Una falla moral
¿Habría Keynes otorgado un papel tan destacado al dinero si no hubiera encontrado algo intrínsicamente inmoral en él? Probablemente no. Existe un fuerte trasfondo moral y psicológico en la visión del dinero de Keynes, según el cual el amor al dinero, lejos de ser una respuesta racional a la incertidumbre, está motivado por la avaricia, el amor al poder y el amor al oro.
En el drama monetario de Keynes, el amor al dinero tiene dos caras. Aunque bombea sangre a las economías estáticas preindustriales, el excesivo amor al dinero chupa la sangre de las economías modernas. Para Keynes, la cualidad vampírica del dinero estaba simbolizada en la leyenda del rey Midas de Frigia, cuya codicia por el oro era tal que (según algunas versiones) murió de hambre. No se trata de una preferencia racional por la liquidez, sino de una patología psicológica.
Keynes reconocía que, en el pasado, los “riesgos y peligros de todo tipo” tal vez hayan contribuido enormemente a que las personas acumulen dinero. Sin embargo, le desconcertaba la persistencia de esa propensión en los tiempos modernos, cuando las condiciones de vida son mucho más seguras. En lugar de considerar el ahorro como una virtud, Keynes lo veía como un freno a la actividad empresarial. “No es la austeridad, sino la iniciativa empresarial, la que construye las ciudades y drena los pantanos”.
Keynes consideraba que la pugna por el poder entre acreedores y deudores constituía el hilo conductor económico de la historia. El propósito de sus reformas económicas era, por tanto, reducir el poder del acreedor durante su vida económica. Estos planes reflejaban su opinión de que el amor al dinero es una enfermedad del alma, pero también felix culpa, o una “culpa afortunada”, porque impulsa el crecimiento económico que liberará a la humanidad de trabajar arduamente. Para dar rienda suelta a esta libertad, los programas gubernamentales deberían aprovechar “el deseo desmedido de acumular riqueza” e impulsar la inversión productiva.
Keynes hoy en día
¿Qué aspectos del legado de este destacado pensador exigen nuestra atención en nuestros días? Permítanme sugerir tres.
En primer lugar, un retorno a la cuestión del propósito del crecimiento económico. ¿Cuánto más crecimiento, y qué tipo de crecimiento, se necesita para garantizar unas buenas condiciones de vida materiales? ¿Qué sistema económico es el que más propicia las condiciones necesarias?
El propósito inicial de la actividad económica es utilitario: ganarse la vida. Pero, además de esto, según indica Keynes, la actividad económica es un medio para alcanzar una buena vida y no debería extenderse más allá de lo necesario para ese fin. Esta filosofía puede ayudar a centrar nuestro debate sobre las profundas cuestiones éticas que plantea el futuro de la humanidad en una era impulsada por la IA.
Esto también puede darnos herramientas para abordar la coexistencia entre una acumulación inimaginable de riqueza y un estancamiento y un subempleo generalizados, condiciones que revitalizan el argumento de Keynes a favor de la inversión pública. Una “observación vigilante” debería bastar para descartar desatinos que ahora se han puesto de moda, como la hipótesis del mercado eficiente.
En segundo lugar, un nuevo impulso para volver a poner el dinero en circulación, para destrabar la riqueza acumulada. Cabe recordar que las criticas iniciales de Keynes al patrón oro iban dirigidas tanto a la escasez del metal como a la tendencia a acapararlo por parte de países superavitarios, como Estados Unidos, el rey Midas de los tiempos de Keynes. El objetivo de estos sucesivos planes de reforma monetaria mundial, incluida una unión monetaria internacional, era lograr que Estados Unidos se deshiciera de sus reservas de oro y restablecer el equilibrio comercial.
El rechazo de Estados Unidos a este enfoque dio lugar al sistema de Bretton Woods, centrado en el dólar, que se estableció en 1944 y donde solo la divisa estadounidense era convertible a oro. A partir de ese momento, Estados Unidos empezó a padecer el síndrome del rey Midas: el dólar, la principal moneda de reserva del mundo, se fue encareciendo progresivamente con respecto a la de sus principales competidores, más recientemente China.
Para restablecer la capacidad manufacturera y exportadora de Estados Unidos se necesitaba por lo tanto que el valor del dólar disminuyera. Los aranceles del Presidente Donald Trump pueden interpretarse como un intento tosco de forzar el necesario realineamiento de divisas, pero a expensas de una gran disrupción en los mercados comerciales y financieros.
Keynes habría procurado llegar al equilibrio comercial de una manera más fina. El paso más importante consistiría en sustituir la función de reserva del dólar por una nueva moneda de reserva internacional que denomina “bancor”. El mismo resultado se podría lograr mediante un incremento progresivo de los derechos especiales de giro de los países miembros del FMI.
El exgobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, rescató la propuesta del bancor de Keynes en 2009 como medio de inyectar la liquidez necesaria para la expansión del comercio internacional. Pero Estados Unidos frenó en seco ese intento de reforma monetaria.
De cara al futuro
En tercer lugar, hay que mostrar valentía en los momentos duros. Este aspecto del legado de Keynes nos insta a que nos enfrentemos a los peligros actuales buscando sin temor remedios para los males del capitalismo que a la vez preserven “la eficiencia y la libertad”.
Actualmente nos enfrentamos a interrogantes similares a los de hace un siglo: ¿presagia la creciente división del mundo en bloques hostiles un regreso a la barbarie? ¿puede la democracia controlar a la oligarquía financiera? ¿puede afrontar conflictos raciales y culturales y acometer inversiones que frenen la creciente desigualdad dentro de los países y el calentamiento global? ¿o resulta inevitable una regresión democrática, secundada por la violencia nacional e internacional?
En 1939, Keynes contemplaba la guerra como el gran experimento que validaría sus postulados. Estaba en lo correcto. Fue la Segunda Guerra Mundial, y no la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, la que condujo al pleno empleo. No obstante, por muy tentador que resulte eliminar el excedente de capacidad mediante el gasto militar, las ideas de Keynes son independientes de los fines para los que se puedan utilizar.
La pérdida de confianza en la posibilidad de un futuro próspero ha contribuido a amplificar los problemas del mundo: económicos, geopolíticos y espirituales. El interrogante actual es tan crudo como el que formuló Keynes en 1936: ¿hace falta un apocalipsis para despertar a los políticos de sus letargos intelectuales, o un mejor análisis de nuestros problemas puede sanar a nuestra maltrecha civilización en condiciones de paz y libertad?
Nota del editor: El autor falleció el 15 de abril, a la edad de 86 años, antes de que se completara la edición del presente artículo. La última edición de este artículo, que se basa en su próximo libro, Keynes for Our Times, se acordó con su asistente, Attila Mesterházy, que trabajó con él en su libro.