Cambio geoestratégico
China es ahora el mayor socio energético de Arabia Saudita y sus inversiones en el Reino superan a las de todos los demás países. Sus lazos económicos con otros países del golfo e Irán, Iraq, Egipto y Pakistán también se están estrechando. China ha invertido más de USD 56.000 millones en Pakistán en el marco de su Iniciativa de la Franja y la Ruta y está estudiando la posibilidad de realizar inversiones similares en comercio e infraestructura en Irán. Para China, el Gran Oriente Medio es una parte fundamental de su visión de Eurasia, la masa continental que conectaría la economía de China con Europa.
El oeste de China limita con el Gran Oriente Medio, una región de importancia estratégica, especialmente conforme la propia producción económica nacional china se desplaza hacia el oeste desde sus costas orientales del Pacífico. China está ávida de los vastos recursos energéticos de la región, pero también de su potencial como corredor de tránsito que podría equilibrar la actual dependencia china de los océanos Índico y Pacífico y los cada vez más conflictivos puntos de acceso marítimo en el sudeste asiático y el Mar de China meridional. La península arábiga es vital para el comercio de Asia oriental con África y Europa, e Irán y Pakistán son corredores únicos que conectan Europa por un lado y el mar Arábigo por otro con China a través de Asia central o por tierra hasta Xinjiang.
Al igual que Estados Unidos ha desviado su mirada de Oriente Medio hacia Asia, China está mirando hacia Oriente Medio. Este cruce de intereses de las principales grandes potencias mundiales constituye el cambio más significativo en la geopolítica de Oriente Medio de las últimas décadas. El aumento de la implicación de China tendrá repercusiones económicas y, como demuestra el papel de Beijing en la normalización del vínculo entre Irán y Arabia Saudita, también contribuirá a crear un clima de mayor interdependencia económica en la región.
La guerra de Rusia en Ucrania también ha reforzado este cambio geoestratégico. Rusia ya estaba profundamente implicada en Oriente Medio a través de su intervención en la guerra civil de Siria y su pacto de producción de petróleo con Arabia Saudita y la Organización de Países Exportadores de Petróleo. La guerra ha reducido la presencia rusa en Siria, pero ha estrechado sus lazos con Irán. Esos lazos son más evidentes en el ámbito militar, ya que los aviones no tripulados y las municiones iraníes han contribuido al asalto de Rusia contra Ucrania. Sin embargo, la dependencia rusa de Irán va más allá de los suministros militares. Moscú recurre cada vez más al corredor de tránsito que se extiende desde el puerto de Astracán, en el mar Caspio, a través de Irán, hasta el puerto de Chabahar, en el mar Arábigo, para comerciar con el mundo. El creciente comercio ruso ha sido importante para la economía iraní, carente de fondos, pero también ha conectado a Irán con las ciudades portuarias de la orilla sur del golfo Pérsico, que forman parte de la emergente red comercial rusa.
Nuevos gasoductos
La misma dinámica se está produciendo en el Norte de África y el Levante, esta vez impulsada por la reacción de Europa ante la agresión rusa. A medida que vaya prescindiendo del petróleo y el gas natural de Rusia, Europa dependerá inevitablemente cada vez más de las importaciones de energía del Norte de África, Oriente Medio, el Cáucaso y Asia Central. Esto afectará sobre todo a Argelia y Egipto, los productores de gas natural de la región. Sin embargo, a un nivel más amplio, sus repercusiones para la integración económica en todo el Mediterráneo beneficiarán a Marruecos y Túnez, que se han mantenido a la vanguardia de las cadenas de suministro que abastecen a las economías europeas. La conectividad energética está dando lugar a planes para construir una red de gasoductos que conecten el petróleo y el gas natural de estas fuentes con Europa. Türkiye se ve como futuro centro de tránsito de la energía procedente del sur y el este hacia Europa en el oeste. Arabia Saudita y Qatar están considerando la posibilidad de construir gasoductos que lleven su propio petróleo y gas natural, así como el de Iraq, hasta ese centro turco.
Estos planes dependen de la resolución de los conflictos en y entre los países a lo largo del camino. A su vez, el interés económico fomentaría el interés en el mantenimiento de la paz. Quizá sea un objetivo lejano, pero no imposible de alcanzar. En noviembre de 2022, Israel y Líbano (con la aprobación de Hizbulá) firmaron un acuerdo histórico que fijaba sus fronteras en el Mediterráneo, un requisito previo necesario para la explotación de sus respectivos yacimientos de gas natural. Estados Unidos ayudó a negociar ese acuerdo y, en reconocimiento de las tendencias emergentes, espera reemplazar su propio viejo orden en la región con uno que conecte India con el golfo Pérsico e Israel a través de una red de puertos, carreteras y ferrocarriles. En parte, la visión de Estados Unidos tiene por objeto contener a Irán y China. Sin embargo, en la medida en que se base en vínculos económicos, también confirmará la nueva realidad geopolítica de la región.
Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, las rivalidades entre las grandes potencias determinarán el futuro del Gran Oriente Medio. Sin embargo, en este caso están trabajando para unir económicamente a los países en lugar de separarlos. Esto creará nuevas posibilidades en la región.