforma de las instituciones estatales, con todo lo que esto conlleva en lo que respecta al fomento de la eficiencia del sector público, la adopción de una reglamentación apropiada, el fortalecimiento del estado de derecho, la independencia del poder judicial, la aplicación de medidas para combatir la corrupción, etc., y
    · un crecimiento económico centrado en el desarrollo humano.

El objetivo que persigue un organismo financiero internacional al formular estas recomendaciones no es tanto equilibrar las cuentas a toda costa sino más bien alentar a los países a detectar y comprender cuáles son las consecuencias de la relación circular que existe entre la integridad de la gestión monetaria y financiera, el crecimiento de alta calidad y la reducción de la pobreza. Si no se logran avances en este último frente, todo lo que se logre en los dos primeros tiene pocas posibilidades de perdurar y, viceversa, es esencial avanzar en esos dos aspectos para que todo esfuerzo por reducir la pobreza tenga efectos duraderos. Comprender las consecuencias significa actuar con mayor flexibilidad y adaptarse, teniendo en mira lograr un mayor crecimiento y, sobre todo, alcanzar el desarrollo humano que engendrará dicho crecimiento y que, en definitiva, permitirá a cada país desempeñar un papel positivo y más relevante en la economía mundial. Quisiera hacer hincapié en esta relación circular porque hasta hace cierto tiempo no se la comprendía de ese modo. El reconocimiento de esa relación por las autoridades políticas y económicas de todo el mundo representa un adelanto mayúsculo aunque silencioso.

II. Identificar y corregir las deficiencias del sistema financiero internacional

Huelga decir que, si bien ahora las crisis son diferentes, para comprender cabalmente la situación debemos trascender sus aspectos nacionales. Los países no sólo han sido actores en las crisis; también han sido sus víctimas. Además, han surgido problemas sistémicos. Para resolverlos, es necesario analizar las deficiencias del sistema financiero mundial, no sólo de las economías nacionales.

El gran proyecto de crear una nueva arquitectura financiera ha sido objeto de extensos análisis en todo el mundo y se han identificado muy bien los defectos del actual sistema. Mencionaré siete de ellos, por usar un número bíblico:

1. La insuficiencia de información financiera y el incumplimiento de las normas de transparencia, que menoscaban la credibilidad de las políticas económicas, la estabilidad de los mercados y, obviamente, la eficacia de la supervisión que ejerce el FMI; esto explica, en cierta medida, el síndrome de "negación" por parte de los gobiernos y el comportamiento de rebaño -- de euforia o depresión -- ante las diferentes coyunturas por las que atraviesa el sistema financiero mundial; fue este síndrome de negación el que impidió a los gobiernos de Tailandia y Corea reconocer la enorme magnitud de los problemas que afrontaban pocas semanas antes de que la crisis alcanzara su punto máximo.

2. Las deficiencias de las instituciones y los sistemas financieros y bancarios.

3. La inadecuada gestión de la liberalización de los mercados de capital, que facilitó el surgimiento de flujos de capital de corto plazo potencialmente inestables en un contexto en que se obstaculizaba la inversión directa por medio de restricciones legales o trabas burocráticas; en otras palabras, lo contrario de lo que habría sido apropiado.

4. La renuencia a definir los términos y condiciones para la participación del sector privado, que no obstante desempeña un papel cada vez más importante en el financiamiento mundial y en la prevención y resolución de crisis.

5. Ante la proliferación de modalidades cada vez más complejas de intermediación financiera internacional, los retrasos en el establecimiento de la disciplina necesaria en los mercados internacionales, que se encuentran en la misma situación de anarquía que el mercado interno de los países industriales hace 100 años.

6. Un sistema mundial que condona la extrema pobreza y la creciente desigualdad, tema al que me referiré más adelante.

7. Y, por último, un sistema en el cual la gente se pregunta dónde está el piloto. Me refiero al problema de la gestión de los asuntos mundiales.

Indudablemente, para crear un sistema financiero mundial estable y abierto es necesario comenzar por corregir estos defectos, dando especial énfasis a la prevención de crisis, pero conociendo las debilidades humanas, estando desde luego preparados a obrar con eficacia y con el apoyo del sector privado para su resolución cuando las crisis lleguen a producirse.

Los cimientos financieros de esta nueva estructura deben fundarse en cinco principios básicos: transparencia, sistemas financieros sólidos, participación del sector privado, liberalización ordenada de los flujos de capital y modernización de los mercados internacionales con arreglo a normas universalmente reconocidas y con los instrumentos necesarios para garantizar su cumplimiento. Éste sería el comienzo. De hecho, para crear un sistema financiero internacional integrado y más duradero, debemos fomentar un mercado maduro, basado en relaciones estables entre participantes que actúen en interés propio pero de manera informada, y en el cual la participación oficial se limite a crear un marco de leyes y reglamentaciones adecuado y un sistema de supervisión sólido. ¿Cuánto hemos avanzado en este terreno?

Primero, ¿qué se ha logrado hasta ahora? Se ha alcanzado un consenso sobre varios aspectos relativos a la prevención de crisis1. Los ejes de esta estrategia son la transparencia en la formulación de las políticas y la conducción de los asuntos empresariales, la estabilidad del sector financiero, la creación de mercados estables, eficientes y transparentes mediante la aplicación de normas y códigos de buenas prácticas en materia de contabilidad, auditoría, mercados de valores, seguros, quiebras y gestión de empresas. Si bien esta labor aún no ha quedado concluida, en la mayoría de estas áreas se ha logrado un amplio consenso sobre los objetivos generales. El FMI también se ha encargado de formular normas sobre divulgación de datos, códigos sobre transparencia en la política fiscal y en las políticas monetarias y financieras, y (conjuntamente con el Comité de Basilea) normas sobre supervisión bancaria. Además, a fin de perfeccionar los instrumentos de prevención de crisis, el FMI ha creado un nuevo mecanismo de préstamo -- las líneas de crédito contingente -- para proporcionar financiamiento a países que, pese a estar en una situación económica satisfactoria, podrían verse afectados, debido al contagio, por turbulencias surgidas en otros sectores de la economía mundial.

Segundo, ¿qué objetivos aún están pendientes? Varios asuntos de trascendencia directa para el FMI siguen siendo objeto de un intenso debate. Si bien la falta de tiempo me impide explayarme sobre este tema, permítanme mencionar tres cuestiones específicas que se plantean en el debate sobre el fortalecimiento de la arquitectura financiera mundial.

    · En lo que respecta a la supervisión, ¿en qué medida debe integrarse en las actividades cotidianas del FMI la supervisión del cumplimiento de las normas y los códigos de buenas prácticas? Los códigos sobre los cuales el FMI tiene responsabilidad directa o compartida tienen carácter operativo y pueden aplicarse con la ayuda de nuestros países miembros. En otras áreas, sin embargo, queda mucho por hacer, y algunos de los organismos encargados de controlar la aplicación de las normas nos han indicado que no cuentan con la capacidad necesaria para realizar esa tarea por sí solos. La comunidad internacional, y el propio FMI con sus limitados recursos, debe considerar en qué medida debería recurrirse a nuestra supervisión. Éste es un tema que se está analizando.

    · Uno de los principales objetivos de la nueva arquitectura financiera es lograr una participación más plena del sector privado en la prevención y resolución de crisis, tema sumamente complejo que en estos momentos es objeto de múltiples debates. No puedo pretender trazarles un panorama completo, de modo que sólo mencionaré uno de los aspectos fundamentales que podría tener consecuencias directas para el FMI. Todos nuestros esfuerzos deben orientarse a prevenir las crisis. Cuando eventualmente se planteen dificultades, lo normal sería esperar que surjan soluciones voluntarias basadas en el mercado para mantener la participación del sector privado. Sin embargo, podemos imaginar situaciones extremas en las que sea necesario algún tipo de intervención internacional a fin de dar a los deudores suficiente tiempo para alcanzar un acuerdo armonioso con sus acreedores. Una solución posible, si bien controvertida, es crear un mecanismo en virtud del cual la comunidad internacional pueda imponer una suspensión temporal de las acciones judiciales de los acreedores. Esto podría lograrse mediante una enmienda o una interpretación apropiada del Convenio Constitutivo del FMI (Artículo VIII 2b)).

    · Otro objetivo primordial de la reforma del sistema financiero internacional es fomentar mercados de capital sólidos, abiertos e integrados. La cuestión fundamental es cómo lograr este objetivo y qué papel desempeñará el FMI. En los próximos meses, el FMI estudiará propuestas sobre un enfoque gradual para la liberalización de los movimientos de capital, que reconozca explícitamente la gran variedad de circunstancias imperantes en los distintos países. Indudablemente, al FMI le corresponderá la tarea esencial de ayudar a los países a crear las condiciones adecuadas: específicamente, un marco macroeconómico satisfactorio y un sistema financiero sólido. Esta labor podría reforzarse con una enmienda del Convenio Constitutivo a tal efecto, reforma que actualmente se está negociando. Sin embargo, cuando pensamos en los años que se necesitaron para lograr la convertibilidad de la cuenta corriente en 150 países, comenzamos a sospechar que la meta de liberalizar los movimientos de capital no podrá cumplirse antes del año 2010.

De todos modos ¿bastarán todas estas medidas? Indudablemente, habrá quien sostenga que estas propuestas no son suficientemente audaces, que la difusión de las normas y códigos de buena conducta dependerá demasiado del consenso, de la confianza mutua entre los países y de un excepcional sentido de la responsabilidad de todas las partes interesadas. Además, habrá quien sea partidario de aplicar normas obligatorias o impuestos internacionales. Pero lo cierto es que actualmente no existe mucho consenso mundial a este respecto. Por consiguiente, sería más sensato utilizar como piedra angular el acuerdo que parece existir ahora sobre los cinco principios que acabo de mencionar, y tratar de ampliarlo y aplicarlo vigorosamente y sin demora. Ésta, de por sí, representa una tarea monumental que tomará tiempo. Además, las autoridades deben acostumbrarse a actuar con espíritu de "subsidiariedad", e intervenir a escala mundial sólo cuando las medidas adoptadas en el ámbito nacional o regional no sean suficientes. Sobre todo, deben adoptar, en su propia esfera de acción, las medidas necesarias para fortalecer su propio sistema financiero. También deberán atacar de manera enérgica el grave problema de la falta de transparencia y de control sobre los fondos de inversión especulativos y de las transacciones que se realizan a través de los numerosos centros financieros extraterritoriales. La comunidad internacional no puede tolerar ya la existencia de estos "agujeros negros" en su sistema financiero. Me complace señalar que mi país se ha integrado a esta labor.

Estoy seguro de que algunas personas van a encogerse de hombros y decirme: "¡Todo eso no es más que un problema de finanzas!". Cuidémonos de pensar que el mundo de las finanzas es un mundo aparte. Cuando evaluamos el costo humano de estos trastornos financieros, cuando recordamos que el costo de muchas de las crisis bancarias de los últimos 20 años ha representado el 20% o más del PIB de los países afectados, debemos reconocer que los aspectos financieros no pueden separarse de los aspectos económicos. La prevención de crisis y la estabilización de los mercados son salvaguardas que debemos usar para proteger a los grupos más vulnerables de la sociedad. Una arquitectura financiera sólida constituye también un factor de protección social, pero toda arquitectura financiera será inestable mientras la comunidad internacional no una sus esfuerzos para hacer frente a la pobreza que es el "máximo riesgo sistémico que hemos enfrentado"2.

III. La pobreza, máximo riesgo sistémico

El lento progreso alcanzado en la lucha contra la pobreza en todo el mundo y el hecho de que en muchas regiones se esté perdiendo terreno en esta lucha constituyen, sin lugar a dudas, los principales factores de crisis al finalizar este siglo. Ahora, más que nunca, debemos evaluar nuestra capacidad colectiva para situar al ser humano en el centro de nuestras políticas, es decir, para humanizar la globalización.

No necesito explayarme sobre la dimensión mundial de este problema ni sobre el riesgo de que empeore. Estoy seguro de que todos ustedes conocen las estadísticas básicas3. Pero, ¿qué podemos hacer para invertir estas tendencias -- incluida la reducción de la asistencia oficial para el desarrollo -- que actualmente son tan patentes en todo el mundo?

Estoy demasiado familiarizado con las limitaciones y la inercia que debemos afrontar en esta batalla como para insinuar que existe una solución fácil, pero me gustaría ponerlos al tanto de una campaña y dos iniciativas que podrían facilitar cierto progreso.

La campaña tiene como objetivo dar a conocer el valor de la palabra empeñada. En el último decenio, hemos sido testigos de dos fenómenos bastante paradójicos. Por una parte, los principales países industriales, mientras que se han embolsado alegremente el dividendo de la paz han reducido de manera continua la asistencia oficial para el desarrollo, alejándose cada vez más de la meta del 0,7% del PIB que todos -- salvo Estados Unidos -- se habían trazado para el año 2000. Al mismo tiempo, estos países, en incontables conferencias mundiales, se han unido al coro de países en desarrollo y economías en transición que clama y promete fomentar objetivos de desarrollo humano cuantificables y factibles. ¿Recuerdan la Declaración de Copenhague, en la que prometimos que para el 2015 habremos reducido a la mitad el número de personas que viven en la pobreza absoluta en este planeta? ¿Recuerdan los otros objetivos, seis como mínimo, que nos trazamos en Río de Janeiro, Jomtien, El Cairo y Beijing para los próximos 15 años?: lograr que la educación primaria tenga alcance universal, reducir en dos tercios la tasa de mortalidad de lactantes y menores de cinco años y en tres cuartas partes la mortalidad materna, proporcionar acceso universal a los servicios de salud reproductiva, invertir las actuales tendencias en materia de pérdida de recursos naturales y eliminar, para el año 2005, las disparidades en razón del sexo en el acceso a la educación primaria y secundaria.

Imaginemos por un momento que estas promesas se hicieran realidad: ¡qué gigantesco paso hacia la construcción de un mundo mejor, hacia la mejora del bienestar de los sectores más desamparados entre los pobres: las mujeres y los niños! Sin embargo, muchos de los principales líderes del planeta están perdiendo de vista estas promesas, como he tenido oportunidad de constatarlo personalmente. Por consiguiente, me parece sumamente positivo que se hayan comprometido a examinar cada año, en la reunión del G7-G8, un informe detallado de las principales instituciones competentes en el que se evalúen sus avances en esta materia y a reflexionar, en caso de existir retrasos, sobre las medidas necesarias para definir nuevos caminos hacia estas metas. Éste no es más que un pequeño paso pero nos demuestra, por encima de todo, cuán frágiles son nuestros compromisos colectivos y cuán reducidas son las posibilidades de cumplirlos sin una movilización universal de la opinión pública, como ha ocurrido con la campaña por el Jubileo del año 2000. Esto me lleva a preguntarme: ¿qué podrían hacer juntos las iglesias y los movimientos cristianos y de otras denominaciones para fomentar la humanización de nuestro mundo?

Yo respondería inmediatamente que debemos velar por que las promesas hechas en nuestro nombre se cumplan. He pedido a los jefes de Estado del G7-G8 que hagan del primer decenio del nuevo siglo el decenio de las promesas cumplidas. La clave es, obviamente, nuestra solidaridad. Con 1.300 millones de personas viviendo en la extrema pobreza, lo que se requiere es algo que también es fundamental en las relaciones humanas: el cumplimiento de la palabra empeñada. Si permitimos que cunda el escepticismo, prácticamente podríamos olvidarnos del sueño de avanzar hacia una sociedad mundial más fraternal. Es una cuestión de suma urgencia, queridos amigos. Creo que se acerca el momento en que tendremos que reconocer que, en vista del tiempo que hemos perdido desde que se formularon estas promesas, ya no será posible cumplir esos objetivos. Aún no hemos llegado a ese punto, pero la situación es urgente. Necesitamos un chispazo de responsabilidad y solidaridad.

Están en marcha otras dos iniciativas que deberían facilitar el cumplimiento de las siete promesas:

    · Una de ellas es la decidida ejecución de las operaciones de reducción de la deuda que se acordaron en la cumbre de Colonia. Se ha convenido en la necesidad de velar por que los recursos liberados mediante las operaciones de alivio de la deuda, que deberían ascender en total a unos US$60.000 millones en el transcurso de los años, se destinen a aumentar el gasto en desarrollo humano: educación, salud, infraestructura rural, etc. Éste es un aspecto fundamental.

    · La otra es la adopción de una nueva estrategia conjunta del FMI y el Banco Mundial, encaminada a hacer de la lucha contra la pobreza el núcleo de sus estrategias comunes para los 75 países más pobres. Supongamos por un momento que los países beneficiarios y los países industriales por igual tomasen con seriedad nuestros siete compromisos: podría desencadenarse una especie de círculo virtuoso que genere un crecimiento superior a las tendencias actuales, siempre y cuando este esfuerzo se desarrolle en el contexto de programas centrados en un crecimiento de alta calidad que comporten reformas enérgicas, incluida la reforma de las instituciones públicas y los mecanismos de gobierno. Ésta debe ser la contribución de los propios países en desarrollo, ya que ellos también han hecho suyos los siete compromisos. Ellos deben ser, de hecho, los primeros protagonistas de estos cambios. El resto del mundo debe corresponder no sólo suministrando el financiamiento prometido sino también abriendo sus fronteras a los productos de los países más pobres y, me atrevo a añadir a riesgo de parecer ingenuo, desplegando mayores esfuerzos por reducir el comercio de armas, ya que las guerras y los conflictos civiles que provocan o alimentan son la principal causa del atraso en el desarrollo, sobre todo en África.

Podrían decirme que el alivio de la pobreza es tarea de los gobiernos o de los organismos de ayuda de carácter voluntario. ¿Qué puede hacer el sector privado, que se mueve por afán de lucro, para combatir la pobreza? Sencillamente, puede invertir. Debe hacerlo basándose exactamente en los mismos principios que se aplican hoy en día en el ámbito empresarial para adoptar decisiones de inversión: buscar oportunidades y evaluar los riesgos basándose en información de mejor calidad. Continuamente se abren nuevas posibilidades de inversión a medida que se difunde a lo largo y a lo ancho del planeta la tendencia a aplicar políticas de apertura externa orientadas al mercado. No obstante, es posible que los inversionistas pasen por alto las oportunidades si, impulsados por el "instinto de rebaño", se centran exclusivamente en unos pocos centros bien establecidos. Otro resultado fundamental de todo el trabajo que estamos realizando en relación con la arquitectura financiera internacional es la mejora del marco en que se basan los inversionistas para evaluar los riesgos. Mayor transparencia, mejores canales de información y una mayor difusión de los principios y normas reconocidos internacionalmente: todos estos son elementos que facilitan la evaluación de los riesgos.

En pocas palabras, en muchos países observamos un proceso caracterizado por una mejor gestión y el establecimiento de relaciones transparentes, en las que se mantenga la independencia entre el gobierno, las empresas y las instituciones financieras, es decir, las relaciones típicas de los mercados maduros y, diría, civilizados. Todas las partes deben asumir la responsabilidad que les corresponde. Del mismo modo que al sector público se le exigen reformas, también el sector privado puede corresponder cumpliendo con las normas y los códigos de buenas prácticas pertinentes. Al respecto, cabe mencionar los principios relativos al gobierno de las empresas aprobados en mayo de 1999 por la OCDE, organismo que, conjuntamente con el Banco Mundial y en cooperación con otros organismos internacionales, ha creado un foro mundial sobre el gobierno de las empresas y un grupo de asesoramiento al sector privado, y ha organizado paneles regionales de debate para fomentar un diálogo eficaz y continuo sobre ese tema. Estos principios no tienen carácter vinculante, pero las empresas pueden aplicarlos voluntariamente como señal de su determinación de aplicar principios empresariales correctos y de contribuir al crecimiento sostenido y la reducción de la pobreza.

Aun con todas estas iniciativas, sabemos muy bien que en el mundo actual mucha gente se considera impotente para controlar su propio destino y teme que no exista ninguna autoridad legítima para hacer frente a los problemas que, cada vez más, están asumiendo dimensiones mundiales: el medio ambiente, las drogas, la corrupción, el delito, el lavado de dinero, etc. Este tema nos transporta a la cuarta crisis: ¡me refiero al piloto del avión! Lo que podríamos denominar la crisis de la gestión de los asuntos mundiales.

IV. La crisis de la gestión de los asuntos mundiales

La humanización de la globalización también significa crear las condiciones institucionales y demás condiciones necesarias para protegernos mejor, como grupo, de los riesgos colectivos de proporciones mundiales, y definir juntos una visión más clara de nuestro destino colectivo.

Con seguridad, lo que se está logrando actualmente con los recursos disponibles a través de las instituciones de Bretton Woods y de todas las modalidades de cooperación bilateral y multilateral no es nada insignificante, y probablemente por esa razón la crisis de Asia y sus secuelas no se convirtieron en la enorme crisis sistémica que se temía hace tan sólo un año. Pero creemos que todavía debemos, y podemos, hacer mucho más.

Uno de los primeros problemas que se debe examinar en esta esfera es la "responsabilidad política" de las instituciones internacionales, a las que -- pese a asumir cada día más responsabilidades -- con demasiada frecuencia se ve como tecnocracias irresponsables, olvidando que, en última instancia, son los gobiernos los responsables del rumbo de sus propias políticas. Una reforma recientemente propuesta por Francia aborda este problema. Consiste en la transformación del Comité Provisional del FMI -- integrado por ministros -- no ya en un comité asesor sino en un comité con capacidad decisoria sobre las principales orientaciones estratégicas de la economía mundial. Esto, a los ojos del público, situaría las responsabilidades precisamente donde ya están. Pero me ha decepcionado el hecho de que, no obstante el valeroso apoyo de Francia, y de Dominique Strauss-Kahn en particular, estemos tan lejos del éxito. Otra sugerencia, que sigue los lineamientos del Consejo de Seguridad Económica propuestos por Jacques Delors, consistiría en remplazar la cumbre del G7 por una reunión, cada dos años, de los jefes de Estado y de gobierno de los 24 países representados en los Directorios Ejecutivos del FMI y el Banco Mundial, junto con las autoridades máximas de estos organismos y el Secretario General de las Naciones Unidas. Ésta sería una forma de establecer con claridad un fuerte vínculo entre estas instituciones y los representantes más legítimos de la comunidad internacional. Tampoco en este caso veo ninguna señal de movimiento fuera de algunas manifestaciones solidarias de interés.

No nos queda más que perseverar en este empeño, porque es el correcto. Sólo exige que se dé un pequeño paso inicial en una tarea urgente y esencial. Para entender la importancia de este paso, basta comparar nuestro mundo con el de 1945. En la actualidad, cada país ha logrado su soberanía, cada uno desea asumir todas las obligaciones que le corresponden frente a los problemas mundiales y todos sabemos muy bien que la participación eficaz de cada país en la administración de la "aldea global" es fundamental para su buen funcionamiento. Es más, si bien la globalización ha operado hasta el momento siguiendo los caprichos de unas fuerzas financieras y tecnológicas más o menos autónomas, ya es hora de que asumamos estas responsabilidades y tomemos la iniciativa, de modo que podamos avanzar hacia la unidad mundial en forma coherente y al servicio de la humanidad. Todo ello requiere instituciones que faciliten la reflexión conjunta, a los niveles más elevados cuando haga falta, y que tengan la capacidad de velar por que se adopten y apliquen estrategias globalizadas cuando los problemas sólo puedan resolverse con eficacia a escala mundial. Sin duda, necesitamos la imaginación suficiente para visualizar las instituciones que mejor sirvan al bien común mundial o, cuando menos, para efectuar las modificaciones necesarias a las instituciones creadas en San Francisco y Bretton Woods.

La tarea es decididamente monumental. Somos la primera generación en la historia llamada a organizar y administrar el mundo, no desde una posición de fuerza como la de Alejandro, el César o los aliados al término de la segunda guerra mundial, sino a través del reconocimiento de las responsabilidades universales de todos los pueblos, de la igualdad de derechos al desarrollo social y del deber universal de solidaridad.

El siglo XXI debe ser un siglo de paulatino fortalecimiento de las instituciones mundiales, pero también debe ser el siglo de la descentralización y el fortalecimiento de todos los niveles de responsabilidad. Esto no significa que se deba soslayar la necesidad de estructurar mejor la arquitectura mundial, crear organismos regionales cuando se requieran y reforzar la dimensión política de los organismos económicos regionales existentes, como la Unión Europea. Cuanto mayor sea la necesidad de consolidar o de asignar nuevas funciones a los organismos mundiales, más necesario será velar por que éstos gocen de la aceptación pública y tengan presente que su contribución sólo puede ser subsidiaria. Todos debemos comprender que nada podrá lograrse a escala mundial si no es reflejo de la voluntad popular y está respaldado por iniciativas que partan de todos los eslabones de la cadena institucional. Uno de los valores fundamentales en el siglo XXI debe ser el civismo a todos los niveles.

* * * * *

He dicho "valores fundamentales" porque ello es efectivamente lo que se requiere: definir los valores que permitan al hombre y la mujer de hoy entender nuestra historia y participar en ella. Nuestra historia aún no se ha escrito, todavía depende de nosotros. Pero la globalización, a pesar de sus riesgos, nos brinda la oportunidad de avanzar hacia una economía mundial más digna del ser humano. Es una nueva oportunidad que se le ofrece a la humanidad. También es una oportunidad para actuar conforme a los tres valores que ustedes seguramente han percibido detrás de mis comentarios y con los cuales se identifican muchas personas en todo el mundo: responsabilidad, solidaridad y esta nueva forma de ciudadanía mundial. Son éstos los tres valores que nos deben guiar al desplegarse ante nosotros el nuevo milenio.




1 Estos aspectos se examinan detalladamente en el Comunicado del Comité Provisional de la Junta de Gobernadores del Fondo Monetario Internacional y en el Informe del Director Gerente al Comité Provisional sobre los avances en el fortalecimiento de la arquitectura del sistema monetario internacional [http://www.imf.org/external/np/omd/1999/092499.htm].

2 Una frase utilizada por Angel Gurría, Ministro de Hacienda de México.

3 Por mencionar algunas:
- más de 1.300 millones de personas viven con menos de US$1 al día;
- más de 1.400 millones de personas no cuentan con acceso directo al agua potable;
- 900 millones son analfabetos,
- 800 millones sufren de hambre y desnutrición.



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