El relato sobre la tecnología mundial se ha tornado excesivamente binario. El discurso dominante suele describir el progreso —en particular en el ámbito de la inteligencia artificial— como un juego de suma cero entre Estados Unidos y China. Pero centrarse demasiado en la pugna entre esos dos países por la supremacía tecnológica total —desde los modelos fundacionales de inteligencia artificial y los vehículos eléctricos hasta la biotecnología y las energías renovables— relega a un segundo plano modelos de innovación importantes que existen en otros lugares.
Más allá de una mera aspiración igualitaria de democratizar la tecnología o de promover la inclusión, existen otros motivos de peso para examinar lo que sucede en otros lugares. Los enfoques alternativos pueden ayudarnos a entender mejor cómo podría manifestarse el progreso tecnológico y mostrarnos cómo potenciarlo.
Ignorar lo que sucede en otras regiones equivale a ignorar otras estrategias. Resulta valioso reformular la competencia tecnológica como la rivalidad entre sistemas diferentes, no entre países diferentes. Durante la Guerra Fría, la competencia mundial se planteó como la pugna entre el capitalismo y el comunismo, lo que permitió a los observadores contrastar las ventajas relativas de ambos enfoques. El debate actual sobre la innovación carece de esta perspectiva sistémica y se centra en su totalidad en el enfrentamiento tribal entre solo dos antagonistas principales.
Algunos hablan de un contraste entre modelos: uno orientado hacia el mercado y otro liderado por el Estado. Pero esa distinción no se verifica en el caso de las industrias tecnológicas de ambos rivales. El papel de la planificación centralizada en China suele exagerarse. Alibaba, Tencent y ByteDance no son creaciones del Estado. Para estas empresas, la intervención del gobierno puede ser tanto beneficiosa como perjudicial. Su éxito no se explica tanto por el control estatal, sino más bien por aplicar el manual propio de Silicon Valley.
El sector tecnológico de China despegó tras la llegada del capital de riesgo de estilo estadounidense, que importó íntegramente la infraestructura jurídica de Silicon Valley al contexto chino, tal como Sebastian Mallaby relata en su libro The Power Law, publicado en 2022. Las inversiones solían estructurarse a través de abogados estadounidenses, las controversias se dirimían de conformidad con la ley del estado de Nueva York, y para crecer estas empresas emitieron a favor de sus primeros empleados opciones de compra de acciones al estilo Silicon Valley.
La competencia entre China y Estados Unidos en el sector tecnológico no es entre modelos distintos, sino entre intensidades diferentes del mismo modelo. Aunque China es diferente desde el punto de vista político, su industria tecnológica puede depender del mercado en un grado incluso mayor que en Estados Unidos. El dinamismo de Shenzhen hace que se vea como una versión potenciada de Silicon Valley. La competencia despiadada entre las empresas nuevas, que Kai-Fu Lee, autor del libro AI Superpowers (2018), describe como una “lucha [a muerte] entre gladiadores”, ha hecho de la “involución” un tema dominante en el discurso nacional de China. La involución puede describirse como una modalidad exacerbada de hipercapitalismo que se consideraría extrema incluso en la cuna occidental de la cual proviene.
La mayor parte de los avances tecnológicos ocurren dentro de marcos similares. El capital de riesgo, las rondas de financiamiento por etapas, el aumento rápido de la escala y una lógica en la que el ganador se lo lleva todo definen el cambio tecnológico de la actualidad. No obstante, muchas de las ideas tecnológicas más revolucionarias (Internet, el correo electrónico, el bitcoin) surgieron al margen de las sociedades comerciales y los productos monetizados. Es aquí donde resulta útil considerar alternativas de modelos de innovación más allá de Estados Unidos y China.
El dilema del innovador
Pensemos en Corea del Sur. El país pasó de ser una de las naciones más pobres del mundo a finales de la Segunda Guerra Mundial a ser una de las más ricas, en gran medida debido a conglomerados tecnológicos como Samsung, Hyundai y LG. Estas empresas a gran escala, a menudo denominadas chaebols, suelen citarse como ejemplo al examinar la manera en que las empresas tecnológicas contribuyen al desarrollo nacional. No obstante, un aspecto que suele pasarse por alto al analizar su éxito es su inusual longevidad en un contexto de cambios tecnológicos vertiginosos.
Los estudiantes de administración de empresas estudian el “dilema del innovador”, un término acuñado por el difunto Clayton Christensen, académico de la Escuela de Negocios de Harvard, para describir la manera en que los gigantes tecnológicos de una era son tomados completamente por sorpresa por las sucesivas olas de transformación. Kodak, BlackBerry y Nokia son algunos ejemplos que suelen citarse. Según este argumento, estas empresas están tan preocupadas por proteger las tecnologías sobre las que se basa su negocio que perciben las innovaciones como una amenaza, no como una oportunidad.
El corolario natural es que el progreso tecnológico no ocurre cuando los actores existentes presentan innovaciones, sino mediante lo que el economista político Joseph Schumpeter denominó “destrucción creativa”, algo que sucede cuando nuevos pioneros revolucionarios destruyen industrias y ocupaciones antiguas y crean otras que las reemplazan. La destrucción creativa y el dilema del innovador no suelen cuestionarse y a menudo se aceptan como parte de la ortodoxia económica, como un reflejo de la manera en que ocurren las cosas.
Las empresas coreanas son una excepción. Los orígenes de Samsung y Hyundai se remontan a principios del siglo XX, al igual que empresas estadounidenses como General Motors e IBM. Pero mientras que las empresas estadounidenses hace mucho que han dejado atrás su época de esplendor, los conglomerados coreanos siguen siendo competitivos a nivel mundial y están incursionando en nuevas industrias de vanguardia.
Tras fabricar sus primeros dispositivos portátiles en la década de 1970, Samsung estuvo por años a la zaga de las empresas nórdicas y japonesas, hasta que en 2007, cuando Steve Jobs presentó el iPhone, se transformó en el segundo principal fabricante. A partir de allí, Samsung siguió prosperando, en tanto que Nokia, Ericsson, Motorola y BlackBerry fueron quedando por el camino. En cinco años, la empresa destronó a Apple como el principal fabricante de teléfonos inteligentes del mundo.
Pero el predominio de Samsung es incluso más amplio que lo que dejan ver sus volúmenes de ventas. También es el principal proveedor de Apple. La llamativa estrategia de la empresa coreana de hacer negocios con sus rivales contribuye a que gane dinero no solo gracias a sus propias ventas, sino también a las de su principal competidor.
Competencia cooperativa
La longevidad de Samsung podría parecer un excepcional golpe de suerte, pero la realidad es que la empresa ha prosperado en diversos sectores, desde los televisores hasta los semiconductores y electrodomésticos. Esto demuestra que su habilidad de enfrentar con éxito el dilema del innovador es sistemática, algo que comparte con otras empresas coreanas.
Hyundai, cuyos orígenes como empresa de construcción se remontan a 1947, ahora compite en una gama de industrias, entre ellas la robótica y las baterías, y es uno de los principales fabricantes de vehículos eléctricos. Pese a los esfuerzos de sucesivos gobiernos coreanos de disminuir la influencia económica de estos conglomerados, hace ya tiempo que estos chaebols han escapado de la supervisión estatal. Se debe en gran medida a estas iniciativas que las plataformas coreanas de la era de Internet, como Kakao, Naver y Coupang, surgieran al margen del control de los chaebols. Y sin embargo, después de tres décadas de intentos para lograr que dejen de ocupar un lugar predominante en la economía, estos conglomerados tradicionales han incursionado de manera agresiva en nuevos sectores y ahora están en el centro de la estrategia nacional de inteligencia artificial y semiconductores.
Corea ofrece una alternativa útil a la celebrada innovación disruptiva de Silicon Valley. La disrupción está tan intrínsecamente ligada al progreso tecnológico que sus connotaciones negativas suelen pasarse por alto. Aunque la destrucción creativa puede ser un motor de la industria, a menudo son los trabajadores y las comunidades quienes pagan los costos, en la forma de pérdida de puestos de trabajo y desindustrialización.
El modelo coreano también tiene sus desventajas. La profunda influencia de los conglomerados del país en los asuntos nacionales es uno de los temas políticos centrales. Pero a la vez, estas organizaciones dejan claro que la evolución puede ser tan poderosa como la revolución, y que las grandes empresas pueden ofrecer estabilidad y mantenerse vigentes a la vez que se adaptan a los cambios tecnológicos.