En defensa de un estímulo fiscal focalizado

Comentario de Dominique Strauss-Kahn
Publicado en el Financial Times
30 de enero de 2008

La economía mundial ha entrado en una fase de desaceleración. En Estados Unidos persisten los problemas en el sector de la vivienda, los sistemas financieros de ese país y de Europa permanecen bajo tensión, y el crecimiento en el resto del mundo está empezando a flaquear. Para el Fondo Monetario Internacional las consideraciones a mediano plazo son de vital importancia. Sin embargo, no por ello deben descartarse los posibles beneficios de las políticas anticíclicas.

Nuestras previsiones más recientes, publicadas el pasado martes, apuntan a una ralentización marcada en Estados Unidos y a una desaceleración más moderada pero significativa en el resto de los países industrializados. No sabemos a ciencia cierta cuándo la desaceleración llegará a los mercados emergentes, pero creemos que puede ser más pronto que tarde en vista de los vínculos estrechos de estos mercados con los países industrializados.

¿Qué deberían hacer las autoridades alrededor del mundo si la desaceleración es tan brusca como se prevé? En los últimos años, muchos países se han dedicado a forjar la credibilidad de la política monetaria con el fin de atenuar y estabilizar las expectativas inflacionarias. Muchos han apuntalado la política fiscal para hacer frente a desafíos demográficos, como los aumentos de las tasas de dependencia debidos al envejecimiento de la población. Y, gracias a la consulta multilateral organizada por el FMI, los principales países industriales y los mercados emergentes han mancomunado esfuerzos para reducir los desequilibrios mundiales a mediano plazo entre el ahorro y la inversión.

El fruto de esos esfuerzos es el espacio que ahora existe para que las políticas puedan contrarrestar la desaceleración. La primera línea de defensa sigue siendo la política monetaria. Si el crecimiento se frena y la inflación permanece bajo control, habrá margen para recortar las tasas de interés. Pero está claro que los países enfrentan riesgos de inflación derivados de factores que pueden ser externos, como los precios del petróleo, o internos, como las fuertes demandas de aumentos salariales.

Sin embargo, mientras las expectativas de inflación permanezcan bien ancladas, la actual credibilidad de la política monetaria genera el margen que permite rebajar las tasas de interés para ayudar a las economías que enfrentan una desaceleración.

Los principales bancos centrales, sobre todo, gozan de mucha credibilidad. Así lo demuestra su capacidad para apoyar la liquidez en los mercados monetarios en los últimos seis meses sin haber dejado de lado su compromiso constante para contener la inflación.

No obstante, es posible que la política monetaria no sea suficiente por dos razones básicas.

En primer lugar, el mecanismo de transmisión de la política monetaria esta deteriorado. El recorte de las tasas de interés sigue siendo una medida eficaz, pero quizá no sirva para estimular la inversión y el consumo con la rapidez habitual. Los bancos han sufrido ingentes pérdidas de capital y por lo tanto ahora quieren consolidar sus balances y evitar nuevos riesgos. Además, los activos que solían ser de bajo riesgo (como las hipotecas "jumbo" en Estados Unidos) ahora se consideran arriesgados. Estos obstáculos pueden retardar los efectos positivos de la política monetaria.

En segundo lugar, existe el riesgo de que si la desaceleración realmente se asienta será difícil eliminarla. Estados Unidos y algunos otros mercados emergentes tienden a recuperarse pronto. Otros países, entre ellos algunos de Europa y unos cuanto del mundo en desarrollo, suelen encontrar más dificultades para recuperarse con rapidez.

De hecho, es posible que esta vez a Estados Unidos le cueste más superar la desaceleración, ya que los hogares tienen que volver a acostumbrarse a ahorrar después de muchos años en que la riqueza provino de la rentabilidad de los mercados de vivienda y accionario.

Un estímulo fiscal oportuno y focalizado puede aumentar la demanda agregada de tal manera que se incentive el consumo privado durante una fase crítica. Eso sí, la medida tiene que ser temporal. Es mucho lo que queda por hacer para alistarse para la oleada de jubilaciones que se aproxima. Además, la medida tiene que centrarse en reforzar la demanda agregada de inmediato. Puede decirse que el objetivo de la política fiscal a mediano plazo es ahorrar para los tiempos de vacas flacas. Es tiempo de vacas flacas.

La forma adecuada de aplicar la medida variará según el país. Algunos gozan de espacio fiscal gracias a niveles bajos de deuda y déficits presupuestarios razonables o incluso superávits; otros tienen cierto margen monetario porque la inflación es baja y tenderá a disminuir conforme aumente la producción. Los países que disponen de espacio fiscal y monetario deberían analizar ahora lo que se necesita para preparar un estímulo fiscal transitorio que pueda llevarse a la práctica de inmediato, si los acontecimientos durante 2008 así lo exigen.

No hay duda de que este uso de la política fiscal conlleva riesgos. Pero no hacer nada crea el riesgo de que se produzcan desenlaces muy negativos. Una tarea central del FMI consiste en detectar los riesgos, intentar prevenirlos y ayudar a mitigarlos.

Los países industriales y los mercados emergentes han forjado la credibilidad de sus políticas monetarias y han creado marcos fiscales sólidos, de conformidad con las recomendaciones del FMI y su filosofía con respecto al mundo. El espacio creado a base de esos esfuerzos debe aprovecharse ahora.

La desaceleración mundial puede ser pasajera y, a la larga, moderada, si los principales países del mundo comprenden la necesidad de responder con políticas sensatas y oportunas. Y lo que es bueno para un país -una combinación prudente de políticas monetarias y fiscales- también lo será para la economía mundial.

El autor es el Director Gerente del Fondo Monetario Internacional



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