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Minerales críticos y energía: un impulso para el desarrollo económico
13 de marzo de 2026
Es un placer estar aquí hoy con ustedes. Este es un debate importante: los minerales críticos y la energía como un impulso para el desarrollo económico.
La región de América Latina y el Caribe se encuentra ya en una posición de fortaleza. Tiene una de las matrices más limpias de fuentes de electricidad del mundo, en la que las renovables representan en torno al 69% de la generación eléctrica.
Al mismo tiempo, la región sigue siendo un importante productor de energía: la producción de petróleo en 2024 fue de aproximadamente 9,7 millones de barriles diarios, y también cuenta con una base considerable de recursos de hidrocarburos.
Además, esta región es crucial para los minerales críticos. Chile, Perú y México suman aproximadamente el 37% de la producción mundial de minas de cobre. El triángulo del litio, conformado por Argentina, Bolivia y Chile, posee en torno a la mitad de los recursos mundiales de litio.
En esta economía mundial más fragmentada, ambos son activos estratégicos y, como explicaré más adelante, suponen una oportunidad real para América Latina y el Caribe. La región puede aprovechar esta oportunidad, retener mayor valor en sus países y convertirse en un eslabón crítico más fiable de las cadenas mundiales de suministro. Esto se traducirá en un crecimiento más rápido de la productividad, mejores empleos y mayores ingresos por exportaciones.
Pero para aprovechar plenamente las ventajas, será fundamental contar con una base sólida de resiliencia, inversión y alianzas basadas en la confianza.
¿Cómo se puede conseguir esto? Permítanme destacar tres puntos.
En las dos últimas décadas, la producción y las cadenas de suministro mundiales han pasado a estar más concentradas. Esto suscita inquietudes sobre posibles cuellos de botella: allí donde una mayor dependencia de bienes menos sustituibles se combina con mayores riesgos de perturbaciones. Por ejemplo, en los distintos mercados de minerales críticos, los tres países que lideran el refinado representan, en promedio, el 86% de la capacidad de procesamiento.
Los acontecimientos de esta década, en la que se han sucedido una pandemia y varias guerras, nos han enseñado que las cadenas de suministro no son solo una consideración logística para las empresas, sino que también tienen un impacto macroeconómico. En las últimas semanas, el conflicto en Oriente Medio nos lo ha vuelto a recordar. Cuando las perturbaciones afectan a sectores concentrados y de difícil sustitución, en especial el energético y de insumos estratégicos, los efectos pueden manifestarse con rapidez en la inflación, el producto, la inversión y la confianza.
La fragmentación geoeconómica también afecta a los patrones comerciales y de inversión en sectores estratégicos, como son las cadenas de suministro energético y de minerales críticos.
Así pues, la oportunidad que se presenta para América Latina y el Caribe es doble: reducir las vulnerabilidades internas mediante cadenas de suministro más resilientes y convertirse en un proveedor de confianza y fiable en el exterior, en concreto, de materiales procesados y no solo de materias primas.
Los modelos económicos del FMI sugieren que una diversificación dirigida puede mejorar la resiliencia y, al mismo tiempo, limitar las pérdidas de eficiencia, en especial en los sectores altamente concentrados, extractivos y difíciles de sustituir.
Un ejemplo práctico de diversificación dirigida es la respuesta de Chile a la reducción, a mediados de los años 2000, de las importaciones de gas por oleoductos de su entonces proveedor dominante: Chile diversificó ese insumo crítico desarrollando capacidad de importación de gas natural licuado (Quintero, en funcionamiento desde 2009, y Mejillones, desde 2010), con lo cual ganó acceso al mercado internacional de gas natural licuado y reforzó la fiabilidad energética.
Los mercados cerrados, en cambio, aumentan el riesgo de concentración.
Las cadenas de suministro integradas y competitivas que son menos vulnerables a los shocks también apuntalan la credibilidad de la región como proveedor fiable.
Para América Latina y el Caribe, la profundización de la integración regional puede ser una herramienta potente y práctica de resiliencia. Una disminución de los costos comerciales y las fricciones transfronterizas pueden traducirse en una mayor variedad de proveedores para las empresas, más comercio e inversión y una mejor asignación de recursos.
Eliminar las diferencias en infraestructuras de transporte y aduanas, reducir las barreras no arancelarias y fortalecer la coordinación de las políticas comerciales dentro de la región también puede reforzar las cadenas de valor regionales; por ejemplo, el concentrado de cobre se extrae en un país, se funde y refina en otro y luego se convierte en cables, tuberías o componentes de redes en un tercer país.
La resiliencia también depende de la integración con el resto del mundo. Con acuerdos comerciales extensos e integrales, las empresas pueden operar con mayor previsibilidad, así como con más opciones de abastecimiento y producción.
Es por ello que el reciente acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur representa un avance. Reuniría un mercado de 720 millones de personas y abarcaría prácticamente el 21% de la economía mundial. Y, con el tiempo, contribuiría a que las exportaciones del Mercosur a la Unión Europea crecieran casi un 17%, según los modelos económicos de la Comisión Europea, y además fomentaría la diversificación e incrementaría el valor agregado de las exportaciones.
¿Por qué? Porque la resiliencia requiere inversiones, y las inversiones necesitan de buenas políticas. Las empresas pueden gestionar los riesgos comerciales y tecnológicos. Pero la incertidumbre en torno a las políticas puede ser una fuente importante de riesgo. Las inversiones a largo plazo exigen confianza: inflación baja y estable, finanzas públicas sostenibles, sistemas tributarios predecibles, regulaciones transparentes e instituciones fuertes y creíbles.
Es por ello que los esfuerzos de los gobiernos y el sector privado son complementarios, no sustitutos.
Los gobiernos crean un entorno propicio para el emprendimiento, la competencia y la inversión. El sector privado aporta capital, tecnología, capacidad de ejecución y disciplina de mercado.
La estabilidad macroeconómica, los marcos normativos predecibles y la claridad regulatoria son fundamentales para maximizar la inversión privada a largo plazo en las cadenas de valor conexas, como el suministro energético y la extracción, el procesamiento y el refinado, las redes e infraestructuras, y las manufacturas.
Permítanme concluir con lo siguiente.
América Latina y el Caribe tienen una oportunidad única para desarrollar cadenas de suministro más resilientes y convertirse en un proveedor de confianza y fiable para el resto del mundo, tanto de materiales procesados como de materias primas. Una mayor resiliencia de las cadenas de suministro se traduciría en menos perturbaciones costosas y más crecimiento estable.
A base de decisiones de políticas y de inversión acertadas, los países pueden ascender en la cadena de valor y así procurar mejores empleos, mayores niveles de vida y prosperidad a largo plazo.
Gracias.