Mientras, el Banco Mundial también atravesaba una revolución. F&D informó ampliamente sobre las Reuniones Anuales de 1973 en Nairobi, durante las cuales McNamara subrayó la necesidad de abordar directamente la pobreza extrema. El Banco (y la comunidad del desarrollo en general) comenzaba a darse cuenta de que el crecimiento del producto nacional bruto “muchas veces no se filtra a niveles inferiores”. De todos modos, la respuesta no era dar limosna: McNamara creía que la única solución duradera era aumentar la productividad de los pobres (la mayoría, de zonas rurales). F&D exploró distintos tipos de proyectos del Banco Mundial, señalando que ya no eran “los proyectos monolíticos de ingeniería típicos de finales de la década de 1940 y principios de la década de 1950”, sino operaciones multidimensionales, complejas y sofisticadas. Durante los años setenta, F&D presentó las iniciativas del Banco para ayudar a los pequeños agricultores a acceder a crédito, semillas y fertilizantes, complementadas con una ampliación de los servicios de educación, salud, riego y transporte público.
En la redacción de F&D, los editores experimentaban con tipos de letra y formatos más contemporáneos, como los de la edición de marzo de 1973. En un plano más profundo, empezaron a explorar temas novedosos. En un artículo de F&D de 1969, se hablaba por primera vez del clima como “una variable clave para el desarrollo económico a la cual, hasta la fecha, las instituciones financieras no han prestado mucha atención”. En diciembre de 1971, Margaret de Vries —pionera jefa de división del FMI— escribía un convincente artículo sobre el papel de las mujeres en el desarrollo económico. Asimismo, la revista destacaba las ventajas de los trabajadores extranjeros para Europa, repasando los beneficios tanto para los inmigrantes como para los países receptores, incluso si estos últimos comenzaban a tener que luchar con el impacto social y político de la inmigración.
Los años ochenta: la década perdida
En las economías avanzadas, los años de Margaret Thatcher y Ronald Reagan se recuerdan por los excesos de Wall Street. En cambio, en gran parte del mundo en desarrollo, la década de 1980 fue una década perdida.
Al final de los años setenta, la Reserva Federal de Estados Unidos adoptó fuertes medidas monetarias para contener la elevada inflación en el país. El alza de las tasas de interés mundiales puso fin abruptamente a los préstamos de dinero barato de la década anterior y provocó la caída en picada de las endeudadas economías en desarrollo. En el FMI, la nueva consigna pasó a ser la “condicionalidad”. Era fundamental cumplir una serie de condiciones de políticas, no solo para poder acceder a recursos del FMI —como dejaba claro la portada de F&D de marzo de 1981—, sino también para el éxito del ajuste, de manera que los nuevos préstamos no implicasen meramente la acumulación de nueva deuda.

En el Banco Mundial, crecía la convicción de que era imposible que los proyectos de inversión —independientemente de su tasa interna de rentabilidad— tuviesen éxito si el entorno macroeconómico estaba sumido en el caos. La solución pasaba por crear un nuevo tipo de crédito: los préstamos para ajuste estructural, unas ayudas presupuestarias para reformas económicas. Los programas tanto del Banco Mundial como del FMI subrayaban la necesidad de restablecer el balance interno y externo; por el lado de la demanda, con recortes del déficit presupuestario y la imposición de disciplina monetaria, y por el de la oferta, con la devaluación, la privatización y la liberalización.
Las economías en desarrollo resintieron esta nueva senda. Los críticos deploraron la severidad de las medidas y la rigidez de la condicionalidad, ya que en su opinión agravaban la penuria económica, en especial para los pobres. Aquí, la intervención de F&D fue crucial para explicar que un ajuste oportuno y ordenado —aun causando molestia a corto plazo— reportaría beneficios a largo plazo, como un mayor crecimiento, la mejora del nivel de vida y una mejor distribución del ingreso.
En otros artículos, se abogó por reformas orientadas al mercado, especialmente una liberalización del comercio en detrimento del proteccionismo y la sustitución de importaciones. Las economías de Asia oriental se presentaron como ejemplos de buen ajuste y recibieron elogios por su apertura al comercio, que, según los autores de F&D, había acelerado la recuperación y el crecimiento (aunque, en realidad, estos países también destacaban por la exhaustiva intervención de sus gobiernos). F&D comenzó también a prestar atención a China, que acababa de emprender reformas orientadas al mercado; en junio de 1983, empezó a publicarse en chino.
Como la crisis de la deuda se prolongaba y empezaba a apreciarse fatiga por el ajuste, cada vez estaba más claro que estos enérgicos ajustes afectaban de forma desproporcionada a los pobres. Para ser políticamente sostenibles, los programas debían esforzarse para proteger a las personas más vulnerables. A través de las páginas de F&D, los lectores pudieron seguir la evolución de la estrategia de la deuda de la comunidad internacional: el énfasis inicial en el ajuste, la premisa del Plan Baker de 1985 de que los países “superaran” el endeudamiento y, por último, la aceptación, de acuerdo con el Plan Brady y las condiciones de Toronto del Club de París de 1989, de que solo el alivio de la deuda —tanto por el mercado como por los acreedores bilaterales oficiales— podría resolver la crisis.
F&D también informó sobre el creciente compromiso del Banco Mundial con los temas ambientales, que se inició con la creación de una pequeña sección en 1970 y recibió un nuevo impulso durante la presidencia de Barber Conable (1986–91). Con las críticas públicas al impacto ambiental de algunos proyectos del Banco Mundial como telón de fondo, F&D empezó a publicar artículos sobre la nueva orientación del Banco, que comenzaba a entender la preservación del medio ambiente como parte del desarrollo sostenible.
F&D se abrió a autores externos; el primero de ellos, Nicholas Kaldor, en junio de 1983. Estos artículos se identificaban claramente para evitar confusiones de que alguien pensase que reflejaban las opiniones oficiales de la institución. El artículo de Kaldor —en el cual cuestionaba la ortodoxia del FMI en materia de devaluaciones— se publicó junto a la réplica del director editorial de F&D. De todos modos, estos artículos ayudaron a introducir un elemento de debate, preparando así el terreno para que F&D no fuera tanto un vehículo para difundir las opiniones del Banco y el FMI, sino más bien una plataforma para el diálogo.
Los años noventa: década de transición
Con una carátula que recordaba los carteles de propaganda soviética de la década de 1930, la edición de F&D de marzo de 1990 abordó la noticia bomba de la época: la caída del comunismo y el aparente triunfo del liberalismo. El Banco Mundial y el FMI —así como la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos y el naciente Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo— ya trabajaban en A Study of the Soviet Economy, un estudio de la economía soviética, que (como se explicó en un artículo de F&D en 1991) reconocía que las reformas necesarias estaban interconectadas: el gradualismo no iba a funcionar y se requería una “terapia de shock”. Ediciones posteriores de F&D exploraron distintos aspectos de la transición —consolidación fiscal, reforma monetaria, privatización, reorientación de la industria, gobernanza empresarial—, dando voz puntualmente a quienes reclamaban “menos shock y más terapia”.

Más allá de las economías en transición, se estaba produciendo también una transformación en las economías en desarrollo y de mercados emergentes, que aceptaban la mayor parte de las ideas y el impulso general hacia la liberalización —y rechazaban la retórica— del llamado Consenso de Washington. No obstante, como se reconocía en el informe del Banco sobre el milagro de Asia oriental y al cual se hacía referencia en la portada de F&D de marzo de 1994— la intervención del Estado podía ser constructiva, siempre y cuando existiese una “buena estructura de gobierno”.
La crisis de los mercados emergentes de la década de 1990 puso a prueba el desenfrenado optimismo en torno al capitalismo de mercado. Como parte de las iniciativas de liberalización, muchas economías de mercados emergentes habían desmantelado los controles de capital, lo cual atrajo importantes entradas de capitales. Poco después, sin embargo, la devaluación de 1994 en México —seguida apenas después de las de Tailandia, Corea, Indonesia, Rusia, Brasil, Argentina, Uruguay y Türkiye— mostró las devastadoras consecuencias de una reversión brusca de los flujos de capitales. Aunque la raíz de las distintas crisis de la cuenta de capital fue distinta en cada país, en todos los casos el descalce del balance —como los préstamos denominados en dólares que debían reembolsarse mediante activos que generaban moneda local— dejó las economías en situación vulnerable a eventos desestabilizadores, tanto internos como externos, económicos o políticos.
Tras haber descubierto por primera vez el lado oscuro de la globalización financiera, la crisis asiática de 1997–98 y las lecciones aprendidas abrieron paso a numerosas reformas en el FMI, que se detallaban en la edición de junio de 1998 de F&D. En términos más generales, las crisis de los mercados emergentes impulsaron varias iniciativas (normas y códigos, el Programa de Evaluación del Sector Financiero, sistemas de alerta temprana, etc.) para fortalecer la arquitectura financiera internacional.