Tras más de tres meses de guerra en Oriente Medio, la economía mundial parece estar resistiendo. Los precios de las materias primas, la inflación y las expectativas inflacionarias y las condiciones financieras se han visto afectadas, pero sin que se vislumbre una desaceleración mundial. Y en las dos mayores economías del mundo, China y Estados Unidos, se observa un fuerte ímpetu económico.
Pero este panorama mundial en general resiliente oculta importantes disparidades. Incluso entre las economías avanzadas, algunas naciones y comunidades se han visto más afectadas que otras. Y en África, los efectos negativos son más notorios. Mientras tanto, la incertidumbre y los riesgos permanecen en niveles elevados debido al cierre prolongado del estrecho de Ormuz y los daños sufridos por las infraestructuras de Oriente Medio a causa de los combates.
El 8 de julio analizaremos el nuevo panorama en la actualización de las Perspectivas de la economía mundial (informe WEO).
Al inicio del conflicto, nuestra preocupación inmediata era el impacto en los precios de la energía y las repercusiones en la inflación, que han sido considerables: los precios del petróleo son un [30]% más altos que antes de la guerra. Ese nivel, sin embargo, es inferior al observado en las primeras etapas del conflicto, a pesar del prolongado cierre del estrecho.
Algunos países, como China, han podido —al menos por ahora— amortiguar el golpe gracias a sus abundantes reservas de petróleo. Esto también ha ayudado a aliviar las presiones sobre la demanda en Asia, continente que de otro modo se ha visto muy afectado. El aumento de la producción y el uso de refinerías fuera del Golfo no han bastado para neutralizar la crisis, pero sí han moderado el alza de los precios del petróleo. Además, las medidas adoptadas para contener la demanda o limitar el traspaso a los precios han logrado mitigar el impacto hasta ahora. Pero aun así, los países no pueden solventar los costos presupuestarios más altos y las mayores necesidades de financiamiento externo de forma indefinida.
En muchas economías, el alza de los precios del petróleo está contribuyendo a un repunte de la inflación general. Aunque eso es preocupante, también hay que considerar otros factores. Vale la pena preguntarse si las personas y las empresas prevén una erosión más persistente de su poder adquisitivo, y en tal sentido las expectativas a mediano plazo están en general bien ancladas. Esto denota que hay confianza en el compromiso de los bancos centrales con la estabilidad de precios.

Los mercados financieros también han mostrado resiliencia. Los rendimientos de los bonos públicos han subido notablemente desde el inicio de la guerra, pero los activos de riesgo se han recuperado gracias a las sólidas ganancias, y no hay mayores indicios de una fuga generalizada hacia activos de calidad. Desde una perspectiva histórica, las condiciones financieras siguen siendo favorables.
La tecnología es otro aspecto positivo. Las fuertes inversiones en el sector tecnológico —especialmente en inteligencia artificial y centros de datos— han sido un motor indiscutible en los países donde el dinamismo económico no ha desfallecido. Estados Unidos se está beneficiando de este auge tecnológico mundial, al igual que las economías asiáticas, que han registrado un aumento de sus exportaciones tecnológicas. Pero la mayoría de los países aún no han sentido el impacto de la tecnología en la productividad y el crecimiento, y eso genera inquietudes acerca de un aumento de la divergencia económica.
En resumen, la resiliencia económica combinada y los avances tecnológicos han ayudado a amortiguar el impacto del shock del suministro de energía en el crecimiento a nivel mundial, incluso con destellos positivos en algunas regiones. Sin embargo, hay países que se ven más afectados, y eso depende en gran medida de su situación geográfica, su grado de dependencia energética y el margen de maniobra del que disponen para aplicar políticas.
En cuanto a las repercusiones de la guerra, la proximidad es un factor decisivo. Los países exportadores de petróleo de la región del Golfo que están directamente afectados por la guerra se enfrentan a fuertes recortes del crecimiento este año, y cinco de los ocho países registrarán contracciones en términos absolutos.
En el caso de Europa, que depende mucho del petróleo y el gas importados, la subida de los precios de la energía traba el crecimiento y ejerce una presión al alza sobre la inflación, lo que ha llevado al Banco Central Europeo (BCE) a subir recientemente las tasas de interés.
Las economías de los mercados emergentes de Asia también se están llevando la peor parte, debido a la intensidad relativamente mayor de consumo de petróleo y gas en las economías de la región. Se enfrentan a unos precios de expendio de la gasolina que han subido un 40% desde que comenzó la guerra, al tiempo que el aumento de los rendimientos de los bonos públicos, la depreciación de la moneda y las presiones de la salida de capitales han agravado los costos del shock.
Pero los países más golpeados son aquellos que dependen fuertemente de las importaciones de energía y además disponen de un escaso margen de maniobra para aplicar políticas.
La tensión se nota sobre todo en África, donde confluyen muchos de estos factores. En los países de la región que dependen mucho de las importaciones, el aumento de los costos está empeorando los saldos externos y agudizando las presiones presupuestarias, y por ende las necesidades de financiamiento.

Varios países africanos han estado bregando con la escasez de combustible —entre ellos, Etiopía, Malawi y Zambia— y la mayoría están sufriendo las consecuencias de las fuertes alzas de los precios del combustible. En países como Lesotho, Rwanda y Tanzanía, los precios de la gasolina han subido aproximadamente la mitad desde el estallido de la guerra.
La carestía de la energía también ha elevado los costos de los fertilizantes y los alimentos, lo cual agrava el riesgo de inseguridad alimentaria. Si las perturbaciones persisten, los agricultores de muchos países de ingreso bajo podrían atravesar dificultades. Esto, a su vez, podría azuzar aún más la inflación en los próximos meses.
Como ya hemos dicho, mucho depende de la duración y la intensidad del shock del suministro de energía. Cuanto más pronto se resuelva, mejor —sobre todo porque el abastecimiento tardará en recuperarse debido a los importantes daños sufridos por las infraestructuras—, y el anuncio del alto el fuego del domingo es una buena noticia. Pero un agravamiento del conflicto o de las perturbaciones supondría un claro riesgo para el crecimiento mundial.
Esta continua y elevada incertidumbre destaca la necesidad de que todas las autoridades actúen con agilidad y disciplina. Es fundamental preservar la estabilidad de los precios. Algunos bancos centrales ya han comenzado a adoptar orientaciones restrictivas para mantener ancladas las expectativas de inflación.
Como los costos de financiamiento están subiendo, la disciplina presupuestaria es igualmente importante. Los topes de precios, los subsidios y otras intervenciones similares quizá sean populares, pero resultan costosos. Las respuestas fiscales deben ser focalizadas y temporales, y deben preservar las señales de precios y estar debidamente secuenciadas de modo que protejan a los más vulnerables sin socavar las finanzas públicas.
Esto cobra aún más importancia si se tiene en cuenta la necesidad de asumir los costos fiscales que permiten garantizar que el crecimiento impulsado por la inteligencia artificial se traduzca en una prosperidad compartida. Esto comprende tanto los costos fiscales que se han de sufragar para hacer frente a las nuevas vulnerabilidades como la inversión en recursos tecnológicos y humanos para garantizar que las economías emergentes y en desarrollo no queden rezagadas.
Aunque es mucho lo que los países miembros pueden hacer para amortiguar el impacto de la guerra, no deberían tener que hacerlo solos. El FMI mantiene su compromiso de siempre para ayudar a los países miembros a atravesar este período de elevada incertidumbre. Como los efectos varían según los países y las regiones, nuestro apoyo se adapta a las necesidades específicas de nuestros países miembros.
Por ahora, la mayoría de los países están solicitando orientaciones claras y francas en materia de políticas. Y nosotros hemos respondido como corresponde, con asesoramiento sobre políticas y fortalecimiento de las capacidades acordes con las circunstancias. Los riesgos aún no han desaparecido, pero adoptar las políticas adecuadas contribuirá a aliviar en cierta medida la situación.
En el caso de los países que sí necesitan ayuda financiera, estamos intensificando nuestros esfuerzos. Estamos trabajando con varios países y pronto presentaremos al Directorio Ejecutivo propuestas para modificar programas existentes en respuesta al shock. Gambia ha solicitado una ampliación y una prórroga de su programa. Burkina Faso ha alcanzado un acuerdo a nivel de personal sobre un aumento de recursos para hacer frente a las mayores necesidades de financiamiento externo. En Etiopía, nuestra intención es adelantar el financiamiento a este año, mientras que en Malawi hemos iniciado conversaciones sobre un nuevo programa. Bangladesh también ha solicitado un nuevo programa.
El hecho de que, hasta ahora, la economía mundial esté resistiendo el impacto es algo que da tranquilidad, pero no debe llevar a la complacencia. El FMI permanece en estado de máxima alerta. Además, somos muy conscientes de los perjuicios económicos que algunos de nuestros países miembros ya están sufriendo. Arrimaremos el hombro para ayudarlos a capear el shock y limitar las secuelas negativas, sobre todo en los vulnerables. Nuestro compromiso con los países miembros es inquebrantable.