Resiliencia y rendición de cuentas
La ley del instinto de supervivencia se traduce en resiliencia. Los sistemas de IA deben funcionar de manera confiable en situaciones de tensión y las instituciones han de responsabilizarse de sus algoritmos.
La resiliencia técnica implica redundancia, seguimiento y pruebas en escenarios extremos. La resiliencia institucional implica apertura: los reguladores deberían poder auditar las decisiones de la IA, incluso cuando se utilice código propietario. Todo esto requiere contar con competencias y herramientas que permitan validar y cuestionar los modelos de IA utilizados por las empresas.
El Centro de Innovación del Banco de Pagos Internacionales (BPI) ha desarrollado prototipos de herramientas que ayudan a los supervisores a analizar grandes conjuntos de datos y detectar anomalías. Estos esfuerzos son prometedores, y además el principio subyacente es simple: todo algoritmo que afecte a la estabilidad financiera debería ser susceptible de supervisión.
El secretismo engendra fragilidad. Cuando los modelos son cajas negras, se acumulan los errores no detectados. La crisis financiera mundial de 2008 es un recordatorio de cómo la complejidad sin transparencia lleva al derrumbe. La IA presenta el mismo tipo de advertencia, solo que en forma digital.
La rendición de cuentas también afecta a la gobernanza. Las instituciones financieras deberían nombrar responsables de riesgos derivados de la IA, en paralelo a los directores de riesgos o los oficiales de cumplimiento, para así garantizar que los algoritmos puedan explicarse y auditarse. Los reguladores, por su parte, deben desarrollar el conocimiento sobre IA para interpretar y cuestionar los resultados que se les presenten. El objetivo no es ralentizar la innovación sino hacerla más segura, justa y comprensible.
Una ley superior
En el mundo real, la ley fundamental —no causar daño a la Humanidad en su conjunto— se traduce en la preservación de la confianza. La confianza es la infraestructura invisible de las finanzas.
Si la IA —por sesgada, inestable o irresponsable— mina la confianza, entonces supone una amenaza para los cimientos del sistema. En cambio, si se alinea con el interés general, la IA fortalecería la confianza, pues puede detectar el fraude más rápidamente, hacer la supervisión más proactiva y ampliar el acceso financiero para que llegue a quienes durante largo tiempo han permanecido excluidos.
La ley superior de la IA, por tanto, consiste en ponerse al servicio del contrato social, que es en definitiva el dinero, a fin de reforzar la confianza, la justicia y la estabilidad. Todas y cada una de las instituciones que utilizan la IA deberían ser juzgadas en función de si fortalecen o debilitan ese contrato.
El impacto de la IA se hace particularmente visible en los mercados emergentes, donde las finanzas digitales están evolucionando rápidamente y la escasez de datos lleva ya largo tiempo restringiendo el acceso al crédito y los servicios públicos. En lugar de reemplazar las herramientas digitales existentes, la IA amplifica lo que estos sistemas son capaces de hacer gracias a que extrae de grandes conjuntos de datos desestructurados unos patrones que los modelos tradicionales no alcanzan a interpretar.
En Kenya, por ejemplo, los ecosistemas de dinero móvil como M-Pesa generan una huella transaccional muy reveladora que, cada vez más, es objeto de análisis mediante modelos de calificación basados en IA. Los patrones conductuales y los comportamientos regulares detectados en los flujos de efectivo que resultan de ese análisis permiten a los prestamistas evaluar el riesgo atribuible a prestatarios sin un historial crediticio formal. Gracias a todo esto se ha ampliado el acceso al crédito de los pequeños empresarios y otros grupos de población que anteriormente no estaban bancarizados. En la India, los sistemas de identidad digital y las plataformas en tiempo real se vinculan con herramientas de aprendizaje automático cuyo objetivo es enfocarse mejor en las transferencias gubernamentales y ampliar el acceso a los microcréditos.
Sin embargo, la IA también puede hacer más pronunciada la exclusión. La pobreza de datos, datos limitados o sesgados, implica que hay comunidades enteras que siguen siendo invisibles para los algoritmos. Si las mujeres, las poblaciones rurales o los trabajadores informales están infrarrepresentados en los conjuntos de datos, también lo estarán en los resultados.
Las organizaciones internacionales están respondiendo. El FMI y el Banco Mundial incluyen cada vez más los temas de las finanzas digitales y la gobernanza de la IA en sus programas de fortalecimiento de capacidades.
Coordinación mundial
La IA evoluciona a más velocidad que la regulación y cruza fronteras más rápidamente que el dinero, pero aun así y mientras la legislación se pone al día, hay mucho que las autoridades pueden hacer sin salirse de los mandatos y los marcos legales actuales. La coordinación transfronteriza es fundamental para evitar la fragmentación y garantizar un enfoque regulatorio mundial para la IA en el ámbito de las finanzas, sobre la base de unas mejores prácticas internacionales en constante evolución.
El Consejo de Estabilidad Financiera, el BPI y el FMI están investigando posibles marcos de IA responsable. Un conjunto de principios globales —similares a los Principios Básicos de Basilea para el sector bancario— podría garantizar la coherencia y la flexibilidad al mismo tiempo. Un marco así favorecería la justicia, la posibilidad de explicar, la rendición de cuentas y la proporcionalidad.
El FMI, mediante su supervisión y asistencia técnica, podría ayudar a los países a identificar los riesgos financieros relacionados con la IA, compartir las mejores prácticas y evitar la brecha digital en la supervisión. A tal efecto, debería atraer a profesionales capacitados en los ámbitos de la investigación y las tecnofinanzas. El BPI podría albergar un repositorio de algoritmos de supervisión, lo que a su vez permitiría a los reguladores colaborar en modelos de código abierto.
El Banco Mundial y las instituciones de desarrollo regional pueden complementar estas iniciativas mediante el desarrollo de capacidades en materia de IA y de infraestructura digital en los mercados emergentes. Por medio de su asistencia técnica, el diálogo en torno a las políticas y los instrumentos de financiamiento pueden ayudar a los países a diseñar marcos de IA para la inclusión financiera, reforzar la gobernanza de los datos e integrar normas éticas de IA en los ecosistemas de las finanzas digitales.
Juntas, todas estas instituciones pueden garantizar que los beneficios de la IA lleguen más allá de las economías avanzadas. El objetivo es el multilateralismo digital: asegurarse de que la IA esté al servicio de todas las economías. Ningún país puede gestionar estas dinámicas en solitario.
La IA en las finanzas
Las leyes de Asimov sintetizan la complejidad moral en cuatro prioridades claras: proteger a las personas, respetar los límites, preservar la responsabilidad y servir a la Humanidad. En una época en la que la tecnología va más rápido que las leyes, esa simplicidad no tiene precio.
La elección que se plantea no es entre progreso y prudencia sino entre gobernanza inteligente y automatización ciega, teniendo presente que, incluso a medida que las máquinas aprenden, los humanos siguen siendo los responsables. Cada vez más, el futuro de las finanzas se escribirá en lenguaje de programación, pero los principios que hay detrás siguen siendo humanos. Un sistema que primara la seguridad por encima de la obediencia, la transparencia por encima del secretismo y la confianza por encima de los beneficios no eliminaría los riesgos, pero los haría fáciles de gestionar y les daría un matiz moral.
Si los bancos centrales, los reguladores y las instituciones financieras adoptan estos principios, la IA podría convertirse en una fuerza estabilizadora más que en una fuente de fragilidad, pues ampliaría la inclusión financiera, mejoraría la supervisión y reforzaría la legitimidad de los sistemas monetarios.
Estos mismos principios deben consolidarse a través de la cooperación internacional, asegurándose de que la IA respalde un sistema financiero más seguro y más justo, pero que además resulte más coherente a nivel mundial. El desafío, tanto para la supervisión como para la definición de políticas, es garantizar que, a medida que la inteligencia se vuelve artificial, el discernimiento siga siendo real.
Las máquinas están aprendiendo. Nosotros debemos hacer lo mismo.