No hay muchas maneras elegantes, fáciles o políticamente astutas de reducir la deuda.
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Las opiniones expresadas en los artículos y otros materiales pertenecen a los autores; no reflejan necesariamente la política del FMI.
Durante años, las autoridades han tratado la deuda pública como un elástico que podía estirarse sin nunca llegar a romperse. Se estiró durante la crisis financiera mundial y una vez más durante la pandemia de COVID-19. Hoy en día, la deuda pública supera el producto económico anual en varias importantes economías avanzadas, y por eso la pregunta que surge es la siguiente: ¿cuánto más puede estirarse el elástico en la próxima crisis?
La acumulación de deuda está sembrando inquietud en todo el mundo, y con razón, como veremos en este número. La deuda en varias economías avanzadas ha alcanzado máximos jamás registrados en épocas de paz, y eso eleva los costos de endeudamiento tanto para los gobiernos como para los consumidores. El aumento de la deuda y las tasas de interés elevadas plantean decisiones difíciles para las autoridades: subir los impuestos, recortar el gasto en servicios esenciales y prestaciones, avivar la inflación; o postergar el ajuste de las cuentas endeudándose aún más y aferrándose a la esperanza de que la prima impuesta por los mercados no sea demasiado alta.
Todo esto hace que las disyuntivas inherentes a la política fiscal sean cada vez más difíciles de gestionar, según Era Dabla-Norris y Rodrigo Valdes, del FMI. A medida que las sociedades envejecen y las economías se desaceleran, los costos de las pensiones y la atención de la salud están creciendo a mayor ritmo que las recaudaciones. En muchas de las regiones avanzadas y emergentes del mundo, estos costos recaen sobre una fuerza de trabajo cada vez más reducida.
¿Cómo subió la deuda hasta estos niveles vertiginosos? Alan Auerbach se centra en el caso de Estados Unidos y señala la creciente polarización política, que impide los consensos bipartidistas que se requieren para tomar medidas impopulares pero necesarias, como subir impuestos y recortar el gasto. Asimismo, Alan Blinder señala que lamenta la incompatibilidad entre el afán de los economistas por la eficiencia y el cortoplacismo de los políticos; los unos tienen que aprender a hablar el idioma de los otros.
Atif Mian explica que el ahorro excesivo —por parte de los ricos en las economías avanzadas y por China en general— está creando una situación en la que para sustentar el crecimiento es necesario endeudarse y acumular déficits. Pero sostiene que este modelo de crecimiento basado en la “demanda endeudada” es intrínsecamente frágil.
Sanear las finanzas públicas será difícil pero no imposible, escriben Zsolt Darvas y Jeromin Zettelmeyer, quienes, tras estimar la magnitud del ajuste que necesitan las economías avanzadas europeas, entre ellas Alemania y Francia, llegan a la conclusión de que con medidas bien calibradas, como reformas para promover el crecimiento económico y afianzar la disciplina fiscal, se puede encauzar la deuda por una senda sostenible sin sacrificar las inversiones para el futuro. Señalan que Grecia, Irlanda y Portugal enfrentaron graves crisis fiscales hace 15 años, y ahora son modelos de disciplina.
Esos son los ejemplos positivos. Pero la tensa situación geopolítica actual incrementa el riesgo de trastornos en la oferta que podrían desembocar en estanflación y, a la larga, ejercer mayor presión sobre las finanzas públicas, escriben Giancarlo Corsetti y Leonardo Melosi. Analizando la relación entre las autoridades fiscales y monetarias, plantean un incitante punto de vista: para lograr un ajuste sostenible probablemente será necesario ser pragmáticos y tolerar períodos de inflación por encima de los niveles fijados como meta.
Esto quizá no sea atractivo, pero tampoco lo son las alternativas. No hay muchas maneras elegantes, fáciles o políticamente astutas de reducir la deuda. Al mismo tiempo, “el saneamiento de las finanzas públicas no consiste en una austeridad indiscriminada”, escriben Dabla-Norris y Valdes. La historia demuestra que la gente está más dispuesta a aceptar reformas penosas si sienten que la carga que eso implica está distribuida equitativamente. En tal sentido, recomiendan medidas para hacer más transparentes las finanzas públicas, lo que a su vez generaría confianza y reduciría las brechas entre lo que es políticamente posible y lo que es técnicamente factible.
Todo esto resulta desalentador, pero la innovación ofrece una luz de esperanza: la próxima ola de avances tecnológicos podría reactivar el crecimiento mundial y aligerar el peso de la deuda. Pero no podemos esperar a ese día para empezar a gestionar la deuda con prudencia. Se necesita disciplina de forma urgente. La alternativa, como muestran nuestros autores, es un riesgo cada vez mayor de turbulencia económica y erosión de la fe en el gobierno.