Como es bien sabido, la innovación constituye uno de los principales motores del crecimiento económico, pero también promueve mejoras en el terreno de la salud, la desigualdad y las relaciones sociales. Los avances contemporáneos en biología e inteligencia artificial son tremendamente prometedores a la hora de acelerar la prosperidad, mejorar la salud y la educación a nivel mundial sin dejar atrás a los más desfavorecidos y enfrentar retos sociales como las pandemias y el cambio climático.
Al mismo tiempo, la posibilidad de que este progreso dañe más el medio ambiente, agudice la desigualdad y genere una polarización política suscita gran preocupación. Como economistas, podemos contribuir a la creación de instituciones que compatibilicen mejor los incentivos privados en torno al ritmo y la dirección de la innovación con las necesidades humanas y ambientales, así como colaborar directamente participando en la formulación y la evaluación rigurosa de las innovaciones sociales.
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Se han patentado más de 5.000 invenciones vinculadas al control del taladro del maíz —una plaga que consume el grano—, pero apenas cinco para el barrenador del tallo del maíz, un insecto parecido que afecta sobre todo a la producción de África subsahariana. El análisis económico puede ayudar a detectar este tipo de falla, en la cual las necesidades sociales y los incentivos comerciales para invertir en innovaciones van por carriles muy diferentes de las instituciones actuales, así como aportar datos para la concepción de políticas e instituciones. Examinemos algunas dificultades que vinculan el cambio climático, la inseguridad alimentaria y la productividad agrícola de los países de ingreso bajo y mediano. Como lo muestra el ejemplo de las plagas del maíz, este es un campo con una divergencia particularmente marcada entre los incentivos sociales y comerciales para la innovación.
Lo que quizá más salta a la vista es que las técnicas nuevas de mitigación del clima tienen importantes externalidades positivas (ventajas para personas distintas de las beneficiarias directas de la innovación), lo que significa que los incentivos comerciales para invertir en ellas son escasos. Por ejemplo, las emisiones de metano del ganado representan casi 15% de la totalidad de las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero, y existen aditivos para piensos que podrían reducirlas en 98%. Pero como los ganaderos no tienen grandes incentivos para adquirir estos aditivos, los posibles innovadores no tienen grandes incentivos para invertir en I+D.
Otras innovaciones constituyen bienes públicos con una oferta de mercado insuficiente. Por ejemplo, el cambio climático trastorna los patrones meteorológicos, y los avances en IA permiten perfeccionar los pronósticos, que influyen en la reacción de los agricultores. Sin ir más allá de India, la mejora del pronóstico de los monzones podría rendirles a los agricultores más de USD 3.000 millones en beneficios a lo largo de cinco años, a un costo que quizá represente una centésima parte. Además, los beneficios de los servicios de información van más allá de los compradores de los bienes, ya que los agricultores que no están abonados pueden recibir información de los suscriptores.
Las innovaciones en la prestación de servicios públicos, tales como las nuevas tecnologías para la extensión agrícola digital, enfrentan el problema del monopsonio, ya que el comprador más probable es el gobierno. Otro factor puede ser la renuencia de los innovadores a invertir en avances con limitadas barreras al ingreso, tales como variedades de cultivos resistentes al clima que los agricultores pueden volver a plantar en otras temporadas sin necesidad de comprar nuevas semillas.