Por último, la propia alianza occidental está deteriorada. El gobierno de Donald Trump tuvo graves desavenencias comerciales con Canadá y Europa occidental, y no resulta descabellado pensar que, a raíz de los cambios en la composición política de los gobiernos, cada vez habrá menos consenso en torno a la dirección económica de la alianza. Esto podría conducir a la adopción de decisiones impredecibles si la alianza mantiene su control del FMI.
Cuotas y supervisión
Si no se puede depender de la alianza occidental para seguir ejerciendo una buena gobernanza, se antoja aún más importante, si cabe, redistribuir las cuotas del FMI de acuerdo con el tamaño relativo de las economías. Sin embargo, esto también puede acarrear consecuencias imprevistas. En vista de que las diferencias geopolíticas fragmentan el mundo, ¿podría pasar que una alianza hipotética que girara en torno a China, por ejemplo, bloqueara los préstamos a los países estrechamente vinculados a la alianza occidental, o viceversa? ¿No será mejor la gobernanza disfuncional que el estancamiento total?
Tal vez lo sea y, por eso, los cambios en la gobernanza del FMI deberían ir acompañados de una reforma de las cuotas: el Directorio Ejecutivo del FMI debería dejar de votar sobre cada decisión operacional, incluidos los programas crediticios. En cambio, una gerencia profesional e independiente debería encargarse de adoptar las decisiones operacionales pensando en el beneficio para la economía mundial. Los miembros del Directorio deberían fijar objetivos generales y, cada cierto tiempo, examinar su cumplimiento, quizá con la ayuda de la Oficina de Evaluación Independiente. En otras palabras, los directores ejecutivos deberían centrarse en la gobernanza, tal y como hacen los directores de los consejos de administración. Es decir, deberían establecer mandatos operacionales, nombrar y cambiar al personal gerente y supervisar el desempeño general, dejando las decisiones del día a día a la gerencia.
En definitiva, la forma de evitar el estancamiento pasa por profesionalizar y despolitizar los procesos de adopción de decisiones. Cuando se fundó el FMI, John Maynard Keynes, receloso de la influencia excesiva de Estados Unidos, abogó por crear una junta no residente. En el período inmediatamente posterior a la guerra, cuando las comunicaciones de larga distancia eran muy costosas y los viajes, principalmente en barcos de vapor, llevaban mucho tiempo, esto habría implicado un directorio no ejecutivo y una gerencia empoderada. En ese momento, Keynes fue desautorizado por Harry Dexter White, negociador de Estados Unidos en Bretton Woods. Ha llegado la hora de reexaminar la idea de Keynes, aunque, en vista de las mejoras en las comunicaciones y los viajes, podría exigirse de forma explícita que el directorio no residente fuera, sin lugar a dudas, de carácter no operacional.
El directorio del FMI seleccionaría a los funcionarios de categoría superior entre los candidatos que recabaran un mayor consenso, en lugar de conceder a determinados países o regiones el derecho a designarlos. Si bien ese proceso tendría una naturaleza irremediablemente política, mientras el directorio exigiera una serie de cualificaciones básicas a los funcionarios designados, la negociación política ayudaría a forjar consensos en apoyo de los candidatos, lo que garantizaría un desempeño adecuado.
Lo nuevo frente a lo antiguo
Existen numerosos impedimentos políticos que obstaculizan una reforma drástica del FMI, como la renuencia de los miembros dominantes a ceder el poder si creen que en sus países esto podría percibirse como debilidad política. Es mucho más sencillo que los países miembros adopten medidas graduales, como la reciente revisión de las cuotas, y se convenzan a sí mismos de que se trata de avances. Las decisiones difíciles pueden ir postergándose para dejárselas al siguiente gobierno, que, inevitablemente, las volverá a aplazar. Si esta es la evolución que nos espera, la organización seguirá funcionando, pero con menos legitimidad y relevancia frente a las necesidades mundiales. El FMI seguirá siendo de gran ayuda para las economías en desarrollo, pero tendrá mucha menos influencia para contribuir a la adaptación de la economía mundial.
Si se modificaran las cuotas para reflejar la fortaleza económica, sin introducir ningún otro cambio en la gobernanza, China acabaría eventualmente teniendo la mayor cuota y, en consecuencia, la sede del FMI debería trasladarse a Beijing en virtud del Convenio Constitutivo del FMI. La tan temida politización de Keynes continuaría, pero probablemente con un nuevo conjunto de normas e interlocutores políticos y un nuevo grupo de países insatisfechos e indiferentes.
En cambio, si los miembros reformaran al mismo tiempo las cuotas y la gobernanza, un FMI independiente podría servir como punto de encuentro de un mundo cada vez más fragmentado en torno a cuestiones clave. Para que ese tipo de reformas resulten interesantes a los ojos de los demás, sería mejor emprenderlas pronto, o las demás partes podrían llegar a pensar que se trata de un intento de la alianza occidental por aferrarse a cierta influencia justo cuando el poder está comenzando a cambiar de manos.
El FMI reformado podría ayudar a establecer las nuevas normas para el régimen cambiario internacional, por ejemplo, determinando una lista preliminar de cuestiones que deberán negociarse, teniendo en cuenta los cambios acontecidos en la economía mundial. Habida cuenta de la complejidad de estas cuestiones, se podría reunir a un pequeño grupo de países para que iniciaran las negociaciones en el marco de las consultas multilaterales. Si el FMI contara con la suficiente confianza de las partes, podría configurar esas nuevas normas y velar por su aplicación. Asimismo, podría perfeccionar su análisis y asesorar mejor a los países en materia de sostenibilidad externa y macroeconómica, al tiempo que extendería préstamos de manera más eficaz para ayudar a los países a encarrilar su economía.
Ochenta años después de Bretton Woods, la comunidad internacional debe decidir entre reformar el FMI para mejorar la colaboración con los países miembros y hacer frente a sus desafíos, o quedarse de brazos cruzados y dejar que el FMI se desvanezca.