Hasta en el mejor de los casos, el precio de un activo financiero no contiene más que información limitada sobre el activo subyacente. Como lo señaló hace tiempo John Maynard Keynes, el precio de un activo refleja la suma a la que el inversionista espera venderlo en el futuro. Es como si el ganador de un concurso de belleza fuera la persona que predice quién será declarada más bella. No se trata de la belleza en sí ni del “valor fundamental” del emprendimiento económico que ponen a los activos en circulación.
Una empresa puede ser menos compleja que una nación, pero también constituye un emprendimiento complejo que es difícil de medir en una sola escala. En una época, las empresas estaban organizadas con el fin de producir bienes o servicios para los cuales había cierta demanda. Originalmente, tenían que precisar una finalidad para acceder al privilegio de constituirse como empresas; es decir, para operar como una persona jurídica separada que es titular de sus propios activos, contrata en nombre propio y puede resguardar a los accionistas de la responsabilidad de sus operaciones.
Las empresas de hoy ya no persiguen una finalidad concreta; su propósito es producir el máximo valor para los accionistas. En consecuencia, se han transformado en fábricas de dinero que se sirven de los activos como garantía, generan liquidez a pedido recomprando sus propias acciones, y recortan los costos laborales, excepto los del directorio y la cúpula directiva, cuyos incentivos tienen que coincidir con los de los accionistas para que el modelo funcione.
Fábricas de dinero
La transformación de las empresas en fábricas de dinero para los inversionistas produce situaciones extrañas. Por ejemplo, la empresa Boeing salió en las noticias hace unos años cuando se estrellaron dos de sus aviones 737 MAX, y nuevamente hace poco, cuando una puerta se soltó en pleno vuelo. Cuando los dos primeros siniestros dejaron cientos de muertos, familias en duelo y una flota inmovilizada durante meses por pruebas de seguridad, los accionistas demandaron a los directores de la compañía por cientos de millones de dólares, alegando fallas en el control de la seguridad.
El pleito reveló que el directorio no se había ocupado de supervisar la seguridad de las aeronaves. Tenía un comité de auditoría y otro de remuneración, pero ninguno de seguridad, ni tampoco un sistema que les permitiera a los ingenieros comunicar sus inquietudes a los directores.
De hecho, Boeing había trasladado su sede de Seattle, el centro de producción, a Chicago, el centro de inversión, y luego a la periferia de Washington, D.C., presuntamente el centro de presión política. Los directores no creían haber hecho nada malo, sino lo que pedían los accionistas: generar el valor máximo.
El tribunal de primera instancia de Delaware, tradicional defensor de la maximización del valor, falló en su contra, razonando que una empresa aeronáutica tiene la misión crucial de asegurar que sus naves puedan volar, y que la ausencia de un sistema de información y control que alertara al directorio de los problemas de seguridad constituía una violación de las obligaciones fiduciarias.
En respuesta, Boeing aclaró que desde 2019 ha sumado a su directorio miembros con amplia experiencia en ingeniería y seguridad, ha creado un puesto de oficial jefe de seguridad aeronáutica y ha establecido consejos que supervisan la construcción y la calidad de las aeronaves.
Y aunque Boeing no es la única empresa que pone en riesgo a los clientes persiguiendo el valor para los accionistas, las lecciones sobre el peligro de sacrificar la finalidad por el precio no han calado mucho. De hecho, los fondos de capital y de inversión libre continúan intentando extraer rentabilidad financiera —el único valor que reconocen— al margen del costo para los demás. Lo que es peor, el cálculo de precios está infiltrando la política y el gobierno.
La estandarización, la medición y la fijación de precios están desplazando a la deliberación, el razonamiento y el discernimiento. Las claves de pizarra y las tasas de crecimiento pueden revelar algo sobre la economía, pero nada sobre los efectos en el bienestar humano o el medio ambiente, y aún menos sobre el estado en que se encuentran el sistema político y las relaciones sociales.
Mientras los inversionistas buscan dónde refugiar fondos, el cuidado de las personas es mayormente no remunerado; el valor de la creatividad humana se decide en la taquilla; la naturaleza no es más que otra clase de activos susceptibles de explotación financiera; y lo que queda del sentido de comunidad es campo de cosecha para plataformas digitales con fines de lucro. Hete aquí los costos sociales del mecanismo de precios, el cual no incluye casi nada de lo que le importa a la gente.