Las criptomonedas y las DeFi buscan replicar el dinero, los pagos y diversos servicios financieros. Se basan en tecnologías de registros distribuidos que no requieren permisos, como las cadenas de bloques, que habilitan funciones técnicas adaptables a nuevas demandas, así como a fronteras abiertas. Pero sus fallas estructurales impiden crear una base sólida para el sistema monetario.
En primer lugar, los criptoactivos carecen de un ancla nominal firme. El sistema depende de criptomonedas volátiles y de las denominadas “monedas estables” que pretenden anclarse manteniendo un valor fijo frente a una moneda soberana como el dólar de EE.UU. Pero las criptomonedas no son monedas, y las monedas estables no son estables. Esto quedó demostrado con la implosión de TerraUSD en mayo de 2022 y las dudas persistentes sobre los activos reales que respaldan la principal moneda estable, Tether. Es decir, las monedas estables procuran “contagiarse” de la credibilidad del dinero real emitido por los bancos centrales. Esto muestra que, si no existiera el dinero de los bancos centrales, habría que inventarlo.
En segundo lugar, las criptomonedas crean fragmentación. El dinero es una convención social, caracterizada por el efecto de red: cuanta más gente use un tipo de dinero, más atractivo será para otros. Este efecto de red se basa en una institución fiable, el banco central, que garantiza la estabilidad de la moneda y la seguridad y firmeza (liquidación e irreversibilidad) de las transacciones.
El carácter descentralizado de las criptomonedas se basa en incentivos a validadores anónimos para confirmar transacciones, en forma de comisiones y rentas. Esto causa congestión e impide el dimensionamiento a escala. Por ejemplo, cuando la red Ethereum (una cadena de bloques muy usada para aplicaciones de DeFi) se acerca a su límite de transacciones, las comisiones aumentan exponencialmente. Por ende, en los últimos dos años, los usuarios se han pasado a otras cadenas de bloque, lo que agudizó la fragmentación del panorama de la descentralización financiera (gráfico 1). Esta característica inherente impide su uso generalizado (Boissay et al., 2022) y, dadas estas fallas, el criptoespacio no es estable ni eficiente: es poco regulado, sus participantes no rinden cuentas a la sociedad, y los frecuentes fraudes, robos y estafas han suscitado gran temor sobre su integridad.

Las criptomonedas nos han presentado posibilidades de innovar. Pero sus elementos más útiles requieren bases más sólidas. Al adoptar nuevas capacidades técnicas, pero sobre una base de confianza, el dinero de los bancos centrales puede proveer el pilar para un ecosistema monetario diverso, escalable y diseñado teniendo en cuenta el interés público.
Los árboles y el bosque
Dada la función que cumplen en el sistema monetario, los bancos centrales están en condiciones de aportar esa base de confianza: en primer lugar, como emisores de moneda soberana; y en segundo lugar, porque su misión es proporcionar los medios para la liquidación final de los pagos. Son también responsables del funcionamiento ordenado de los sistemas de pago y de salvaguardar su integridad mediante la regulación y supervisión de los servicios privados.
Si el sistema monetario es un árbol, el banco central es su tronco macizo. Las ramas son los bancos y otras instituciones privadas que compiten por dar servicios a hogares y empresas. Los bienes públicos de los bancos centrales podrán sustentar los servicios innovadores para respaldar la economía digital. El sistema se basa en la liquidación en el balance general del banco central.
Desde una óptica más amplia, el sistema monetario mundial es como un bosque frondoso (véase gráfico 2). En las copas de los árboles, las ramas se unen y permiten la integración transfronteriza.
