Gobernador, distinguidos invitados, señoras y señores: ¡Buenos días!
Gracias, Mark [Carney], por tan amable presentación, y gracias al Banco de
Inglaterra por invitarme a este maravilloso evento.
Es un momento de celebración.
Veinte años de independencia durante los cuales el Banco de Inglaterra ha
sido una fuerza estabilizadora para la economía británica y fuente de
inspiración para otros bancos centrales del mundo, en gran medida gracias a
tu liderazgo, Mark.
Este es también un momento para aprender de nuestras experiencias,
apoyarnos en los avances logrados hasta el momento, y mirar hacia el futuro
—a los próximos 20 años— ya que este viaje continúa.
Esta mañana recorrí Fleet Street, lo que siempre se siente como un viaje
por la historia. En la Edad Media, esa calle era un importante centro de
comercio, gran parte del cual hoy día se encuentra en línea. En el siglo
XIX, esa calle fue cuna de las máquinas de teletipos y de reporteros que
corrían de un lado a otro para publicar los periódicos vespertinos. También
ese mundo se ha mudado esencialmente a los medios electrónicos.
Y mucho ha cambiado para los banqueros y las autoridades económicas en la
ciudad de Londres. Pero eso es solo el comienzo. Adelantemos las agujas delBig Ben hacia 2040 para echar una mirada a su mundo. Posiblemente nos encontremos con el siguiente panorama:
-
Los automóviles han desaparecido, ya que las personas se desplazan
en drones o “cápsulas” que, con mucha elegancia, se eluden en la
hora pico de la mañana.
-
Una de esas cápsulas transporta a la gobernadora del banco central,
quien recientemente comenzó su segundo mandato. Parte de su rutina
matinal consiste en deslizar un holograma de noticias en video
seleccionadas por un asistente digital, antes de llegar a
Threadneedle Street.
-
La gobernadora desembarca, camina hacia la fachada columnaria, abre
la puerta y…
¿A quién encuentra dentro del edificio? ¿Hay economistas sentados en
escritorios, debatiendo opciones de política monetaria alrededor de una
mesa? ¿O hay una máquina inteligente que toma las decisiones, fija las
tasas de interés y emite dinero?
En otras palabras,
¿cómo habrá la tecnología financiera de cambiar los bancos centrales en
la próxima generación?
Ese es el eje de mi alocución el día de hoy.
Quisiera considerar el posible impacto de tres innovaciones:
las monedas virtuales, los nuevos modelos de intermediación financiera
y la inteligencia artificial.
Algunas de estas innovaciones ya forman parte de nuestras billeteras,
teléfonos inteligentes y sistemas financieros. Pero esto es solo el
comienzo.
¿Están dispuestos a subirse a mi cápsula y explorar el mundo juntos? Como
una londinense muy conocida —Mary Poppins— hubiese dicho: ¡pongamos una
pizca de imaginación!
1. Monedas virtuales
Comencemos por las monedas virtuales. Para clarificar este
punto, no se trata de pagos digitales en monedas existentes, a
través de Paypal y otros proveedores de “dinero electrónico” tales como
Alipay en China, o M-Pesa en Kenya.
Las monedas virtuales constituyen una categoría diferente, pues ofrecen su
propia unidad de cuenta y sistemas de pagos. Estos sistemas permiten
transacciones entre pares sin cámaras centrales de compensación, sin bancos centrales.
Por el momento, las monedas virtuales tales como el Bitcoin plantean pocas
dificultades, si acaso alguna, al orden existente de monedas de curso legal
y a los bancos centrales. ¿Por qué? Porque son demasiado volátiles,
demasiado riesgosas, requieren demasiada energía, y porque las tecnologías
subyacentes aún no son escalables. Muchas son demasiado confusas para los
reguladores; y algunas han sido objeto de piratería informática.
Pero muchas plantean dificultades eminentemente tecnológicas que
podrían resolverse con el tiempo. No hace mucho, algunos expertos sostenían
que nunca se adoptarían las computadoras personales, y que las tabletas
solo se utilizarían como costosas bandejas para servir café. Por ello,
considero que puede no ser acertado descartar las monedas virtuales.
¿Mejores condiciones?
Pensemos, por ejemplo, en países con instituciones débiles y monedas
nacionales inestables. En lugar de adoptar la divisa de otro país —como el
dólar de EE.UU.— algunas de esas economías podrían experimentar una
utilización cada vez mayor de las monedas virtuales. La llamaremos
dolarización 2.0.
La experiencia del FMI indica que existe un punto crítico más allá del cual
la coordinación en torno a una nueva moneda es exponencial. En Seychelles,
por ejemplo, la dolarización pasó de un 20% en 2006 a un 60% en 2008.
Ahora bien, ¿por qué podrían los ciudadanos de un país tener monedas
virtuales en lugar de billetes físicos de dólares, euros o libras? Porque
algún día podría ser más fácil y más seguro que obtener
billetes, especialmente en regiones alejadas. Y porque las monedas
virtuales podrían efectivamente llegar a ser más estables.
Por ejemplo, podrían emitirse en una paridad de 1 a 1 con el dólar, o con
una cesta estable de divisas. La emisión podría ser totalmente
transparente, regida por una norma creíble, predefinida, un algoritmo que
pudiera ser monitorizado… o incluso una “norma inteligente” que pudiera
reflejar los cambios de las circunstancias macroeconómicas.
Así pues, en muchos sentidos, las monedas virtuales podrían llegar a
competir con las monedas existentes y la política monetaria. La mejor
respuesta de los bancos centrales consiste en continuar ejecutando una
política monetaria efectiva, y estar abiertos a nuevas ideas y
necesidades, a medida que vayan evolucionando las economías.
¿Mejores servicios de pago?
Por ejemplo, pensemos en la creciente demanda de nuevos servicios de pago en países donde la economía de
servicios descentralizados compartidos está despegando.
Se trata de una economía basada en transacciones entre pares, pagos
frecuentes de poca cuantía, a menudo transfronterizos.
Cuatro dólares por dar consejos de jardinería a una mujer en Nueva Zelanda;
tres euros por la traducción de un poema japonés, y ochenta peniques por
una imagen virtual de Fleet Street: estos pagos pueden realizarse
con tarjetas de crédito y otras formas de dinero electrónico. Pero los
cargos son relativamente elevados para las transacciones de poco valor,
especialmente cuando son transfronterizas.
Sin embargo, un buen día los ciudadanos tal vez preferirán las monedas
virtuales, puesto que pueden ofrecer el mismo costo y conveniencia que el
efectivo; sin riesgos de liquidación, sin demoras en la compensación, sin
registro centralizado, ni intermediarios que corroboren cuentas e
identidades. Si las monedas virtuales de emisores privados siguen siendo
riesgosas e inestables, los ciudadanos podrían incluso instar a los bancos centrales a proporcionar estas formas
digitales de moneda de curso legal.
Ahora bien, cuando la nueva economía de servicios llame a la puerta del
Banco de Inglaterra, ¿la dejarán entrar? ¿Le ofrecerán té y liquidez financiera?
2. Nuevos modelos de intermediación financiera
Esto nos lleva a la segunda parte de nuestro viaje en cápsula: los nuevos
modelos de intermediación financiera.
Una posibilidad consiste en dividir, o desagregar, los servicios bancarios.
En el futuro, podríamos mantener saldos mínimos para el pago de servicios
en las billeteras electrónicas.
Los saldos remanentes podrían mantenerse en fondos mutuos, o invertirse en
plataformas para la concesión de préstamos entre pares con la ventaja de
gran cantidad de datos e inteligencia artificial para el proceso de
calificación automática de crédito.
Este mundo se caracteriza por ciclos de desarrollo de productos de seis
meses y actualizaciones constantes, esencialmente de software, con un
enorme valor agregado en las interfaces de usuario simples y seguridad
fiable. Un mundo donde los datos son lo más importante. Un mundo de muchos nuevos participantes que no necesitan complejas redes de
sucursales.
Podría argumentarse que esto viene a cuestionar el modelo bancario
fraccional que conocemos hoy día, si hay menos depósitos bancarios y el
dinero fluye en la economía a través de nuevos canales.
¿Cómo se formularía la política monetaria en este contexto?
Los bancos centrales de hoy repercuten a menudo en los precios de los
activos a través de operadores primarios, o grandes bancos, a quienes les
proporcionan liquidez a precios fijos: las denominadas operaciones de
mercado abierto. Pero si estos bancos perdieran importancia en el nuevo
mundo financiero, y disminuyera la demanda de balances de bancos centrales,
¿podría el mecanismo de transmisión de la política monetaria seguir siendo
eficaz?
En todo caso, los bancos centrales bien podrían tener que aumentar la
cantidad de contrapartes de sus operaciones. El Banco de Inglaterra ya está
abriendo el camino al incluir a grandes operadores de bolsa y cámaras
centrales de compensación de contrapartes.
Todo esto, por supuesto, tiene consecuencias regulatorias. Más contrapartes
suponen más firmas que quedan comprendidas bajo el paraguas regulatorio del
banco central: el precio que hay que pagar por tener liquidez en un día
lluvioso. La pregunta que queda abierta es si el futuro habrá de deparar
más o menos precipitaciones. Sin embargo, urge mejorar el marco regulatorio
de los bancos informales. El Consejo de Estabilidad Financiera (CEF) ya ha
avanzado en esta área bajo tu liderazgo, Mark.
Las competencias de los bancos centrales aumentarán, y con ellas, quizás,
el examen de la opinión pública y las presiones políticas. La independencia
—al menos para fijar la política monetaria— requerirá más defensas y una
comunicación aún más clara.
También es posible que veamos un cambio en las prácticas regulatorias.
Tradicionalmente, los reguladores se han centrado en supervisar entidades
bien definidas. Pero con la incorporación de nuevos proveedores de
servicios con nuevas formas y características, posiblemente no sea tan
fácil encuadrarlos en grupos. Pensemos en una empresa de redes sociales que
ofrece servicios de pago sin administrar un balance activo. ¿Qué nombre
deberíamos darle?
Todo esto es bueno para los abogados, pero no tanto para los reguladores.
Los reguladores posiblemente tendrán que ampliar su ámbito de actuación, de entidades financieras a actividades financieras, al
tiempo que posiblemente se vuelvan expertos en evaluar la solvencia y
seguridad de los algoritmos. Más fácil decirlo que hacerlo.
La cooperación es fundamental
Para simplificar las cosas —al menos un poco— se debe dialogar. Entre
reguladores expertos y aquellos que recién están comenzando a dominar la
tecnología financiera. Entre los responsables de políticas, inversores y
servicios financieros. Y entre los países.
Traspasar fronteras será crucial al ampliar el ámbito de actuación de los
marcos regulatorios: de entidades nacionales a actividades sin frontera, de la sucursal de su banco local a transacciones
globales con cifrado cuántico.
El FMI, que agrupa 189 países miembros, es una plataforma ideal
para estos debates. La tecnología no conoce fronteras: ¿qué es país de
origen y qué es país de acogida? ¿Cómo podemos evitar un arbitraje
regulatorio y una competencia en la que todos pierden? Esto tiene que ver
con el mandato del FMI de afianzar la estabilidad económica y financiera, y
con la seguridad de nuestros pagos globales y la infraestructura
financiera.
Es mucho lo que hay en juego, y los beneficios de la cooperación son
abundantes. No queremos agujeros en la red de seguridad financiera global,
por mucho que se expanda y reconfigure.
Estoy convencida de que el FMI tiene un papel importante en este sentido.
Pero el Fondo también tendrá que estar abierto al cambio, desde incorporar
nuevas partes a la mesa de negociación, hasta considerar qué función
tendría la versión digital de los DEG.
En otras palabras, el FMI acepta subirse a la cápsula.
3. Inteligencia artificial
Esto nos lleva a la tercera y última parte: el efecto transformador de la
inteligencia artificial.
¿Será posible acaso que en 2040 nuestro gobernador ingrese al Banco para
sacar lustre a una máquina de política monetaria? ¿Será que tu predicción,
Andy [Haldane], de que 15 millones de puestos de trabajo se automatizarán
en el Reino Unido y esto habrá de afectar al Banco y a sus prestigiosos
funcionarios?
Una cosa es indudable: siempre tenemos más datos. Algunas estimaciones
sugieren que el 90% de los datos de los que disponemos hoy fueron generados
en los últimos dos años
[1]
. No se trata simplemente de información sobre el producto, el desempleo y
los precios, sino también de datos subjetivos sobre las excentricidades e
irracionalidades del homo economicus.
Gracias a los teléfonos inteligentes y a Internet, estos datos son hoy
abundantes, generalizados y cada vez más valiosos al conectarlos con la
inteligencia artificial.
La inteligencia artificial está avanzando a pasos agigantados. En el último
año, algunos de los mejores jugadores mundiales de Go, el antiguo juego de
mesa, han perdido con una computadora programada para autoaprendizaje.
Muchos creían que supuestamente faltaban décadas para que llegara ese día.
La máquina aprendió tácticas, reconoció patrones y optimizó el juego: mejor
de lo que podríamos haberlo hecho nosotros.
A todas luces, la economía es un universo mucho más complejo que un juego
de Go. Pero en la próxima generación las máquinas seguramente tendrán mayor
protagonismo, asistiendo a los responsables de la formulación de políticas,
ofreciendo previsiones en tiempo real, detectando burbujas e identificando
lazos macrofinancieros complejos.
Pero les aseguro que los seres humanos seguirán siendo necesarios.
En primer lugar, hay una inmensa incertidumbre en torno a la economía. Es
preciso detectar los cambios en las relaciones económicas y evaluar los
riesgos. Los criterios y cuestionamientos constantes de los pares, la
diversidad de opiniones, e incluso algunos espíritus heterodoxos, seguirán
siendo necesarios para una política eficiente. Pero, ¿qué sucedería si la
máquina también pudiera cumplir esas funciones?
Otra cuestión es la comunicación. Una política monetaria eficaz, tal como
la conocemos, tiene que ver con transmitir un relato. La política es eficaz
si puede ser explicada claramente, de modo que el público pueda formarse
expectativas sobre la política futura. ¿Podrían las máquinas realmente
explicar sus decisiones en un lenguaje sencillo?
Incluso si fuera posible superar este obstáculo, todavía queda uno. Incluso
con los mejores algoritmos y máquinas, cabe la posibilidad de que no se
alcancen los objetivos, sobrevengan crisis, se cometan errores. Pero ¿puede
realmente responsabilizarse a las máquinas ante por ejemplo la joven pareja
que no logra comprar una vivienda, la madre trabajadora que se queda sin
empleo?
La responsabilidad es un elemento clave. Sin ella, no podemos tener
independencia; ¿de qué otra forma puede concederse tanto poder a una
organización tecnocrática? Y sin independencia, la política está condenada
al fracaso, como esta conferencia nos recuerda de manera clara y
contundente.
De modo que no, no creo que las máquinas vayan a controlar la
política monetaria. En 2040, el gobernador que ingrese al Banco será de
carne y hueso, y detrás de la puerta de entrada se encontrará con personas.
Al menos, algunas.
Por lo tanto, siempre habrá una Vieja Dama que viva en
Threadneedle Street
[2]
. Y espero que estén de acuerdo en que ¡a menudo es esclarecedor hablar con
una dama de cierta edad!
Conclusión
Al concluir nuestro viaje en la cápsula del futuro, algunos de ustedes
posiblemente se pregunten el motivo de mi tono optimista. Para muchos, este
nuevo mundo de la banca central tiene menos que ver con Mary Poppins, y más
con Aldous Huxley. Un “mundo feliz”, parecido al que describe Huxley en su
famosa novela.
Estoy convencida de que nosotros —en tanto individuos y comunidades—
tenemos la capacidad de configurar un futuro tecnológico y económico que
funcione para todos. Tenemos la responsabilidad de hacer
que funcione.
Es por ello que prefiero la evocación que hace Shakespeare de un mundo
feliz en La tempestad: “¡Qué maravilla! ¡Cuántas criaturas
hermosas! ¡Qué bella es la humanidad! ¡Magnífico nuevo mundo!”
Muchas gracias.
[2]
Alusión a “la Vieja Dama de la calle Threadneedle,” apodo con el
que se conoce al Banco de Inglaterra.