Si el platino es el Rolls-Royce de los minerales, Sudáfrica debería ser el rey de la carretera. Cuando una joven Gracelin Baskaran se trasladó a Rustenburg con una beca Fulbright, esta ciudad minera sudafricana producía el 70% del platino mundial, que se destinaba a atender lo que parecía una demanda insaciable de este insumo clave de los convertidores catalíticos. Pero esa demanda se desplomó a finales de la década de 2010, cuando el mundo comenzó la transición hacia los vehículos eléctricos. Baskaran, oriunda de Míchigan, afirma que su estancia en el cinturón del platino de Sudáfrica consolidó su interés por los ciclos de auge y caída de los minerales. “Hice un doctorado centrándome en el platino, y ahora pienso a diario en los minerales de toda la tabla periódica”.
Baskaran es la directora fundadora del Programa de Seguridad de Minerales Críticos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. Es economista especializada en minería y tiene un doctorado de la Universidad de Cambridge. Baskaran recorre el mundo elaborando estrategias para la gestión de minerales críticos, pero, según le cuenta a Bruce Edwards de F&D, también dedica buena parte de su tiempo libre a examinar minerales, los que aún yacen enterrados en la corteza terrestre.
F&D: ¿A qué se debe ese interés por la minería?
GB: Me encanta ir a las minas porque al estar frente a la pared rocosa uno aprende muchísimo. ¿Qué otros minerales hay? ¿Qué problemas plantea la extracción? ¿Por qué algunos proyectos tienen éxito y otros fracasan? La minería es todo un ecosistema. Hay un increíble proyecto de tierras raras en California. Tienen un sistema de agua en circuito cerrado, y uno no se puede imaginar lo importante que es eso en un desierto hasta que se ve. He estado en minas en todo el mundo —de uranio, cobre, cobalto, platino, tierras raras— y es genial.
F&D: De veras que es usted una friki de la minería.
GB: Totalmente.
F&D: ¿Qué tan críticos son estos minerales?
GB: Los minerales están presentes en todo... en los teléfonos, en las computadoras, en las tecnologías de defensa, en los semiconductores, en los vehículos. Así que son de importancia crítica para todos los aspectos de nuestra seguridad económica, nacional y energética. Pero tendemos a dar las cosas por sentadas, ¿no? Y durante mucho tiempo no pensamos que los minerales fueran una prioridad política importante. Pero hace unos tres años, China empezó a imponer restricciones a la exportación de germanio y galio, que son necesarios para fabricar semiconductores y chips. Luego vino el grafito, que es necesario para los vehículos eléctricos. Y ahora, las tierras raras.
Cuando entraron en vigor esas restricciones a la exportación de tierras raras, Ford tuvo que dejar de fabricar en Chicago, Japón tuvo que suspender la fabricación de Suzuki y la fabricación de vehículos en Europa se vio interrumpida. De repente, nos dimos cuenta de que no se trataba de un enfrentamiento entre Estados Unidos y China, sino que, cada vez que las cadenas de suministro se concentraban en manos de un solo país, surgía un riesgo económico importante que afectaba a fábricas y hogares en todo el mundo.
F&D: De ahí el afán por conseguir esos minerales. ¿Cómo se compara esto con, por ejemplo, la fiebre del petróleo de finales del siglo XIX?
GB: La diferencia con los minerales críticos —hay 60 en la lista de Estados Unidos— es que están repartidos por todo el mundo. El petróleo es una materia prima que suele concentrarse en unos pocos países. Por eso la OPEP se convirtió en la potencia que es hoy en día. Formar un cártel de minerales es mucho más difícil. La distribución geológica de los minerales nos ha llevado a establecer relaciones con una serie de países con los que nunca antes habíamos mantenido vínculos comerciales, especialmente en África y América Latina. Por lo tanto, la búsqueda de minerales es tan intensa como la fiebre del petróleo, pero mucho más compleja, ya que implica colaborar con un grupo mucho más amplio de países.
F&D: Ha escrito sobre política industrial en relación con una iniciativa estadounidense denominada “Proyecto Bóveda”. ¿De qué se trata?
GB: Es cierto que el término política industrial fue malsonante durante mucho tiempo, pues es la antítesis del libre mercado. Y muchos de nosotros somos defensores acérrimos del libre mercado. Lo que olvidamos es que, a lo largo de la historia, muchos países han recurrido a la política industrial. Japón subvencionó a Honda durante mucho tiempo antes de que la empresa empezara a ser rentable. Finlandia subvencionó a Nokia por mucho tiempo antes de que la empresa fuera viable. Si nos fijamos en los minerales y la cadena de suministro fuera de China, el sector aún se encuentra en una fase incipiente, y un sector incipiente a menudo necesita apoyo para alcanzar la competitividad económica, que es precisamente lo que hace la política industrial.
El apoyo puede darse de diversas formas: subsidios, subvenciones para construir plantas de procesamiento o inversiones de capital. Pero la idea es que el sector necesite este apoyo solo hasta que pueda competir por sí mismo. Una de las cosas de las que nos hemos dado cuenta es que la minería no es una actividad que se desarrolla de la noche a la mañana. Aquí en Estados Unidos, por ejemplo, desde que se descubre un yacimiento, una mina tarda 29 años en empezar a producir.
El Proyecto Bóveda, una de las iniciativas insignia de Estados Unidos, consiste en la creación de reservas estratégicas con fines de seguridad económica. Históricamente, buena parte de nuestra política industrial en materia de minerales se ha centrado en atender las necesidades de defensa en tiempos de guerra. Hemos acumulado existencias con fines de defensa desde 1939. Sin embargo, hasta ahora no habíamos mantenido reservas orientadas a la seguridad económica para las tecnologías civiles, de modo que los fabricantes de automóviles, las empresas de semiconductores y los productores de energía puedan seguir fabricando productos esenciales incluso si un país bloquea el acceso o si hay problemas en el estrecho de Ormuz. El Proyecto Bóveda demuestra que la seguridad en materia de minerales no es solo un imperativo de seguridad nacional, sino también de seguridad económica.