La complejidad de los criptoactivos surge de los intentos de descentralización: al distribuir el poder y la gobernanza en el sistema, en teoría no se necesitarían intermediarios confiables como instituciones financieras. Esa fue la premisa del documento técnico inicial del bitcoin, el cual ofrecía una solución criptográfica concebida para permitir el envío de pagos sin la participación de instituciones financieras u otro intermediario de confianza. Sin embargo, en muy poco tiempo el bitcoin pasó a ser centralizado y hoy en día depende de un grupo pequeño de desarrolladores de software y grupos de minería para funcionar. Como observó Tim O’Reilly, pionero de Internet y editor, “La cadena de bloque resultó ser la recentralización más rápida que he visto en mi vida de una tecnología descentralizada”. Si bien la promesa de descentralización del bitcoin no se cumplió, la complejidad subyacente de la tecnología que intentó tal cometido persiste, lo que también sucede con los criptoactivos en general.
Durante la primavera y el verano de 2022, otros participantes de criptoactivos supuestamente descentralizados se desplomaron y quebraron, y al hacerlo, quedó sobradamente claro que había intermediarios tomando decisiones. Una moneda estable es un tipo de criptoactivo diseñado para mantener un valor estable; así, cuando la moneda estable Terra perdió su vinculación con el dólar en mayo de 2022, los tenedores recurrieron a las publicaciones del fundador Do Kwon en Twitter en busca de orientación. Antes de quebrar, Terra recibió un intento de rescate a través de un paquete de criptopréstamos concedido por una entidad sin fines de lucro constituida por Kwon. Los criptoactivos dados en préstamo supuestamente se utilizaron para permitir que algunos de los tenedores más grandes de Terra, comúnmente denominados “ballenas”, rescataran sus monedas estables Terra a un valor cercano al nominal, en tanto los inversionistas más pequeños perdieron prácticamente toda la inversión. Durante la turbulencia que generó la quiebra de Terra en el mercado de criptoactivos, varios episodios pusieron de manifiesto el poder de los fundadores y las ballenas en las plataformas que eran ostensiblemente administradas por organizaciones autónomas descentralizadas. Muchos promotores de criptoactivos no tardaron en criticar las plataformas afectadas, aduciendo que estas nunca fueron realmente descentralizadas y que solo las “verdaderamente descentralizadas” merecían sobrevivir. Sin embargo, todos los criptoactivos están centralizados, en un mayor o menor nivel.
“La ilusión de la descentralización”
Los derechos de voto en organizaciones autónomas descentralizadas y la riqueza tienden a la concentración en los criptoactivos, incluso más que en el sistema financiero tradicional. Además, la tecnología de cadena de bloque descentralizada no puede gestionar grandes volúmenes de transacciones de manera eficiente y no permite la anulación de transacciones; parece así inevitable que surjan intermediarios que simplifiquen los engorrosos servicios descentralizados para los usuarios (en especial, porque hacerlo es rentable). Sin escatimar palabras, los economistas del Banco de Pagos Internacionales concluyeron que hay una “ilusión de descentralización” que “obedece a la necesidad ineludible de una gobernanza centralizada y a la tendencia de los mecanismos de consenso de la cadena de bloque a concentrar el poder”. Y, por supuesto, muchas de las criptoempresas que han surgido en los últimos 10 años no tienen pretensiones de descentralización: a modo de ejemplo, las bolsas centralizadas, los proveedores de monederos y los emisores de monedas estables son todos participantes fundamentales del ecosistema de los criptoactivos. Muchos de estos intermediarios no son más que el equivalente (a menudo no sujetos a regulación) de lo que ya existe en las finanzas tradicionales.
Así pues, los usuarios de criptoactivos siempre tendrán que confiar en la gente. Esta gente no es menos ambiciosa o parcial que cualquier otra, pero la mayoría no está sujeta a regulación (en ocasiones ni siquiera se la identifica) y, en ausencia de normas para la protección del consumidor, la afirmación que hace la industria de criptoactivos para propiciar la inclusión financiera adquiere un tinte más alarmante. Sin duda, el ecosistema de los criptoactivos está plagado de trampas y estafas que se alimentan de usuarios pero, lo que es más importante aún, el valor de los criptoactivos depende totalmente de la demanda porque no hay capacidad productiva detrás de ellos y, por lo tanto, los fundadores y los primeros inversionistas pueden beneficiarse solo si encuentran nuevos inversionistas a quienes venderles. Si recurren a las poblaciones tradicionalmente subatendidas para crear ese mercado, entonces los miembros más vulnerables de la sociedad —en economías desarrolladas y en desarrollo— podrían pagar los platos rotos.
Aun si el mercado de criptoactivos fuera de algún modo sostenible, existen muchas razones para dudar de que los criptoactivos puedan democratizar las finanzas. Por ejemplo, las plataformas de criptopréstamos exigen montos significativos de criptogarantías antes de conceder préstamos, de modo que, para empezar, estas no serán de ayuda para quienes carecen de activos financieros. Y si bien las monedas estables suelen ser publicitadas como un mejor mecanismo de pago para las poblaciones subatendidas, el Foro Económico Mundial concluyó que “tal como se emplean actualmente, las monedas estables no generarían beneficios convincentes en materia de inclusión financiera distintos de los que ya ofrecen las opciones existentes”.
Resolver las falencias de las finanzas
Sin duda, la inclusión financiera es un problema real y acuciante, y también hay muchos otros problemas con las finanzas tradicionales que deben resolverse. En parte, la razón por la que las criptoempresas, los inversionistas de capital de riesgo y los grupos de presión han logrado imponer los criptoactivos es por la acusación muy clara y contundente que hacen a nuestro sistema financiero actual. Efectivamente, los bancos más grandes tuvieron un desempeño paupérrimo antes de 2008 (y algunos aún lo tienen); son muchas las personas subatendidas por el sistema financiero actual; en Estados Unidos, en particular, el procesamiento de los pagos es demasiado lento.