Por primera vez en la historia moderna de España, su economía ha salido de una crisis internacional más fuerte que cuando entró en ella. Eso dice mucho del profundo cambio positivo que se está produciendo en la cuarta mayor economía de Europa continental.
Mientras que la mayor parte del continente todavía se está recuperando de los efectos de la pandemia y los posteriores shocks de precios que ha alimentado la invasión rusa de Ucrania, España ha dejado atrás ambas turbulencias con un crecimiento fuerte y equilibrado y sin cicatrices permanentes. En 2020, los efectos de la COVID-19 causaron una caída del 11% del producto económico, pero en esta ocasión nuestra respuesta fue distinta.
Aprendimos de la experiencia pasada y, esta vez, no recurrimos a medidas de austeridad como las que causaron un repunte del desempleo y una reducción del ingreso durante la crisis financiera de 2008. En su lugar, introdujimos medidas de protección social, con programas de suspensión del contrato de trabajo que dieron apoyo a casi 3,4 millones de trabajadores en el momento de mayor actividad y abrimos líneas de crédito público para cubrir las necesidades de liquidez de más de 674.000 empresas, sobre todo pymes.
Gracias a esta estrategia activa, a la que se sumaron los fondos de recuperación de la Unión Europea para impulsar la inversión y varias reformas para mejorar la productividad, la economía española es ahora más competitiva e inclusiva.
De las principales economías desarrolladas del mundo que más crecieron en 2024, España fue la que más lo hizo y aportó cerca de la mitad del crecimiento total de la zona del euro, aun representando apenas la décima parte de su PIB. Pese a la amenaza de una guerra comercial de alcance mundial y el recrudecimiento de las tensiones geopolíticas, nuestra economía está bien situada para colocarse de nuevo en cabeza este año, y en abril España fue la única de las principales economías avanzadas cuyas proyecciones de crecimiento para 2025 revisó al alza el FMI en sus perspectivas más recientes.
La clave de esta transformación es un modelo económico equilibrado que saca partido de nuestras fortalezas y que ha conseguido un nivel récord de creación de empleo, junto con un aumento de la productividad y el mayor superávit en cuenta corriente de la historia de España. Somos una de las economías más verdes del mundo y nos hemos posicionado como centro para la inversión extranjera. Hemos reducido la desigualdad del ingreso sin poner en peligro nuestras finanzas públicas.
Un mercado laboral dinámico
El sólido desempeño del mercado de trabajo se debió a la extensa reforma de 2021, que amplió las opciones de contratación permanente. Estamos creando más puestos de trabajo que nunca a pesar de la desaceleración económica en la zona del euro: el año pasado nuestra economía generó más empleo que Francia y Alemania juntas.
La mayoría de los nuevos puestos de trabajo han recaído sobre la población inmigrante, sobre todo de América Latina; entre 2019 y 2024, dos tercios de los nuevos trabajadores habían nacido fuera de nuestras fronteras. Esto ha ayudado a paliar la grave escasez de mano de obra y a financiar el sistema de seguridad social, puesto que nuestra población activa está envejeciendo y la tasa de natalidad va en disminución.
Estos son puestos de trabajo de calidad y más estables. En los dos últimos años, la creación de empleo en sectores de alto valor, como la tecnología de la información y las comunicaciones, ha crecido dos veces más deprisa que el empleo en general. El empleo temporal, que antaño era característico de la economía española, se ha reducido marcadamente para converger con el promedio de la UE.
Este proceso va acompañado de una mayor concienciación sobre la importancia de la inclusión social. Gracias a una serie de subidas del salario mínimo, que ha aumentado un 61% en total desde 2018, entre otras medidas, España tiene el menor nivel de desigualdad salarial de las economías desarrolladas, según la Organización Internacional del Trabajo.
Junto con otras políticas, como la del ingreso mínimo vital, esta situación está contribuyendo a una mayor equidad económica: los españoles están recuperando poder adquisitivo más deprisa que los demás ciudadanos de la zona del euro, según la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos.
Resiliencia externa
Otro cambio importante en nuestro modelo es el mejor desempeño del sector externo. A diferencia de lo ocurrido en otros ciclos expansionistas, España no depende excesivamente del capital extranjero para financiar su crecimiento, lo cual reduce el riesgo de burbujas financieras como las de la crisis inmobiliaria de hace más de una década. Al contrario, el año pasado registramos el mayor superávit de la balanza de pagos de nuestra historia, equivalente al 4,2% del PIB.
España recibió 84 millones de visitantes el año pasado, más que nunca, y nuestro sector turístico —cada vez más diversificado— sigue siendo un importante motor de crecimiento, aunque recientemente lo superaron las exportaciones no turísticas, incluidos los servicios financieros, de TI y de consultoría profesional, que el año pasado generaron más de 100.000 millones de euros. El crecimiento en estos servicios de más valor y mayor cualificación pone de relieve la modernización de nuestra economía.
La creciente competitividad de nuestras empresas y una fuerza laboral altamente cualificada han hecho de España uno de los principales destinos de inversión del mundo. Según el sistema de seguimiento de las inversiones del Financial Times, España ocupó, entre 2018 y 2024, el quinto lugar entre los principales receptores de proyectos completamente nuevos, que son los que más hacen aumentar la capacidad productiva y el empleo.
Un factor clave que explica nuestra ventaja competitiva es nuestra apuesta por la energía verde desde bien temprano. Después de varias décadas de fuerte inversión pública y privada, nuestra energía procedente de fuentes renovables, que en 2019 representaba poco más del 20%, aumentó hasta situarse en el 56% el año pasado. Según datos de nuestro banco central, este cambio en la matriz energética hizo que el precio de la electricidad bajara un 40%, lo que se tradujo en una mayor competitividad, autonomía estratégica e independencia energética.