Herramienta de transparencia
En tiempos de crisis, los indicadores oficiales pueden fallar debido a retrasos en la presentación de los datos. Los datos alternativos tuvieron un gran momento al comienzo de la pandemia de COVID-19. En los dispositivos de Apple y Android, los sistemas GPS detectaron una reducción de las visitas a las tiendas, y también revelaron dónde se estaban incumpliendo las órdenes de confinamiento. De igual forma, cuando se paralizaron los servicios gubernamentales en Estados Unidos en octubre de 2025, los organismos de estadística no podían publicar datos, por lo que el sector privado colmó ese vacío. Las tendencias del empleo procedieron de ADP y Carlyle, un fondo de capital riesgo que gestiona 277 empresas con un total de 730.000 empleados.
Los datos alternativos sirven como mecanismo de control a los gobiernos. Los datos oficiales sobre la inflación en Argentina llegaron a tal nivel de ridiculez a comienzos de la década de 2010 que The Economist pasó a utilizar en su lugar datos de PriceStats, una empresa fundada por dos economistas de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts. Esta empresa hace un seguimiento de los cambios diarios en 800.000 precios de 40 millones de productos en 25 economías. Ante las preguntas surgidas acerca de la integridad de los datos de Estados Unidos después de que el presidente Donald Trump destituyera a la comisionada de la Oficina de Estadísticas Laborales en agosto de 2025 tras un informe negativo sobre empleo, los datos alternativos pueden ser una herramienta independiente para la transparencia.
La plétora de nuevas fuentes de datos y técnicas es especialmente importante en las economías en desarrollo, que carecen de la capacidad institucional, los fondos, las aptitudes y la voluntad política que se precisan para recopilar, analizar y comunicar estadísticas. Si se abordan con creatividad, los datos del sector privado pueden ser transformadores. Por ejemplo, muchas economías en desarrollo no pueden costear los equipos necesarios para medir fenómenos meteorológicos en zonas remotas, como las precipitaciones, lo que permitiría enviar alertas tempranas de inundación. Pero los operadores de telefonía móvil tienen torres de telefonía celular en todo el territorio. Esas torres se comunican entre sí constantemente para intercambiar información sobre la red y transferir el tráfico. Pero la señal pierde fuerza cuando llueve, y esto permite medir la precipitación. Se necesita más originalidad de este tipo para suplir la falta de datos en los lugares pobres.
De todas formas, crear indicadores más precisos, detallados y oportunos no significa gran cosa si no hay forma de utilizarlos de manera eficaz. “A menos que, al mismo tiempo, vayamos a elevar el ritmo de implementación, los macrodatos tienen una utilidad limitada”, dijo Greenspan en una entrevista que le hice por correo electrónico en 2014.
Un mundo feliz
Además, lo que está en juego va más allá de la necesidad de mejorar lo que ya existe o colmar las lagunas conocidas. La datificación de las actividades que nunca se han traducido en datos ofrece una oportunidad única de aprender cosas nuevas sobre el mundo. La sociedad está apenas en los albores de una gran transformación de su capacidad de entender.
Una dimensión preliminar de esta transformación es el “gráfico económico” de LinkedIn, que mide las actividades laborales de 1.200 millones de personas, 67 millones de empresas, 15 millones de empleos, 41.000 aptitudes y 133.000 escuelas. Muchos países lo utilizan para responder a preguntas como “¿Qué aptitudes están creciendo más deprisa, dónde está aumentado o disminuyendo el empleo, cuán difícil resultan los cambios de trayectoria profesional en cada ocupación y en qué sectores y países hay más mujeres en puestos directivos?” Esta información nunca se había podido seguir, analizar ni comparar hasta ahora.
Un análisis tan profundo de la información personal podría parecer una amenaza para la privacidad, no tiene por qué ser así. Existen técnicas avanzadas de procesamiento de datos —con nombres que recuerdan la era espacial, como aprendizaje federado, cifrado homomórfico, computación multipartita segura y privacidad diferencial— que permiten analizar datos cifrados, por lo que la verdadera información no es visible para quien procesa los datos. El sistema está todavía en una etapa muy temprana, puesto que es difícil de manejar, pero ya hay empresas y organismos de estadística que están experimentando con él.
Por supuesto, hay limitaciones al uso de datos de empresas “en su estado natural”. Muchas veces se trata de datos residuales, es decir, generados como subproducto de la actividad empresarial normal de una compañía, por lo que contienen los mismos sesgos de ese entorno. Las empresas de Carlyle aceptaron ser adquiridas por un fondo de capital riesgo y, por tanto, tal vez no eran las más sólidas; LinkedIn probablemente tenga más miembros profesionales que de clase trabajadora (y, por tanto, a lo mejor tiene sesgos hacia los grupos con mayores ingresos); ADP no tiene información sobre el empleo en la economía gris (quienes se dedican a cuidar niños, limpiar casas o lavar autos, por ejemplo), cuyas cifras quizá sean un indicador aún más preciso de la salud de la economía.
Además, no se puede depender por completo de los datos alternativos porque no hay garantías de que siempre vayan a estar disponibles. Por ejemplo, la empresa estadounidense de software Intuit elaboró un índice de pequeños negocios con datos agregados extraídos de su software de contabilidad QuickBooks. En 2015 dejó de generar estos informes y después, en 2023, los volvió a lanzar, pero con una metodología distinta y más sólida. Por tanto, el futuro no se basará solamente en los datos alternativos, sino en una combinación de fuentes oficiales y oficiosas complementarias. Aun así, este es un mundo feliz.
Indicadores modernos
Y así, volvemos a las resonancias magnéticas. La tecnología de imágenes por resonancia magnética se remonta a 1974, cuando la patentó Raymond Damadian, de la Universidad Estatal de Nueva York, como un medio no invasivo para detectar el cáncer. Ese mismo año se produjo una devastadora recesión en Estados Unidos que inspiró a un economista de la Universidad de Yale y antiguo asesor de la Casa Blanca, Arthur Okun, para crear un nuevo indicador capaz de mostrar su impacto en las personas, y no en la economía en general como concepto abstracto.
Su índice de malestar económico, que más tarde pasó a llamarse “índice de miseria”, llegó a ser muy conocido en el contexto político estadounidense. Ronald Reagan se valió de él para imponerse a Jimmy Carter en las elecciones presidenciales de 1980. Pero no es más que la suma de las cifras de desempleo e inflación. No es difícil imaginar un indicador moderno para la era de la inteligencia artificial.
Podría recopilar información sobre las distintas formas en que cada uno expresa su malestar, empezando por los cambios en los patrones de gasto, por ejemplo, no mediante una cifra tosca sobre el descenso del consumo, sino sobre la sustitución de un buen bistec por una sopa de sobre. Lo mismo con las facturas de agua o electricidad pendientes de pago o las cuotas vencidas del crédito para la compra de un vehículo. También se incluirían los incidentes de violencia al volante, manejo errático y colisiones leves, no de forma acumulada, sino individualizada. Los Apple Watch pueden llevar un registro de la calidad del sueño y el nivel de estrés durante el día. En las calles, tiendas y oficinas hay cámaras de circuito cerrado con capacidad de reconocimiento facial que pueden registrar las emociones de las personas. Los retretes tienen biosensores capaces de medir los niveles de hormonas de los usuarios, como el cortisol o la epinefrina, que se elevan en los momentos de ansiedad.
No se puede llegar más cerca de la realidad de referencia. Seguramente estos datos de ciencia ficción a muchos les sonarán aterradores: las implicaciones en cuanto a privacidad son preocupantes, por mucho que los datos, en teoría, se puedan anonimizar. Si el Estado dispone de esta información, ¿no tiene el deber de intervenir para ayudar a las personas y proteger a la sociedad? T. S. Eliot se lamentaba: “Después de tal conocimiento, ¿qué perdón?”
Esos datos alternativos no se van a materializar pronto, y quizá nunca. Los paradigmas solo cambian cuando se renuevan las generaciones. Además, el “techlash” —la reacción contra la tecnología— está cobrando fuerza porque el público desconfía cada vez más del uso indiscriminado de los datos, y el optimismo de las primeras etapas de Internet se está desvaneciendo. Lo ideal sería que los científicos sociales de hoy tuvieran la dedicación, la ética y la flexibilidad mental necesarias para aprovechar lo mejor de la inteligencia artificial y los macrodatos y evitar sus inconvenientes. Después de todo, los radiólogos ya no necesitan la versión “clásica” de las resonancias magnéticas.