La guerra ensombrece las perspectivas económicas mundiales y replantea las prioridades de las políticas
El conflicto en Oriente Medio frenó el ímpetu del crecimiento. Se necesitan políticas acertadas y una cooperación internacional más estrecha para contener los daños.
A pesar de las graves disrupciones en el comercio y la incertidumbre en torno a las políticas, el año pasado concluyó en clave optimista. El sector privado se adaptó a un entorno empresarial cambiante, al tiempo que otros importantes factores relacionados con los aranceles estadounidenses más bajos de lo anunciado inicialmente, ciertas medidas de apoyo fiscal y unas condiciones financieras favorables ofrecían un significativo alivio, al que se sumaban un fuerte aumento de la productividad y un auge tecnológico. Si bien hubo algunos riesgos desfavorables, se esperaba que este ímpetu se mantuviera en 2026, y que eso permitiría elevar el pronóstico de crecimiento mundial previo al conflicto hasta el 3,4%.
La guerra en Oriente Medio ha puesto freno a ese ímpetu. El cierre del estrecho de Ormuz y los graves daños a instalaciones de crucial importancia en una región clave para el suministro mundial de hidrocarburos plantean la posibilidad de una grave crisis energética si las hostilidades continúan.
El impacto económico de la guerra
La magnitud definitiva del shock dependerá de la duración y la envergadura del conflicto, así como de la rapidez con que se normalicen la producción y el transporte de energía una vez cesen las hostilidades.
Este impacto dependerá de tres canales.
En primer lugar, el aumento de los precios de las materias primas es un ejemplo perfecto de un shock negativo en la oferta, que eleva los costos de los bienes y servicios altamente dependientes de la energía, desestabiliza las cadenas de suministro, contribuye a la inflación general y erosiona el poder adquisitivo.
En segundo lugar, estos efectos podrían verse amplificados conforme las empresas y los trabajadores intenten recuperar las pérdidas, lo que entraña el riesgo de espirales de precios y salarios, sobre todo en los casos en que las expectativas de inflación no estén debidamente ancladas.
En tercer lugar, la agudización de los riesgos macroeconómicos y la perspectiva de una política monetaria más restrictiva podrían desencadenar un reajuste repentino de los precios en los mercados financieros —con valoraciones mucho más bajas de los activos, primas de riesgo más elevadas, mayores fugas de capitales y una apreciación del dólar—, lo que endurecería las condiciones financieras y lastraría la demanda agregada.
Nuestro pronóstico de referencia, que parte de la hipótesis de un conflicto de corta duración y un aumento moderado del 19% en los precios de las materias primas energéticas en 2026, sigue situando el crecimiento mundial este año en apenas un 3,1%, y la inflación general en un 4,4%, lo que supone una notable desviación respecto a la tendencia mundial desinflacionaria observada en los últimos años.
Un cierre más prolongado del estrecho de Ormuz y nuevos daños en las instalaciones de extracción y refinación trastornaría la economía mundial de forma más grave y durante más tiempo. En un escenario adverso, en el que se supone un aumento más acusado de los precios de la energía este año, junto con expectativas de inflación al alza y cierto endurecimiento de las condiciones financieras, el crecimiento se reduce al 2,5% este año y la inflación aumenta hasta el 5,4%.
En un escenario grave en el que las perturbaciones en el suministro energético se prolongan hasta el próximo año, las expectativas de inflación se desanclan notablemente y las condiciones financieras se tornan mucho más restrictivas, el crecimiento mundial desciende hasta el 2% este año y el próximo, y la inflación rebasa el 6%. Pese a los recientes anuncios de un cese al fuego temporal, parte del daño ya está hecho, y los riesgos desfavorables permanecen en niveles elevados.
El impacto variará de unos países a otros. Tal como sucedió en anteriores escaladas de los precios de las materias primas, los importadores se ven muy expuestos. Las economías de ingreso bajo y en desarrollo —en especial las que presentan vulnerabilidades y reservas limitadas— serán probablemente las más perjudicadas. Los exportadores de energía del Golfo se enfrentarán a las secuelas económicas de los daños en las infraestructuras, las interrupciones en la producción, las restricciones a la exportación y el descenso de la actividad turística y empresarial. Las remesas disminuirán en los países que envían trabajadores migrantes a la región.
Lecciones de la crisis energética de 2022
El actual shock hace recordar la escalada de los precios de las materias primas registrada en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania, que contribuyó a que la inflación mundial alcanzara su cota más alta desde la década de 1970. En ese episodio, el posterior endurecimiento sincronizado de las condiciones monetarias y el proceso de desinflación que se logró evitando una recesión han pasado a ser ampliamente considerados como un éxito rotundo de la política económica.
¿Cabe esperar el mismo desenlace esta vez? Hay factores que siembran dudas al respecto. En 2022, las presiones inflacionarias ya eran elevadas debido a los desequilibrios entre la oferta y la demanda, la poca oferta de mano de obra y la abundante liquidez tras la pandemia. Hoy en día, unas condiciones más suaves en los mercados laborales, junto con la normalización de los balances, han aliviado las presiones subyacentes, si bien la inflación aún permanece por encima de los niveles fijados como meta en algunos países, notablemente Estados Unidos. Si el shock no sobrepasa un nivel moderado, la inflación podría estar más contenida, conforme a nuestro escenario de referencia.
De todos modos, el último episodio dejó cicatrices. Los niveles permanentemente más altos de los precios han suscitado inquietudes acerca del costo de vida y han exacerbado la sensibilidad de las expectativas inflacionarias ante nuevas alzas de precios. Por otro lado, la escalada de precios de 2022 obedeció a una curva de oferta agregada inusualmente pronunciada, en la que la fuerte demanda se topó con cuellos de botella de la oferta, gracias a lo cual los bancos centrales pudieron lograr la desinflación con pérdidas moderadas del producto. Ahora, en cambio, los datos denotan un retorno a una curva de oferta más plana, lo que hace más costoso lograr la desinflación.
Políticas
¿Cómo deberían responder los bancos centrales? Sin duda, la mejor manera de limitar el daño económico es poniendo fin a la guerra pronto y de manera ordenada. Más allá de eso, los bancos centrales pueden por lo general no actuar ante una subida de los precios de la energía, pero solo si las expectativas de inflación permanecen bien ancladas. El shock energético ya frena la actividad económica y a la vez eleva los precios, y ningún banco central puede influir por sí solo en los precios mundiales de la energía. No obstante, si las expectativas inflacionarias a mediano o largo plazo tienden al alza conforme repuntan los precios y los salarios, restaurar la estabilidad de precios pasa a ser más prioritario que lograr el crecimiento a corto plazo, y exigirá un rápido endurecimiento monetario. Si bien la flexibilidad del tipo de cambio permite que la política monetaria se enfoque en la estabilidad de precios, cabe considerar intervenciones cambiarias o medidas de gestión de los flujos de capitales en ciertos casos, conforme a nuestro Marco Integrado de Políticas.
¿Qué debería hacer la política fiscal? Las medidas no focalizadas —topes de precios, subsidios e intervenciones similares— son populares, pero a menudo están mal diseñadas y resultan costosas. Dada la falta de espacio fiscal, con déficits presupuestarios aún elevados y una creciente deuda pública, cualquier medida de apoyo presupuestario habría de estar muy enfocada y ser de carácter temporal —con cláusulas claras de caducidad automática—, y debería guardar coherencia con los planes fiscales a mediano plazo para recomponer los márgenes de maniobra. También es esencial evitar medidas de estímulo fiscal cuando la inflación esté en aumento, para no complicar la tarea de los bancos centrales.
Preservar las señales de los precios también es importante: los precios altos indican escasez, y eso ayuda a moderar la demanda y ampliar la oferta. Los controles de precios y las restricciones a las exportaciones no pueden alterar ese hecho. Más aún: esas medidas suelen ser contraproducentes porque elevan los precios subyacentes, lo que conduce al racionamiento y a cambiantes repercusiones negativas en otros países. En caso necesario, las transferencias focalizadas a hogares y empresas vulnerables suelen proporcionar un mayor alivio a un menor costo fiscal que los subsidios generalizados. En demasiadas ocasiones, esto no se tuvo en cuenta en 2022; esta vez, los países deben asimilar mejor la lección.
Por último, si las condiciones financieras se endurecen bruscamente y la actividad mundial se deteriora de forma pronunciada, las políticas monetaria y fiscal deben estar en condiciones de dar un giro para apuntalar la economía y salvaguardar el sistema financiero, con la ayuda de políticas financieras y de liquidez adecuadas.
Resiliencia frente a los retos
Esta última guerra evidencia que el orden internacional se encuentra sometido a una presión cada vez mayor, y que las alianzas en descomposición, los nuevos conflictos y las consideraciones sobre seguridad nacional son aspectos que inciden en el curso de la política económica. En los capítulos analíticos, examinamos los efectos macroeconómicos de las escaladas del gasto en defensa y extraemos enseñanzas para economías en conflicto o en proceso de reconstrucción. La conclusión hace reflexionar: más allá de su costo humano, la guerra impone enormes y persistentes costos económicos y plantea complejas disyuntivas.
Aparte de los conflictos activos, las tensiones geopolíticas están reconfigurando un mundo cada vez más multipolar, en el que todos los principales bloques económicos imponen múltiples restricciones comerciales que están haciendo mella en la cooperación y el crecimiento internacionales. Si bien estos cambios pueden alimentar el interés en las políticas aislacionistas, también se observa que el comercio está buscando nuevas rutas a través de nuevos socios y acuerdos regionales que no están necesariamente alineados con las antiguas fronteras geopolíticas.
La guerra exige atención inmediata, pero no debe distraernos de la búsqueda de un crecimiento sostenible. Los avances de la inteligencia artificial —en especial la IA agéntica— encierran el potencial de grandes aumentos de la productividad, que es el verdadero motor de la mejora en las condiciones de vida. Sin embargo, la transición podría ser accidentada: es posible que los mercados se hayan adelantado a los fundamentos económicos, lo que implica el riesgo de que se produzcan correcciones, y además los rápidos cambios podrían desplazar a trabajadores y frenar la demanda. Las autoridades deben promover la difusión y la adopción y a la vez invertir en el desarrollo de competencias, para facilitar así la transición en el mercado laboral. La guerra debería asimismo incentivar una adopción más rápida de las energías renovables, que puede incrementar la resiliencia ante los shocks energéticos, mejorar la seguridad en el sector y contribuir a la transición climática.
La economía mundial afronta otra difícil prueba. Y, si bien puede ir encaminada hacia una mayor multipolaridad, eso no significa necesariamente que deba fragmentarse más. Debemos seguir afianzando la cooperación mundial; con políticas acertadas —como un rápido cese de las hostilidades y la reapertura del estrecho de Ormuz—, el daño podría mantenerse acotado. Las instituciones financieras internacionales, como el FMI, surgieron de una visión fraguada tras la guerra y la devastación, con el objetivo de promover la cooperación y la integración económica y financiera en beneficio de todos. Hoy en día, esos principios son más vitales que nunca para preservar la prosperidad mundial.