Ni la energía FV ni los VE influirán demasiado a la hora de abordar los desafíos que plantea la actual guerra alimentada por los combustibles fósiles. Las medidas de corto plazo para cortar la dependencia de la UE del petróleo y el gas rusos deberían centrarse en reducir la demanda y buscar alternativas al suministro de Rusia. Para ello, hay que aumentar la producción de estos dos combustibles en otro sitio. También deben adoptarse medidas a corto plazo, como evitar que Alemania abandone la energía nuclear, algo previsto para diciembre de 2022, y otras soluciones de compromiso, como un incremento por corto tiempo de la producción de energía del carbón en Europa. (Curiosamente, una parte importante del carbón utilizado en la Unión Europea también proviene de Rusia, lo cual complica todavía más las cosas).
Evaluar el riesgo
La guerra de Rusia, no provocada, y la reacción del resto del mundo también han dejado al descubierto otro problema mucho más fundamental: las limitaciones del análisis de política energética como fundamento para la toma de decisiones en respuesta a crisis como la que enfrentamos actualmente, en especial cuando se superponen varias crisis.
Para empezar, ningún análisis serio publicado antes de la invasión de Ucrania ordenada por el presidente ruso Vladimir Putin podía imaginar que Rusia cortaría totalmente el suministro de gas a la Unión Europea. Se consideraba prácticamente imposible que la UE pudiese poner fin a las importaciones de gas ruso. Por ejemplo, la Red Europea de Operadores de Sistemas de Transmisión de Gas (ENTSOG, por sus siglas en inglés), encargada de las pruebas de tensión de la red de gas europea, nunca llegó a plantearse esta posibilidad. En las últimas pruebas de tensión realizadas, la ENTSOG plantea qué ocurriría si el gas ruso dejase de circular por Belarús o Ucrania. Que no hubiese gas ruso no formaba parte del conjunto de escenarios del modelo. Un contexto tal era inimaginable, o tan radical que contradecía todas las pruebas de tensión, porque la presión para el sistema sería sencillamente excesiva.
En esos momentos, los modelos económicos presentaban limitaciones similares. Un análisis muy citado, realizado por economistas del Banco Central Europeo, lleva por título “La dependencia del gas natural y los riesgos para la actividad europea”. Su principal conclusión: un shock de la oferta de gas del 10% provocaría una caída del 0,7% del PIB en la zona del euro. ¿Y cuál sería el sector más afectado? El de suministro de electricidad, gas, vapor y aire acondicionado, el que más depende del gas como insumo directo. Así, el producto del sector caería casi un 10% a causa del shock de oferta de gas del 10%. A primera vista, esta conclusión parece razonable. La metodología, basada en métodos insumo-producto estándar, es sólida. El problema es la naturaleza estática del análisis, así como el sesgo de statu quo que provoca.
Costos y beneficios
Las bombas de calor representan una de las tecnologías energéticas bajas en emisiones de carbono más prometedoras. Permiten sustituir las calderas de aceite y gas, con una eficiencia mucho mayor. De hecho, las bombas de calor son tan eficientes que incluso si toda la electricidad se obtuviese del gas natural, las emisiones resultantes serían inferiores a las que provocaría la quema directa de gas en calderas de gas domésticas. Básicamente, las bombas de calor son aires acondicionados invertidos. Así pues, ¿por qué tendría que sufrir el sector del aire acondicionado, si hay menos gas? La demanda de bombas de calor se dispararía, algo que ya se observa en toda Europa actualmente, y la cadena de suministro, ya atascada, no haría sino aumentar la presión inflacionaria.