Los datos son el combustible de los algoritmos de inteligencia artificial que han empujado a los mercados bursátiles a máximos históricos con la promesa de transformar las economías. Pero ¿cómo determinar su valor? Los datos no se extraen en una mina ni se forjan en una fábrica; más bien, se acumulan, invisibles, como derivados de la vida moderna: cada búsqueda, clic o paseo matutino con el teléfono en el bolsillo deja un rastro de información que alguien, en algún lugar, puede usar.
Cuando un bien no tiene un precio observable, como ocurre por ejemplo con los servicios públicos, solemos valorarlo en función del costo. Los datos, sin embargo, no tienen un costo explícito. Cuando un minorista registra una venta o una aplicación cartográfica registra nuestra ubicación, se produce un dato. Obviamente, las empresas gastan fortunas en procesar, analizar y transformar datos. Contratan a ejércitos de expertos e invierten en infraestructura informática para extraer del ruido un patrón. Sin embargo, los datos brutos subyacentes son como los gases del tubo de escape de nuestro motor económico. ¿Cómo valorar algo que, sencillamente, aparece?
La verdad es que los datos no son gratuitos: todos somos productores remunerados de datos. Cuando nos apercibimos de que los datos nacen de las transacciones, surge una lógica económica más profunda. Si una empresa que busca maximizar sus beneficios encuentra valor en los datos que recibe de sus clientes, eso le supone un incentivo para promover las transacciones, ya que más transacciones significan más datos. Los clientes, por su parte, compran más cuando pagan menos. Las empresas que no ofrecen rebajas de precio ceden clientes a la competencia; para incrementar los beneficios, se ven obligadas a hacer descuentos, no por una cuestión de equidad sino para generar más ventas y más datos.
La mayor parte de la economía de hoy opera en función de ese acuerdo tácito. Cada compra digital, cada descarga de una aplicación, cada clic es una transacción doble: los consumidores compran un bien o un servicio y, al mismo tiempo, venden sus datos. El precio observable —la cantidad de dinero que cambia de manos— es en realidad el precio neto de estos dos intercambios. Las empresas obtienen ingresos y datos; los consumidores, productos y comodidad.
Agrupación de precios
El problema radica en que, como consumidores, no sabemos qué precio pagamos ni qué descuento recibimos a cambio de los datos. No hay manera de determinar si la transacción es equitativa. Por lo general, los consumidores no tienen la opción de comprar un bien sin vender datos. Hacer que dos transacciones ocurran simultáneamente —en este caso, una venta de datos y una compra de un producto— es lo que los economistas denominan agrupación. Gracias a esa maniobra, se garantiza que el consumidor se beneficie menos porque se le oculta el precio de los datos.
Imagínese que viaja a un país que usa otra moneda. El primer día, paga 18 dólares por un almuerzo que debería costar 3, pero al cabo de unos días, habrá aprendido cuándo regatear, cuándo irse sin comprar y qué precio es justo. En la economía digital, vivimos perpetuamente el primer día del turista. Vendemos datos cada vez que hacemos clic o compramos en Internet, pero, como se trata de una transacción agrupada, nunca vemos el precio y la experiencia no nos enseña nada.
Si las regulaciones obligaran a las empresas a desagrupar las transacciones —a publicar tanto el precio de la transacción con la cesión del derecho de uso de los datos, como el precio de la transacción privada—, habría más claridad en el mercado de datos. Los consumidores verían el descuento por los datos; algunos decidirían que es justo y otros no entregarían los datos a menos que el descuento fuera sustancial. Con el tiempo, dejarían de ser turistas ingenuos para convertirse en astutos proveedores de datos que exigirían su parte de las ganancias de la economía digital.
El reto para los economistas y las autoridades es convertir los datos —un activo invisible que nos rodea— en algo que podamos contar, contener y valorar poniéndole un precio. Los economistas han comenzado a crear herramientas para medir datos. Cada método adopta su propia perspectiva del “valor” y servirá en diferentes situaciones.