Más de 15 años después de la crisis financiera mundial, el sistema bancario y financiero da la impresión de ser más seguro, pero su evolución también está redefiniendo las fuentes de liquidez, la circulación del dinero y los riesgos para la estabilidad económica y financiera. Esto significa que el próximo shock quizá no provenga de un banco, sino de la nueva infraestructura sobre la que se asienta el sistema.
Después de 2008, los reguladores se apresuraron a reforzar las normas de capital y a introducir nuevas herramientas de supervisión, como las pruebas de tensión. Los bancos reconstruyeron sus balances y empezaron a evitar los préstamos riesgosos y el arbitraje. Fueron los gestores de activos, no los bancos, a quienes se les culpó de la turbulencia financiera al inicio de la pandemia.
Pero aunque los reguladores fortificaron los bancos, las innovaciones posteriores a la crisis alteraron el panorama financiero. Los gestores de activos proporcionaron más liquidez cuando los bancos emprendieron la retirada, las empresas emergentes (start-ups) no bancarias crearon nuevas herramientas de evaluación de riesgo para los prestamistas institucionales, los programadores introdujeron un conjunto más amplio de criptoactivos, y los bancos centrales y los gobiernos establecieron sistemas de pagos en tiempo real.
Estos avances redujeron costos, ampliaron el acceso y agilizaron las transacciones. Pero también dieron lugar a importantes cambios en la estructura de la intermediación financiera. La liquidez, el crédito y los pagos —es decir, la esencia del sistema bancario— dieron un giro hacia los gestores de activos, las plataformas tecnológicas y las redes descentralizadas.
Esta reconfiguración de las finanzas de por sí nos está planteando preguntas importantes. ¿Qué sucede cuando las funciones críticas de las finanzas quedan al margen del marco regulatorio? ¿Cómo se debería garantizar la estabilidad en un sistema financiero más veloz, más fragmentado y menos jerarquizado?
De los bancos a los gestores de activos
Los bancos fueron en su momento los principales generadores de liquidez para los mercados financieros. Pero hoy en día son los fondos de gestión de activos no bancarios, no los bancos, los que aportan una proporción cada vez mayor de la liquidez diaria que el sistema proporciona a los hogares y los inversionistas (gráfico 1). Los fondos de inversiones abiertos y los fondos cotizados en bolsa (ETF) permiten a los inversionistas recuperar su dinero a la vista, a pesar de que sus carteras contienen activos como los bonos empresariales que de líquidos no tienen nada. Prometen liquidez diaria, pero tienen activos subyacentes que no siempre pueden venderse, tal como pasa con los bancos, a diferencia de que estos sí pueden ofrecer garantías de depósitos, reservas de capital y acceso al banco central.

Esto no es una teoría; pasa en la realidad. Mi investigación con Yiming Ma y Kairong Xiao de la Universidad de Columbia muestra que ahora los fondos mutuos colocados en bonos de por sí solos ya aportan una proporción considerable y creciente de liquidez en comparación con el sistema bancario en su conjunto. Pero cuando los mercados se tornan volátiles, los fondos comunes pueden amplificar los shocks en lugar de amortiguarlos. Y es posible que se vean forzados a vender activos ilíquidos en un mercado a la baja, lo cual agravaría la tensión.
Los ETF agudizan la complejidad. En teoría, la mayoría de los ETF son vehículos de inversión pasivos. Más del 95% sigue un índice, como el S&P 500 o el índice agregado de bonos de Estados Unidos de Bloomberg. En la práctica, sin embargo, muchos son sorprendentemente activos. Hoy en día hay más ETF que activos subyacentes. En muchas clases de activos, los inversionistas pueden elegir entre fondos convencionales, de sectores específicos, de estrategias beta inteligentes e incluso de productos de un determinado ámbito como ETF de inteligencia artificial, robótica y proyectos ecológicos.
Entre bastidores, los patrocinadores de los ETF tienen que gestionar activamente las carteras para cubrir los flujos de los inversionistas y mantener los precios en niveles acordes con el valor de los activos subyacentes. Los gestores de los ETF colocados en bonos a menudo se desvían de sus propios parámetros, como lo demuestra el estudio que realizamos con Naz Koont de la Universidad de Stanford, Lubos Pastor de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago y Yiming Ma de la Universidad de Columbia. Los ETF colocados en bonos, en particular, se negocian como acciones líquidas, pese a que tienen bonos subyacentes ilíquidos. Dichos fondos dependen de una red de intermediarios especializados, denominados participantes autorizados, que se dedican al arbitraje de discrepancias de precios entre los ETF y los activos subyacentes.
Los participantes autorizados también negocian con bonos y emplean los mismos balances para gestionar los ETF y atender a clientes que realizan transacciones. Cuando los balances de los operadores se reducen, o cuando los mercados de bonos se atascan, las operaciones de arbitraje de los ETF pueden quedar en vilo. Los precios se desvían, y la liquidez disminuye. Y los inversionistas que esperaban una flexibilidad similar a la de las acciones tal vez terminen con algo que se asemeja más a un fondo de inversiones cerrado.
El nuevo ecosistema de provisión de liquidez está más basado en el mercado, tiene mayor alcance y quizá sea más barato que su predecesor. Los bancos, en definitiva, enfrentan mayores restricciones al suministrar liquidez diaria, y es ahí donde los gestores de activos entran en escena para cerrar la brecha. Pero el nuevo ecosistema opera con un nuevo conjunto de reglas, y enfrenta riesgos diferentes cuando los mercados se congelan.
La inteligencia artificial y los macrodatos
La concesión de préstamos, otrora terreno de banqueros y oficiales de crédito, depende cada vez más de la inteligencia artificial (IA) y los macrodatos. Las plataformas tecnofinancieras no bancarias se valen de los registros de pago y el aprendizaje automático para reducir los costos de búsqueda, obviar los requisitos de garantías, agilizar las aprobaciones de préstamos y llegar hasta prestatarios que los bancos tradicionales suelen soslayar. Por su parte, los datos circulan más libremente entre prestatarios y prestamistas, y sirven para entrenar máquinas cada vez más precisas y adaptativas. Mi investigación con Pulak Ghosh del Instituto Indio de Administración y con Boris Vallee de la Universidad de Harvard analiza lo que sucede en la India. Los pequeños comerciantes que optan más por los pagos digitales que dejan rastros documentales detallados amplían su acceso a los préstamos de capital de trabajo. Pagan tasas de interés más bajas y son menos propensos al incumplimiento. De hecho, las huellas digitales son las nuevas calificaciones de crédito.
Este bucle de retroalimentación entre el crédito y los datos ha incrementado el poder de los gigantes tecnológicos. Plataformas como Ant Group de Alibaba, Amazon y Mercado Libre en América Latina ahora combinan pagos, comercio electrónico y crédito. El volumen de sus carteras de préstamos a consumidores y pequeñas empresas ya es superior al de muchos bancos. La mayor escala aporta conveniencia, pero también produce concentración: la plataforma que controla el botón de pago puede inducir a prestatarios y comerciantes a evitar a los prestamistas de bancos rivales, lo cual plantea cuestiones difíciles acerca de la competencia.
El tamaño no es la única inquietud. Como los gigantes tecnológicos están al margen de las redes de seguridad tradicionales, aún no están sujetos a las reglas habituales sobre capital, liquidez y procesos de resolución. En 2024, Amazon suspendió de repente su programa interno de USD 140.000 millones para préstamos a pequeñas empresas, en un ejemplo patente de cómo el crédito de las plataformas puede desaparecer justo cuando las empresas más lo necesitan. Conforme la IA y los préstamos basados en datos encauzan cada vez más crédito hacia un puñado de canales digitales, van surgiendo más preguntas sobre la aparición de monopolios tecnológicos que son demasiado grandes para quebrar.