TEXTO PREPARADO PARA LA INTERVENCIÓN
Introducción
Gracias, Sr. Haskell, por la cálida bienvenida, y gracias, Dra. Hayden, por
la amable presentación. Sra. Brennan: Espero con mucho interés nuestra
charla.
Es un honor estar aquí con ustedes. Aunque el Dr. Kissinger no ha podido
acompañarnos esta noche, sé que todos le estamos profundamente agradecidos
por haber iniciado esta importante serie de conferencias hace casi 20 años.
Alguien que también está muy presente en nuestros pensamientos esta noche
es el expresidente George H.W. Bush, y su familia. Lamentamos su
fallecimiento, pero celebramos todas las facetas de su vida: La del piloto
que combatió valientemente en la Segunda Guerra Mundial. La del presidente
que ayudó a sanar las divisiones tras la Guerra Fría. La del estadista que
creyó en el poder de la cooperación internacional. Espero poder rendir
homenaje a su espíritu esta noche.
Esta noche, 4 de diciembre, es en
realidad una fecha importante por otra razón. No diré por qué todavía.
Tendrán que esperar hasta el final de mi intervención.
Al entrar al Gran Salón esta noche se me vinieron de inmediato a la mente
dos cosas: La primera fueron mis hijos, uno de los cuales es arquitecto. Le
encantaría este espacio magnífico en el que nos encontramos. La segunda fue
mi país, Francia, y también un país en el que estuve hace dos días
asistiendo a la Cumbre del G-20, Argentina. ¿Por qué?
Cuando se terminó de construir la obra en 1897, el ingeniero principal
señaló que el Palais Garnier —la Ópera de París— era “ la inspiración primordial” de la nueva Biblioteca del Congreso. Es
algo que tiene sentido, ya que la Ópera de París había terminado de
construirse 20 años antes, en 1875. Ahora me parece que los franceses
también pueden haber tomado prestadas algunas ideas: quizá del Teatro Colón
original, es decir la ópera de Buenos Aires, que terminó de construirse en
1857.
¿Qué nos dice esto? Bueno, primero que nada, que la propiedad intelectual
valiosa despertaba mucho interés entre los países, al menos entre los
arquitectos, que gustosamente se prestaban ideas entre sí, aprendían el uno
del otro, y se inspiraban. En segundo lugar, nos hace pensar que
comprendían que construir algo perdurable significa infundir en los
cimientos sólidos del pasado la chispa de la imaginación.
Ese tipo de creatividad y de visión a largo plazo,
surgidas de la historia y enriquecidas por nuestros éxitos y fracasos del
pasado, es el tema de mi intervención esta noche. En primer lugar, ¿de dónde venimos? Es decir, cómo la
creatividad en la cooperación económica internacional ayudó a traer
prosperidad y paz al mundo. Y en segundo lugar, ¿hacia
dónde podemos ir juntos? ¿O cómo pueden la creatividad y esas ideas
visionarias enriquecidas ayudar a adaptar al sistema internacional a los
retos actuales?
I.
75 años de creatividad y visión en la cooperación económica
internacional
Quisiera empezar con la historia que Estados Unidos y el FMI han escrito
juntos a lo largo de más de 75 años.
En la primera mitad del siglo XX, las principales potencias económicas y
militares recurrieron a la fuerza para hacer valer sus intereses, con un
costo enorme en términos de vidas humanas y destrucción física. Los aciagos
resultados obligaron a las naciones a ir en busca de una senda mejor. Y en
1944 la encontraron.
Estados Unidos emergió como una importante potencia mundial e hizo algo sin
precedentes. Teniendo en cuenta el devastador resultado final del Tratado
de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos decidió
poner su poder al servicio de la cooperación, en un experimento que daría
forma al mundo moderno. En la conferencia inaugural de 2001, el Dr.
Kissinger se refirió a las innovaciones del período de la posguerra como “
un gran estallido de creatividad que trajo seguridad al mundo”.
¿Cómo logró Estados Unidos hacer esto? Con generosidad, prestando atención
a sus propios intereses, y con la ayuda que le brindaron algunos de sus
aliados. Repasemos algunos de los hitos de los últimos 75 años.
Primero, la creación del sistema de Bretton Woods.
Los principales arquitectos, John Maynard Keynes del Reino Unido y Harry
Dexter White de Estados Unidos, habían quedado profundamente marcados por
el período entre las dos grandes guerras. Fueron testigos de un momento de
la historia en que las políticas internas erradas viciaron las
relaciones internacionales, las cuales ya se asentaban sobre
cimientos endebles.
El resultado fue el proteccionismo y devaluaciones competitivas de las
monedas. La implosión del comercio mundial profundizó la Gran Depresión, y
provocó masivas convulsiones económicas, financieras y sociales. Con el
tiempo, estas presiones dieron paso a movimientos nacionalistas y
populistas y, a la larga, a la catástrofe.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y otros 40 países se
reunieron en Bretton Woods, en el estado de Nuevo Hampshire, y decidieron
crear el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. A este último le
encargaron tres misiones críticas: promover la cooperación monetaria
internacional, apoyar la expansión del comercio y el crecimiento económico,
y desalentar políticas que vayan en perjuicio de la prosperidad.
Era una idea revolucionaria, visionaria... y que funcionó.
Desde muy temprano, el FMI ayudó a los países a abordar nuevos e
importantes retos a través de la colaboración. Al complementar el
Plan Marshall, ayudamos a que Europa resurgiera de los escombros de la
guerra. Nuestros préstamos dieron a los países un respiro, para que
pudieran estabilizar sus economías en tiempos difíciles e implementar
políticas que fomentaran el crecimiento. Es una misión que seguimos
desempeñando hoy en día, como habrán podido ver recientemente en países tan
diversos como Argentina, Egipto y Ucrania.
La genialidad de este sistema colaborativo era que estaba concebido para
adaptarse y para cambiar.
El cambio llegó a comienzos de la década de 1970. En su histórico discurso sobre el desafío de la paz, el presidente Nixon
suspendió la convertibilidad del dólar estadounidense con el oro. La
decisión sacudió al mundo y forzó un proceso de negociación que se prolongó
por un año y del que surgió la estructura moderna de tipos de cambio
flotantes.
En su momento, hubo quienes pensaron que ese cambio en particular supondría
el fin del FMI. Pero todos nuestros países miembros, entre ellos Estados
Unidos, sabían que los objetivos de la estabilidad y la prosperidad iban
mucho más allá de los tipos de cambios fijos. Reconocieron las ventajas de
contar con un bombero financiero mundial que pudiera ayudar a los países en
momentos de necesidad.
Aprovecharon lo que funcionaba, cambiaron lo que no funcionaba, y se
adaptaron.
En respuesta a la crisis del petróleo de 1973, el FMI creó nuevas
herramientas para ayudar a los países a hacer frente a la emergencia
energética, conforme al mandato de la institución de ayudar a
amortiguar los shocks y evitar los efectos de contagio perjudiciales.
Cuando la crisis de la deuda golpeó a América Latina en los años
ochenta, el FMI, con ideas creativas y con el apoyo de Estados Unidos,
intervino para apaciguar las aguas. Después de la caída del muro de
Berlín, asumimos un nuevo desafío: ayudar a las naciones del antiguo
bloque soviético a transformarse, de economías de planificación
centralizada a economías de libre mercado. En la década de 1990, el FMI
ayudó a los países a superar, primero, la crisis del peso mexicano, y
luego, la crisis financiera de Asia.
En medio de todos estos desafíos, seguimos ayudando a los países de todo
mundo con sus fundamentos económicos —es decir, sus políticas fiscales,
monetarias y cambiarias— y con medidas para construir instituciones
económicas más sólidas. Estos esfuerzos posibilitaron la adopción de
mejores políticas que abrieron los mercados, estimularon el
comercio, crearon empleo y liberaron el potencial económico.
Entonces llegó 2008 y la crisis financiera mundial.
La consiguiente Gran Recesión nos hizo recordar que la cooperación
internacional es indispensable, no una opción. Como ministra de Hacienda de
Francia, formé parte de la respuesta internacional. Los países del G-20 y
la Reserva Federal adoptaron medidas extraordinarias para salvar el
sistema. El FMI desplegó su propia potencia de fuego, con un compromiso de
más de USD 500.000 millones para ayudar a apuntalar la economía mundial. En
la década transcurrida desde entonces, hemos respaldado programas
económicos en más de 90 países y hemos adaptado nuestros instrumentos de
crédito, como los préstamos con tasa de interés cero para ayudar a los
países de bajo ingreso.
Pero la economía mundial necesitaba algo más que liquidez y estímulo.
Trabajamos con nuestros países miembros en la formulación de regulaciones
del sector financiero más estrictas para que, juntos, podamos evitar la
próxima crisis.
Aprendimos del pasado, recurrimos a la creatividad y cambiamos para
bien.
Nada de esto habría sido posible sin Estados Unidos. Este país desafió el orden económico internacional cuando era necesario
hacerlo. Hizo concesiones cuando era preciso alcanzar acuerdos. ¿Por qué?
Porque un mundo más sólido y más estable le generaba dividendos a
Estados Unidos.
Le permitió al país beneficiarse de algunas de las etapas más prolongadas
de crecimiento económico sostenido que haya visto el mundo moderno.
Desde la reunión en Bretton Woods hace casi 75 años, el PIB real de
Estados Unidos se ha multiplicado por ocho. El ingreso real del
estadounidense promedio se ha cuadruplicado
[1]. Estos logros no se obtuvieron a costa de otras naciones. Por el
contrario; el liderazgo colaborativo del país allanó el camino no solo para
las oportunidades que han surgido a lo largo de décadas aquí en Estados
Unidos, sino también para que el crecimiento se extienda por todo el mundo.
Hoy, el panorama ha cambiado una vez más. Parte de este cambio obedece a
factores geopolíticos y a la transición de una parte del poder económico de
Occidente a Oriente.
Otra parte del cambio se debe al surgimiento de agentes no estatales,
incluidas las empresas multinacionales. Y otra parte es consecuencia de
la tecnología y la aceleración vertiginosa de todo en nuestras vidas.
Estoy segura de que los curadores de esta biblioteca están
perfectamente al tanto de que el 90% de los datos mundiales han sido
generados en apenas un poco más de los últimos dos años. Como hija de
dos profesores de estudios clásicos, sé que a mis padres este hecho les
parecería difícil de creer. Pero la verdad es que todas las cosas —la
información, el dinero, las enfermedades— se trasmiten más rápidamente
en nuestro mundo moderno.
Estas transformaciones pueden traer consigo enormes oportunidades, pero
también riesgos sin precedentes. ¿Por qué?
Porque hoy más que nunca, lo que sucede un país puede afectar a todos
los demás países. Pensémoslo: Desde las armas de destrucción masiva
hasta la ciberseguridad y el sistema financiero interconectado, muchos
de nuestros actuales desafíos no respetan fronteras.
Por eso, cuando el apoyo a la cooperación internacional flaquee, tenemos
que recordar la lección que Estados Unidos y sus aliados han dado al mundo
a lo largo de los últimos 75 años: La solidaridad va en favor de los intereses propios.
Este principio perdura en nuestro mundo cambiante.
Nuestro reto ahora consiste en adaptarnos e introducir reformas una vez
más.
II
.
El próximo capítulo: Cómo reimaginar la cooperación
internacional
Me parece que el año que viene, 2019, puede marcar otro hito en nuestro
recorrido: un momento en que el mundo aprovecha un nuevo estallido de
creatividad para enfrentar desafíos en común.
Nuestro alrededor puede servirnos de inspiración. En las paredes encima de
nosotros están inscritas las palabras del poeta Edward Young, “ Construye demasiado bajo quien construye bajo las estrellas”.
Imaginen lo que sería del mundo si no lográramos construir y adaptarnos: podríamos vivir en una Edad de la Ira:
Para 2040, los niveles de desigualdad podrían rebasar los registrados
durante la edad chapada en oro. Con políticas internas ineficaces,
los fuertes monopolios tecnológicos y los gobiernos débiles podrían impedir
que las empresas emergentes y los emprendedores salgan adelante. Los
avances en el campo de la medicina permitirían que los más ricos vivan más
de 120 años, mientras que millones de otras personas padecerían pobreza
extrema y enfermedades. En los medios sociales se hablaría incesantemente
de esta “población abandonada”, poniendo de manifiesto la disparidad entre
su realidad y la posibilidad de una vida mejor. La brecha entre las
aspiraciones de los unos y los otros alimenta el resentimiento y la ira. La
confianza entre los países se desintegra. El mundo estaría más
interconectado digitalmente, pero menos conectado en todos los otros
sentidos.
La cooperación internacional para beneficio mutuo sería un concepto que
se estudiaría en bibliotecas como esta, pero que rara vez se
practicaría en el escenario mundial, debido a la supremacía de los
intereses nacionales y el celo excesivo por las políticas internas.
Como dijera el Dr. Kissinger en su libro Orden mundial,
podríamos, “encontrarnos en un período en el que fuerzas que están más
allá de las restricciones de cualquier orden determinan el futuro”.
Este escenario es de una enorme distopía, ¿no les parece? Pero no creo que
ese sea nuestro destino. Y tampoco lo cree el Dr. Kissinger, dicho sea de
paso. Hemos superado amenazas existenciales antes y podemos volver a
hacerlo. Pensemos en lo que podría ser el mundo si lográramos que
2019 marcara el inicio de una era no necesariamente de la inteligencia
artificial sino más bien del ingenio. Estaríamos ante un futuro
impulsado por la creatividad y la cooperación.
En 2040 tendríamos economías dinámicas propulsadas predominantemente por
energía renovable. Las mujeres estarían plenamente empoderadas dentro de la
fuerza de trabajo y catalizarían cambios sociales y económicos decisivos.
Los nuevos sistemas de pensiones y la portabilidad de la atención de la
salud reflejarían la naturaleza cambiante del trabajo en la economía
digital. Las empresas asumirían la responsabilidad social como parte de sus
modelos de negocio. Las maravillas de la tecnología podrían salvar vidas y
crear millones de empleos. Presenciaríamos el fin de la migración masiva.
El comercio se expandiría por todo el mundo y prevalecería la coexistencia
pacífica entre las naciones.
¿Estoy siendo demasiado optimista? Pues tengo que ser optimista. Estoy
pensando en el mundo que heredaran mis nietos. Pero esto nos plantea
una decisión crucial: o nos cruzamos de brazos y vemos cómo la
discordia y el descontento degeneran en conflicto, o damos un paso al
frente, reimaginamos la forma en que las naciones colaboran entre sí, y
forjamos la prosperidad y la paz
¿Qué significa esto en la práctica? Significa que los países han de
trabajar juntos para que la gente sea el eje de todos nuestros esfuerzos,
con el objetivo fundamental de lograr resultados tangibles que mejoren vidas. Significa también
que los gobiernos y las instituciones han de ser más transparentes y responsables, lo
cual implica escuchar a una mayor diversidad de voces. Significa
garantizar que las ventajas económicas de la globalización se repartan
entre muchos
, no solo unos pocos.
He llamado a este concepto el “nuevo multilateralismo”. También podría llamarse sentido común.
En esto quisiera ser muy clara: la cooperación internacional eficaz no
puede sustituir a las políticas internas sólidas. Obviamente, cada país es
responsable del bienestar de sus ciudadanos. De hecho, las políticas
internas sólidas pueden ser la base para la cooperación internacional
eficaz. Y en nuestro mundo moderno, hay algunas cuestiones que solo se
pueden abordar a través de la cooperación internacional.
En este sentido, esta noche quisiera analizar cuatro de esas cuestiones.
Para tener éxito en todos esos aspectos, necesitaremos la creatividad y
visión de los 189 países miembros del FMI, incluido
nuestro fundador, Estados Unidos.
a.
Las claves de la Era del Ingenio
En primer lugar, el comercio.
He venido diciendo desde ya hace algún tiempo que tenemos que “reparar el
sistema”. Más recientemente, vengo instando a los países a “rebajar la
intensidad” de las tensiones comerciales. Fue alentador ver avances en este
sentido en la reunión del G-20 el pasado fin de semana. Ahora debemos
continuar con esa tónica, y al mismo tiempo mejorar el sistema de comercio
para el futuro.
Esto incluiría eliminar los subsidios que crean distorsiones, sin
importar su forma o color. Significaría también proteger los derechos
de propiedad intelectual sin asfixiar la innovación y eliminar el
rentismo
. Los nuevos acuerdos comerciales podrían explotar el potencial del
comercio electrónico y el comercio de servicios. Debo recalcar que las
políticas macroeconómicas más sólidas se reducirían los desequilibrios
externos —como los superávits y déficits comerciales— que han sido el telón
de fondo de las crecientes tensiones comerciales. Todo esto reviste una
importancia crítica porque el comercio eleva la productividad y acelera la
innovación.
El segundo ámbito en el que necesitamos más cooperación es la
tributación internacional. Las empresas ahora tienen presencia a escala mundial, pero los gobiernos
no han logrado formular una respuesta a escala mundial en lo que se refiere
a los impuestos. Hoy por hoy, demasiado dinero de lo que se debería
recaudar queda sobre la mesa gracias a la optimización fiscal y a un tipo
de creatividad nociva. Por eso los países tienen que colaborar
estrechamente entre sí para recaudar lo que se debe y evitar una carrera
destructiva en materia tributaria. Pueden cerrar las lagunas tributarias
que dan lugar a lo que se llama erosión de la base imponible y traslado de
beneficios. En el FMI estamos trabajando con nuestros socios para que los
países miembros puedan compartir prácticas óptimas y formular regulaciones
para una economía digital en la que muchas empresas no tienen una sola sede
fija de operaciones. ¿Por qué necesitamos estos ingresos? Porque todos los
países deben invertir en su futuro. Combinados, el financiamiento público y
el privado pueden reforzar la infraestructura, mejorar la educación y
prepararnos a todos para adaptarnos a la transformación tecnológica que
está a la vuelta de la esquina.
La tercera cuestión es nuestro clima.
Los recientes huracanes violentos en el Caribe y los incendios arrasadores
en California, entre otros fenómenos, demuestran que los efectos peligrosos
del cambio climático son cada día más tangibles. Un nuevo estudio elaborado
por el gobierno de Estados Unidos muestra que el impacto económico del
cambio climático podría reducir considerablemente el PIB de Estados Unidos
en las próximas décadas. El acuerdo colaborativo alcanzado en París en 2015
es el mejor conjunto de herramientas del que disponemos para empezar a
abordar este desafío del planeta y avanzar hacia una economía sin carbón.
El acuerdo además refleja los conceptos que he destacado esta noche:
creatividad, ideas visionarias y un compromiso mundial con el bien
común que esté al servicio de los intereses propios. De esto depende la
supervivencia de nuestros hijos y nietos.
Ahora bien, cada una de estas cuestiones
—
comercio
, impuestos, clima— podría merecer su propia conferencia Kissinger.
Pero hay una cuestión que a mi modo de ver sustenta el progreso en casi
todos los demás ámbitos. Por eso, el
cuarto y último tema que quiero abordar es la buena gestión de
gobierno, libre de las cadenas de la corrupción
. El hecho es que, si no hay confianza en nuestras instituciones, ninguno
de los cambios que necesitamos será posible. Así que permítanme abordar
este tema brevemente.
b.
Combatir la
corrupción, promover la buena gestión de gobierno
¿Por qué es tan corrosiva la corrupción? Porque
cuando las personas empiezan a creer que la economía ya no funciona
para ellas, empiezan a desconectarse de la sociedad.
La corrupción socava la vitalidad económica y drena recursos que se
necesitan desesperadamente. El dinero que no se destina a educación o
salud acaba perpetuando la desigualdad y limitando las posibilidades de
una vida mejor. El costo anual tan solo
de los sobornos supera 1,5 billones de dólares, o alrededor de 2% del PIB
mundial
[2].
Los que pertenecen a la generación del milenio sienten este problema
agudamente. En una encuesta reciente sobre la juventud mundial, los jóvenes
señalaron que la corrupción — no el empleo, ni la falta de educación— era
el problema más acuciante en sus respectivos países
[3].
Es una observación muy reveladora, porque la corrupción es la causa
principal de muchas de las injusticias económicas que los jóvenes, de ambos
sexos, sienten a diario.
Es por eso que el FMI, con el respaldo de todos los países miembros, ha
vuelto a incluir el impacto de la corrupción en las evaluaciones de la
salud macroeconómica de los países. Hasta la fecha hemos trabajado con más
de 110 países con miras a mejorar sus iniciativas de lucha contra el lavado
del dinero y el financiamiento del terrorismo.
Y esta es solo una pequeña parte de la labor más amplia que es necesaria
para fomentar la buena gestión de gobierno. Es indispensable invertir en
las instituciones, así como insistir en verificar que las instituciones
cumplan efectivamente su cometido.
La cuestión de fondo es esta: La corrupción es un cáncer que no reconoce fronteras.
Pensemos en cómo las tecnofinanzas están cambiando el juego económico. Las
innovaciones —como las criptomonedas— pueden ser usadas por los
ciberdelincuentes para movilizar flujos financieros ilícitos y financiar
actividades ilegales en todo el mundo. Este no es un problema que le atañe
a un solo país o que un solo país es capaz de resolver. La solución está
únicamente en la colaboración transfronteriza.
Pero es algo que sí se puede solucionar. Las mismas
innovaciones que crean los problemas transfronterizos también pueden
ayudarnos a contraatacar. La biometría, las cadenas de bloques y otras innovaciones pueden
ofrecernos soluciones creativas para construir un sistema mejor y más
seguro a largo plazo. Los gobiernos pueden y tienen que trabajar con los
mejores ingenieros del mundo para desarrollar sistemas de ciberseguridad
más sólidos que protejan las cuentas bancarias y el bienestar de la gente.
Este es un bien común por el que hemos de velar.
…
Si enfrentamos el reto de la corrupción, la estrategia serviría de modelo
para la cooperación en todos los ámbitos a los que me he referido esta
noche. Puede ser la señal de que la “hermandad del hombre”, como la llamó
Keynes, está de nuevo preparada para responder al llamado de la historia.
Salvo que esta vez, ¡las mujeres tendrán un papel protagónico!
Así es como se empieza a recobrar la confianza, el bien más preciado y
cotizado en nuestra sociedad.
Así es como empezamos a adaptarnos una vez más y a reimaginar la
cooperación internacional.
Así es como, trabajando juntos, podemos poner en marcha la Era del
Ingenio.
Conclusión
Bien, antes de concluir, hay algo que estaba pendiente. Al comienzo de mi
intervención dije que el 4 de diciembre era una fecha importante. ¿Alguien
ha adivinado por qué?
El 4 de diciembre de 1918, hace cien años exactamente, el presidente
Woodrow Wilson partió hacia Francia para ayudar a negociar lo que él
esperaba sería una paz duradera. Fue el primer presidente estadounidense en
funciones que viajó a Europa.
En cierto modo, podemos remontarnos a esa fecha para encontrar los
orígenes de la creatividad y la filosofía visionaria de la política
exterior de Estados Unidos.
Es buen recordatorio de que nuestros planes no siempre funcionan cómo
pretendemos. Pero también es una señal de que hemos de tratar una y otra vez de superar los obstáculos.
Tenemos que aprovechar lo que ha funcionado, cambiar lo que no ha
funcionado, y replantear, mejorar e imaginar continuamente un futuro mejor
para toda la humanidad. Esa fue la visión que inspiró a los líderes de este
país. Tiene que ser la misión que nos guíe a todos nosotros en los tiempos
que se avecinan.
Gracias.