La constante disonancia entre una sólida economía y los buenos instintos políticos frustra a los economistas que osan adentrarse en el mundo de la política, y eso no es todo, ya que a menudo complica la adopción de mejores políticas. La brecha es abismal y no podrá salvarse por completo. Sin embargo, con mucho esfuerzo y un mínimo de buena voluntad, tal vez podamos reducirla.
Empecemos por desmontar un mito. Mucha gente cree que los economistas tienen una gran influencia en las políticas públicas, quizá porque a menudo se recurre a ellos para que corroboren o refuten políticas, quizá porque tenemos un Consejo de Asesores Económicos en la Casa Blanca, o quizá porque los bancos centrales más influyentes están dominados por el pensamiento económico. En realidad, no es así.
En un libro publicado hace siete años sostengo que la formulación de políticas económicas a menudo obedece a la teoría del poste de luz: los políticos utilizan la economía de la misma manera que una persona ebria utiliza un poste de luz, para apoyarse, no para ver mejor. Los economistas y los políticos —y con esto no me refiero solo a la clase política, sino también al séquito de asesores y expertos en comunicación que los rodean— provienen de planetas diferentes. Hablan idiomas diferentes. Definen el éxito de manera diferente. Tienen horizontes temporales completamente diferentes. Emplean incluso lógicas diferentes.
Lógica política
Solía pensar que el concepto de “lógica política” era un oxímoron. Muchos economistas siguen pensándolo. No obstante, he aprendido que existe una lógica en la política que ilustraré con un ejemplo aritmético trivial y sencillo.
Imaginemos una desgravación fiscal que supondría un beneficio de USD 1 millón para cada una de las personas de un grupo de 10, pero que costaría USD 1 a 20 millones de personas. La lógica económica claramente califica esta medida como una mala política. Para llevarla a cabo, tendría que existir alguna razón convincente ajena a la economía.
Sin embargo, la lógica política es diferente. Los 20 millones de personas apenas notarán que pierden USD 1 cada una. Por el contrario, los beneficiarios de los USD 10 millones no solo se sorprenderán con esta repentina generosidad, sino que estarán agradecidos a los políticos que la concedieron. Para los políticos, las ganancias en términos de apoyo, contribuciones a la campaña y demás dádivas eclipsarán cualquier pérdida política. Solo el más honesto de los políticos se resistiría a una concesión semejante.
Esto explica por qué a los economistas les parecen erróneas tantas decisiones de política, no solo en materia fiscal, sino también comercial, regulatoria, antimonopólica, y otras. Tampoco serviría de mucho que la clase política entendiera mejor la economía. La lógica económica y la lógica política suelen apuntar en direcciones opuestas, y los políticos se inclinarán por la segunda.
Una sugerencia para la clase política
¿Podemos al menos cerrar el abismo entre los dos mundos? ¿Podemos lograr que los políticos den un poco más de importancia a los méritos económicos? ¿Podemos conseguir que los economistas mejoren un poco su visión del mundo político? Creo, o espero, que sí. No soy ingenuo: soy consciente de que los economistas deben asumir la mayor parte del cambio. Por lo tanto, sugeriré un cambio para los políticos y dos para los economistas.
El mundo de la política a menudo se circunscribe a las próximas elecciones, pero hay una verdad incluso peor: a los asesores expertos suele solamente interesarles la siguiente encuesta de opinión, o incluso el siguiente tuit. Su horizonte temporal como mucho se extiende hasta el informativo de la tarde.
No obstante, lograr que la clase política piense a más largo plazo quizá no sea una idea descabellada. Al fin y al cabo, los políticos saben adaptarse. Si se les puede convencer de que sus prácticas vigentes son contraproducentes, es posible que cambien su forma de actuar, no por un repentino arrebato de idealismo, sino porque quieren ganar las elecciones.
Por suerte, el mandato de cuatro años de un presidente de Estados Unidos es lo suficientemente largo como para que se noten los principales efectos de la mayoría de las políticas económicas. Por lo tanto, es probable que la promulgación de políticas económicas sensatas, por ejemplo, durante el primer o segundo año del mandato presidencial, dé sus frutos antes de las siguientes elecciones. Dentro de ese plazo, el concepto de buena economía y buena política pueden coincidir.
Desde luego, esta feliz coincidencia temporal se va reduciendo a medida que avanza el mandato presidencial. Sin embargo, es entonces cuando el peculiar calendario electoral estadounidense entra en juego. Al llegar al decimoctavo mes de una nueva presidencia, la atención vira hacia las elecciones legislativas de mitad de mandato. Una derrota a esta altura suele dejar sin piso las iniciativas importantes que el oficialismo envía al Congreso. Lo que ocurre, en cambio, es que las mentes tomadas por la política dejan de interesarse por las políticas y se enfocan a las siguientes elecciones presidenciales. Todo esto permite observar que la fase de un nuevo mandato presidencial en la que se presta atención a las políticas rara vez supera los 12-18 meses. Durante ese breve período, los horizontes temporales económicos y políticos probablemente encajen relativamente bien.