Antes de ser reconocido como uno de los matemáticos más insignes de la historia, Srinivasa Ramanujan era un joven oficinista en la ciudad portuaria de Madrás en el sur de India. Sin haber recibido formación universitaria formal, dedicaba su tiempo libre a garabatear en cuadernos fórmulas matemáticas extrañas pero hermosas. En 1913, ansioso por que alguien lo tomara en serio, se dirigió a G. H. Hardy, un destacado matemático de la Universidad de Cambridge.
"Los matemáticos de aquí no llegan a comprenderme", le escribió, adjuntándole páginas llenas de ideas sobre la teoría de números y las series infinitas. Hardy tenía dudas al principio, pero no tardó en darse cuenta de que trataba con un genio. Lo invitó a Cambridge, donde las ideas de Ramanujan tomaron vuelo. Su colaboración transformó las matemáticas y sentó las bases de hallazgos en campos como la criptografía y la informática, e incluso la comprensión de los agujeros negros.
La historia de Ramanujan plantea tres cuestiones fundamentales: ¿Cómo encontrar el talento? ¿Qué apoyo necesitan las mentes brillantes para florecer? ¿Cuál es el costo de la sociedad si las desperdiciara?
La incipiente disciplina de la economía del talento busca darles respuesta. Su objetivo es trazar una hoja de ruta para estimular la innovación y promover avances frente a los retos más duros del mundo, desde el cambio climático hasta la salud pública.
Definimos el talento como la capacidad de una persona para resolver problemas nuevos de manera eficiente en los últimos años de su adolescencia. Está dado tanto por aptitudes innatas como por aprendizaje adquirido. Se manifiesta en la rapidez con la que alguien capta las matemáticas o las ciencias, la naturalidad con la que enfrenta complicaciones, la creatividad con la que aplica los conocimientos a situaciones desconocidas y la perseverancia con la que cuenta hasta encontrar la solución.
En la búsqueda de talentos
La historia nos enseña que una persona extraordinaria es capaz de transformar todo un campo, desde Albert Einstein y los avances en física que allanaron el camino a la energía nuclear hasta Jonas Salk y la creación de la vacuna contra la polio. A nivel más amplio, la distribución del talento puede estimular el crecimiento económico, como argumenta el economista William Baumol en su estudio del emprendimiento productivo e improductivo. Kevin Murphy, Andrei Shleifer y Robert Vishny muestran que el crecimiento depende de la distribución del talento. Las naciones prosperan cuando las mentes más brillantes se vuelcan a la investigación, la ingeniería y la empresa, no cuando buscan formas de manipular el sistema financiero y jurídico.
Pero primero es necesario descubrir y desarrollar el talento, un ámbito al que los economistas tradicionalmente no le prestan tanta atención. Ese punto ciego significa que no sabemos qué políticas pueden ayudar a las personas prometedoras a explotar todo su potencial. Incluso en los países con más altos ingresos, los exámenes estandarizados y los rígidos programas de estudios pueden relegar a los pensadores extraordinarios.
Abundan los casos de niños precoces excluidos por ser "diferentes" o de familias en zonas aisladas que ni siquiera saben de la existencia de recursos educativos avanzados. Los estudios psicológicos también revelan que algunos niños dan muestra de un "talento precoz" desde muy pequeños, pero que esa llama puede apagarse sin una guía especializada, estímulo intelectual y grupos de pares que los apoyen.
Existe también la comprensible preocupación de pecar de elitismo al centrarse en un grupo pequeño. Pero las políticas globales no riñen necesariamente con los programas focalizados. De la misma manera en que construir un campo de fútbol en cada vecindario facilita la tarea de encontrar al próximo Pelé, la inversión en bienes públicos como la educación y la atención de la salud universales mejora las perspectivas económicas de todos.
Un apoyo orientado específicamente a genios jóvenes puede servir de complemento y facilitar enormes avances a un costo relativamente bajo, garantizando que las mentes con un potencial extraordinario no pasen inadvertidas ni terminen desperdiciadas. Como nos lo recuerda el caso de Ramanujan, si se queda por el camino un solo genio, la sociedad podría estar sacrificando la transformación de una disciplina entera.
Lo que sabemos
No hay duda de que el talento tiende a manifestarse en la adolescencia o incluso antes, como lo demuestran los ganadores de una de las distinciones matemáticas más reconocidas. La mitad de los ganadores de la Medalla Fields ya habían competido en la Olimpíada Internacional de Matemática (IMO), en la que concursan unos pocos cientos de alumnos de nivel secundario.
También está clara la importancia de un entorno propicio. Accediendo a mentorías, contando con apoyo financiero y relacionándose con sus pares, un prodigio aislado puede transformarse en un generador de innovación. El economista Alex Bell y sus colegas muestran que los hijos de titulares de patentes suelen también convertirse en inventores.
Nuestro propio estudio muestra que los ganadores de la IMO procedentes de países de ingreso bajo tienen menos probabilidades de producir estudios influyentes, debido quizás a la falta de acceso a las grandes universidades o, en términos generales, de apoyo institucional y redes internacionales. Esto hace pensar que ni siquiera basta con una sólida capacidad natural en la juventud si se interponen obstáculos financieros y geográficos.
Y está claro que, a la hora de descubrir talento en el mundo entero, persisten graves deficiencias. Aunque alrededor del 90% de los jóvenes vive en economías en desarrollo, los ganadores del Premio Nobel en Química, Física y Biología proceden principalmente de Estados Unidos, Europa y Japón (gráfico 1).

Si bien una multiplicidad de factores podría contribuir con esta disparidad, con frecuencia las economías en desarrollo no logran reconocer los talentos más prometedores a una temprana edad. Por ejemplo, África ha producido apenas tres medallas de oro en la IMO, frente a las 86 de Rumanía. Con todo, hay indicios alentadores. Reforzando sus programas de formación y descubrimiento de talentos, India terminó en cuarto lugar entre más de 100 países concursantes en la IMO del año pasado, un salto notable en comparación con el quincuagésimo segundo puesto que alcanzó en 2017, y algo parecido le ocurrió en los torneos de ajedrez.
Por último, las políticas migratorias que promueven la circulación de cerebros pueden ayudar a los países tanto de origen como de destino. Los estudiantes sobresalientes que se trasladan al extranjero suelen alcanzar escalones más altos, pero a los países de origen les preocupa perder mentes brillantes. En los países ricos, la preocupación por la inmigración puede dificultar la tramitación de visas.
Sin embargo, las personas que se forman en el exterior y regresan a su país de origen —o mantienen una relación a través de redes internacionales— son esenciales para diseminar ideas y tecnología entre países. También crean empresas que captan inversión extranjera, generan trabajo y suministran servicios esenciales a los hogares. Este tráfico bidireccional requiere políticas e instituciones flexibles que promuevan la circulación del conocimiento y permitan el libre desplazamiento.
Lo que no sabemos
Con todo, necesitamos más estudios para encontrar y cultivar el talento, y para comprender su impacto en la innovación y el crecimiento económico.
Incluso en las economías desarrolladas, es difícil detectar aptitudes extraordinarias que no encajan con indicadores tradicionales. El razonamiento creativo puede pasar inadvertido en los exámenes estandarizados, que posiblemente sean de por sí inaccesibles a los alumnos de zonas alejadas o desfavorecidas.
Algunos expertos en educación se plantean si las tecnologías emergentes como las herramientas de IA que analizan los trabajos de los alumnos podrían detectar mejor el potencial oculto. Así y todo, no sabemos con certeza cómo dimensionar debidamente esos métodos ni cómo evitar favorecer a los alumnos pudientes o bien relacionados.
Reconocer los estudiantes con talento es un paso; hacerlos florecer es otro. A pesar de la abundancia de estudios sobre estrategias educativas, pocos abordan su uso con alumnos de altas capacidades, cuya manera de aprender podría ser diferente.
¿Son las escuelas con programas de estudio avanzados, docentes muy calificados y compañeros de igual nivel la mejor forma de ayudarlos? ¿Funcionaría la educación a distancia con alumnos prometedores sin acceso local a docentes sumamente calificados? ¿En qué medida ayudan las intervenciones rápidas, como los cursos intensivos de seis semanas, a promover el aprendizaje y moldear las aspiraciones de estos alumnos? ¿Cuánto rinden en términos de carrera y contribución a la sociedad?
Nos consta anecdóticamente que un puñado de talentos puede desatar enormes avances, pero desconocemos los detalles de esta dinámica. Más allá de la tecnología, las ciencias y las artes, ¿qué campos se benefician más del descubrimiento y el desarrollo de aptitudes excepcionales? ¿Conviene que los gobiernos los orienten hacia problemas sociales como la salud pública? Los analistas de la innovación a menudo tienen dificultad para medir los efectos a largo plazo de un solo avance o de múltiples avances logrados en un mismo laboratorio.