Justo cuando la incertidumbre relacionada con la pandemia de la COVID-19 estaba despejándose, Rusia invadió Ucrania. La incertidumbre persistió, y se trasladó de la pandemia a la guerra, afectando a todos los países pero de distinta manera. Las tasas de inflación superiores a las metas fijadas y las sorpresas inflacionarias han ayudado a reducir las relaciones deuda/PIB pero este alivio suele ser pasajero. La fuerte incertidumbre y las pronunciadas divergencias entre los países requieren una política de respuesta fiscal ágil y adaptada a las circunstancias que pueda ajustarse a medida que se tenga una idea más clara de las perspectivas. La política fiscal tendrá que dejar de centrarse en las políticas excepcionales relacionadas con la pandemia a medida que los bancos centrales aumenten las tasas de interés para luchar contra la inflación. Las economías de mercados emergentes y en desarrollo que son importadores netos de energía y alimentos serán los más golpeados por los efectos de los elevados precios internacionales. La pandemia ha dejado cicatrices en muchos de estos países, que tienen un limitado margen de maniobra fiscal para hacer frente a nuevas presiones de gasto. El gobierno debería centrarse en los grupos más afectados por la crisis y en los ámbitos prioritarios. Es más urgente que nunca afianzar la resiliencia mediante la inversión en seguridad sanitaria, alimentaria y energética de fuentes más limpias. La cooperación internacional para lograr estos objetivos es más importante que nunca