Imaginemos que a un trabajador a punto de ser reemplazado por un robot se le dijera: “Alégrate, tu trastataranieto se beneficiará de estos avances tecnológicos. Lamentablemente, tú y tus hijos y sus hijos atravesarán tiempos difíciles, pero no actúes como un ludita egoísta oponiéndote a la prosperidad futura”. Eso es esencialmente lo que les ocurrió a los obreros textiles en las primeras décadas de la Revolución Industrial, según exponen Daron Acemoglu y Simon Johnson, en Poder y progreso. El uso de nuevas tecnologías y máquinas “no elevó los ingresos de los trabajadores durante casi cien años”, escriben. “Por el contrario, como los mismos trabajadores textiles perfectamente comprendieron, las horas de trabajo se alargaron y las condiciones eran horribles, tanto en la fábrica como en las ciudades superpobladas”. Los mineros del carbón, entre ellos niños, trabajaban en condiciones aún más deplorables.
La Revolución de la Información está avanzando en una trayectoria similar a la de las primeras décadas de la Revolución Industrial, sostienen Acemoglu y Johnson. Desde 1980, las fuerzas gemelas de globalización y automatización nos han traído una espectacular variedad de nuevos productos, algo posibilitado en parte por la introducción de cadenas de suministro mundial. Las dos fuerzas “han sido sinérgicas, impulsadas ambas por el mismo afán de reducir los costos laborales y marginar a los trabajadores”. Como resultado, los trabajadores —en especial los de baja calificación en las economías avanzadas— no han participado en la prosperidad, surgiendo así sociedades de dos niveles. En Estados Unidos, por ejemplo, “el salario real de la mayoría de los trabajadores apenas ha aumentado” desde 1980. Solo la mitad de los niños estadounidenses nacidos en 1984 ganan más que sus progenitores, en comparación con 90% de los nacidos en 1940. Las condiciones laborales pueden no ser tan deplorables como durante la Revolución Industrial, pero aun así la falta de oportunidades ha empujado a muchos a lo que Anne Case y Angus Deaton denominan “muertes por desesperación”. En muchos países, la participación del trabajo en el ingreso nacional ha caído, con un correspondiente aumento de la participación del capital.