Curioso desde pequeño
Imbens nació en 1963 en Geldrop, en el sur de los Países Bajos. Pese a que sus padres no eran académicos —ni tenían título universitario cuando Imbens era joven—, fomentaban la exploración intelectual. “Estimularon mucho esa curiosidad en nosotros”, dice Imbens. Su padre les ponía problemas de matemáticas a él y a sus dos hermanos por puro entretenimiento. “Nos lo pasábamos bien resolviéndolos”, rememora Imbens. Aquello encendió su curiosidad y su amor por el pensamiento lógico, habilidades que más adelante darían forma a su enfoque de la Economía. “Al final, tanto mis hermanos como yo acabamos yendo a la universidad. De hecho, mi hermano se doctoró en Matemáticas”.
De niño, a Imbens le fascinaba el ajedrez, una pasión que era fiel reflejo de su amor por la estrategia y el pensamiento analítico. También heredó una veta independiente —y cierta dosis de testarudez— de su madre, Annie Imbens-Fransen, quien más tarde se convertiría en teóloga feminista y autora de libros. Él recuerda el instinto inconformista de su madre. “Vivíamos en casas que eran propiedad de Philips (la multinacional holandesa de la electrónica donde trabajaba su padre) y, una vez al año, la empresa se encargaba de pintar las puertas de entrada de las casas de un amarillo chillón horroroso”, recuerda Imbens. “A mi madre le espantaba. Así que, al día siguiente, nosotros pintábamos la nuestra de negro. Era una hilera de casas adosadas, todas con puertas amarillas menos una”.
Después de la escuela secundaria, Imbens se decidió por la Universidad Erasmus de Róterdam, donde una de sus primeras influencias, el también economista holandés y premio nobel Jan Tinbergen, había establecido un programa de Econometría. Luego en 1986 obtuvo una maestría en la Universidad de Hull, Reino Unido, bajo la dirección de Anthony Lancaster, que acabó convenciéndolo de que le siguiera a la Universidad de Brown, donde Imbens se doctoró en 1991. “Para Guido, ingresar en Brown para hacer el doctorado fue como ganar la lotería”, comenta Susan Athey, su esposa y profesora colega de Economía en la Universidad de Stanford.
A través de Lancaster, Imbens dio sus primeros pasos en econometría bayesiana y pudo acceder a las herramientas intelectuales y, tal vez lo que es aún más importante, a la red de contactos que propiciarían el lanzamiento de su carrera académica en Estados Unidos.
Tras pasar brevemente por Harvard, Imbens ocupó cargos docentes en la Universidad de California, en los campus de Los Ángeles y Berkeley, y por fin en Stanford, donde enseña en la actualidad. Es en UCLA donde tiene lugar un caso histórico de uso de la inferencia causal en un estudio que Imbens realizó con Rubin y el doctorando de Harvard Bruce Sacerdote. Utilizaron datos de la lotería para analizar cómo las ganancias financieras inesperadas afectan las decisiones de trabajo y gasto de las personas. Los resultados —que muestran que la gente no necesariamente abandona su trabajo después de recibir ingresos fortuitos, sino que muchos sencillamente trabajan un poco menos— contribuyeron a dar un giro a los debates en torno al ingreso básico y las pensiones, al tiempo que ampliaban el alcance de la inferencia causal más allá de las esferas de la educación y la salud.
Resolver problemas
Imbens es el primero en reconocer el papel de la serendipia en su propia vida. “Me siento muy afortunado. He tenido la suerte increíble de estar en el lugar correcto en el momento oportuno”. Aun así, cree firmemente que el haber cultivado una relación estrecha con muchos de los principales economistas de su generación ha sido tan determinante para su trabajo como la habilidad técnica, y le da gran importancia a su actual papel de mentor de jóvenes académicos. “Estoy tratando de influir en la profesión de un modo más general, siguiendo un rumbo que tiene sentido y en el que los económetras tratan de resolver problemas que son importantes para el trabajo empírico”, declara. “Eso es lo que intento inculcar en mis alumnos, que no siempre es una cuestión de matemáticas, sino más bien de problemas interesantes”.
En marzo de 2025, Imbens fue nombrado director de la Stanford Data Science, una iniciativa que apoya la investigación y el conocimiento académico a través de descubrimientos basados en datos y la educación en ciencia de datos, que se extiende a todo el campus. En su opinión, el puesto es una oportunidad para animar a los jóvenes investigadores, profundizar los vínculos interdisciplinares y acercar la ciencia de datos a la política económica del mundo real.
La colaboración económica siempre está a la vuelta de la esquina. La esposa de Imbens, Athey, además de haber sido merecedora de la medalla John Bates Clark, es conocida por su trabajo pionero sobre la confluencia de la tecnología, la Economía y el aprendizaje automático. “Susan es una economista con un amplio abanico de intereses, además de una fuente constante de inspiración para el tipo de problemas que yo trato”, señala Imbens. “En verdad, hemos compartido la carga desde el principio, y la diversión también”, comenta por su parte Athey, apuntando que su marido trabaja mucho, y sin embargo lleva una vida muy equilibrada que incluye salir en bicicleta con amigos los fines de semana, cuidar el jardín, invitar a sus alumnos a eventos y, cuando tiene tiempo —algo escaso por estos días—, cocinar unos platos deliciosos.
No obstante, su logro más destacable es haber contribuido a reconfigurar la manera en la que los economistas conciben la evidencia, la política económica y la incertidumbre y, gracias a eso, aportar claridad a cuestiones que en otro tiempo parecían no tener respuesta y abrir la puerta a una ciencia social más creíble. En un ámbito en el que se suele recompensar la certidumbre, Imbens se ha labrado una carrera trabajando en el desorganizado término medio, un lugar donde los datos son imperfectos y la honestidad intelectual es lo que más importa. Eso también es una forma de elegancia. Cuando el Museo del Premio Nobel solicitó a los galardonados que donasen un objeto que ilustrara sus investigaciones, Imbens escogió un envase de jabón de lavar, un discreto homenaje a aquellas primeras horas de la mañana en que doblaban camisas e intercambiaban ideas con Angrist. Pocos objetos podrían ilustrar mejor el espíritu de su trabajo: riguroso, colaborativo y con bases firmes en el mundo real.