A medida que crece la riqueza en el mundo y avanza la tecnología, cabría esperar que las personas trabajaran menos. A esa conclusión han llegado pensadores que van desde John Maynard Keynes —quien hace un siglo predijo que a estas alturas tendríamos una semana laboral de 15 horas— hasta los actuales entusiastas de la inteligencia artificial.
Una conclusión que no puede ser más equivocada, según la investigación realizada sobre la base de un nuevo conjunto de datos a escala mundial que hemos desarrollado. No encontramos indicios de que las personas en edad laboral activa trabajen menos horas a medida que avanza el desarrollo económico. Lo que sí influye en las horas trabajadas son las decisiones sociales relativas a la educación de los jóvenes, las pensiones de las personas mayores y las regulaciones y ayudas económicas para el resto de la población.
Estos hallazgos tienen profundas implicaciones para la forma en que los economistas entienden cómo y cuánto se trabaja en el mundo. Tradicionalmente, asumen que el tiempo que se le dedica al trabajo es, ante todo, una decisión individual. De hecho, los responsables políticos deben comprender que la organización del trabajo refleja una compleja interacción de decisiones culturales y sociales que se plasman en las políticas públicas, entre ellas la legislación laboral, la fiscalidad, la educación y las prestaciones de jubilación.
Panorama global
Las horas dedicadas al trabajo son un factor determinante de la producción económica, el bienestar y la desigualdad. Nuestro nuevo conjunto de datos global abarca casi toda la población mundial y ofrece una visión más clara de cómo varían las horas de trabajo en función de la edad, el género, el nivel de ingresos, el sector y el contexto institucional. Esta base de datos también incluye series temporales de varias décadas en numerosos países de todos los niveles de desarrollo, lo que permite comprender en profundidad las tendencias mundiales en materia de horas trabajadas.
Nuestras principales fuentes de datos son las encuestas a hogares realizadas por institutos de estadística y recopiladas por la Organización Internacional del Trabajo y el Banco Mundial. Estas encuestas recogen información detallada sobre las horas trabajadas, junto con datos sobre la edad, el género, el sector de actividad y los ingresos.
Hemos complementado los datos con otras encuestas procedentes de diversas fuentes internacionales y nacionales. La base de datos resultante, de acceso público, incluye prácticamente todas las encuestas de población activa que se han realizado en el mundo. Abarca 160 países que representan el 97% de la población mundial. Nuestras series temporales comprenden más de 20 años en 86 países de todos los niveles de desarrollo.
Al recopilar nuestro conjunto de datos, seguimos las convenciones internacionales, computando las horas semanales trabajadas en todos los empleos que contribuyen a la producción económica. Por lo tanto, incluimos el trabajo agrícola no remunerado, que produce bienes y se tiene en cuenta en los indicadores habituales de producción económica, pero excluimos los servicios domésticos no remunerados, como la limpieza, la cocina y el cuidado de menores o familiares ancianos.
Hemos constatado que, a nivel mundial, el 59% de los adultos mayores de 15 años tiene un empleo, y que las personas que trabajan lo hacen una media de 43 horas a la semana. Esto implica que el adulto medio en todo el mundo —incluidos los desempleados— trabaja unas 25 horas semanales.
Esta cifra global oculta marcadas variaciones según la edad y el sexo (gráfico 1). Las horas de trabajo siguen un patrón pronunciado en términos de ciclos vitales. Son más bajas entre los adolescentes, aumentan considerablemente durante la primera etapa de la edad adulta, alcanzan su máximo en los años de mayor actividad laboral y caen drásticamente a partir de los 60 años. Las diferencias entre sexos siguen siendo notables: los hombres aportan aproximadamente dos tercios del total de horas trabajadas en todo el mundo, mientras que las mujeres solo representan un tercio.

Estas disparidades se deben principalmente a las diferencias en las tasas de empleo, más que a las diferencias en las horas trabajadas por quienes ya tienen empleo. La cuestión fundamental no radica tanto en cuánto trabaja la gente, sino en quiénes forman parte del mercado laboral.
Desarrollo y horas trabajadas
A menudo se cree que en los países más ricos se trabaja menos, pero la realidad es más compleja. La relación entre las horas trabajadas por adulto y la renta per cápita describe una distribución ligeramente gaussiana: las horas trabajadas son menos en los países más pobres y en los más ricos, y más en las economías de ingreso mediano. Sin embargo, el nivel de ingresos solo explica una pequeña parte de las variaciones observadas (gráfico 2).

Países tan diversos como Francia, Sudáfrica y Afganistán trabajan menos horas a la semana y otros, como Madagascar, Viet Nam y China, tienen semanas laborales más largas. El desarrollo por sí solo no basta para explicar por qué sociedades con niveles de ingresos similares trabajan una cantidad de horas tan dispares.
La campana de Gauss que representa la relación entre las horas trabajadas y el desarrollo viene determinada por las horas por trabajador, más que por las tasas de empleo. En países de ingreso mediano como India y Pakistán, las personas con empleo trabajan más de 45 horas semanales.
La transformación estructural desempeña un papel fundamental. En las economías de mercados emergentes, la rápida expansión de los sectores manufacturero y de servicios va acompañada de una intensa demanda de mano de obra y de jornadas laborales prolongadas. En los países con ingreso alto, una regulación más estricta, una mayor formalización del trabajo y la evolución de las normas sociales reducen gradualmente las horas semanales trabajadas, aun cuando las tasas de empleo se mantienen elevadas.
Sin embargo, hay excepciones importantes a esta tendencia, como las amplias jornadas laborales que se registran en países ricos como Estados Unidos y Singapur. El desarrollo aumenta la capacidad y la productividad, pero no determina de forma automática cuántas horas trabaja la población.
Jóvenes y mayores
Las horas de trabajo de la población joven y de las personas mayores disminuyen drásticamente con el desarrollo. Esto podría parecer un reflejo del aumento de la riqueza y de la preferencia por el ocio, pero, en la práctica, se trata principalmente de un cambio institucional. En el caso de los jóvenes, el aumento de la escolarización reduce su participación laboral. A medida que los países invierten en educación, los adolescentes pasan del trabajo al estudio. En el caso de las personas mayores, la reducción de las horas trabajadas va de la mano del desarrollo de los sistemas públicos de pensiones, que hacen posible la jubilación sin una pérdida importante de ingresos.
Tras tener en cuenta estos factores —la educación y la cobertura en cuanto a pensiones de jubilación— , la renta nacional por sí sola ya no permite predecir las horas de trabajo a estas edades. Los trabajadores jóvenes y de edad avanzada de los países más ricos trabajan menos no por tener ingresos más altos, sino porque los gobiernos deciden invertir más en educación y pensiones.