¡Buenas tardes—ńgh ōn!
Me gustaría agradecer al Asia Global Institute y a la Universidad de Hong
Kong por recibirme de nuevo en esta gran ciudad.
No soy la primera persona en sentirse una y otra vez deslumbrada ante ese
sabor tan único y particular de Hong Kong. No hay más que pensar en el
increíble ingenio y la energía de sus habitantes. Y en su capacidad no solo
para adaptarse al cambio, sino también para forjar
activamente su futuro.
La transformación de Hong Kong, de centro neurálgico de la manufactura a
motor del comercio internacional y a centro financiero de talla mundial, es
reflejo de su singular compromiso con la apertura y la
combinación de talento local con ideas nuevas y conocimientos procedentes
de todo el mundo.
Por supuesto, una mayor apertura económica nos hace más sensibles a los
cambios de tendencia.
Los ciudadanos de Hong Kong son perfectamente conscientes de que la
historia económica nunca avanza en línea recta, sino en ciclos. Y también
saben que cuando la economía se mueve, ya sea para avanzar o retroceder,
los responsables políticos deben moverse también.
Lo mismo ocurre con la economía mundial.
En la actualidad, el mundo está experimentando un fuerte repunte que promete un aumento de las rentas y del nivel
de vida. Lograr que esta promesa se haga realidad es fundamental, y no solo
aquí en Asia, sino en todo el mundo.
Estoy instando a todos los gobiernos a que aprovechen el impulso
actual del crecimiento para aplicar reformas y medidas de política muy
necesarias, en especial en el mercado del trabajo y el sector de los
servicios.
En otras palabras, reparar el tejado mientras todavía brilla el sol.
Estas reformas, a menudo difíciles desde el punto de vista político,
resultan más eficaces y fáciles de aplicar cuando las economías están creciendo, no contrayéndose.
Algunos gobiernos ya han actuado, pero queda más por hacer.
La oportunidad sigue en pie
. Pero existe un nuevo apremio porque la incertidumbre ha aumentado de forma significativa en torno
a las tensiones comerciales, los crecientes riesgos fiscales y financieros
y el recrudecimiento de la inestabilidad geopolítica.
¿Cómo podemos mantener el repunte actual
frente a estos riesgos cada vez mayores? ¿Y cómo podemos fomentar un
crecimiento a largo plazo que beneficie a todos?
Estas son las cuestiones que abordarán los ministros de Hacienda y los
presidentes de los bancos centrales la semana próxima, durante las
Reuniones de Primavera del FMI y el Banco Mundial.
Y son también las cuestiones de las que me gustaría hablar hoy.
Estado de la economía mundial
La buena noticia es que el panorama económico todavía es preponderantemente
bueno: el sol sigue brillando.
A nivel mundial, se observa un impulso liderado por el aumento de la
inversión, un repunte del comercio y unas condiciones financieras
favorables, que incentivan el aumento del gasto de las empresas y los
hogares.
Es por eso que la previsión de enero del FMI sobre el crecimiento mundial
es de 3,9% para 2018 y 2019; y, como recogen las
predicciones que publicaremos la próxima semana, seguimos siendo optimistas.
En las economías avanzadas se espera un crecimiento
superior a su potencial a mediano plazo para este año y el próximo. En Europa, por ejemplo, el repunte se ha extendido más por
toda la región.
Estados Unidos
ya se encuentra en pleno empleo y es probable que el crecimiento se acelere
aún más debido a la política fiscal expansiva.
Entre tanto, aquí en Asia, las perspectivas siguen siendo buenas, lo que es
beneficioso para todos, ya que la contribución de la región al crecimiento
mundial es de casi dos tercios.
La economía japonesa sigue creciendo con fuerza y los mercados emergentes
asiáticos, liderados por China e India,
se ven impulsados por el aumento de las exportaciones y un mayor consumo
interno.
Siguen observándose retos en algunos otrospaíses emergentes y en desarrollo, entre ellos los de África subsahariana, aunque los exportadores de materias
primas están experimentando un ligero repunte.
Así pues, el panorama actual a nivel mundial es bueno.
Pero se ciernen nubarrones.
La realidad es que el impulso esperado en 2018 y 2019 irá perdiendo fuerza.
El motivo será el desvanecimiento de los estímulos fiscales, en Estados
Unidos y China entre otros, así como el hecho de que las tasas de interés
están aumentando y las condiciones financieras se están endureciendo a
medida que los principales bancos centrales normalizan la política
monetaria.
Si a esto se añade el envejecimiento de la población y la debilidad de la
productividad, se obtienen unas perspectivas complicadas a mediano plazo, sobre todo en los países
avanzados.
¿Qué pueden hacer los responsables políticos al respecto? En mi opinión,
existen tres prioridades que pueden marcar la diferencia.
Tres prioridades para la economía mundial
1. Mantenerse alejados del proteccionismo
En primer lugar, los gobiernos debenmantenerse alejados del proteccionismo en todas sus expresiones.
La historia nos enseña que las restricciones a las importaciones son
dañinas para todo el mundo, sobre todo para los consumidores más pobres.
No solo encarecen los productos y restringen la variedad, sino que también
le impiden al comercio internacional desempeñar la función esencial de
aumentar la productividad y difundir tecnologías nuevas
[1]
.
En consecuencia, incluso las industrias que gozan de protección terminan
perjudicándose, al perder dinamismo en comparación con sus competidores
extranjeros.
Y, aun así, el análisis de las restricciones comerciales muchas veces
termina entremezclado con el concepto de los déficits y los superávits
comerciales. Hay quien sostiene que esos desequilibrios son sintomáticos de
prácticas comerciales desleales.
Efectivamente, existen prácticas desleales, que deben ser
eliminadas y que pueden dejar su marca en las balanzas comerciales
entre dos países.
Ahora bien, en general, esos desequilibrios bilaterales son reflejo de la
división del trabajo entre las distintas economías, incluidas las cadenas
de valor mundiales.
Por ejemplo, un país que se dedica a ensamblar teléfonos inteligentes
tenderá a tener déficits comerciales bilaterales con países que producen
los componentes y superávits con los que adquieren los dispositivos
terminados.
Fundamentalmente, las prácticas comerciales desleales no ejercen gran
influencia en el déficit comercial global de un país con
el resto del mundo. Ese desequilibrio se debe a que ese país gasta por
encima de lo que ingresa.
La mejor forma de abordar estos desequilibrios macroeconómicos no es imponer aranceles, sino aplicar políticas que afecten
a la economía en su conjunto, como es el caso de los instrumentos fiscales
o las reformas estructurales.
Estados Unidos, por ejemplo, podría contribuir a abordar los desajustes
excesivos a nivel mundial restringiendo poco a poco la dinámica del gasto
público e incrementando la recaudación, lo cual ayudaría a reducir los
déficits fiscales en el futuro.
Alemania, cuya población está envejeciendo, podría aprovechar el excedente
de ahorro para incrementar su crecimiento potencial, entre otras cosas
invirtiendo en infraestructura física y digital.
Entonces, ¿qué pueden hacer las autoridades frente a las prácticas
desleales?
Todos
los países tienen la responsabilidad de mejorar el sistema de
comercio, para lo que deben examinar sus propias prácticas y
comprometerse con la igualdad de condiciones para que todos se ciñan a las
mismas normas.
Aquí se incluye una mejor protección de la propiedad intelectual y la
reducción de las distorsiones provocadas por políticas que favorecen a las
empresas estatales. También significa atenerse a las reglas, las de la OMC,
concertadas por sus 164 miembros sin excepción.
Todos
podemos hacer más, pero no podemos hacerlo solos.
Debemos recordar que, durante la última generación, el sistema multilateral de comercio ha transformado el mundo que conocemos:
contribuyó a reducir a la mitad el porcentaje de la población mundial que
vive en condiciones de pobreza extrema
[2]. Ha reducido el costo de vida y ha creado millones de nuevos empleos con
salarios más altos.
Con todo, este sistema de normas y responsabilidad compartida ahora
corre el peligro de ser destruido
. Y esto supondría un fracaso político colectivo e imperdonable.
Así pues, redoblemos los esfuerzos para reducir las barreras
comerciales y resolver los desacuerdos sin recurrir a medidas
excepcionales.
Trabajemos juntos para poner en marcha iniciativas comerciales que miren
hacia el futuro, como el reciente acuerdo entre Japón y la Unión Europea,
la nueva Zona de Libre Comercio Continental Africana y el Tratado Integral
y Progresista de Asociación Transpacífico, conocido como TPP-11.
Y asegurémonos de que las políticas ayuden a los afectados por los
trastornos derivados ya sea del comercio internacional como de los avances
tecnológicos. Pensemos en los beneficios de ampliar la inversión en
capacitación y redes de seguridad social, de modo que los trabajadores
puedan adquirir nuevas aptitudes y ocupar puestos de más calidad.
En todos estos esfuerzos, el FMI apoya a sus miembros a través del análisis
y asesoramiento, y ofrece un espacio de diálogo y cooperación.
Esa es nuestra misión desde el comienzo. Con más de siete décadas de
experiencia podemos afirmar que cuando los países trabajan conjuntamente,
los desafíos globales son más manejables.
Necesitamos ese espíritu de cooperación que nos ayude a evitar el
proteccionismo y a mantener el repunte a nivel mundial.
2. Protegerse frente a los riesgos fiscales y financieros
También debemos p rotegernos frente a los riesgos fiscales y financieros.
Esta es mi segunda prioridad.
En este caso, los números hablan por sí solos.
Un nuevo estudio del FMI
[3]
indica que, tras una década de condiciones financieras distendidas, la
deuda a nivel mundial, tanto pública como privada, ha alcanzado un máximo histórico de USD 164 billones.
En comparación con los niveles de 2007, la deuda es ahora un 40% más elevada, y China representa por sí sola poco más
de 40% de ese aumento.
Un factor principal que impulsa este incremento es elsector privado, que representa dos tercios del nivel de deuda total. Pero esto no es
todo.
La deuda pública en las economías avanzadas se encuentra
en niveles
[4]
que no se habían registrado desde la Segunda Guerra Mundial. Y, si la
tendencia reciente continúa, muchos países de bajo ingreso
tendrán que afrontar niveles de endeudamiento insostenibles.
El elevado endeudamiento de los países de bajo ingreso podría poner en
peligro los objetivos de desarrollo a medida que los gobiernos gastan más en el servicio de la deuda y menos en
infraestructura, salud y educación.
La cuestión de fondo es que los elevados niveles de deuda hacen que
gobiernos, empresas y hogares sean más vulnerables ante un
endurecimiento repentino de las condiciones financieras. Y ese posible
cambio podría provocar correcciones del mercado, inquietudes sobre la
sostenibilidad de la deuda y la reversión de flujos de capitales en
mercados emergentes.
Por eso, debemos aprovechar la oportunidad actual y prepararnos para los
retos que se avecinan.
Se trata de aumentar el margen de maniobra para actuar ante la siguiente
recesión, que inevitablemente llegará; o, como les gusta decir a los
economistas, se trata de "instituir políticas amortiguadoras".
¿Y qué significa esto exactamente?
Para muchas economías, significa reducir los déficits públicos, fortalecer
los marcos fiscales y situar la deuda pública en una trayectoria
descendente gradual. Esto debería plasmarse de una manera que favorezca el crecimiento y a través de un gasto más eficiente y
una fiscalidad progresiva.
También requiere de una mayor flexibilidad cambiaria para hacer frente a la
volatilidad de los flujos de capital, sobre todo en los países emergentes y
en desarrollo.
Estos esfuerzos ayudan a reducir la gravedad y la duración de las
recesiones.
Por ejemplo, un reciente estudio
[5]
muestra que la caída del producto tras una crisis financiera es de menos
del 1% en un país con amortiguadores fiscales y monetarios adecuados, pero
de casi el 10% en un país que no los tiene.
Así pues, hacer uso de los instrumentos macroeconómicos es crítico, aunque
no suficiente.
Como medida crítica, debemos fortalecer la estabilidad financiera
mediante el fortalecimiento de los amortiguadores de los sectores empresarial y bancario, en especial en los
grandes mercados emergentes como China e India.
Esto significa reducir la deuda de las empresas y reforzar el capital y la
liquidez de los bancos allí donde sea necesario. Asimismo, significa
aplicar políticas que aborden el auge de los mercados inmobiliarios,
también aquí en Hong Kong.
Un nuevo estudio del FMI
[6]
señala que los mercados inmobiliarios en las principales ciudades del mundo
están, cada vez más, avanzando en paralelo, lo que podría amplificar los
shocks financieros y macroeconómicos procedentes de cualquier país.
Esta es la razón por la que también necesitamos amortiguadores a nivel mundial.
En primer lugar, debemos velar por la seguridad de nuestros sistemas
financieros evitando revertir el marco regulatorio establecido desde la
crisis financiera mundial con la finalidad de reforzar los colchones de
capital y liquidez.
Asimismo, el marco regulatorio internacional debe mantenerse a la par de la
rápida evolución de las tecnofinanzas para conjurar nuevos riesgos sin por
eso desaprovechar sus posibilidades.
Fundamentalmente, aspiramos a contar con una sólida red de protección financiera internacional. En ese
sentido, el FMI desempeña un papel de suma importancia al ayudar a los
países a lidiar mejor con la volatilidad de los flujos de capital en
momentos de tensión.
Aunadas, estas medidas de política contribuirán a sustentar el repunte
actual.
Pero, además, es esencial promover un crecimiento a más largo plazo que sea
más sostenible y que se comparta de forma más amplia. Esta es mi tercera
prioridad.
3.
Fomentar un crecimiento a largo plazo que beneficie a todos
Fomentar un crecimiento más sólido e inclusivo es un reto fundamental.
Si tal como se prevé, las economías avanzadas vuelven a crecer a
un ritmo decepcionante a mediano plazo, empeorarían la desigualdad
económica, las inquietudes sobre la deuda y la polarización política.
Al mismo tiempo, se estima que el crecimiento de más de 40 países emergentes y en desarrollo será más lento en
términos per cápita que en las economías avanzadas.
Esto implica que la mejora de los niveles de vida será más lenta y que la
diferencia en los niveles de renta entre estos países y los avanzados se
ampliará.
Como he dicho anteriormente, la oportunidad está abierta. Pero para
estimular la productividad y el crecimiento potencial, los países deben
poner en marcha reformas económicas y medidas de política.
Permítanme referirme brevemente a dos experiencias transformativas:
i) Primero, desbloquear el potencial del sector de los servicios, sobre
todo en las economías en desarrollo
.
Al realizar la transición de una economía basada en la agricultura a una
basada en los servicios, muchos de estos países están omitiendo la
tradicional fase de industrialización.
Esto ha generado la preocupación de que estos países podrían quedar
atrapados en niveles económicos de menor productividad, con pocas
posibilidades de alcanzar los niveles de renta de las economías avanzadas.
Sin embargo, nuestro estudio más reciente
[7]
indica que algunos sectores de servicios, principalmente el transporte, las
comunicaciones y los servicios a empresas, pueden igualar los niveles de
productividad de la industria manufacturera.
Esto es crucial para países como Filipinas, Colombia y Ghana, en los que el
empleo y el producto se están desplazando desde la producción agrícola a
servicios de mayor valor.
También es importante para el bienestar económico de millones de mujeres,
que suelen conformar la mayor parte de los trabajadores del sector de los
servicios.
Desbloquear este potencial no es una tarea fácil. Se necesita una mayor
inversión pública en educación, formación y asistencia en la búsqueda de
empleo. Significa también abrir el sector de los servicios a una mayor competencia.
A nivel mundial, también hay trabajo que hacer. Tenemos que aumentar el comercio de servicios, incluido el comercio
electrónico, mediante la reducción de las barreras en esta área, que siguen
siendo extremadamente elevadas.
ii) El segundo factor de cambio posible es la transformación digital de
la administración pública
[8].
En el terreno de las tecnologías y sistemas de vanguardia, el sector
público puede marcar el camino, y aquí en Asia estamos viendo buenos
ejemplos de ello:
· En India, los ciudadanos reciben subsidios y prestaciones sociales
directamente en sus cuentas bancarias, que están vinculadas a
identificadores biométricos únicos.
· En Australia, las autoridades fiscales recopilan información sobre
salarios en tiempo real, lo que les proporciona una visión inmediata del
estado de la economía.
· Y aquí, en Hong Kong,
los clientes de los bancos pronto podrán utilizar su número de teléfono
móvil y su dirección de correo electrónico para transferir fondos o
hacer compras en comercios minoristas gracias a un nuevo sistema de
pagos financiado por el gobierno. [9]
Estas iniciativas son solo el comienzo. Los gobiernos de todo el mundo
también están estudiando la forma de conseguir mejoras en la eficiencia.
Por ejemplo, un estudio reciente
[10]
estima que casi el 20% de los ingresos del sector público
en todo el mundo —aproximadamente, $5 billones—
desaparecen cada año, debido al incumplimiento de las disposiciones
fiscales y al desvío de pagos públicos.
Mediante el empleo de nuevos instrumentos, como el análisis de datos
masivos, las administraciones públicas pueden reducir estas
pérdidas, a menudo directamente vinculadas a la corrupción y la evasión
impositiva, y aumentar el gasto prioritario.
La cuestión de fondo es que una administración digital puede ofrecer
servicios públicos de forma más eficiente y más eficaz
, mejorando la vida de las personas. [11]
No olvidemos que, hoy por hoy, en los países en desarrollo
más hogares gozan de acceso a la tecnología digital —como Internet y
teléfonos inteligentes— que al agua potable y la educación secundaria
[12].
¡Cuántas posibilidades de interacción digital! Pero, a la vez, qué
recordatorio de que debemos aprovechar debidamente la tecnología para
lograr nuevos avances en términos del desarrollo.
Conclusión
Permítanme concluir diciendo que
esta generación de responsables políticos se enfrenta a una dura
elección
:
Pueden copiar simplemente las políticas del pasado, que han ofrecido
resultados desiguales al elevar de forma sustancial el nivel de vida pero
dejando rezagada a demasiada gente.
O pueden dibujar un paisaje económico nuevo, en el que el
libre comercio sea más justo y más colaborativo, en el que el sistema
financiero sea más seguro y contribuya más al crecimiento económico, y en
el que la revolución digital beneficie no solo a unos pocos afortunados
sino a todas las personas.
Como una vez dijo el genial artista Henri Matisse: " La creatividad requiere coraje".
Sin duda alguna, necesitamos más coraje, en todos los salones de gobierno,
en todas las salas de reuniones de las empresas y en nuestros corazones y
mentes.
Gracias.
[1]
Perspectivas de la economía mundial, capítulo 4, edición de abril
de 2018.
[2]
De 1990 a 2010. Datos del Banco Mundial: Indicadores del desarrollo
mundial.
[3]
Monitor Fiscal, capítulo 1, edición de abril de 2018; la deuda
mundial ascendió a $164 billones en 2016.
[4]
En las economías avanzadas, la deuda pública fue, en promedio, 105%
del PIB en 2017.
[5]
Romer, C. D. y D. H. Romer. 2018. “Phillips Lecture—Why Some Times
Are Different: Macroeconomic Policy and the Aftermath of Financial
Crises.” Economica 85 (337): 1–40 (2018).
[6]
Informe sobre la estabilidad financiera mundial, capítulo 3,
edición de abril de 2018.
[7]
Perspectivas de la economía mundial, capítulo 3, edición de abril
de 2018.
[8]
Monitor Fiscal, capítulo 2, edición de abril de 2018.
[9] La Autoridad Monetaria de Hong Kong lanzará este sistema de pago
acelerado en septiembre próximo.
[11] Gupta, Sanjeev, Michael Keen, Alpa Shah y Geneviève Verdier, Digital Revolutions in Public Finance, Fondo Monetario
Internacional, 2017.
[12]
Datos del Banco Mundial.