Ausencia de daños perceptibles
Otra explicación de la pérdida de preocupación por los déficits es la ausencia de daños perceptibles. Durante mucho tiempo, las autoridades han defendido la consolidación fiscal ante los votantes con el argumento de que una mayor deuda pública hace subir las tasas de interés. Esto aumenta la carga del servicio de la deuda para el propio gobierno, pero también encarece el crédito para los hogares cuando piden un préstamo para comprar una vivienda o un vehículo. Los datos empíricos confirman que, efectivamente, un mayor endeudamiento público eleva las tasas de interés, pero hasta hace muy poco concurrían otros factores que ejercían presión a la baja sobre las tasas de manera sostenida, desafiando reiteradamente las previsiones.
En las dos décadas comprendidas entre 2001 y 2021, la relación deuda/PIB de Estados Unidos se multiplicó por más de tres; sin embargo, el servicio de la deuda, expresado como porcentaje del PIB, se redujo del 2,0% al 1,5%. La caída de las tasas de interés fue tan pronunciada que compensó con creces el fuerte incremento del endeudamiento. Los políticos de la actualidad rara vez advierten de los efectos de la deuda en las tasas de interés, justo cuando el servicio de la deuda ha vuelto a aumentar con rapidez. Incluso al margen de un mayor aumento de las tasas de interés, el pronunciado incremento de la deuda ya ha causado daños económicos, en particular al acentuar el desequilibrio externo de Estados Unidos, y podría estar desplazando la inversión privada productiva a nivel interno. Pero estos costos son más sutiles y difíciles de comunicar.
Lamentablemente, es más fácil explicar cómo nos metimos en esta situación fiscal que cómo saldremos de ella. Hay quien proyecta que la relación deuda/PIB de Estados Unidos casi se duplicará en los próximos tres decenios. Esto podría poner en peligro el acceso a los mercados de capital, incluso para una economía que, tradicionalmente, se ha considerado refugio. Antes de llegar a ese punto, la capacidad del gobierno para endeudarse rápidamente hasta niveles extraordinarios, como lo hizo durante la crisis financiera mundial y la pandemia de COVID-19, está en tela de juicio. No sabemos si seguiremos contando con el espacio fiscal necesario para responder con eficacia.
Futuros fiscales diferentes
En la novela Fiesta, de Ernest Hemingway, alguien le pregunta a uno de los personajes cómo había caído en la ruina. “De dos maneras —responde—. Primero poco a poco, luego de golpe”. Uno puede imaginar dos escenarios distintos en los que Estados Unidos sigue trayectorias fiscales parecidas.
En una trayectoria gradual, la deuda soberana y las tasas de interés siguen aumentando y el servicio de la deuda se lleva una porción cada vez mayor de los ingresos públicos. Esto hace que otros gastos se vayan reduciendo, y la oposición política a la reforma fiscal podría llegar a debilitarse hasta abrir paso a una solución de compromiso. Pero también podría ocurrir que el gobierno, sencillamente, se endeudara más deprisa para evitar los recortes presupuestarios.
Un impulso adicional para actuar podría provenir del inminente agotamiento de los fondos fiduciarios del Seguro Social y de Medicare, como se proyecta que ocurrirá en el próximo decenio, lo que requeriría algún tipo de medida para evitar recortes considerables en las prestaciones previstos en la legislación. La respuesta podría incluir aumentos de impuestos, recortes de prestaciones o una combinación de ambos, como ocurrió en 1983, la última vez que el agotamiento de los fondos fiduciarios se consideró inminente. No obstante, también se podría rescatar a los fondos fiduciarios simplemente contrayendo más deuda, opción que, esta vez, parece más probable, dado el giro en la coyuntura política.
A menos que se llegue a un acuerdo para actuar en los próximos años, la trayectoria actual podría dar paso a un ajuste abrupto, hasta el punto en que endeudarse resultara sencillamente demasiado caro. Ese desenlace parece lejano por ahora. El problema de la falta de sostenibilidad de la deuda afecta actualmente a muchas de las principales economías y, en este entorno, Estados Unidos podría seguir siendo, durante algún tiempo, una economía más segura, capaz de ofrecer cada vez más activos de los que buscan los inversionistas internacionales.
Estados Unidos tiene una economía sólida que ha logrado absorber reformas en los impuestos y el gasto orientadas a alcanzar la sostenibilidad fiscal. No faltan propuestas para encauzar esas reformas. Sin embargo, a corto plazo resulta difícil no anticipar un deterioro fiscal prolongado y gradual en ausencia de un realineamiento político y del restablecimiento de la posibilidad de una acción bipartidista.