Si el cambio climático es la amenaza más grave para el entorno físico, la erosión de la clase media es el riesgo más significativo para el entorno social. Una sociedad y un orden político sanos necesitan una clase media amplia. Históricamente, el empleo seguro y bien remunerado en la manufactura y los sectores afines fue la base del crecimiento de la clase media. Pero las últimas décadas no han tratado bien a la clase media de las economías avanzadas. La hiperglobalización, la automatización, el cambio tecnológico a favor de la mano de obra calificada y las políticas de austeridad se han conjugado para producir una polarización del mercado laboral o una escasez de trabajos decentes.
El problema requiere políticas que trasciendan las del Estado benefactor tradicional y que pongan en primer plano la creación de buenos empleos, atendiendo tanto a la demanda de los mercados laborales (empresas y tecnologías) como a la oferta (calificaciones, capacitación). Deberán estar concentradas en el sector de los servicios, donde se generará el grueso de las oportunidades de empleo, y orientarse hacia la productividad, cuya promoción es tanto el requisito indispensable para que los trabajadores con menos formación consigan buenos empleos como un complemento necesario de los salarios mínimos y las regulaciones laborales. Aquí se impone experimentar con medidas novedosas, que en la práctica serán políticas industriales para servicios que absorban mano de obra.
Las economías en desarrollo tienen su propia versión de este problema, en la forma de una desindustrialización prematura. Para triunfar en los mercados internacionales se necesitan tecnologías cada vez más intensivas en conocimientos y capital. En consecuencia, el empleo formal en el sector de la manufactura toca máximos a niveles de ingreso mucho más bajos, y la desindustrialización laboral arranca mucho antes en el proceso de desarrollo. Esta desindustrialización prematura no es solamente un problema social; es también un problema para el crecimiento, ya que impide que los países de bajo ingreso de hoy apliquen estrategias de industrialización orientadas a la exportación que funcionaron en el pasado. El crecimiento económico mediante la integración a los mercados internacionales ya no da resultado cuando los sectores de bienes transables exigen muchos conocimientos y capital.
Esto implica que, al igual que las economías avanzadas, en el futuro las economías en desarrollo deberán volcarse menos a la industrialización y más al empleo productivo en el sector de los servicios. Si bien tenemos considerable experiencia en la promoción de la industrialización, las estrategias de desarrollo orientadas a los servicios, sobre todo en el caso de los servicios no transables dominados por empresas muy pequeñas, requerirán políticas completamente nuevas, aún no comprobadas. Nuevamente, los economistas tendrán que ser flexibles e innovadores.
El futuro de la globalización
Por último, necesitamos un nuevo modelo de globalización. En contra de la hiperglobalización obran fuerzas como los conflictos distributivos, el nuevo énfasis en la resiliencia y el auge de la competencia geopolítica entre Estados Unidos y China. Inevitablemente, las exigencias de la economía mundial y las obligaciones socioeconómicas y políticas nacionales en pugna están volviendo a equilibrarse. A pesar de la considerable preocupación en torno a una nueva era de proteccionismo y las perspectivas de un entorno mundial inhóspito, puede que el resultado no sea tan malo. Durante el período de Bretton Woods, la gestión económica nacional estaba bastante menos restringida por reglas internacionales y las exigencias de los mercados mundiales. Con todo, el comercio internacional y la inversión a largo plazo aumentaron significativamente, y los países que adoptaron estrategias económicas apropiadas, como los “tigres asiáticos”, lograron un desempeño excepcional pese a los niveles de protección más elevados en los mercados de las economías avanzadas.
Hoy podríamos llegar a un resultado parecido, siempre que las principales potencias no prioricen la geopolítica hasta tal punto que comiencen a reducir la economía mundial a un juego de suma cero. Este es otro ámbito en el cual la disciplina económica puede ser constructiva. En lugar de evocar tiempos pasados que produjeron resultados desiguales y que lógicamente no podían continuar, los economistas pueden contribuir a un nuevo conjunto de reglas para la economía mundial que facilite un nuevo equilibrio. Concretamente, pueden formular políticas que ayuden a cada gobierno a perseguir planes socioeconómicos y ambientales que beneficien al país sin perjudicar expresamente a los demás, y elaborar principios que distingan nítidamente entre los terrenos en los que prima el interés nacional y los que requieren cooperación internacional.
Un punto de partida útil es la disyuntiva entre los beneficios del comercio internacional y los de la diversidad institucional nacional, que están en perfecto contrapeso. En economía, las “soluciones de esquina” rara vez son óptimas; es decir, para obtener resultados razonables es necesario sacrificar algunos beneficios de ambos tipos. Cómo equilibrar estos objetivos contrapuestos en el comercio internacional, las finanzas y la economía digital es un complejo interrogante que los economistas podrían dilucidar.
Para ser útiles, los economistas deberán brindar soluciones acertadas y concretas a los problemas centrales de hoy —acelerar la transición climática, crear economías inclusivas y promover el desarrollo económico de las naciones más pobres— y evitar las que sean simplistas o de aplicación universal. La disciplina económica ofrece mucho más que reglas generales, pero puede ayudar únicamente si da rienda suelta a la imaginación colectiva, en lugar de ponerle un bozal.