El sector de las criptomonedas atraviesa un criptoinvierno.
Tókenes como el bitcoin y el ethereum perdieron un 75% de su valor, mientras grandes empresas de crédito e inversión de criptoactivos se han declarado en quiebra.
Pero, a decir verdad, el clima también es bastante invernal para las TradFi, término que usan la criptocomunidad y las DeFi para referirse a la vieja guardia financiera y económica. Tenemos la inflación más alta en 40 años, una guerra que fractura el sistema monetario internacional, una crisis energética y de materias primas que siembra hambre y agitación política, y temperaturas extremas que muestran la enorme carencia de inversión para combatir el cambio climático.
La realidad es que ambos mundos se necesitan mutuamente.
Para su adopción general, las DeFi y los criptoactivos deben incorporar ciertas prácticas reguladoras y autorreguladoras que den estabilidad a las TradFi. Pero también urge que los custodios de la economía mundial estudien las DeFi y las criptosoluciones a sus muchos problemas.
Un área a examinar es el sector sumamente centralizado de la energía.
Miremos las negociaciones con el príncipe saudí, Mohammed bin Salman, para aumentar la producción petrolera y contener los exorbitantes precios del petróleo tras la invasión de Rusia a Ucrania. Que los líderes mundiales deban someterse al interés de una sola persona, no electa, para resolver una crisis que nos afecta a 8.000 millones de personas es el epítome de un problema de centralización.
Otro crudo ejemplo es la dependencia alemana del gas natural ruso, que limita su capacidad de sancionar al Kremlin. O el cierre el año pasado del gasoducto Colonial y el rescate pedido por hackers, abusando del hecho de que 60 millones de personas dependen del gasoducto. Otro caso más es el del huracán María que, en 2017, tras derribar líneas de alto voltaje, dejó al 90% de los puertorriqueños sin energía por meses.
La vulnerabilidad ante hechos externos, que los diseñadores de sistemas eléctricos llaman falta de “redundancia”, es una buena razón para promover la energía renovable en respuesta a la crisis climática. Necesitamos desesperadamente descentralizar nuestro modelo energético. Las energías renovables como la solar, geotérmica y eólica, o el reciclaje de energía residual, son la respuesta. Su origen es local y funcionan a escala muy amplia.
Pero, ¿qué tiene que ver la energía descentralizada con las finanzas descentralizadas?
Ante todo, hay que reconocer que la escasa respuesta mundial a la crisis energética no es una falla tecnológica, sino de financiación.
La Iniciativa de Política Climática (Climate Policy Initiative), un centro de investigación de San Francisco, estima que el mundo invirtió USD 632.000 millones en combatir el cambio climático en 2019–20, mucho menos que los USD 4,5–5 billones anuales necesarios para llegar a las cero emisiones netas de carbono en 2050.
No es falta de voluntad: los gobiernos y empresas de todas partes se han comprometido a cumplir metas ambiciosas de reducción del carbono. Pero los inversionistas no encuentran suficientes proyectos en cuya rentabilidad e impacto puedan confiar.
En la mayoría de ellos, faltan dos elementos: primero, información fiable y rápidamente utilizable para medir y proyectar resultados, y segundo, una demanda constante y flexible de usuarios que haga que producir energía renovable sea económicamente viable donde esté disponible.
Ambos pueden abordarse con la innovación financiera estimulada por las comunidades de programadores de código abierto de las DeFi y los criptoactivos.
Potencial de financiamiento verde
La posibilidad de tener información utilizable radica en la capacidad tecnológica de convertir datos en activos comerciables de inmediato mediante la liquidación automática y casi instantánea entre pares y la definición de unidades digitales únicas de cualquier magnitud o valor. Las eficiencias pueden ser enormes en comparación, por ejemplo, con el mundo análogo de los bonos verdes, que requieren mucha burocracia y se basan en datos retroactivos que toma incluso años generar y verificar.
La criptotecnología permite tener plantas con sensores seguros y sistemas de seguimiento basados en cadenas de bloques para verificar la generación de energía renovable y representar instantáneamente esa información como tókenes únicos de un solo uso.
En un entorno de DeFi, esos tókenes pueden usarse como garantía para prestamistas. Con la incorporación de criptomonedas programables, monedas estables o monedas digitales de bancos centrales, el modelo brinda a los inversionistas una seguridad a distancia. El aumento de la demanda de activos probados de reducción del carbono por gobiernos y empresas que cumplen criterios ASG podría generar un gran fondo de liquidez en torno a estos tókenes, creando el mercado profundo de capital necesario para la acción climática.
Este enfoque podría reducir los costos de financiación de proyectos de todo tipo. Para tener una idea del potencial, basta imaginar una microrred solar para alimentar un nuevo sistema de irrigación, financiada con DeFi, en una comunidad remota de Rwanda.
Luego está la cuestión de la demanda.
Imaginemos que, por economía de escala, para que esta microrred sea financieramente viable, deba tener al menos 2 megavatios de capacidad, pero el sistema de irrigación necesite solo 500 kilovatios. ¿Cómo compensaría ese déficit una comunidad pobre con poca necesidad de electricidad?
La respuesta es el bitcoin, aunque parezca ilógico a quienes adhirieron a las recientes cruzadas para prohibir el “despilfarro” de la prueba de trabajo de minería en Nueva York y otros sitios.
A diferencia de otros usuarios de energía, la minería de bitcoin no depende de la geografía. Los mineros pueden operar en cualquier lado y absorberán con gusto la energía sobrante o desperdiciada de una comunidad si el precio es tan bajo como para ser rentables y competitivos.
¿Cuál es la forma de energía más económica? Por definición, la renovable. Según el Cambridge Center for Alternative Finance, el 53% de la red de bitcoin ya funciona con energía renovable, no porque los mineros sean altruistas sino porque buscan rentabilidad.