Loading component...
Loading component...
Navegando en un mundo de mayor fluidez financiera
28 de agosto de 2026
Muchas gracias, Kristin, Pablo y Stefano.
Huelga decir que en el FMI nos preocupan mucho los sistemas de pago que funcionen bien, tanto a nivel nacional como transfronterizo.
Y valoramos el papel que desempeña la innovación financiera, que desde la década de 1980 ha ido llegando en oleadas que han mejorado notablemente los pagos internos en términos de rapidez, facilidad y costos, con efectos sumamente igualitarios que han aportado enormes beneficios a las personas y los países pobres.
En el caso de los pagos transfronterizos, sin embargo, los avances han sido desiguales, y con demasiada frecuencia las transacciones siguen siendo demasiado costosas y lentas.
Seamos realistas: avanzar más rápido es difícil en un mundo tan fragmentado como el nuestro, en el que, en medio de la inflación persistente, las autoridades de los bancos centrales deben centrar la atención en la estabilidad de los precios.
Con todo, existen al menos dos motivos importantes por los que mejorar la eficiencia de los pagos transfronterizos es un objetivo que merece la pena:
La buena noticia es que hay muchos proyectos prometedores en marcha para conectar los distintos sistemas nacionales de pagos. El insuperable servicio TIPS de liquidación inmediata de pagos del Banco Central Europeo; el proyecto Nexus de la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental, con su estructura radial; el sistema TCIB de compensación inmediata de transacciones de la Comunidad de África Meridional para el Desarrollo, que se centra en las transacciones pequeñas; y el Proyecto Ágora del Banco de Pagos Internacionales, que se dedica a los servicios de corresponsalía bancaria, son algunos ejemplos.
Hoy en día, uno de los grandes interrogantes que tenemos ante nosotros es si la innovación financiera en el sector privado —en particular, la tecnología de registro distribuido— puede ayudarnos a lograr una transformación sistémica de los pagos transfronterizos a escala mundial.
No sabemos con certeza cuál es la respuesta; la tecnología de cadena de bloques no es más que un pequeño experimento en el vasto panorama de los pagos mundiales. Sin duda, es posible que la tokenización y las criptomonedas estables —tanto por sus propios méritos como por su capacidad de incentivar la competencia— aporten fluidez a las finanzas internacionales, en particular el potencial específico de las criptomonedas estables para abaratar y agilizar los pagos transfronterizos de gran valor.
La forma exacta en que se dará esta evolución es algo que aún está por verse, pero hay algo que sí está claro: en un sistema financiero mundial más fluido, los riesgos se transmiten con mayor rapidez y las consecuencias de los errores en las políticas son más graves. En ese contexto, la solidez de las políticas regulatorias y macroeconómicas adquiere aún más importancia.
Es en eso en lo que quiero centrarme hoy: en los requisitos a nivel de políticas necesarios para alcanzar el éxito. Plantearé tres argumentos:
Comencemos por la regulación financiera, un ámbito en el que el principal desafío es seguir el ritmo de la innovación financiera y prevenir los problemas, al tiempo que se fomentan el cambio positivo y la competencia justa.
Los nuevos riesgos exigen respuestas ágiles. Conforme la tokenización automatiza las demandas de cobertura suplementaria y las funciones de back office, los riesgos operativos se transforman y los tiempos de reacción se acortan.
Y cuando se presenta a las criptomonedas estables como la versión del efectivo con tecnología de cadena de bloques, la confianza es clave: confianza en que sean redimibles a valor nominal en todos los Estados del mundo. Esto exige establecer normas estrictas para garantizar la seguridad y la liquidez de unos fondos de reserva que idealmente deberán estar armonizados a escala internacional para respaldar una única clase de activos reconocible.
Garantizar la igualdad de condiciones también será importante, y exigirá la aplicación de normas similares a instrumentos financieros similares para garantizar la competencia justa y desincentivar el arbitraje regulatorio.
La competencia es beneficiosa si motiva a los bancos a modernizar sus servicios, pero no si los lleva a reducir la transparencia o si merma su base de depósitos y encarece sus costos de financiamiento al punto de obstaculizar la concesión de créditos en el conjunto de la economía.
Dado que los bancos son los principales prestamistas de los hogares y las pymes —que por su parte dan empleo a un buen segmento de la fuerza de trabajo—, el riesgo de una excesiva desintermediación bancaria no puede tomarse a la ligera.
Por último, los casos de complejidad regulatoria excesiva son un llamamiento a la modernización. Un volumen considerable de la actividad financiera ha migrado a sectores menos regulados del ámbito no bancario. Con el endurecimiento de las medidas para frenar los flujos ilícitos, los costos de los pagos transfronterizos han aumentado en lugares como el Caribe y el Pacífico. Así pues, han surgido sistemas de pago en los que el anonimato y la imposibilidad de rastreo son características de diseño, no fallos.
Para aprovechar su potencial, este ambicioso programa depende de la cooperación regulatoria a nivel internacional, con el fin de recopilar e intercambiar datos, armonizar los marcos jurídicos y reglamentarios nacionales, lograr la interoperabilidad entre los diferentes canales de pagos transfronterizos y reducir los riesgos de contagio.
Permítanme abordar ahora mi segundo argumento: cómo pueden los países de mercados emergentes y en desarrollo abrirse camino en medio de las complicaciones resultantes de un mundo más dinámico e implacable.
Las criptomonedas estables, además de que podrían llevar a una desintermediación excesiva de los bancos, podrían también plantear otros desafíos importantes desde el punto de vista macroeconómico: pueden transformarse en vehículos de evasión fiscal, lo que reduciría los ingresos tributarios; pueden promover la sustitución de monedas, lo que entorpecería la transmisión de la política monetaria, y pueden restar eficacia a los controles de capital.
De concretarse, este último riesgo podría plantear dificultades especiales para aproximadamente la cuarta parte de los países miembros del FMI, que se siguen resguardando detrás de los controles de capital, y aún más para el subconjunto de países miembros que todavía recurre a la represión financiera y obliga a los ahorristas nacionales a subsidiar la deuda pública.
El debilitamiento de los controles de capital expone a los países a riesgos de sustitución de monedas, volatilidad de los flujos de capital, inestabilidad cambiaria y una erosión de la soberanía monetaria. Los bancos centrales tendrán que adoptar medidas de supervisión que garanticen la solidez del sistema bancario nacional, lo que implica regular adecuadamente la intermediación de las criptomonedas estables y fortalecer sus reservas de divisas.
A medida que a los países les resulte cada vez más difícil recurrir a la represión financiera para limitar los costos del servicio de la deuda y hacer frente a sus desafíos fiscales, los gobiernos tienen que emprender ajustes fiscales profundos que les permitan ampliar sus bases tributarias y reducir sus déficits primarios.
En ese sentido, me reconforta hasta cierto punto que en años recientes muchos mercados emergentes hayan avanzado significativamente en el refuerzo de sus marcos de políticas y sus instituciones, lo que se ha traducido a efectos prácticos de diversas maneras, desde la aplicación de reglas fiscales hasta la independencia de los bancos centrales. Estos avances han contribuido a la resiliencia.
Por otro lado, también me preocupa que, pese a los años de generoso apoyo fiscal en muchos casos, exista poca predisposición pública a la consolidación.
Sin embargo, bajar la guardia ahora sería un grave error. Si la tecnología forzara la apertura de sistemas financieros cerrados, la confianza en la moneda local dependería por completo de aplicar la combinación de políticas correcta. De lo contrario, en el sistema financiero mundial fluido del futuro, las repercusiones podrían ser inmediatas.
Ahora bien, si quisiera adoptar una perspectiva positiva, podría afirmar que, a largo plazo, las innovaciones financieras actuales pueden beneficiar a personas de todo el mundo, no solo al ofrecerles mayor libertad financiera y económica, sino también al incentivar la aplicación de mejores políticas.
Mi tercer y último punto es que los países que emiten los activos de reserva que respaldan las criptomonedas estables —llamémoslos “países emisores”— no quedarán eximidos de la necesidad fundamental de mantener la disciplina en el ámbito de las políticas.
A estos países —encabezados por Estados Unidos como el principal proveedor de respaldo de las criptomonedas estables— no les interesa únicamente garantizar que los sistemas se diseñen de manera que funcionen bien para ellos, sino también limitar el riesgo de efectos indirectos adversos y salvaguardar el sistema monetario internacional.
No cabe duda de que existen beneficios que pueden cosecharse gracias a la tecnología en estas jurisdicciones. Como ha señalado Ken Rogoff, las criptomonedas estables respaldadas por el dólar ofrecen al gobierno de Estados Unidos una nueva manera de aprovechar la masa de dólares que está fuera del país y se estima que asciende a aproximadamente a USD 15 billones.
Siempre que las demás condiciones no varíen, abarcar un grupo más amplio de inversionistas mundiales puede ayudar a los países emisores a reducir sus costos de financiamiento fiscal, si bien esto podría tener como contrapartida un aumento de los costos de endeudamiento en otros países que experimenten una sustitución en detrimento de sus bonos.
Pero el efecto positivo de estos ahorros es tan solo marginal; no pueden reemplazar una gestión responsable de la política macroeconómica.
De hecho, un marco de política macroeconómica creíble en los países emisores es una condición necesaria para generar confianza en la innovación financiera. Y en este sentido aún queda trabajo por hacer. No haría honor a la opinión generalizada de que para el FMI lo más importante es el aspecto fiscal si no señalara que, hoy en día, la mayoría de las economías avanzadas presentan unas trayectorias de deuda pública que exigen la atención de las políticas. Por ejemplo, los rendimientos de los bonos soberanos a 10 años de Estados Unidos, Francia y Japón en la actualidad se sitúan en sus niveles más altos desde 2007, 2008 y 1996, respectivamente.
Y, a medida que estos costos de endeudamiento de referencia aumentan, arrastran consigo las curvas de rendimiento del resto del mundo, una circunstancia que en algunos mercados emergentes contrarresta con creces la compresión de diferenciales que tanto esfuerzo ha costado alcanzar.
En un contexto de crecientes presiones fiscales, los bancos centrales de todo el mundo se ven arrinconados y es posible que deban hacer frente a cuestionamientos sobre los riesgos de predominio fiscal. Así pues, hoy aquí, en este célebre escenario tan vinculado a los debates de política monetaria —en este gran estado conocido por sus rodeos, en el que las matrículas de prácticamente todos los vehículos muestran a un vaquero sobre un potro salvaje—, permítanme plantear la respuesta de la siguiente manera.
La función más importante de los bancos centrales es garantizar que la inflación se mantenga baja y estable. Como varias jurisdicciones clave se enfrentan a presiones inflacionarias persistentes, la única alternativa es mantener un compromiso inquebrantable con la estabilidad de precios. Y eso significa que no hay cabida para vaqueros de la política monetaria a lomos del rescate fiscal, ni en forma de tasas de interés de política monetaria inferiores a su nivel óptimo, ni con nuevos programas de compra de activos.
Lo que resta, por descarte, es un esfuerzo fiscal arduo: disyuntivas sociales difíciles entre reducir el gasto primario y aumentar los impuestos para avanzar hacia una consolidación fiscal creíble a mediano plazo. En demasiados lugares, estas decisiones aún están pendientes. Nuestro consejo es no demorarse más.
Para concluir, me gustaría retomar el tema de la innovación y destacar que, por mucho que se fragmente nuestro mundo, la tecnología siempre tiende a unirnos otra vez. Basta pensar en el transporte aéreo, la Internet o el GPS: todos trascienden las fronteras y hacen de nuestro planeta un lugar más pequeño.
Sin embargo, en lo que a los pagos transfronterizos respecta, seguimos esperando la gran transformación. Ahora bien, aplicando la lógica económica, no me cabe duda de que lo vamos a conseguir; asegurémonos de que se den las condiciones adecuadas para poder obtener los beneficios y gestionar los riesgos.
Gracias por su atención y le cedo nuevamente la palabra, Kristin.