La pandemia de COVID‑19 ha sacudido a los sistemas educativos como nunca antes. En muchos países de bajo y mediano ingreso, ha representado un atraso drástico de los niveles de aprendizaje.
Ya antes de la pandemia, los educadores hablaban de una “crisis de aprendizaje” mundial. Por ejemplo, en Kenya, Tanzanía y Uganda, tres cuartas partes de los alumnos de tercer grado no pueden leer una frase como “el nombre del perro es Coco”, según la evaluación realizada por Uwezo, una iniciativa regional para medir la calidad educativa.
La escolarización ha alcanzado niveles históricos. En 2010, el adulto promedio había completado 7,6 años de escolarización, más del doble del promedio de 3,2 años en 1950, según un análisis de datos de 164 países. En la última década, las tasas de escolarización en enseñanza primaria en África subsahariana aumentaron de 80% a 92,3%. Aun así, en muchos países, los niveles de aprendizaje no han mejorado mucho (véase el gráfico 1).
La pandemia de COVID‑19 ha detenido aún más el progreso del aprendizaje. Más de 1.600millones de niños de 180 países estuvieron sin clases durante el pico de la pandemia. Si se utilizan como referencia las interrupciones sucedidas en el pasado, el costo de las interrupciones escolares podría tener consecuencias enormes y a largo plazo. Por ejemplo, en 2005, un terremoto en Pakistán interrumpió la escolarización durante 14 semanas; cuatro años después, los niños de corta edad más afectados por el terremoto obtuvieron resultados mucho peores en las pruebas de aprendizaje, de acuerdo con una investigación publicada en el Journal of Human Resources (Andrabi, Daniels y Das, 2021). En algunos países, como Sierra Leona, las escuelas cerraron durante la COVID‑19 también durante 14 semanas, aunque en muchas escuelas los cierres se han prolongado mucho más. En Uganda y Filipinas, las interrupciones escolares duraron casi dos años completos.
Aunque muchos gobiernos pusieron en marcha ambiciosas iniciativas de educación a distancia, como campañas de radio y televisión, la evidencia reciente sugiere que durante la pandemia la pérdida de aprendizaje fue considerable. Investigaciones en Brasil, India, los Países Bajos y Sudáfrica, por ejemplo, revelan enormes pérdidas de aprendizaje, lo que indicaría que durante los cierres de las escuelas no se aprendió casi nada. Unas pocas evaluaciones aleatorias en Kenya y Sierra Leona han comprobado los limitados efectos de varias intervenciones de educación a distancia.
Pero no toda la educación a distancia fue ineficaz. En un experimento en Botswana, los mensajes de texto semanales, junto con tutoriales telefónicos para padres e hijos en escuela primaria, lograron mejorar el aprendizaje (véase el gráfico 2). El programa abarcó habilidades numéricas básicas y estuvo formado por tutoriales semanales de 20 minutos durante ocho semanas. Los resultados suponen algunas de las primeras evidencias experimentales durante la pandemia sobre métodos para mitigar la pérdida de aprendizaje. La intervención funcionó, y además fue asequible y eficaz en función de los costos, dando como resultado el equivalente a más de un año de enseñanza de alta calidad por cada USD 100 invertidos. Los mensajes de texto por sí mismos no fueron eficaces; se necesitó cierto nivel de instrucción directa y en vivo.
El experimento de Botswana mostró que, mientras las escuelas estuvieron cerradas durante la pandemia, los tutoriales telefónicos, orientados al nivel de aprendizaje correspondiente, mejoraron la comprensión de conceptos matemáticos por parte de los alumnos de primaria.
Una de las razones de la eficacia del método telefónico en la educación a distancia en Botswana es el amplio acceso a teléfonos móviles a bajo costo. En países de bajo y mediano ingreso, entre 70% y 90% de los hogares tiene al menos un teléfono móvil, mientras que solo entre 15% y 60% de los hogares tiene acceso a internet. Depender de tecnologías que requieren acceso a internet podría no funcionar en muchos entornos de bajo y mediano ingreso. Los métodos basados en baja tecnología pueden alcanzar a gran escala a las poblaciones más marginadas.
Otra razón del éxito del método utilizado en Botswana es que se personalizó y orientó la enseñanza al nivel de cada niño, en lugar de basarse en un plan de estudios universal. Se planteaba un problema semanal al final de cada sesión para evaluar los niveles de los niños; por ejemplo, si podían realizar una suma de un dígito (4+5). Si podían, el instructor avanzaría con problemas más difíciles, como es una resta (7–3). Si no podían, el instructor continuaría enseñando sumas. Este método se basa en una gran cantidad de estudios que revelan que orientar la enseñanza al nivel de aprendizaje del niño es uno de los métodos más eficaces en función de los costos para mejorar los resultados educativos.
Para entender por qué la enseñanza orientada es tan eficaz, consideremos el statu quo. La mayor parte de los sistemas educativos se estructuran en grados y siguen un plan de estudios estricto según el grado. Por ejemplo, se espera que los niños de quinto grado sepan hacer divisiones de dos dígitos. Pero, en la práctica, la mayoría de los niños no saben. Por ejemplo, los datos de Botswana muestran que menos del 10% de los estudiantes de quinto grado dominan las divisiones de dos dígitos. Aun así, los maestros suelen enseñar el plan de estudios correspondiente al grado, y los alumnos pasan de grado comprendan o no los conceptos fundamentales. La enseñanza que prioriza los planes de estudios frente a las competencias, junto con políticas de promoción automática, es común en muchos países de bajo y mediano ingreso: como resultado, muchos niños tienen un nivel inferior al de su grado, y se atrasan. En este contexto, evaluar los niveles de aprendizaje, reagrupar a los niños por nivel y no por grado y orientar la enseñanza puede resultar transformador.

