El modelo convencional del mercado laboral, que se enseña en clases introductorias de Economía en todo el mundo, no aporta nada especial acerca de la relación entre los empleadores y los empleados; simplemente adapta el diagrama general de la oferta y la demanda y convierte por arte de magia los precios mínimos en salarios mínimos y los sindicatos en monopolios. Según este modelo, el mercado laboral, al igual que el mercado de las neveras o las zanahorias, se rige por las mismas fuerzas de la oferta y la demanda. Pero como las instituciones y las normas del mercado laboral refrenan estas fuerzas, el modelo las considera meros obstáculos para la eficiencia.
Esta visión de un mercado laboral perfectamente competitivo no es del todo errónea. Pero es incompleta, y centra el pensamiento económico en la oferta y la demanda como únicos elementos que importan para el funcionamiento del mercado laboral. Supone que la ley de precio único —según la cual los productos idénticos tienen el mismo precio en todas partes— se aplica a los trabajadores y los salarios. Así pues, el modelo considera que la oferta de capital humano y la demanda inducida por la tecnología son los únicos factores que inciden en el funcionamiento del mercado laboral; las empresas, la normativa o las instituciones intervencionistas, como los sindicatos y los gobiernos, solo desempeñan un papel limitado. En un modelo de competencia perfecta, los esfuerzos por definir las condiciones de los contratos voluntarios entre trabajadores y empresas (como las negociaciones sindicales o el salario mínimo) suelen considerarse, en el mejor de los casos, de importancia secundaria y, en el peor, contraproducentes. Como escribió Milton Friedman, “el empleado está protegido contra la fuerza del patrón, porque puede trabajar para otros patrones”.
Pero las implicaciones empíricas de la teoría no se condicen mucho con la realidad. Por ejemplo, en el caso hipotético de una empresa que reduce los salarios en 10%, el modelo de competencia perfecta predice que a la larga todos los trabajadores acabarán renunciando para ir a la competencia. No hay nada que las empresas puedan hacer para fijar los salarios, y el mercado determina el valor de un trabajador en cada empresa.
Una dosis de realidad
Pero las estimaciones experimentales y cuasiexperimentales en escenarios relativamente no regulados indican, en todos los casos, que no es esto lo que sucede. La proporción de trabajadores que renuncia en respuesta a un recorte salarial es mucho menor, del orden de 20% a 30%, aún menor en las economías en desarrollo, lo que hace pensar que los empleadores disponen de un margen considerable para fijar los salarios. Ofrecer salarios más altos facilita la contratación y la retención de los empleados, pero el mercado no impone ninguna obligación real a las empresas en materia de salarios, y cada empleador puede tomar sus propias decisiones. En otras palabras, los empleadores ejercen un poder de monopsonio: el equivalente en el mercado laboral del poder de monopolio en el lado de la demanda, que otorga a los vendedores cierto grado de control sobre los precios.
La disconformidad con la descripción tradicional del mercado laboral no es algo nuevo. Las críticas más antiguas a este modelo (que es incapaz de predecir el desempleo involuntario, por ejemplo) siguen siendo válidas. Y han surgido nuevas críticas, relativas a la importancia de las empresas, el poder del mercado y las normas culturales.
Sin embargo, el marco convencional sigue siendo el modelo por defecto para la enseñanza y la formulación de políticas económicas, a pesar de las numerosas teorías y datos empíricos que durante la década de 1980 pusieron este modelo en tela de juicio. Antes de CORE Econ (Curriculum Open-access Resources in Economics) —un proyecto de cursos de Economía de acceso abierto en el que participo—, el modelo del mercado laboral en los libros de Introducción a la Economía se basaba en alguna versión del modelo de la oferta y la demanda. Aunque se reconoce que otras fuerzas económicas pueden desviarse del modelo básico, este no ha cambiado. Por esta razón, por ejemplo, en el derecho laboral estadounidense persiste el perjuicio de que tanto las empresas como los trabajadores pueden poner fin a una relación laboral de manera fácil y a bajo costo.
Fisuras en los fundamentos
Gran parte de las críticas actuales al modelo convencional del mercado laboral se derivan de las crecientes fisuras empíricas en el paradigma económico:
- Si bien el modelo básico postula que las empresas tienen poca influencia porque se espera que todos los trabajadores que hacen el mismo tipo de trabajo reciban el mismo salario de mercado, está claro que el comportamiento del empleador determina en gran medida los salarios. Los economistas laborales de principios del siglo XX ya habían reunido algunas pruebas al respecto. Ahora, gracias a datos de alta calidad que vinculan directamente a empleadores y empleados, combinados con cuasiexperimentos transparentes, la investigación ha progresado considerablemente.
- Se ha comprobado que algunos salarios de empresas específicas reflejan, en parte, la productividad y rentabilidad de sus empleadores, lo que se contradice con la ley del precio único.
- Es difícil ver qué efectos negativos pueden tener el salario mínimo en el empleo, cuando el modelo de competencia perfecta predice que si se aumenta el salario mínimo los trabajadores menos productivos terminarán siendo despedidos, sin ningún efecto compensatorio en la rotación de personal o el esfuerzo de trabajo.
- Se ha demostrado además que la concentración del mercado laboral tiene una correlación inversa con los salarios y que las fusiones de grandes empleadores conducen a salarios más bajos. Más recientemente se comprobó que los sindicatos y los salarios mínimos mitigan el efecto negativo de la concentración de salarios.
- En forma más directa, las variaciones cuasiexperimentales de los salarios, sin alterar otros factores, solo producen variaciones moderadas en las renuncias y las contrataciones.
Todo ello apunta a un monopsonio generalizado en el mercado laboral, en el que las empresas fijan salarios de grupos de trabajadores, pierden a los que encuentran mejores opciones en otros lugares, pero obtienen beneficios del resto.
El monopsonio es solo un eslabón de la cadena que hace que el mercado laboral sea más confuso que el modelo de la oferta y la demanda, pero se recurre con frecuencia a él para explicar las anomalías en el mercado laboral. Esto se debe a que se puede cuantificar a partir de datos empíricos disponibles y conceptualmente no se aleja demasiado de los fundamentos económicos básicos. Basta con atenuar el supuesto de que las empresas dan por sentados los salarios del mercado para obtener una visión del mercado laboral mucho más plausible.
Buscar empleo es difícil
Las grandes empresas fijan salarios para categorías enteras de puestos sin tener que competir, lo que crea una entorno no competitivo en el lugar de trabajo. La búsqueda de empleo es un proceso costoso, y muchos puestos y vacantes potencialmente adecuados solo circulan de manera informal a través de las redes sociales. Los datos indican que los trabajadores tienen relativamente poca información creíble sobre empleos fuera de sus empresas (Jäger et al., 2022).
El monopsonio en el mercado laboral se explica en gran medida por el hecho de que un empleo no es solo una fuente de ingresos y que la remuneración no es el único criterio a la hora de elegir un trabajo. El empleo también ofrece experiencias sociales y estatus y, en algunos casos, un sentimiento de identidad. Hay muchos aspectos importantes: las relaciones con colegas y supervisores, la distancia al lugar de trabajo, las preferencias y las aptitudes para determinadas tareas, el horario y el tiempo de trabajo. Las personas aprecian el trabajo que sienten que es valorado por otros. Las experiencias subjetivas del trabajo —como el sentido de propósito, el respeto de la jerarquía y el sentido de dignidad— son aspectos importantes para los trabajadores.
Los empleados varían en su interés por un mismo puesto y en su conocimiento de oportunidades de trabajo en otros lugares. Esto da a los empleadores cierto margen para reducir los salarios, con el riesgo de perder a algunos trabajadores que prefieren trabajar en otro sitio, pero conservando a aquellos para quienes ese empleo es el mejor al que podrían aspirar.